Tenemos la dicha de presentar una selección de poemas de Víctor Campos. Un conjunto que aunque menor en cuanto a número, no lo es en cuanto a lo que refleja. Una escritura que reincide en sus necesidades más personales a la hora de hallar su propio lirismo y medir la respiración de sus palabras.
Víctor Campos, cuya ópera prima se ha mantenido inopinadamente inédita hasta ahora, ha publicado una serie de poemas en distintas revistas, ha asistido a lecturas, ha participado de talleres y los ha dictado. Como reseñista, ensayista e investigador no se queda a la zaga, empezando en cada una de estas áreas muy temprano, por lo demás. Durante estas actividades del pensamiento, atestiguamos que su preocupación y expresión ha sido constante y escalonada, que sus referentes están ya adosados a su manera de concebir la escritura poética e incluso a su visión de mundo.
Las vertientes de las que bebe esta poesía están a la vista. Pero no es tan importante saber de qué tradición echa mano, ni quienes han marcado el designio de sus soluciones formales y creativas (donde, sin duda, se podría hallar la tradición francesa de corte simbolista), más lo es constatar una escritura que busca conjugar al menos dos o tres elementos de manera recurrente: la carne flagelada, la veneración secular y la música que los movilice y los contenga.
Todos ellos modelan una voz afectada que ha logrado mantener una consistencia duradera en lo que Víctor Campos ha denominado su “poesía temprana”. Aunque en los poemas a continuación veamos una intención mucho más clara por explorar las figuraciones retóricas y las posibilidades formales más auditivas. Ya sea a través de la irregularidad métrica, acentuaciones o aliteraciones, revela un importante control sobre sus materiales que ya conocíamos en sus sonetos. Porque a menudo confundimos exploración del lenguaje con irreverencia lingüística, una poesía como esta nos recuerda que es mucho más osado —y, por tanto, granjea mayor posibilidad expresiva— el juego sutil del idioma, pues el pie en falso es en él mucho más notorio y su caída se paga más caro.
Como pocas instancias de hoy por hoy, nos encontramos con una poesía llena de recodos simbólicos, de una sensibilidad apabullante y rica en lenguaje. Creemos que esto sólo es posible en alguien que se ha entregado de manera cabal al encuentro con la tradición poética, en su sentido más expedito y aun en lo contingente: como lector memorioso, como poeta de referencia fecunda.
B.C.
Junio, 2023
ORIGEN Y CENIZA
Víctor Campos
Conjunto dedicado a Gustave Kahn:
a su gesto inútil que hermano.
Ivernal
a Rafael Rubio, amigo y maestro.
Sol, Sol sin estación. Salido tan de sí,
sin quema ni calor que acaso nos ocase.
Distante tan de ti, calas la nube sola
Sol, sanguínea es la hierba que hiérenos acá
como espina; sed de esa seda que arrancara la voz
Cuerpo ardido tú, soldas la noche tan escasa:
la doras en silencio cuando decides partir,
mas no partes la noche sin partirte a ti. Solo
Sol sin mar que arda por sus negras llagas,
¿cómo sale el icor sin salir? Decidme cómo sangrar,
qué dar para vivir, Sol, Sol sin estación
Cómo sangra tu luz sobre la faz herida.
Aún un hilillo vivo enraíza las venas
desta carne podrida.
Heridme, Sol, heridme:
haz de mí una voz en el fondo del fuego.
Aguas
Como derrotado en la redoma, derramado
como vaso, cal o aguas, cayendo como escupo,
gajo de sí, saliva que no salva.
Dirás que mi palabra
es vacua como tu sexo, y mis ojos
dos cuencas arqueadas de humedad, esa
que se me posa entreabierta entre mis labios
tan secos de parlar: mis labios como palas
oxidadas pronunciándote memorial en la tortura
de este pedazo de nervios amasijados. Cuándo el sueño,
su diadema pútrida, nos coronará como caros
habitantes de la nada?
Los versos acá no tiñen
las ventanas, y ni el vaho que botamos en el acto
ruborizan el vidrio frío que nos viese,
con cariados dientes, mordiendo la carne
que ya no encarna.
