Inspirado en el Journal de Jules Renard, W. Somerset Maugham (1874-1965) reunió en su Carnet de un escritor por lo menos medio siglo de apuntes, pensamientos y retratos, desde 1894, cuando contaba con dieciocho años, hasta 1944, ya consolidado como uno de los más exitosos escritores ingleses de su época (adaptado al cine con múltiples novelas y una enjundiosa renta editorial). De forma aledaña a sus libros de ficción fue escribiendo sin pretensiones su Carnet, que tomaría forma en unos pocos cientos de páginas luego de quince gruesos volúmenes de cuadernos: “No las publico porque sea lo suficientemente vanidoso como para suponer que toda palabra mía merece ser perpetuada. Las publico porque me interesa la técnica de la producción literaria y el proceso de la creación”.
Había allí material de trabajo, diálogos inconclusos, carácteres de ficción. Como él las denominó, es una suma de “notas descabaladas” que agrupan impresiones y anécdotas no siempre de sobrado ingenio, aunque sí propias de una agudeza que a veces roza la “malicia”. Mordaz e irónico respecto de la sociedad inglesa, de la religión o el matrimonio (con una opaca misoginia). Pero también con una gran capacidad de humor y asombro. Lo demuestran sus notas de viaje sobre la India, las islas del Pacífico, España, Rusia… (sus apuntes sobre Dostoievski aminoran muchos ejercicios de crítica literaria habidos).
El carácter sentencioso de algunas de sus notas, cabe advertir, no proviene de una inclinación por la máxima o el aforismo. De hecho, son contadas las ocasiones en que comparte características con el tipo de género menor que ejercita. Las impresiones de W. Somerset Maugham son de una sugerida profundidad y dilatación. Los paisajes que se dibujan en sus líneas, las ciudades que visita o las personas con quien trata fugazmente quedan registrados con una precisión de poca ostentación o falso enigma. Sus imágenes, por el contrario, son fulgurantes tanto como pueden serlo los lugares y personas que concentran su interés: desde un yogui descreído hasta un aviador ateo, desde una viuda conforme con su tragedia a la luna en Andalucía.
Si W. Somerset Maugham es hoy —y lo fue en vida— más conocido como autor de relatos breves y novelas como El velo pintado, Servidumbre humana o El filo de la navaja, fiel a las convenciones de la prosa antes que a las estridencias estilísticas, su Carnet revela el taller que subyace a gran parte de su obra. Por ello merece un lugar destacado entre las grandes obras que nos dejó el pasado siglo: de aquellas que, sin proponérselo, alcanzan la condición de clásicos inadvertidos.
Presentamos una selección de Carnet de un escritor, con la traducción de Manuel Bosch Barret.
Benjamín Carrasco Bravo
Carnet de un escritor
(selección)
Por William Somerset Maugham
Considerando cuán alocadamente obra la gente y cuán agradablemente charla, quizá hubiera sido mejor para el mundo que hablase más y obrara menos.
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La lectura no le da sabiduría al hombre; le da únicamente conocimientos.
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¡Cuánto debieron reírse los dioses cuando añadieron la Esperanza a todos los males de la caja de Pandora! Sabían perfectamente que la esperanza es el más cruel de todos los males, porque engaña a la humanidad haciéndole soportar sus sufrimientos hasta el fin.
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El intelecto es una arma tan compleja y manejable que el hombre provisto de él se ve prácticamente privado de todas las demás; pero es un arma de escasa eficacia contra el instinto.
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La historia de la moral humana está muy bien expuesta a la luz del transcurso de la literatura. El escritor, cualquiera que sea el tema de que se trata, expone el código de moral de su época. Este es el grave defecto de las novelas históricas. Los personajes, mientras realizan actos que son históricos, se comportan de acuerdo con las normas morales del tiempo del escritor. La inconsecuencia es obvia.
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El poder de una gran alegría queda compensado con igual poder de un gran dolor. Envidiable es el hombre cuyos sentimientos son atenuados, de manera que no se siente afectado por el júbilo o la pena extremos. En la gran felicidad queda siempre un resabio de amargura, mientras el sufrimiento no queda nunca atenuado.
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Hay veces en que contemplo con cierta perplejidad las diferentes partes de mi carácter. Reconozco que estoy formado de diversas personas y que la persona que en aquel momento tiene la supremacía cederá inevitablemente su puesto a otra. Pero, ¿cuál de ellas es el verdadero yo? ¿Todas o ninguna?
