[ lectura y crítica ] 

La función de la crítica — Ricardo A. Latcham

El 6 de octubre de 1944 se publicó en la Revista Zig-Zag «La función de la crítica», del ensayista, profesor y crítico literario Ricardo A. Latcham (1903-1965), una de las figuras centrales del pensamiento literario en Chile e Hispanoamérica, y sin la cual no se podría entender el desarrollo de la literatura chilena de la primera mitad del siglo XX. Encontramos en estas páginas un debate que para la época ya contaba con sobrada antigüedad e ininterrumpidos avivamientos: ¿en qué consiste la crítica literaria? ¿Es un género irredento, como se diría del ensayo, o le corresponde el lugar de un verdadero catalizador? ¿Puede llegar a ser el crítico también un creador?

La cultivada lucidez del «maestro Latcham» en este ensayo no evita la polémica al señalar los aciertos y desaciertos de la crítica, tampoco las admoniciones al género en cuanto a su capacidad de agitación del «ambiente cultural». Es propio de la expresión de un intelectual público donde cabe la opinión, la rigurosidad, la contingencia; es decir, la actividad de esa extinta especie llamada homme de lettres.

Le debemos a Pedro Lastra y a Alfonso Calderón el haber realizado una enjundiosa edición de su obra a finales de los años 60, y esperaríamos hoy otro trabajo que renovara su circulación. A pesar de estar en un poco casual olvido, siendo reducido a materia doxográfica por la academia y los círculos culturales, no deja de estar vigente su figura intelectual y resuelta erudición. Lo fue así también para aquellos que lo tuvieron como maestro y que recibieron el espíritu crítico y humanístico de aquel, como dijera Pedro Lastra, «el enamorado de los libros / el amigo, el protegido por ellos».

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La función de la crítica*

Ricardo A. Latcham

Cada cierto tiempo se renueva el viejo debate de la función de la crítica, y los escritores noveles niegan su utilidad o desconocen su papel. Los blandos tiempos que corren han hecho olvidar que la corrección de los excesos juveniles o de los extravíos del gusto no deben confundirse con la senilidad o el anquilosamiento. Clarín decía en 1891: «Algunos críticos benévolos creen que el colmo del buen gusto es hacerse de miel». Y agregaba: «Una de las mayores amarguras del crítico es tener que estar muchas veces de acuerdo con los envidiosos». Esto no hay que olvidarlo ante los que atribuyen a la crítica funciones de resentimiento y se solazan en su propia mediocridad. El impresionismo de muchos críticos modernos los ha hecho confundirse con el objeto criticado, a través de una generosidad falsa, de un espíritu de concesión que corresponde a otros aspectos del benévolo criterio contemporáneo.

Hay una crítica vasta y honda, que cala con precisión en los fenómenos estéticos y suscita comparaciones y estímulos, que hacen brotar finísimas sugestiones. No puede prescindir de las ideas universales, de las categorías, de los conceptos generales. Esta es la crítica que preferimos, y que admiramos, pero a la cual no se llega sino después de una peregrinación lenta y trabajosa. Pero abunda, también, por desgracia, la crítica de museo, de arqueología, que no se nutre con las cosas vistas o sentidas, sino que se alimenta con el polvo de los osarios y con el recuerdo de las fórmulas muertas.

Hay un tercer género de crítica, que un escritor español llama la crítica menor, y cuyo agrado reside en la sencillez y en la minuciosidad de sus recursos, en la acción que desarrolla frente al lector y en una labor análoga a la del cicerone en los museos. Nos provoca el interés, y nos ayuda en la amplificación de ciertos detalles que pasan inadvertidos al que no posee el ojo acostumbrado a las comparaciones y a los matices primorosos.

La comparación y el análisis son los instrumentos principales del crítico, decía Rémy de Gourmont. Y glosando estas palabras, añade T.S. Eliot las siguientes: «Es evidente, por cierto, que son instrumentos, para ser manejados con cuidado, y no empleados en una investigación sobre el número de veces que las jirafas son mencionadas en la literatura inglesa».

Se ha reprochado a ciertos críticos la arbitrariedad de sus juicios, y se ha relacionado este concepto con el de una blanda tolerancia. ¿Cuándo comienza y cuándo termina la arbitrariedad de un crítico? Los más grandes analistas de la literatura fueron arbitrarios, y no dejaron de incurrir en lo arbitrario nombres tan macizos en la crítica universal como Sainte-Beuve, Clarín y Menéndez y Pelayo. Clarín desconoció muchas cualidades a doña Emilia Pardo Bazán, pero no por esto dejó de ser una gran artista, que no sólo realizó el magisterio crítico, sino que escribió novelas y cuentos de primer orden, como La regenta y El gallo de Sócrates. Pero se irritaba con la sapiencia suficiente y abachillerada de doña Emilia, como más tarde Ortega y Gasset reaccionaba contra la poesía amorosa de la condesa De Noailles. Llegó a decir éste: «La voluptuosidad femenina es acaso, de todas las humanas impresiones, la que más próxima nos parece a la existencia botánica». Y, sin embargo, es magistral lo que dice Ortega de la más poética de las condesas, y de la más condesa de las poetisas. A través de su aparente arbitrariedad enjuició, como él sabe hacerlo, el punto ingrato de si es posible conciliar la genialidad poética con la monotonía del eterno femenino. En Chile habría sido imposible realizar algo semejante con Gabriela Mistral sin incurrir de pronto en la ira colectiva de las poetisas que se alimentan de sus despojos metafóricos.