Bovedad
Una vez tuve un entusiasmo, como de niño
que despierta. Las voces de las aves
aún no huían de Dios, y yo no me escondía
de la necesidad. Todos mis latidos
silenciosos y todos mis amigos los mismos.
Al cielo, cada tanto, posaba la mirada:
el signo y la señal de la esperanza
decía matutina mi mamá.
Las nubes como cuerpos arrojados,
impregnados de noche, se movían
como aguas recién derretidas. El sol,
mortal como los padres, dirigía
su caravana henchida de dichosa
materia. Yo quería ser el sol,
solía confesar, y me callaba.
El mar, acaso, el cielo eternizado.
Cada gota una nube que no se gasta, aún
a pesar de las rocas. Y las olas,
y la espuma metáforas del cielo,
pues la materia no era concreta
en nuestras manos tan iluminadas.
Feu
a Alain, dibujo francés.
El cuerpo este que me pesa y que ves
ya no pasa saludando a sus padres
en la casa natal.
Se ríe solo en mitad de la calle,
y triste no siembra nada debajo
de sus pies. Ya no hay muerte,
sino el murmullo de luz masacrando
polillas, zancudos, insectos otros.
La calle porta cuerpos
que ya no serán muerte. Porque muertas
están las calles y sus luces flacas,
hambrientas de vivir.
¿Sabes tú, Alain, de la vida que no tuvimos?
Nos criamos sin nada y a la nada
vamos, como silencio.
Este cuerpo, este mismo que me pesa
y que me ves, ahora, pudoroso,
sin carnes que mostrar,
sin fantasma que lo guarde o algún mudo
centinela que lo escolte, ¿se irá
envuelto por el polvo
de la tierra? Dime tú, Alain, que la
duda rota yace en nuestras gargantas,
y el miedo, esa pasión
que encabrita la sangre y nos la ciega,
nos golpetea el tambor de las sienes.
Dime tú, amigo, ¿quién
se llevará a los muertos cuando todos,
de súbito, se hallen muertos, se sepan
muertos, se mueran muertos?
No sé me dices, y te callas, y yo aguardo
fiel a esta parusía sin cristos
La donación
a M.
Soy ocupación de ti. Tu cuerpo en venas henchido
no se sacia en estos bordes que te dono cabizbajo,
sino lloro deshaciéndome en el cuerpo de lo herido,
de lo bajo que me nombra, que me ríe, me somete.
Y si te nombrara fiel, no me mirarías más:
dolería de tu sien, de tu sudor como aguas
que se expanden en mi fe ya tan blasfema, ya tan
sin nada. Otro cuerpo tuyo ahora ya me cuida,
me susurra en los cartílagos de los oídos en que cuelgan
otras voces, otros sueños; y yo me quiero quedar
en tu piel que me resguarda, que no me hiere ya más.
Oh, tú, credo de la carne, boca sin piedad, sin daño…
¿Acaso oigo tus huesos crecer? Que crezcan y crézcanme
a la vez en esta lucha de mi mano contra ti!
Vertebral memoria
Y casi como una reacción,
como un dejo suave de blancos trotes
en los que se devasta la noche, blanca;
como la tristeza dura del fantasma
que aún enfermo recorre las venas.
Como la muerte, como la muerta canción
viviente en la cresta de las criptas, como
la voz aquella que refugia su caída
y drena todavía más blasfemias. Como Dios,
como un padre que da su esperma por la muerte
de su estirpe. Como tantos hijos, como tantos
ojos que nos miran en la noche, tras el día,
inyectados de oscuro.
Aquí vertebral es la memoria, y sus huesos
demolidos como cenizas se ofrendan al altar.
Todo fue fuego, fango, rayos en el día último
que no nació. Si tu voz todavía nos gritara
la madre no vendría.
Toma este mi cuerpo, que aún dice nada,
que aún, con todo, late sangre,
y demuéleme, deshazte de la bestia que roe
obsceno los horrores de la casa, de la nuestra,
invadida de termitas y canallas,
deshazte de mis versos, de mi voz,
y de todo aquello
que alguna vez conjuré.


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