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Los motivos grecorromanos no son ajenos a la literatura que Ismael Gavilán (1973) ha elaborado desde Fabulaciones del aire de otros reynos (1999) hasta la fecha. Ya el título del libro primero desdeña la versificación de una prosa descriptiva y atiende a las líneas imaginativas de la autoficción. ¿Una técnica que reverbera en las poéticas que en aquellos años se estilaban en nuestro panorama literario? Es posible. Identificar una cantidad de nombres, poetas y obras resultaría un ejercicio retórico en el cual reluce un tono común, una escritura que asimila identidades varias y, en este gesto per se, modulaciones afines a aquella raíz identitaria. La máscara en la poesía de Ismael Gavilán es un ensayo en el que en algún momento nos detendremos con mayor prudencia, pero en el que apuntamos una arista, pues aquí, la lectura del ciclo de poemas titulado Tristia, nos revela la madura persistencia de una forma que ha trazado una línea de esquina a esquina en la obra poética de su autor.
Por ahora cabe preguntarse, ¿qué hace de Tristia más que un puñado de poemas? ¿Se nos convoca ante la variación del poema inicial o hay una aventura y conquista en lo que se creía recorrido? Aproximándonos a través de la seña bibliográfica, —la desolación que emerge producto del exilio de Ovidio hacia Tomis—, asistimos como lectores a una multiplicidad de voces que dibujan la posición del exiliado, no como una presunción política o ética, el verso porta el sentimiento de la expulsión, una expulsión del “yo” ante la realidad que fue, lugar que niega el retorno bajo señales varias. En este movimiento continuo de negación se lee esa expulsión de los espacios vitales y el sacrificio ante los dioses escurridizos que habitan la literatura, prueba de estas distancias son los poemas “A Telémaco”, “Los argonautas” o “La muerte de Virgilio”.
Pero la desolación en Tristia poco ha de armonizar, al menos de manera continua, con los líricos poemas de Fabulaciones, o con algunos poemas de Vendramin (2014) y Claro azar (2017). El poema “Petronio reflexiona antes del suicidio” ofrece un centro magnético, del cual podemos hacer mapa inicial, pues la forma metarreflexiva y barroca o el lírico artefacto son abandonados por igual. El poema afirma con seguridad llana: “No siempre la belleza/ logra su equilibrio en el exceso.”. La pausa versal, la contención oportuna, la nominación de lo mudo a través de elementos simbólicos antes que la enunciación de la imposibilidad, son las que configuran el ambiente de Tristia, un poemario aún oculto, construido en la certeza de no pertenecer en su experiencia vital, el habitar ajeno a lo que reunimos bajo el nombre “hogar”, la imposibilidad de renuncia a la vida que nos es esquiva, pero que, aún así, nos define.
Durante estos últimos años podemos cotejar la prolificidad en la obra de Ismael Gavilán: apuntes, ensayos literarios, memorias, poemas en prosa, y sin embargo, si hemos de hablar de la obra poética, considero que aquellos primeros poemas alcanzan aquí una culminación bífida, una forma bi-partita en la cual Gavilán ha encontrado un final feliz: la verbalización del dolor. La satírica interpelación de los epigramas (inédito), que traza un corroído sistema ecológico en donde la figura del poeta intenta rescatar la embarrada nobleza de un tiempo pretérito y la apacible desolación de Tristia, el libro que se escribe en la distancia espiritual, torre o isla, pero siempre externo al ritmo vital que desdeña a quien le habitó.
Al dios del lugar ofrecemos un poema con los rostros y objetos familiares como un abecedario que solo nos pertenece, el único lenguaje en el que se puede escribir la lejanía.
Bastián Desidel Escurra
Tristia
(selección)
Por Ismael Gavilán
Narciso
Mi rostro no es mi rostro.
Palpo en la mirada
lo que ella misma difumina:
soledad que agrieta mis manos
cuando toco el agua,
pasión y cansancio de un gesto
en el que no me reconozco
cuando soy penitencia estéril.
Mi rostro no es mi rostro:
refleja al que no soy,
alguien ebrio de su propio estupor
como espejismo de su doble
y de su propia desvergüenza.
Lejos
el silencio irrumpe con fuerza;
no hay mirada que insista
sobre mis ojos calcinados
ni con la aridez de mis pupilas.
Apenas el beso de mi propio olvido;
esa palabra que nace de la afasia
cuando palpo en la mirada
lo que ella misma difumina:
la oscuridad de toda piedra,
mi nombre silenciado.
