Juan Ramón se sintió deslumbrado ante Rubén Darío: en forma espontánea, dejando que la memoria recuerde con viveza al maestro nicaragüense, lo recuerda así:
La primera noticia que yo tuve de la existencia de Rubén Darío fue el año ¿1898?, cuando leí, en la Ilustración Española y Americana, el májico poema Cosas del Cid; y poco después, en El Gato Negro, de Barcelona, que yo recibía y al que mandaba versos y dibujos, el para mí entonces estravagante Friso; y en Vida nueva, de Madrid, donde yo colaboraba frecuentemente, Urna votiva, esa joya de la palabra y el ritmo nuevos. Ya por entonces Rubén estaba en Madrid, enviado por La Nación, de Buenos Aires. Yo lo sabía porque Vida Nueva había publicado un saludo al gran nicaragüense diciendo que «sus brazos unían España con América», o algo parecido.
Yo tenía una gran correspondencia con Francisco Villaespesa y no hacía caso de los consejos de poetas retardados de Sevilla que me decían que tuviese cuidado con los mercuriales franceses y con los poetas de la joven América. Un día, de nuevo en Moguer, con motivo de la publicación en Vida Nueva −con retrato mío y todo− de unas traducciones de Ibsen y de otro poema mío, anárquico y americanista, recibí una tarjeta postal de Villaespesa en la que me llamaba hermano y me invitaba a ir a Madrid a luchar con él por el Modernismo. Y la tarjeta venía firmada también por Rubén Darío. ¡Rubén Darío! mi casa moguereña, blanca y verde, se llenó toda, tan grande, de estraños espejismos y ecos májicos. El patio de mármol, el de las flores, los corrales, las escaleras, la azotea, el mirador, el largo balcón de quince metros, todo vibraba con el nombre de Rubén Darío. ¡Qué locura, qué frenesí, qué paraíso!
Mi primer Rubén Darío
Madrid. Rubén Darío, de copa alta y levita, en casa de Pidoux. Villaespesa, Valle Inclán, Ricardo Baroja, ¡yo!… Valle leía Cosas del Cid, que ya yo conocía. Alrededor de Rubén −licores selectos− se reunían, grupo tras grupo, estraños entes españoles, hispanoamericanos, franceses, despatriados. Benavente, príncipe entonces de aquel renacimiento, lo admiraba, franco. Ramón del Valle-Inclán lo leía, lo releía, lo citaba y o copiaría luego. Los demás, con los pintores de la hora, lo rodeaban, lo mimaban, lo querían, lo trataban como a un niño grande y estraño. Los más jóvenes, lo buscaban. Villaespesa le servía de paje y yo lo adoraba desde lejos.
Calle del Marqués de Santa Ana. Piso bajo. Aldeana convertida en princesa, gruesa, blanca, elástica. El cartero entrega un paquete a Rubén −¿un libro de Amado Nervo?− que coje y abre Villaespesa. Un día, telegrama de La Nación. El poeta tiene que marcharse a Francia.
Estación del Norte. Frío. Rubén, loco, deja todo aquel Madrid ya tan suyo: Paca, con niño dentro; libros que pasaron a poder de Villaespesa, Víctor Hugo entre otros, en la edición popular del centenario. Lo despedimos en la Estación, que yo recuerde, Ramiro de Maeztu, Francisco Grandmontagne, Valle-Inclán, Antonio Palomero, Villaespesa y yo. No olvidaré nunca la mirada de Rubén Darío a los álamos blancos del norte crepuscular y fresco de la primavera, por la boca de la estación. Ya el tren saliendo, cojida al furgón de cola, Paca con mantón de cuadro y niño secreto.
Mi segundo Rubén Darío
Conde de Aranda, 1. Casa del doctor Simarro. Una mañana muy temprano la doncella me anunció a Rubén Darío.
Venía vestido de kaki, con sombrero blanco de paja, un panamá, botas amarillas, estrechas, la parte alta sin abrochar, botas que le hacían daño. Oscuro, muy indio y mogol de facciones. Me pareció más pequeño, más insignificante. Sorpresa:
−He venido a Madrid sólo a verle a usted.
