[ lectura y crítica ] 

La angustia de la primera frase — Bernard Quiriny

La angustia de la primera frase
(extracto)
Bernard Quiriny

Traducción de Archie Morales Romo

Para que una frase sea la última, se necesita otra  
para declararlo, y  
por lo tanto no es la última. 

JEAN-FRANÇOIS LYOTARD 

La primera frase: ahí está el enemigo. Eso es lo que pensó Gould el día en que decidió escribir el libro en el que había estado pensando durante muchos años. Frente a la hoja en blanco, pasó horas buscando la primera frase ideal. Una y otra vez, colocaba la punta de su pluma en el papel y trataba de soltar la mano para dibujar el bucle de la primera letra; se detenía cada vez con la certeza espantosa de que había una mejor manera de comenzar el texto. Todo lo que escribiera estaría influenciado por la primera frase. Una mala primera frase contaminaría todo el libro. Debería ser un pilar, una roca sólida sobre la que construir con seguridad. Debía trabajar en ella hasta alcanzar la perfección. La mayoría de los lectores empezarían por ella, en cierto modo era equivalente a la mano que se tiende en un primer encuentro. Si tienes las uñas sucias o aprietas los dedos de tu interlocutor como si fuera un pajarito muerto, no causarás una buena impresión. Lo mismo ocurre con las primeras palabras de un libro. Gould las persiguió durante todo un día como si fueran un animal astuto y retorcido, con la inquietante sensación de estar en una lucha sin cuartel con ellas.

Sin duda, esta angustia de la primera frase es la que condujo a la invención de la cita. La cita es una forma de engañarla, tomando prestado un enunciado de un escritor famoso. Gould se oponía a este método, que para él era una forma de cobardía. Según él, cualquiera podía extraer una frase de una obra maestra cuyo genio recaería injustamente en el texto que introduciría; esta forma de evadir la responsabilidad escondiéndose detrás de un gran hombre era inadmisible para él. Era apenas mejor que robar una insignia del capó de un coche de lujo para pegarla en el de su coche destartalado. Gould, que no era de los que se dejaban llevar por la facilidad, rechazó la opción de la cita y continuó buscando la primera frase ideal. Pensó en Flaubert, quien decía haber encontrado la de Bouvard y Pécuchet después de «una tarde de tortura«. ¿Cómo salían adelante los grandes escritores de esta prueba? Gould decidió meditar sobre los inicios de sus novelas favoritas con la esperanza de obtener enseñanzas de los maestros que pudieran ayudarlo a dar el paso. 

Las dos primeras frases más famosas de la literatura nacional son probablemente «Mamá se ha muerto hoy» y “Durante mucho tiempo, me acosté temprano«. Gould las repitió varias veces en voz alta. No parecen gran cosa, pero hay que admitir que su sencillez expresa un auténtico genio. Cuando las miras de cerca, parece que hubieran sido concebidas especialmente para las obras maestras que introducen. Es como si el idioma francés hubiera sido diseñado desde el principio para permitir estas combinaciones de palabras perfectas, combinaciones que correspondía a personas como Proust o Camus descubrir. Gould pensó que quizás existía, dispersa en el aire del ambiente, una especie de manada de primeras frases perfectas que solo los grandes escritores podían ver y capturar. Y como un gran escritor, por definición, escribe grandes libros, los grandes libros siempre tienen primeras frases perfectas.

Gould sacó de su biblioteca sus libros favoritos para leer sólo las primeras palabras. No sin sorpresa, notó que varios genios habían inventado hábiles estratagemas para evitar tener que esforzarse con el comienzo.  

—Algunos recurrían a la cita. Gould, como se ha visto, no era partidario de este método, pero estimó que el uso que los grandes escritores hacían de ella no era condenable. No hay nada en común entre un escritor aficionado que se niega a enfrentar su angustia de la primera frase citando un clásico, y un genio que saluda a un igual al tomar prestada una fórmula. Para este último, la cita es solo un truco para expresar su pertenencia a la comunidad de grandes mentes, no un escudo sin el cual no se atrevería a abordar su propio libro. En todo caso, a partir de cierto nivel de excelencia, los grandes escritores se convierten en una sola persona, se transforman en tantas figuras particulares de un mismo ente llamado literatura. Gould veía el mundo de los grandes escritores como una especie de mesa redonda en la que cada parte es el todo y el todo cada parte. Por lo tanto, en esta perspectiva, no importa que la primera frase del libro del gran autor X haya sido escrita en realidad por el gran autor Y: en ambos casos, se trata de gran literatura. Queda la hipótesis del gran autor X que, en el prefacio de su obra maestra, coloca una cita del autor de bazofia Z. Pero la idea repugnaba tanto a Gould que se negaba a pensar en ella.  