Ithaca
Fiel a la fragilidad
ensayas llegar a esa orilla
donde cosas bellas e inútiles
hieren los ojos de tu juventud.
Pero el agua te hace beber su eco
como el mar que viene con la muerte
cuando todo se transforma
en crueldad vociferante.
Fiel a esa fiel oscuridad
grabas en piedra tu derrota:
inscripción, signo, alfabeto.
Fiel a la extrañeza
escribes
lo que nunca pudiste escribir:
esa ciudad desierta
a la que regresas solo, sin voz.
Las ruinas de la ciudad
(Palmira, Micenas, Éfeso, Pompeya)
El viento atraviesa
los intersticios de las piedras.
En vano buscas verdor
donde existen sólo huellas grises,
sangre calcinada,
cuerpos escritos encima de la grava.
Pasaron
hombres y mujeres,
esclavos y señores.
Acá, toda ruta conduce al mar,
también al deseo y la destrucción.
Como una tumba muda,
la ceniza retiene imágenes
desdibujadas por ráfagas y siglos.
Tras el montículo,
(ágora o foro imaginados)
la llanura trae el bullicio de una multitud extinta:
desconocidos que ríen, pelean o hablan
un lenguaje dejado hace mucho a la deriva.
Ilusión o nostalgia
los invisibles habitantes de las ruinas
no son a quienes la inteligencia dio su orgullo.
Ahora sólo cardos, polvo gris, frágil musgo.
A Telémaco
No sé si recibirás estas palabras.
Sólo digo que no te empeñes en buscarme.
Acá los días son una marea
repitiendo su vaivén
junto a monstruos y tormentas:
un salto de isla en isla,
entre jardines imaginados
y la desnudez juvenil de tu madre.
Con otros labios
acá, otra mujer,
dice un nombre
que ya ni sé si sigue siendo el mío.
En esta frontera hijo amado,
todo cambio es ilusorio,
un engaño para evitar el encuentro
con nuestra sombra.
En verdad, Troya nunca fue tomada,
los navíos jamás llegaron a destino,
Helena nunca existió.
Demasiado tarde dimos cuenta de eso.
En esta frontera
he sucumbido a la extraña ficción
que un viejo, ciego y vagabundo, canta
de ciudad en ciudad por ropa y alimento.
Volver es imposible.
Solo digo que no te empeñes en buscarme:
las palabras de aquel ciego
serán la única evidencia
para que sepas que yo algún día fui tu padre.
Et in Arcadia Ego
I
La apacible voz de un anciano
reitera el lenguaje de las estaciones:
la sombra del níspero en verano,
la vigilia de la uva
en la gris fugacidad de marzo.
II
Un dibujo
abandonado en la mañana
junto a un sol que escribe
su propia sombra.
Al atardecer
oír un río imaginario
trazar su curso húmedo
en la tierra que besan mis pies.
III
Una mano reposa
sobre un nombre que repite el mío:
ilusión de pájaros
cuando el silbido del agua
emprende vuelo al inicio del día.
Paestum
Los dioses observan a distancia
la imagen de su perfección.
No la geometría asombrosa
recordada en la escritura
sobre un fragmento de granito.
Tampoco la aspereza de antiguas columnas
mancilladas con sangre y estiércol.
El templo no teme la luz,
su resplandor fugitivo
es bello como para dejar olvidados
a viejos sacerdotes y a bárbaros odiosos.
Acá la perfección es la imaginación
haciendo de la inteligencia y el placer
una forma transparente reflejada desde el cielo.
Acá, el templo es el mar, no las ruinas.
Petronio reflexiona antes del suicidio
(pulchritudinis et doloris)
No siempre la belleza
logra su equilibrio en el exceso.
El aprendizaje tardío de algo tan evidente
hizo que muchos me llamaran frívolo,
liviano para los torturados por la culpa,
superficial y cursi para los envidiosos.
Para el resto, un obsceno príncipe indolente.
No es fácil la conjunción
de lo que para tantos
termina siendo inútil y carente de valor.
Al final de mis días
sigo creyendo que el reino
de los afectos y la pasión ha sido,
desde siempre, el reino de la belleza.
Un reino que, según una ley misteriosa,
vincula el sentimiento a la forma
siendo en el origen, solo uno con ella.
Una imagen del mundo así engendrada,
una imagen vivida y sufrida
con la totalidad de los sentidos
llevará en su vientre el signo de lo bello:
no tendrá la sequedad del erudito,
la hipocresía del sofista,
el aburrimiento abstracto de la especulación.
