El mundo mudo es nuestra única patria
Francis Ponge
Traducción de Waldo Rojas*
Al dirigirme a los lectores de un periódico bien hecho, es decir, pródigo en declaraciones “capitales” de los “más grandes” publicistas mundiales, no me corresponde hacerles saber que ya andamos sin duda en las primeras estribaciones de una nueva civilización, mientras que desde hace siglos se prosigue la ruina de la anterior. Los indicios de la nueva era se encuentran sobre todo en la pintura de la Escuela de París, desde Cézanne, y en la poesía francesa de los años 70. Solo que, al parecer, la poesía está ahora un poco atrasada respecto de la pintura, puesto que la poesía ha dado menos obras construidas, que resuenen por su propia forma (pero ya nos estamos ocupando de eso).
Desde la Primera Guerra Mundial, todo está dominado por el gran cisma de la civilización declinante que la evolución precipita. Solo los genios de la pintura, con Braque a la cabeza, mantienen vivo el espíritu nuevo. En último término, desde hace solo algunos años, podemos estar ciertos (después que casi todos hemos creído lo contrario) de tener que felicitarnos por encontrarnos ubicados más bien en este lado, por cuanto la placentera anarquía que aquí reina permite por lo menos que sus gérmenes vivan, se hundan (muy a menudo en la miseria), pero al fin que vivan, y que a veces salgan a la superficie.
Sabemos finalmente, desde hace poco, y esto es esencialmente MODERNO, cómo nacen, viven y mueren las civilizaciones1. Sabemos que después de un periodo de descubrimiento de nuevos valores (tomados siempre directamente del cosmos, pero de manera magnificante, no realista) viene su elaboración, elucidación, dogmatización y refinamiento; sabemos sobre todo, porque es lo que vivimos en Europa desde la Reforma, que tan pronto dogmatizados los valores nacen los cismas, a los que tarde o temprano sigue la catástrofe.
Así es. Hay aquí algo que no podemos olvidar y es lo que algunos poetas han comprendido. Ahí está, si en alguna parte ella reside, la GRANDEZA del hombre moderno y tal vez haya aquí por vez primera, un PROGRESO (?). Bien sabemos que necesariamente tendremos que pasar por todo el ciclo que acabo de describir, porque el espíritu del hombre está así hecho. Nos las arreglamos por lo menos para no quedarnos nunca rezagados en uno u otro de estos períodos, y sobre todo para sortear de inmediato el temible período clásico, el de la mitología perfecta, el de la dogmatización. De este modo, más bien que desembocar FATALMENTE en la catástrofe, ABOLIREMOS INMEDIATAMENTE LOS VALORES, en cada obra (y en cada técnica), EN EL MOMENTO MISMO EN QUE LOS DESCUBRAMOS, ELABOREMOS, ELUCIDEMOS Y REFINEMOS. Tal es, por ejemplo, en poesía, la lección de Mallarme. Tal es, por lo demás, lo propio de todas las obras maestras lo que las vuelve eternamente válidas; LAS SIGNIFICACIONES, como en el más mínimo objeto o en la más mínima persona, se hallan ahí ENCERRADAS A DOBLE LLAVE, nada les impide MARCAR LA HORA JUSTA, siempre, la hora serial (la del Infierno o del Paraíso).
En estas condiciones, se comprenderá sin dificultad cuál es en mi concepto la función de la poesía. Es la de nutrir el espíritu del hombre abocándolo al cosmos. Para que dicha reconciliación tenga lugar, basta con rebajar nuestra pretensión de dominar la naturaleza y encumbrar nuestra pretensión a formar físicamente parte de ella. Cuando el hombre esté orgulloso no solamente de ser el lugar en donde se elaboraran las ideas y los sentimientos, sino también el nudo en que éstos se destruyen y se confunden, entonces estará en condiciones de ser salvado. La esperanza reside, pues, en una poesía por la cual el mundo invada a tal punto el espíritu humano que poco a poco el hombre llegue a perder la palabra, para luego reinventar una jerga. Los poetas no tienen que ocuparse en modo alguno de sus relaciones humanas, sino de hundirse en el trigésimo sexto fondo2. Por lo demás, la sociedad no pierde ocasión de consignarlos ahí mismo, adonde los mantiene el amor de las cosas; son ellos los embajadores del mundo mudo. Como tales, balbucean, murmuran, se internan en la noche del logos —hasta que por fin se encuentran en el nivel de las RAÍCES, adonde se confunden con las cosas y las formulaciones.
