Camila Leal pertenece a ese escaso grupo de artistas que cultivando poesía, música y pintura, han logrado conjugar una expresión transversal que sea ecuánime para cada una de sus vertientes. Tal sucede en la selección de poemas que presentamos a continuación. Poemas que comparten una materia común entre la composición y la palabra, el trazo y la tonalidad: la búsqueda resuelta de una imagen que adopte la forma de una evocación a través de lo corpóreo y lo sensible, mas sin contentarse por ello con la superficie; antes hurgando en el detalle y en lo minúsculo hasta transfigurarse, descubrir el mundo que habita detrás, en el más acá de la carne. “Escribo sobre vestigios de fisuras, por las que entra una hebra de luz, una hoz de oscuridad”.
En el espacio reducido de este “habitáculo” hallamos, a su vez, breves lagunas de silencio. Palabras que se cierran sobre sí mismas y que se abren, en cambio, a otros estados bien del alma, bien de la conciencia. De tal que agote las texturas, las postales sonoras y los juegos lumínicos en un número tan reducido de versos, que desbaste el lenguaje hasta conseguir una concentración sensitiva y no menos reflexiva; donde destaca por sobre todo su mirada poética, muy similar a la “visión auditiva” que comparte tan íntimamente con Sofía Gubaidulina: lo que se amplía y vuelve a alejar, conservando su misterio tan solo por evocaciones, detenerse en el umbral, en el “entre” que tanto nos recuerda a Lispector. La mirada de Camila Leal es la de quien descubre lo vedado tras un cerrojo, y viéndolo vuelve a correr el velo. “Lo veo. Sé que está ahí. Me adentro”. Pero ya no con la palabra.
49 escalones
Habitáculo
(Selección)
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El aroma del tiempo.
Un lienzo agrietado
escucha
con la punta
de los dedos.
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Me cobijo en el aire
que sale de tu boca.
El cactus brilla en la piel.
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El brillo no es cualquier azar:
agua que se desprende de sí misma.
Lo abisal emerge de tus pupilas.
En su abrazo,
la huella.
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El cuerpo es tentación.
Deseo entre los dientes.
Rama en atenta espera.
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He perdido las migajas.
Lo sé.
Flamean aturdidas de ilusión.
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La herida está abierta.
Pliegues trazan un recuerdo
en la espesura del mármol.
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Habitamos grietas
que tejen la carne.
Tierra, idioma, lengua.
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Un pálpito de hebras
me excluyen del manto.
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Sobre la estufa
un descanso:
Es hora del té.
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Todo se desvanece.
Tras un suspiro de mis ojos
sonrío.
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Una forma de miedo
arropa mis oídos.
El blanco es ruido agazapado.
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Desnuda,
la piel del tiempo,
ha sido invadida.
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Trazos temporales
encuentran
puntos de arribo.
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La mirada
quieta en la cicatriz
embruja las horas.
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Queremos estar sedados.
Ser ramas
en el esbozo del carbón.
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Atraviesa el ventanal.
Un encuentro sucedáneo
dibuja el humo que escapa.
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Entonamos un rezo
en la humedad clandestina.
La plegaria está
abrazada al lienzo.
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Derramo el agua de mi boca.
Hundo en la superficie
un brindis.
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Recojo al mundo.
Con el ruido de la avenida
recojo al mundo.
Una calma prometida,
figura de un tatuaje.
Pliegues
contenidos
de silencio,
presencia.
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El carozo
arrastra
la trama.
Configura una potencia
que es eco de sí mismo.
Al respirar
bosqueja su voz
con el hambre
callado
traza la señal
es un suelo vacío.
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Retengo mis lágrimas.
Habitar el esbozo,
anillar la tinta,
la imagen.


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