[ lectura y crítica ] 
Richard Kenney. Fotografía de Alan Berner

Richard Kenney: breve selección de poemas — Traducción de Marcelo Pellegrini

Richard Kenney: breve selección de poemas
Traducción e introducción de Marcelo Pellegrini

Richard Kenney (Glens Falls, estado de Nueva York, 1948) es un poeta y profesor emérito de escritura creativa en la Universidad de Washington en Seattle. Ha publicado cinco libros de poesía: The Evolution of the Flightless Bird (La evolución del pájaro sin vuelo) [1984]; Orrery (Planetario) [1985]; The Invention of the Zero (La invención del cero) [1993]; The One Strand River (El río de una sola orilla) [2008] y Terminator (Terminador) [2019]. Su poesía es una de las más singulares dentro del vasto panorama poético estadounidense de los últimos cuarenta años. A pesar de grupos como el “San Francisco Renaissance”, el “Black Mountain”, la “Escuela de Nueva York” y los “L=A=N=G=U=A=G=E Poets”, o incluso de fenómenos generacionales ligados en parte a la cultura de masas como los poetas “Beatniks”, la poesía de ese país, al menos durante el siglo XX y lo que va del XXI, no posee grandes centros visibles o escuelas que señalen derroteros a seguir. La poesía de los Estados Unidos es más bien un flujo dinámico de galaxias verbales que a veces chocan entre sí o viven perpetuamente aisladas la una de la otra, navegando por las extensiones de lo imaginario cual barcas a la deriva. Richard Kenney es una de esas masas de estrellas, gas, polvo cósmico y materia oscura unidas por la gravedad, girando en el espacio creado por su habla poética. No quiero decir, por supuesto, que este poeta haya nacido sin los pre-textos necesarios que todo creador necesita; si tuviéramos que adscribir a Kenney en una tradición, yo diría que por su lenguaje (y también por disposición anímica) pertenece a la genealogía de Emily Dickinson en oposición a la de Walt Whitman, es decir, a la de los poetas ensimismados que reimaginan el mundo desde el confinamiento de su ático, ya sea real o ficticio. Desde ahí Kenney salta hacia fuentes muy diversas: el Beowulf y los antiguos poetas gaélicos de Escocia e Irlanda, maestros del ritmo como Gerard Manley Hopkins, el “non-sense” de Edward Lear y, más acá, la obra de su mentor James Merrill, entre muchos otros.

La metáfora galáctica resulta pertinente para describir a este poeta. Desde su primer libro, Kenney ha mostrado gran interés por las ciencias como lenguaje de infinitas posibilidades poéticas. Para él, la paleontología, la zoología, la astrofísica, la meteorología, la neurociencia y la química son formas específicas de conocimiento, pero, sobre todo, son modelos de imaginación que le otorgan sentido al universo. En The Evolution of the Flightless Bird, por ejemplo, asistimos a la descripción del mundo natural y sus múltiples aunque imperceptibles transformaciones estacionales (como en el poema “En abril”) mezcladas con comentarios sobre la historia, el nacimiento del homo sapiens y las exploraciones árticas y antárticas. En Orrery una sidrería abandonada de Nueva Inglaterra sirve como reflejo y contraparte de un planetario mecánico del siglo XVIII. En The Invention of the Zero, libro complejísimo compuesto de un largo poema dividido en varias partes, encontramos un “coloquio de hombres ilustres”, entre ellos Isaac Newton, Albert Einstein, Niels Bohr, Robert Oppenheimer y Edward Teller, cada uno involucrado en grandes avances en el conocimiento y en el eventual desarrollo de la bomba atómica y la bomba de hidrógeno con sus regueros destructivos. El lenguaje científico, sacado de su propósito, se convierte por vía de un extrañamiento radical, en otra cosa. En los dos libros siguientes Kenney mantiene esos intereses, pero les agrega otros que pueden resultar sorprendentes: el humor, la extrañeza ante los hijos que crecen, escenas anotadas al paso, las sombras chinescas, los juegos de salón y el cine de Hollywood. Cada poema suyo es una notación que da cuenta de la mecánica celeste reflejada en la tierra y en lo cotidiano y “banal” de nuestras vidas. En Kenney, un pequeño champiñón “bola de tierra” (ver el comienzo del poema “En abril”) se deshiela y su piel se cae como si fueran los raídos “pómulos” del Macizo del Labrador, una vasta zona geológica de Canadá. La naturaleza diminuta y la grandiosa, no carentes de sublimidad, se juntan con soltura en la rica imaginación del poeta.