Surgirá como escritura celeste dictada por un dios
como música venida desde lejos en la oscuridad.
Nacerá como encanto del perfume más exquisito,
como presencia disolvente de un cuerpo perfecto.
Y si acaso es cierto
según una gracia y don antiguos,
un parentezco profundo y misterioso
entre belleza y sufrimiento, tal vez el dolor
sea redimido en la obra de arte mediante la forma.
Así, en mi muerte voluntaria, escribo sobre este cuerpo
ese poema que ni Apolo fue capaz de imaginar.
Los argonautas
(Ἀργοναῦται)
Buscábamos el oro del Vellocino
entre olas enormes y fieras tormentas.
Éramos guerreros y magos,
músicos y videntes.
Por regiones extrañas
nuestro impulso era sólo aventura:
goce inesperado,
intensidad sobre el mar desconocido.
Algunos caían,
otros nos abandonaban
unos cuántos regresaron.
Jamás nos detuvimos:
encima de las aguas éramos
la voracidad deslumbrante
del relámpago.
Pasaron los años.
Nuestra fuerza y nuestra vida
fueron vividos por otros.
Nuestra sangre fue espejo de sueños
terminados antes de tiempo.
A través de otras voces
supimos nuestra historia:
no sería lo que imaginábamos.
El oro del Vellocino
nunca fue hallado;
su secreto nunca fue nuestro.
Para los que vinieron después
las islas no existieron,
Cólquide significó otra cosa,
los Monstruos sólo habitaron nuestra fantasía.
Habíamos sido ilusos hijos de la quimera.
Ovidio a un fiel lector
Me dices, buen amigo,
que leíste mis poemas
y lamentas mi destierro
con perpleja incertidumbre.
Sabes que mis versos
no eran del gusto de Mecenas
y que mi risueña liviandad
causaba ira y desconfianza
en quienes ahora son cónsules
encargados de dictar leyes al Estado.
Ambos sabíamos
que leer poemas en estos tiempos
es algo bastante ridículo,
una vieja costumbre casi extinta
comparable a esas fábulas
aprendidas en la adolescencia
cuando creíamos en los dioses
y nos faltaba suspicacia
para quienes hoy se declaran hijos de Apolo.
Me basta saber
que al leerme me acompañas:
la distancia parece así menos cruel
a pesar de la soledad y sus peligros.
Agradecido de tu anónima bondad
sólo ruego que no reproduzcas
las escasas palabras que creo de valor
en ningún florilegio, antología o analecta.
Para ti, no es necesario el riesgo,
para mí, el silencio es más que suficiente.
Al dios del lugar
No eres el que vuelve
en ese cuerpo desnudo
que robó mi alegría
con una sonrisa frágil y distante.
Tampoco la belleza
que durante mi opaca juventud
encendió el deseo
con torpeza ingenua y prohibida.
No eres la promesa de la música,
su silencio invisible que la noche
besaba con mágica indolencia
cuando mi voz era llanto y vacío.
Tampoco presencia de ese tiempo
en que mi nombre fue dicho
con palabras desconocidas
y que la soledad escribió
en el viejo laberinto del poema.
Con los días
el rostro indistinto del mundo
se convirtió en costumbre del verano;
ese verano que perdí en la infancia
y que ahora me vuelve a nombrar:
celeste lejanía tocando mi piel,
hermosa y triste violencia de fuego.
La muerte de Virgilio
(sobre un tema de Hermann Broch)
El campesino sabe nombrar insectos y plantas,
el alfarero conoce la densidad del barro,
el jardinero cuándo podar la parra
para uvas más dulces.
Pero mis palabras apenas las conozco.
No son mías después del sufrimiento,
el vacío o la indiferencia estúpida.
Una y otra vez
me piden la entrega del poema
para justificar su lado correcto de la Historia.
Sólo que ésta se escribe a sangre, no con palabras.
El silencio es mi renuncia,
único camino para el arte:
el anonimato ajeno a prebendas,
a la bondad de César y sus acólitos
a los que creen que lenguaje y poder son equivalentes.
Pronto moriré y sé que el poema dejará de existir.
Quizás la justificación a todo esto
sea ese mar ajeno que cruzamos
con el brutal oleaje de la vida
naufragando en la extrañeza de la infancia.
Enfermo, entregaré al fuego el manuscrito:
no escribí lo que ambicioné escribir,
pero no me permití decir lo que deseaban que dijera.
El poema, después de todo,
termina siendo un extraño consuelo alimentado con desilusiones.


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