—En Lolita, Vladimir Nabokov tuvo la astuta idea de preceder el texto en sí con un prólogo escrito por un médico imaginario, el Dr. John Ray. Era astuto: nadie habría pensado en exigir a un documento médico que demostrara cualidades de estilo particulares. Uno no elige a su médico por su pluma. De esta manera, Nabokov se deshacía de la angustia del comienzo sobre John Ray y podía escribir con el corazón ligero, sin tortura. Esto era de alguna manera inventar su propia introducción, atribuyéndosela a un personaje ficticio cuyo estilo no fuese la preocupación principal. 

—Oscar Wilde, por otro lado, eligió la dificultad. Su Retrato de Dorian Gray comenzaba con una declaración de intención atronadora, de una opulencia incomparable, que dejaba al lector literalmente K.O. «El artista es un creador de belleza«, decía la primera frase de este prólogo. Gould entendió que formaba parte integral del texto y que el valiente Wilde no había flaqueado ante el enemigo: explotó literalmente como un sol, y lo admiró aún más por ello. 

La Montaña mágica de Thomas Mann también comenzaba con un largo «Prólogo» sobre el cual Gould llegó a conclusiones similares: el prólogo ya era el texto y Mann había enfrentado la aprensión del ataque con toda la valentía que se espera de un hombre tan grande.  

Musil, Joyce, Faulkner, Powys, Lawrence, Orwell, Céline, Döblin, todos tenían primeras frases de una sorprendente perfección. A medida que avanzaba en sus investigaciones, Gould se preguntaba sobre su método: ¿no hubiera sido más sensato, en lugar de dispersarse así, limitarse a estudiar la manera de un solo genio? ¿Y no había algo ridículamente pretencioso en estudiar solo a los más grandes? Quizá las primeras frases de libros mediocres y novelas de estación le hubieran enseñado de manera más realista cómo exorcizar su miedo. ¿Entonces Gould quería tener éxito al primer intento al escribir una frase inicial comparable a las de un Walser o un Sterne, él, que nunca había sido capaz de escribir un libro por no poder empezarlo? Reflexionó sobre ello por unos momentos y rechazó el argumento. Sin duda, habría sido más modesto estudiar las primeras frases de obras menos grandiosas que aquellas a las que se había enfrentado, pero elegir deliberadamente un mal modelo es una actitud profundamente antipedagógica. Quien quiera iniciarse en la pintura tiene más que ganar contemplando a Matisse que una pintura de mala calidad. Por una buena lógica, lo mismo vale para la literatura. 

De todas formas, el estudio de las primeras frases de sus novelas favoritas no ayudó a Gould como hubiera deseado. Sacó de sus lecturas una impresión ambigua. A veces se sentía preparado, diciéndose que, después de todo, la barrera es sólo psicológica, que las primeras palabras no cuentan tanto más que las siguientes; es una cuestión de voluntad y estado de ánimo, que no tiene nada que ver con la pretendida incomprensibilidad ontológica de la frase en cuestión. Pero en otros momentos, se decía que nunca lo lograría, que la primera frase era una bestia demasiado fuerte para él, que sólo los verdaderos grandes escritores eran capaces de enfrentarse a ella. Entonces se sentía abatido y se refugiaba en el cinismo, pensando en usar la carta desleal de la parodia (lo que habría dado algo como: «Hoy, mamá murió, y eso no me impidió acostarme temprano«). Desmoronado, sentía que la primera frase perfecta, aquella que había estado buscando durante tanto tiempo, se burlaba de él como un pato malvado. Cruel y venenosa, lo hacía sentir que era mediocre, indigno de los grandes. Y como no podía soportar la perspectiva de escribir un comienzo lamentable, le parecía que se encontraba en una situación sin salida. 

La angustia de la primera frase (extracto)
Bernard Quiriny
Traducción de Archie Morales Romo


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