Pasó entonces de prisa, camino de Málaga, a curarse una bronquitis alcohólica en el clima inocente. Desde allí me mandó para la revista Helios la soberbia Oda a Roosevelt. Francisco A. de Icaza lloró de emoción cuando yo, en un tranvía, le enseñé el manuscrito de la oda.
A la vuelta lo encontré disminuido, vacilante. Se tomaba constantemente el pulso. Le vi en la fonda «Los leones de oro». Junto a él, una mujer blanca, delgada que hablaba bien francés y que Rubén presenta:
−¡Mi compañera!
Aquella era la princesa Paca. Increíble. Ahora le guarda los libros, le cierra las maletas. Traje blanco y azul, gorra de visera. Desconocida.
Mi tercer Rubén Darío
Un telegrama de París: «Llego mañana en el rápido.» Las dos de la tarde. ¿Abril? Soledad hueca en la estación del Norte. De pronto, paseándose como un maniquí, un tipo gabán gris entallado, zapatos apuntados de charol, tacón alto, bigote borgoñés, violetas en la solapa, hongo claro, todo llevado en falso. Alguien, sin duda, que venía a esperar al poeta.
Para el tren. Seis, siete viajeros. Al fin, Rubén que parece otra vez más alto y más grueso, más Rubén Darío que la segunda vez.
Me presenta al tipo del gabán gris:
−El gran poeta Vargas Vila…
Voz asquerosa, de un gangueo enjuagado:
−Sí, señor; yo soy el sol de Colombia, como Rubén es el sol de Nicaragua. Nosotros somos los soles de América.
Rubén ríe, todo él, inclinándose. Viene otra vez de sombrero de copa, alto, ancho, y siempre con botas de pie chiquito, apretadas, incómodas.
Hotel Inglés. Cuarto oscuro, hastiante, como todos los de Rubén. De pie los tres, abre un saco de mano y saca un montón de borradores. Vargas Vila desaparece. Rubén me lee Buey que vi, Lo fatal, Otoño en primavera… Me dice que viene con carta abierta a tratar una cuestión de límites con Vargas Vila, que tiene dinero y quiere hacer una edición monumental de Los Cisnes.
Salimos. Carrera de San Jerónimo, Cibeles. Se toma el pulso.
−¿Y de… mujeres?
Le digo que yo no entiendo de prostitutas, que nunca he buscado el amor en esas casas. Comprendo que le fastidio. No le gustan el Retiro ni la Castellana. Quiere beber.
Se instala en un entresuelo agobiante, en donde parece inmenso. Dicta a un amanuense la Salutación del Optimista, a dos exámetros por día. La muerte repentina de Valera, cuando le enseñaba versos latinos a su loro, le acongoja.
Siesta. Yo le suplico que no beba más whisky. Como me quiere mucho, para no disgustarme instala su bodega −whisky, soda, martel, mariscos− en el dormitorio. Con la luz encendida lo veo beber por el cristal pintado y rayado; beber, comer, enjuagarse la boca, volver serio al despacho. Veinte jóvenes admiradores alrededor de él sentados ¿dónde? Mal olor en casi todos.
Fiesta Iberoamericana en el Ateneo. Rubén Darío lee la Salutación del Optimista. Vargas Vila, unos salmos que provocan durante dos horas tormentas de chuflas. Lamentable hora. Se publica la Salutación en El Heraldo. Yo me la aprendo de memoria. La jente se burla. Empieza el tijereteo de aquí y de allá. Rubén me dedica Los Cisnes.
Mi último Rubén Darío
Moguer. Carta de París. Periódicos de Madrid. Un retrato de Rubén Darío no como yo lo conocía, sino como ahora es: viejo, gordo, feo y triste. Le pienso altivo, joven indio y mogol, con botas que le aprietan. No puedo pensar en Rubén Darío sin sentir malestar en los pies.
Mi vuelta a Madrid. Viaje a New York. Radio en el mar: Rubén Darío ha muerto. Aquella noche, en el camarote, escribí unos versos:
Sí. Sele ha entrado
a América en el pecho
su propio corazón…
(La corriente infinita, «Mis Rubén Darío»,
hacia 1918-1920, pp. 47-52)


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