He aquí por qué, dígase lo que se diga, la poesía es mucho más importante que cualquier otro arte, que ninguna otra ciencia. Es razón también de por qué la poesía no tiene nada que ver con lo que habitualmente se encuentra en las colecciones poéticas. Ella es aquello que no se las da de poesía. Se la halla en los borradores encarnizados3 de algunos maniáticos del nuevo abrazo4.
No cabe duda que es finalmente la belleza del mundo lo que nos hace la vida tan difícil. ¿Difícil, qué digo? La poesía es lo imposible que dura. Tenemos todo por decir… y no podemos decir nada. He aquí el por qué recomenzamos diariamente, a propósito de temas muy variados y según el mayor número de procedimientos imaginables. No nos proponemos en absoluto escribir un BELLO texto, una bella imagen, un bello libro. ¡No! Muy sencillamente no aceptamos ser DEMOLIDOS por: 1°La belleza o el interés de la naturaleza, o en verdad, del más mínimo objeto. No nos anima, por lo demás, ningún sentimiento de la jerarquía de las cosas que decir; 2° No aceptamos ser demolidos por el lenguaje. Seguimos ensayando; 3° Hemos perdido toda sensación de éxito relativo, y todo gusto por admitirlo. Nos burlamos de los criterios habituales. Si nos detenemos es solo por cansancio. Su toma a cargo por parte de algunos embaucadores de superficie nos produce un absoluto hastío de propugnar en adelante la MEDIDA o la DESMESURA. Sabemos que reinventamos sucesivamente los PEORES errores de las escuelas estilísticas de todos los tiempos. Y, bueno, ¡tanto mejor! No queremos decir lo que pensamos, y que probablemente carece de todo interés (lo vemos aquí). Queremos ser FASTIDIADOS en nuestro pensamiento. (¿Lo he dicho ya? Pues, lo repito).
El mundo mudo es nuestra única patria. Practicamos su recurso según la exigencia del tiempo.
Notas
- Alusión clara a la famosa sentencia de Paul Valéry: “Nous autres, civilisations, nous savons maintenant que nous sommes mortelles”, en La Crise de l´espirit (Variété I), 1919. [N. del T.]
↩︎ - “…mais à s´enfoncer dans le trente sixième dessous”: variación expresiva o paráfrasis hiperbólica de una locución figurada de uso familiar en francés: “Tomber dans le troisième dessous”, con el sentido de “hundirse, o perderse, por completo”, o aún, “irse a los quintos infiernos”. Expresión propuesta aquí, siguiendo su valor contextual, para una lectura literal paralela o simultánea a su sentido figurado. [N. del T.] ↩︎
- “…brouillons acharnés”: el adjetivo “acharné”, es derivado del verbo “acharner”, que en jerga de cazador tiene el sentido original, etimológico, de “poner carnada en el señuelo”, y en sentido figurado, como en castellano, califica una acción emprendida con empeño y afán extremos, “con saña”. En este caso, el poeta deja subsistir ambos sentidos, queriendo connotar lo que él mismo llama “la rabia de la expresión”, o sea el esfuerzo imaginario y hasta físico sobre el lenguaje “para poner carne” en un sentido desnudo, para “atrapar” una realidad, para obtener algo concreto del mundo material, en vez de solo expresarlo. [Cf. Infra: El arte del higo (L´art de la figue), (Fragmentos entrevista a Francis Ponge por Jean Ristat.]). [N. del T.] ↩︎
- “…quelques maniaques de la nouvelle étreinte”, posible alusión a un juicio de Théopile Gauthier sobre los autores realistas: “Ils croient atteindre l´idéal en étreignant le réel”, “Creen ellos alcanzar lo ideal estrechando en sus brazos lo real”. El vocablo “étreinte” posee asimismo el sentido de “asedio”, aquí también pertinente. [N. del T.] ↩︎
* Agradecemos a Waldo Rojas su venia para esta publicación, editada por Gog y Magog ediciones, 2016.


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