Esta breve selección de poemas quiere tan solo ser un llamado de atención hacia una obra sorprendente y peculiar. No se me escapan ni la escasez ni la arbitrariedad de la muestra: estos pocos textos pertenecen solamente a los dos primeros libros de Kenney, aunque, pienso, dan una idea bastante clara de su obra.


SOLSTICIO

            Crepúsculo.
Manzanos arácnidos 
en la rastrera sombra del valle;
arriba, los aguiluchos de hombro rojo
se deslizan rotando, rotando lentamente
por la última escalera de Jacob,
hilando la roca y la sombra
en la cabria hacia
            la noche.

SOLSTICE

            Dusk.
Apple trees arachnid
in the valley’s crawling shadow;
high up, red-shouldered hawks
slide wheeling, wheeling slowly
through the las Jacob’s ladder,
reeling rock and shadow
up the windlass into
            night.

SUEÑO

Hago malabares con manzanas rojas
en este sueño, a mediodía.
Suben como ráfagas
del pulso
lanzadas con fuerza
desde las profundidades
del corazón⎯
pero pronto, pronto,
me cansaré,
me sentaré,
y entonces las lanzaré una por una
más alto que la lejana cima
para hacer pestañear la luna.

DREAM

I juggle red apples
in this dream, at noon.
They rise like rushes
of the pulse
pushed up hard
from inner reaches
of the heart⎯
but soon, soon,
I must grow tired,
and then I’ll fling them one by one
past the far ridge
to blink the moon.

SUEÑO

Sueño que hago malabares con manzanas amarillas,
pulidas piedras de ámbar⎯
mira, una a una brillan con la luz,
ascienden como notas de oboes soplados
alrededor del origen 
alrededor del aliento
que al subir en la noche abierta
libera la dulce y pesada tierra⎯
tal como hemos de hacerlo un día, ya muertos,
juntos y solos.

DREAM

I dream I juggle yellow apples,
polished amber stones⎯
see, one by one they glow with light,
they rise like notes from oboes blown
around the birth
around the breath
that rising up the open night
unslips the sweet and heavy earth⎯
as we must do one day, in death,
together and alone.

RUNAS

Lluvia en invierno.
Las ramas del manzano
repiquetean ahora a la luz de la luna,
perfecta página lacada,
negro sobre blanco.
Viento esta noche:
los arcos crecientes de la luna
allá arriba son
una podadera. El huerto se agrieta—
y en el claro aire matinal
tallos y ramas y quimas y raíces
estropeadas: superficie resbalosa de hielo, pestañas
sembradas en la membrana 
cristalina del paraje nevado, negro sobre blanco,
como las runas.

RUNES

Rain in winter.
All the apple branches
clack together in the moonlight now,
a perfect lacquered page,
black on white.
Wind tonight:
a pruning hook,
the crescent moon arcs
overhead. The orchard cracks––
and in the clear air of morning
twig and branch and limb and root
ruined: ice-slick, eyelash
littering the glass-strewn sclera
of the snowfield, black on white,
like runes.

PLANETARIO

Para mantener a los ciervos alejados en lo más crudo 
del invierno, voy a decorar las ramas
peladas de los manzanos 
con estos pequeños amuletos de harina de sangre
envuelta y amarrada en cuadrados de tela.
Raras alhajas, blancos ornamentos,
parecen avivar un poco la brisa,
parecen avivar el aire.