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Hemos oído hablar mucho de la nobleza del trabajo; pero en el trabajo no hay nada noble. Mirando hacia las generaciones antiguas vemos que cuando la guerra era una cosa desenfrenada, el trabajo era menospreciado y honrado el guerrear. Ahora que la mayoría está formada por los trabajadores, se honra al trabajo. Débese el hecho simplemente a que el hombre en su vanidad, considera siempre sus actividades como el más noble objeto de su vida.
Se elogia el trabajo porque distrae al hombre de sí mismo. Las personas se aburren cuando no tienen nada que hacer. Trabajar con la mayoría es su sola evasión del aburrimiento; pero es cómico llamarlo noble por esta razón. Se necesita bastante talento y mucha cultura para estar ocioso, o una mente particularmente constituida.
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Para el individuo la moralidad no puede ser sino la expresión de una satisfacción personal; es simplemente una cuestión de estética.
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La perfección no parece ser más que la completa adaptación al medio ambiente; pero éste cambia constantemente, de forma que la perfección sólo puede ser transitoria.
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Cada generación contempla como más fuerte y virtuosa a la generación que le precedió. Por todas partes, en los escritores de finales de la República romana, en Montaigne y en los autores de nuestros propios días, oiremos idénticas lamentaciones con respecto a que los hombres no son lo que fueron en tiempos de Herodoto. La razón de ello es que el hombre detesta cambiar y el cambio lo aterroriza. Los hábitos cambian; los hombres, no.
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Éxito. No creo que me produzca ningún efecto. Por una parte, siempre lo esperé, y cuando vino lo consideré tan natural que no creí conveniente armar barullo por ello. Sólo tiene valor para mí porque me libera de la incertidumbre financiera que no estaba nunca totalmente ausente de mis pensamientos. Detesto la pobreza.
Detestaba tener que contar y economizar a fin de poder atar cabos. No creo ser tan presuntuoso como era años atrás.
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La tumba de Dostoievski. Está rodeada de una bella barandilla de hierro y el suelo pulcramente cubierto de arena. En una esquina hay una gran caja redonda con la parte delantera de cristal conteniendo una enorme corona de flores artificiales, lindas rosas blancas y muguetes más duraderas que la vida; está atada con el gran lazo de una cinta de seda con una inscripción en letras doradas. Yo hubiera deseado que la tumba estuviese tan descuidada y cubierta de hojas caídas como las que la rodean. Su acicalamiento es desesperadamente vulgar. El busto está colocado sobre una estela de granito y es una obra informe rodeada de emblemas sin significado que da la sensación de que va a venirse abajo de un momento a otro.
Es un rostro devastado por la pasión. La parte alta de su cabeza es estupenda y evoca irresistiblemente la idea de un mundo suficientemente grande para contener la terrible multitud de sus creaciones. Las orejas son grandes, salientes, con los gruesos lóbulos del sensual; la boca es sensual también, con una mueca cruel, pero una mueca de chiquillo disgustado; las mejillas son huecas, las sienes profundamente hundidas; la barba y el bigote son largos, incultos y enmarañados; el cabello es largo y lacio; tiene una gran verruga en la frente y otra en una mejilla. En su rostro hay sufrimiento, algo terrible que inspira deseos de alejarse y, sin embargo, sujeta allí con una especie de fascinación. Su aspecto es más terrible que sus obras. Tiene el aspecto del hombre que ha estado en el infierno y ha visto en él, no un sufrimiento sin esperanzas, sino una vulgaridad mezquina.
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El artista tiene por naturaleza el desapego y la libertad que los místicos buscan en la represión del deseo.
El artista, como el místico que trata de alcanzar a Dios, está en espíritu apartado del mundo.
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La intensa actividad borra en quien la practica el sentido del pecado; sólo cuando esta actividad disminuye, su conciencia tiene la oportunidad de roerlo.
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Uno se preocupa del estilo. Uno trata de escribir mejor. Uno se mata por ser sencillo, claro y sucinto. Uno busca el ritmo y el equilibrio. Uno lee una frase en voz alta para oír si suena bien. Echa uno los bofes. Pero queda el hecho de que los cuatro más grandes novelistas del mundo, Balzac, Dickens, Tolstoi y Dostoievski escribieron en sus respectivas lenguas con entera indiferencia. Lo cual prueba que se pueden referir historias, crear personajes, inventar incidentes, si se tiene verdadera pasión y sinceridad, y que no tiene importancia cómo se escriban. De todos modos, es mejor escribirlas bien y no mal.
