[ lectura y crítica ] 

Le sens, c’est l’homme même — Benjamín Carrasco

Le sens, c’est l’homme même

Benjamín Carrasco

John Middleton Murry inicia su ensayo más célebre, El estilo literario, con un interés particular sobre la terminología en uso de la crítica y cómo en ella, generalmente, cada palabra o término, se emplea vagamente en un estado que denomina “sentido limbo”. Un estado de imprecisiones o dubitaciones que deviene de la incapacidad de los términos para expresar un sentido claro y común, donde quiera que nos salga al paso.

Creo que aparte de los ejemplos sobre el destino de algunas de estas palabras, como “decadencia” y, obviamente, “estilo”, hoy en día podemos sumarle un gran número de otras. Mas el cambio fundamental no estriba en conceptos que por su larga data hoy se encuentren con una historia filológicamente portentosa, sino por otros que en su creación reciente, bien por pedantería o alarde intelectual, nacen marcados de muerte. En las últimas dos décadas, el interés de las humanidades por los neologismos y las palabras artificiosas ha sufrido un auge peculiar en este aspecto.

En realidad, esto es un problema inmanente de cada palabra y las expresiones van mutando tanto con espontaneidad como paulatinamente en el tiempo. Pero cuando nuestros artistas-intelectuales comienzan a hilar discursos donde estas partículas “teórico-críticas” se superponen unas a otras, nos quedamos pasmados al ver cómo poco a poco desaparece el objeto del cual están hablando, donde la cantidad de sentidos parece necesitar siempre una distinción que explicite de una palabra el sentido anterior. En este punto, si ellas no se explican por sí solas, con su propia claridad formal o en un discurso que al menos moderadamente no nos sofoque, ¿cuál es el sentido de su existencia?

El crítico literario —para Murry. Para nosotros: comentarista—, desestima estas aclaraciones y entrega las palabras a ese limbo del significado, fluido e incierto, pero no menos cautivador o sugestivo para sus oídos. Hay quienes obran bien al hacerlo. Otros, en tanto, encuentran regocijo en estas sobreexplicaciones teóricas, o las ajustan mecánicamente (con toda su jugarreta sintáctica) para darle un final acabado a sus ideas y apreciaciones. Esto es, en el mejor de los casos, una galantería del estilo, que no teme introducir una nota al margen o alguna aclaración didáctica para distinguir sus ideas de aquellas que pueda tener otro, en lo que ven una necesidad de acumulación técnica. 

A nuestro gran pesar, esta forma escritural y expresiva de nuestros comentaristas no se ha contentado con circular en academias, sino que incluso en la ensayística actual ha echado raíces hidropónicas, en la conversación y discusión sobre arte. Con cuánto empeño precisa de términos y conceptos más y más rebuscados, dejando en ellos todas sus esperanzas. Gracias a estas fabulaciones, la tensión semántica de muchas palabras concluye desterrándolas hacia la confusión y hacia caminos sin salida, donde interminablemente se erigen nuevas y vagas decisiones terminológicas, con resultados cada vez más folletinescos.

El más insoportable de todos los destinos para una palabra es cuando se la arrastra a las aguas del olvido. No porque no se siga pronunciando, antes porque como una máscara mortuoria, quebradiza, se vacía de sentido. Cuando una palabra se masculla en estas condiciones, cada hablante la sustraerá del pólemos para usarla indistintamente. Tan cerca la tendrá de sí que le parecerá propia sin siquiera haber reparado en ella, al menos públicamente. La falta de conflicto con el sentido de las palabras, la poca confrontación, es el reverso de toda la batahola de palabras artificiosas que se han ido incubando en el discurso artístico-intelectual, y de las que ya poco se puede sacar en cuenta. En esos círculos cerrados, pareciera que cada comentarista le tuviera un uso y una profundidad específicos a cada término. Así tenemos este hecho particularísimo en el que una palabra pueda verse encarnada en una persona, donde todas las nociones posibles son como brazos de su propia lengua. O bien una palabra dotada de más pies que cabeza. Es posible pensar que la renuncia a polemizar y elucidar un sentido no se da por pura ignorancia, sino además por soberbia. Podríamos transformar aquí una frase de Buffon y decir que le sens, c’est l’homme même. Porque es justamente en ese terreno donde la discordia nos maltrae déspotamente, en aquel donde el avasallador y poco agraciado lenguaje de la academia cultural comienza a esgrimir sus términos de saltimbanqui. Serán meras muletillas aprendidas como cuñas y, a veces, falta de una expresión más sincera o bien escasa amabilidad con el lector, pero estas recurrencias ya no sólo deberían alertar una sospecha, con la cual nuestros artistas-intelectuales no deberían estar conformes, sino una más encendida oposición.


Publicado el

en

Comentarios

Deja un comentario