ORRERY

To keep the deer away in deep
winter, I will decorate the bare
branches of the apple trees
with these small amulets of blood meal
wrapped and tied in cloth squares.
Queer charms, white ornaments,
they seem to stir the breeze a little,
they seem to stir the air.

EN ABRIL

En abril, en Nueva Inglaterra, el champiñón bola de tierra cede
bajo su propia masa, se rinde a la gravedad
muerta, pierde color, abandona
el rigor de la última helada como piel suelta
caída de los pómulos del Macizo del Labrador.
Incluso los yanquis se ablandan, hojean los terroríficos
almanaques, se sacan las chaquetas de lana, las máximas
se agrian en la boca, y sacrifican los vacilantes, truculentos
corazones como sonrojados camaleones⎯en ese radical
instante golpeados por lo divino como Ikhnaton o los friolentos
hechiceros Incas en sus montañas, cuando el poder
caía del cielo nuevamente. Me hace pensar
en los hombres de los renos descendiendo desde las cabañas,
las altas laderas del verano, siguiendo huellas

de hace cuarenta mil años, el sol ahuecado
en sus aterradas cabezas cual ceniza⎯
huélanlas, grasa chamuscada, quietas. Von Humboldt, Lewis,
Clark, Amundsen⎯compartimos viejos valores
mientras yo estaba ahí, en mi duodécimo año, enterrado
hasta el tobillo en el canal inundado de nuestro camino
de gravilla. Observé el invierno deshacerse en riachuelos.
Esas aguas podrían haber sido aguas natales, liberadas
de una sola vez mientras los velos de nieve se manchaban
y se volvían harapos a la sombra del bosque; como grandes
redes desenmarañadas, soltaron su pesca. Imaginé nítidas, 
rotas alas, la tierra sucia de alas de cigarras, 
todas las miles de horas mantenidas a la perfección, incorruptibles, 
desde que cayeron las primeras fuertes nevadas a mediados de diciembre.

En abril, entre el Valle del Lago Champlain y el río
Connecticut, un solo camino montañoso permanece
detenido para siempre: en nítidos, aleatorios patrones
de apelmazado follaje y paja, vi un delicado
adorno de pelo castaño, hueso al descubierto⎯un solo
instante, discreto como un copo de nieve sobre una neurona
imperecedero entre millones en la gris morrena
de la acumulación de abadejos (todavía puedo sentir ese nuevo
sol sobre mi húmeda espalda como una suave quemadura
alcalina, intensa y superficial⎯Observé la complejidad 
de palitos chinos que adoptó la tierra, y pensé ¿no es
el sol lo mismo que la vida? y, ya grande, anhelé
por primera vez la luz frágil, la inalterable,
increíble conservación de la forma que había sido el invierno.

Recaí en esa famélica luz del tiempo pasado
cuando un ciervo de cola blanca se cayó sobre sus costillas
y se congeló; aquí estaba la primera juventud muerta
de la primavera, nacida muerta, cuando la muerte por helada
desciende sobre la estación como piedra. Cuán plausible,
el antiguo planeta de piedra renacido cada año como piedra,
un encanto de cadena de reloj en una lenta, oval 
caída a través del tiempo, hasta que un suave viento
Pleistoceno hizo que la atención se fijara sobre el primer
hombre, cuyo doble espolvoreado con cal se le enfrentó así:
ojos llenos de nieve hasta su rosado borde, los muertos 
con ojos de pescado muerto–detrás de las retinas, como marga,
el cerebro aplastado mantiene la antigua raíz primaria
del miedo a que la primavera no sea nada más que un deshielo.