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No sé por qué los críticos esperan siempre que el escritor haga las cosas tan bien como otras veces las ha hecho. El escritor raramente hace lo que quería hacer; hace lo mejor que puede. Los técnicos de Shakespeare se evitarían más de un dolor de cabeza si cuando se encuentran frente a una de las comedias evidentemente poco satisfactorias, en lugar de insistir contra toda razón en que no existe tal cosa, admitiesen claramente que alguna que otra vez Shakespeare tropezaba. No veo razón alguna para no suponer que se daba perfectamente cuenta de que el argumento de algunas de sus obras era lo suficientemente débil para destruir la ilusión. ¿Por qué tienen los críticos que decir que no le importaba? ¿Por qué hubiera puesto en boca de Otelo aquellos versos que empiezan: “Este pañuelo que un egipcio dio a mi madre…”, sino porque se dio cuenta de que el episodio del pañuelo era demasiado trivial para ser notado? Me parece que evitaría muchas molestias llegar a la conclusión de que trató de hacer algo mejor y no lo consiguió.
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Esta triste vida es a la vez trágica y trivial: un melodrama en el cual los más nobles sentimientos del hombre sirven tan sólo para provocar emociones en un público vulgar.
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He vuelto a leer Nuestro conocimiento del mundo exterior, de Russell. Es posible que, como dice, la filosofía no ofrezca, o trate de ofrecer, la solución del problema del destino humano; puede ser que no deba esperar encontrar respuesta a los problemas prácticos de la vida, porque los filósofos tienen otras cosas que hacer. Pero entonces, ¿quién nos dirá si la vida tiene algún sentido y si la existencia humana es algo más que una trágica —no, trágica es una palabra demasiado noble—, una grotesca aventura?
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[…] Miro con recelo esta actitud. Me parece que los filósofos tenían razón cuando proclamaban que el valor del arte reside en sus efectos y de ello deducirán el corolario de que su valor reside no en la belleza, sino en su acción directa. Porque un efecto es inútil, si no es efectivo. Si el arte no es más que un placer, sea espiritual o no lo sea, no tiene gran trascendencia; es como las esculturas de los capiteles de las columnas que soportan un majestuoso arco; deleitan la vista por su gracia y su variedad, pero no tienen ningún cometido funcional. El arte, a menos que lleve a la acción directa, no es más que el opio de la inteligencia.
No es en el arte donde podemos esperar hallar un atenuante al pesimismo que desde tan remotos tiempos halló inmortal expresión en el Eclesiastés. Yo creo que en el heroico valor con el cual el hombre se enfrenta con la irracionalidad del mundo hay mayor belleza que en la belleza del arte. La encuentro en el ademán de reto de Paddy Finucane cuando, acercándose a la muerte, transmitió este mensaje a los aviadores de su escuadrilla: “Ya estamos listos, muchachos”. La encuentro en la fría determinación del capitán Oates cuando en busca de la muerte se perdió en la noche polar, antes de ser una carga para sus compañeros. La encuentro en la lealtad de Helen Vagliano, una mujer no muy joven, no muy bonita, no muy inteligente, que había sufrido infernal tortura y aceptado la muerte por un país que no era el suyo, antes que traicionar a sus amigos. En un famoso fragmento, Pascal escribió: “L’homme n’est qu’un roseau, le plus faible de la nature, mais c’est un roseau pensant. Il ne faut pas que l’univers entier s’arme pour l’écraser ; une vapeur, une goutte d’eau suffit pour le tuer. Mais quand l’univers l’écraserait, l’homme serait encore plus noble que ce qui le tue, puisqu’il sait qu’il meurt et l’avantage que l’univers a sur lui. L’univers n’en sait rien. Toute notre dignité consiste donc en la pensée”. ¿Es verdad? Seguramente, no. Me parece que hoy hay un poco de confusión sobre el significado de la dignidad y creo que la palabra francesa está mejor traducida al inglés por nobleza. Hay una nobleza más elemental que no procede del pensamiento. No depende de la cultura ni de la educación. Tiene sus raíces entre los más primitivos instintos del ser humano. Es posible que en la conciencia de que el hombre, con todas sus debilidades y pecados, es capaz de ciertas ocasiones de un gran resplandor espiritual, pueda hallarse el refugio contra la desesperación. […]


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