La arbitrariedad consiste, a nuestro modo de ver, en un estímulo intelectual que no debe ni puede confundirse con la mala fe, el enojo o la tortuosa flor amarilla de la envidia. Si el crítico interpreta a todo el mundo, al hombre de la calle, al palurdo y al poetastro, deja de ser un representante de un criterio propio o de una modalidad íntima, y se convierte en algo subalterno.

De ahí que ciertas dosis de arbitrariedad en la crítica no puede provocar reacciones biliosas y, por el contrario, nos parece un signo de vitalidad intelectual. Por lo que toca a nosotros, hemos leído juicios tan contradictorios y diversos acerca de nuestras cualidades, que, a la postre, nos confortamos con ello. Pero, al mismo tiempo, nos parece un error polemizar con los críticos si estos no descubren bellezas ignoradas o diamantes al por mayor en las producciones de los genios e ingenios criollos. La historia de la crítica es la historia de la evolución de los gustos y de las preferencias. Don Marcelino Menéndez y Pelayo no entendió bien a Góngora, y en nuestro tiempo la exégesis crítica se ha sutilizado a través de las laderas magníficamente florecidas de su poética singular y alquitarada. Pero, lo que es más grave, se ha observado que Sainte-Beuve no entendió o no quiso entender a Balzac, y lo puso atrás de mediocridades que hoy nadie recuerda. A través de la evolución del gusto, del retorno a ideas y a tendencias que parecían abolidas, no hacemos otra cosa que comprobar la relatividad de todos los dogmas y el constante fluir de las corrientes literarias. Pero, sin embargo, hubo un tiempo en que se creyó que la crítica enseñaba y corregía, lo que hoy parece una ridícula paradoja. Son pocos los autores que ahora reconocen sus defectos, y muy raros los artistas que rectifican o enmiendan sus yerros. Antiguamente quizá era más ardua la profesión intelectual, y se exigían calidades más positivas a los principiantes. Ahora éstos no quieren o no pueden pasar por las severas faenas de la iniciación o por el aprendizaje lento y disciplinado, que constituye el programa de todo verdadero escritor.

Algunos literatos niegan rotundamente a la crítica y predican la supresión del género por su inutilidad. Esto, también, es muy viejo, y se planteó en la época en que Leopoldo Alas corregía, con acierto e inteligencia, el rumbo mediocre de la literatura española del último decenio del siglo XIX. Siempre podrá señalarse que se equivocó este o el otro crítico; pero no cabe repetir: hay que acabar con la crítica, es decir, crítica que ajuste preceptos o reglas a resultados artísticos, como la definió el autor de Paliques. Aceptado semejante principio para regular las relaciones literarias, no hay ningún inconveniente en reconocer la ventaja de la pluralidad de los métodos críticos, ya que será imposible meter en un solo cesto a los que la ejercen. Investigar hasta qué punto la influencia del público mejora o pervierte el gusto, será siempre función valiosa y que demanda una vocación valerosa. Escrutar las ideas y sentimientos que concurren a la realización de las obras intelectuales resultará, a la postre, más provechoso que vegetar en la medianía y sin estímulos que agiten al ambiente cultural de un país, cuyo Estado no entiende su misión en ese aspecto o aumenta la perversión colectiva con organismos burocráticos que pretenden dirigir todas las artes. Profundizar en la influencia del medio social en el rumbo de una literatura constituirá, en todo tiempo, un poderoso elemento para escudriñar en los factores morales y psicológicos que animan a la producción escrita. La crítica que no sea concebida como factor de creación y que no esté apoyada en la sensibilidad, es la que habría que desterrar de la república literaria. Pero, por desgracia, ella abunda en todos los tiempos, y todavía se alimenta con la necrofilia y con los residuos de los procedimientos hermosillescos que tan en boga estuvieron en el siglo pasado. El que no sea capaz de crear a medida que lee lo ajeno, nunca deberá dedicarse a ejercer la crítica.

Algunos esgrimen contra la crítica el argumento de que es oficio de fracasados que no pudieron concebir y realizar obra artística de ningún género.

En muchos de los críticos, sin embargo, convive la creación en otros campos literarios y el análisis de la obra ajena.

La crítica tiene todavía vastas posibilidades y dista mucho de encontrarse agotada. Ni en España ni en nuestro país se ha hecho todavía su historia, y, a través de ella, de las corrientes estéticas y de las modas imperantes a lo largo del tiempo. Cuando tal cosa se realice, estaremos más cerca de reconocer lo positivo de su influencia, por encima de sus errores y desaciertos, obrados por la pasión o el partidarismo.


* Publicado originalmente en Revista Zig-Zag, Santiago de Chile, N° 2.063, 6 de octubre de 1944; pág. 38. Extraído de Páginas escogidas. Selección, ordenación y notas de Pedro Lastra y Alfonso Calderón. Editorial Andrés Bello: Santiago de Chile, 1969, pág. 235. A este ensayo en torno al oficio crítico pueden acompañarle la crónica personal «Once años de crítica literaria», publicado en el diario La Nación, el 26 de octubre de 1952, y el Discurso de incorporación a la Academia Chilena de la Lengua, pronunciado el 14 de diciembre de 1956, «Mi vida literaria y cómo he visto el desarrollo de las letras chilenas contemporáneas», antologados ambos en Páginas escogidas, sendos testimonios que escudriñan en los fenómenos del panorama literario en Chile y las miradas críticas que se imprimieron hasta finales de la primera mitad del siglo XX.


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