Estamos de pie, imaginando los destellos de las tardes 
desde que la tierra comenzó, el impenitente suelo 
gris haciéndolo todo más leve a nuestro alrededor, una vez
más descongelándose, para congelarse de nuevo y descongelarse de vuelta
con ramas de árboles y desperdicio de nieve, por ninguna parte
gracia, yerbas u hojas, la mínima llamarada de fragancia––
Luego, en alguna fría habitación––soñada finamente como 
onduladas mangas de algodón, y todos los tallos de plantas
como patacas junto al camino––un buitrón, un charco
de pelo caerá y tocará el rostro para el simple 
reconocimiento, y luego: ese ciego instante atrapado,
ante la ausencia de deseo, por el confuso sol,
cuando dos de nuestra especie se tocan sin mucho pensarlo
para acicalarse mutuamente, para suavizar la piel del otro.

IN APRIL

In April, in New England, the earth ball yields
under its own mass, gives in to dead
gravity, loses tone, relinquishing
the rigor of the last freeze like slack skin
fallen from the cheekbones of the Canadian Shield.
Even Yankees start to soften, thumb the dread
almanacs, shed mackinaws, maxims
sour in the mouth, and offer up halting, truculent
hearts like flushed chameleons⎯in that radical
instant god-struck as Ikhnaton or cold Incan
warlocks in their own mountains were, when power
flowed out of the sky again. It makes me think
of the reindeer men winding down from the shielings,
the high slopes of summer, following spoor

down forty thousand years, the sun cupped
in their frightened minds like a cinder⎯
smell them, seared fat, still. Von Humboldt, Lewis,
Clark, Amundsen⎯we shared ancient values
then as I stood, in my twelfth year, ankle
deep in the drowning sluiceway of our gravel
road. I watched the winter off in rivulets.
Those waters might have been birth-waters, torn loose
all at once as the snowveils bled back to wrinkled
tatters in the shade of the forest; like great unraveling
nets, they dropped their catch. I imagined distinct,
torn wings, the earth littered with wings of cicadas,
all the thousands of hours held perfect, incorruptible,
since the first heavy snows of mid-December.

In April, between the Champlain Valley and the Connecticut
River, a single mountain roadside remains
arrested forever: in indistinct, random patterns
of matted foliage and straw, I saw a delicate
arrangement of brown hair, exposed bone⎯a single
instant, discrete as a snowflake on a neuron
imperishable among millions in the gray moraine
of ling accumulation (I can still feel that new
sun on my damp back like a mild alkaline
burn, intense and shallow⎯I saw the pick-up-sticks
complexity the earth assumed, and thought
Isn’t 
the sun the same as life? and, grown, yearned
for the first time for the brittle light, the fixed,
stupefying conservation of form that had been winter.

I fell back in that starving light of past time
when a white-tailed deer fell over on its ribs
and froze; here was the first dead juvenescence
of spring, stillbirth, when winterkill drops
across the season like stone. How plausible,
the ancient stone planet reborn each year a stone,
a watch-fob charm spun down some lazy, oval
fall through time, until a soft Pleistocene
wind drifted the mind on the first man whose lime-
dusted doppelgänger’s form faced him like this: eyes full
to their pink rims with snow, the dead thought
and fish-stare still – behind the retinas, like loam,
the flat brain keeps the antique taproot of the 
fear that spring is nothing more than a thaw.

We stand, imagining the strobe of afternoons
since earth began, the unregenerate gray
ground slacking wright all around us, once
more unfreezing, to be frozen again and thrown
back again in twigs and slag snow, and nowhere grace
or quick or leaf, the least flush or fragrance––
Then in some cold bedroom––as finely dreamt
as riffling cotton sleeves, and all the plant stems
like new copper by the road––a seine, a spill
of hair will fall and touch the face to simple
recognition, then: that blind instant caught,
in the absence of desire, out of the confusing sun,
when two of our species reach thoughtlessly
to groom one another, to smooth the other’s skin.


Fotografía de Alan Berner.


Publicado el

en

Comentarios

Deja un comentario

Descubre más desde 49 escalones

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo