[ lectura y crítica ] 

Fantasmagoría y posibilidad (presentación de Necesidad de la promesa, de Ismael Gavilán) — Benjamín Carrasco

Fantasmagoría y posibilidad. Presentación de Necesidad de la promesa de Ismael Gavilán (Altazor, 2023)

Benjamín Carrasco

Dentro del conjunto de ensayos y escritos en prosa publicados por Ismael Gavilán, como Inscripción de la deriva o Digas la palabra que digas, Necesidad de la promesa es quizás el libro más heterodoxo y disímil hasta la fecha. No es completamente ensayístico ni tampoco se perfila en estas páginas el cuadro completo de una vida como para presumir una biografía. Es más bien un volumen misceláneo donde las evocaciones, los recuerdos y la prosa crítica se alternan sin dejar de pertenecer al mismo ejercicio entre lo que él ha llamado: “fantasmagoría y posibilidad” para hacer alusión a todo un acervo de experiencias únicas que no han dejado el pensamiento exento de lo afectivo, ni tampoco el espíritu indemne. La primera pregunta que nos asalta con un libro de estas características es: ¿Qué lleva a un escritor a inclinarse hacia su pasado, a la arcadia de la infancia o, haciendo referencia a Stefan Zweig, a su mundo de ayer? Hay, ciertamente, el esbozo de ruinas, pérdidas, desapariciones de pequeños paraísos personales: el pensamiento despierto por una no tan sibilina melancolía, en una escritura que vuelve a ese tiempo irrecuperable intentando conjurar las presencias, las ensoñaciones de antaño.

Los capítulos iniciales de este libro muestran el estado germinal de una sensibilidad poética que surgió adosada al asombro y la obsesión de los primeros encuentros con los libros y con los misterios musicales. También la historia de los primeros encandilamientos: la confortable y creativa soledad, el ensimismamiento fecundo en una secreta buhardilla. Pero son también una serie de postales donde hallamos el más secreto e infantil hedonismo de la mano de cuadros literarios y de la imaginación sonora.

Estaríamos tentados a decir que algunas postales de infancia constituyen a su vez un idilio, ese género literario tan particular en que abunda lo descriptivo y la narración depurada de trama, con un sutil sentido pastoral y quizás aburguesado que realza lo armonioso, lo sensitivo, el incipiente conocimiento por sobre la reflexión acabada. Desprovisto de dramatismo, los apuntes de Gavilán se revisten de tacto para captar lo nimio y a primeras insignificante para la mirada habitual, pero ampliamente evocativo en cuanto todo paisaje de infancia, de época estudiantil, de juventud, tiene vocación reveladora. Guarda en sus imágenes, ya sea en calma o desbordadamente, lo que llamaríamos indicios de lo que pronto constituirá parte fundamental de una educación lectora, auditiva y, por qué no, sentimental, como le ha venido a llamar a una de sus notas, en referencia a Flaubert.

Parecerá esto un estilo de otra época, en la medida en que en estos fragmentos prima la serenidad y una parquedad estilística a tono con la nostalgia; un idilio, si el recuerdo no fuera fruto de una incontrarrestable añoranza abrevada por la imaginación y sedienta de ese reino desaparecido, fantasmático. Por lo mismo, uno de los más curiosos avatares de estas evocaciones es la capacidad de volver en el tiempo sin necesidad de sugerir un correlato objetivo. Los acontecimientos adquieren un matiz neblinoso, con fugaces acentuaciones: transeúntes que desaparecen entre las calles, encuentros furtivos con poetas, escritores, composiciones, diálogos de escasas palabras, irrelevantes, tal vez. Así se refleja en el espontáneo hallazgo de una sinfonía de Bruckner o de una pieza estremecedora de Penderecki: excentricidades casi siempre de la mano de señuelos femeninos que se condice con los afanes emocionales de un adolescente que, por las mismas razones, ha llegado al Werther con un influjo tormentoso.

Registro del lanzamiento de Necesidad de la promesa, en Sala de Arte Viña del Mar (26 de diciembre, 2023).

Llegados a este punto, podemos preguntarnos cuáles son las posibles repercusiones que un libro de este estilo, autobiográfico y confesional, puede tener en la efigie que construyéramos de un poeta, de un profesor, de un crítico. Dónde lo ubicamos en la totalidad de la obra. Leído con detención, no está distante de ninguno de los derroteros que ya conocíamos de Gavilán. Sin embargo, los ensayos publicados con anterioridad, y otros de los que hemos tenido noticias esporádicamente en distintos medios, como los dedicados a Zambelli, Renard o al proyecto Antítesis, reunidos aquí adquieren un nuevo matiz, más osado en sus pretensiones.

La segunda instancia es el mejor ejemplo a la hora de afirmar que no es tanto el sustrato vital lo que moviliza un recorrido reflexivo, lo es también la suma de sus lecturas, de sus inclinaciones musicales y, por qué no, sensitivas, tanto como aquellos encuentros con Ennio Moltedo, Cuturrufo o de forma atemporal con Novalis, du Bos o Acario Cotapos. Gavilán se encarga en estas páginas de tensar la relación entre lo biográfico y lo analítico, es decir, el paso del maravillamiento por los objetos a una concentración en las ideas. En este punto, nos encontramos con un Gavilán ya conocido, donde su ensayística es altamente conceptual, pero nunca urdiendo artificios o empalagosos accesorios teóricos, antes buscando en el despliegue de la sintaxis un intrincado ejercicio develador de las ideas. Mientras los primeros apuntes son sobrios y distantes, a ratos, de la cota reflexiva, ya se transformarán luego en la exploración del mundo escabroso de la creación con una prosa más incisiva y a saltos analítica. Ensayos que perfectamente podrían conformar un libro aparte, si no fuera por esa raíz que los une tan estrechamente a la historia personal de quien divaga con la escritura. Porque antes de tener origen la ecuación “escritura y vida”, hay una “vida entre libros”, como diría Pedro Lastra.

Lo que propone Gavilán en estas páginas es una nueva manera de leer y de acercarnos al perfil más indagatorio de la experiencia literaria y poética. Son músicos como Alfonso Leng, poetas como Alberto Girri o Ximena Rivera quienes son alumbrados por la curiosidad cuando antes estuvieron ocultos por la discreción, justamente, lo que él ha dado a llamar “deslumbramiento”, es decir, la transfiguración del sentido que es el leer y el escribir, “la exploración abismante […] o el esclarecimiento de un orden al cual no habíamos arribado aún […]”. Aquí la lección de Gavilán es ejemplar, pues nunca da por sentadas las respuestas, cuando el ensayista sugiere y se desdice con una sutil ironía, permitiendo aún funcionar como invitaciones o, mejor dicho, incitaciones al diálogo y a la especulación con esos objetos inagotables que son los libros, con la experiencia musical o con el sentido enigmático que poseyó la vida de poetas y escritores. Con una atención que se detiene en la oculta felicidad de las cosas, en lo eclipsado, aun figurando nombres como los de Bach, Kafka, Mistral, nos permite volver sobre ese terreno ruinoso que ha quedado tras el inevitable discurrir del tiempo. Pero no sólo para constatar las precariedades de una remota realidad o la más decadente actualidad; a su vez, para dotarnos con un poco de compañía en ese largo naufragio que es nuestra historia. No de otra manera se podría concebir un libro tan rebosante de fantasmagorías.

Creo que todo lo anterior se resume en el aliento poético que rebosa en “Elogio del horizonte”, último capítulo del libro. Verdaderos poemas en prosa que actúan solapadamente a manera de epílogo. Visto en retrospectiva, es la pregunta que ya estaba anunciada al comienzo, entre lo que es la promesa y el horizonte provisorio, ese vasto abismo en que ha venido a parar la memoria, las desolaciones, los viejos caminos: “el libro ilimitado que se abre en la pureza del ocio cuando se nos caen, inservibles, las viejas máscaras”.

Portada del libro Necesidad de la promesa (Altazor, 2023)

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