[ lectura y crítica ] 

Los números y el ángel — Eugenio Montejo

Los números y el ángel

Eugenio Montejo

Conservo a mano varios retratos míos que debo a algunos fotógrafos amigos, profesionales unos, aficionados la mayoría. Datan de diversos años y lugares, pero podría decirse de casi todos, por la búsqueda del ángulo más favorable, que son reproducciones aristotélicas, en cuanto sus autores parecen haber acatado el consejo de Aristóteles de pintar a la gente mejor de lo que es. En cambio, provisto de cierto verismo menos compasivo, me dibujó en una sola línea Baica Dávalos, a mediados de los sesenta: “Una cara redonda y plana con la frente a la izquierda”. Se dirá que en esta humorada algo de pincelada cubista, o más bien expresionista, cuyos trazos, por lo demás, corresponden burla burlando al espíritu de aquella época. Así, creo, propendíamos a vernos unos a otros, procurando ángulos inéditos en los seres y las cosas. Corría entonces la sexta década del siglo, la misma que tratamos de vivir bajo la creencia de que ella, como nuestra juventud, era inmortal, aunque a la postre ambas terminaran por irse antes de lo supuesto. También el país, por así decirlo, parecía en aquellos años más plano, y su frente —o buena parte de su pensamiento— se hallaba a la izquierda. Y no es que intente adrede parecerme a nuestro país más de la cuenta. El país siempre ha andado por su lado y yo por el mío.

Nací en esta ciudad de Caracas al promediar el mes de octubre de 1938. Soy, pues, del signo Libra. Y tal condición de librano quizá me haga propenso a suscitar la armonía tanto como me es posible. Quiero decir que a menudo me gana la tentación de orquestar las acciones y los hechos que me afectan como si fueran notas de una partitura. Por supuesto que el frecuente desentono, dentro o fuera de mí, tiende a desesperarme. Por la misma razón suelo creer que ciertas palabras contribuyen al equilibrio de las cosas. Ciertas palabras y también, claro está, el silencio que las circunda. En conexión con esa zona de equilibrios y tensiones, aparece, cuando aparece, la poesía, mirada tan de reojo en los actuales tiempos. El retrato de un poeta, de cualquier poeta, resulta hoy según esto un retrato para ser visto de reojo. Así y todo, habría algo todavía peor que el hecho dee que el poeta se le mire de reojo, y es que se le escuche de reojo o de reoído.

Mi relación con los otros y conmigo mismo está marcada con frecuencia por el sentido de suma fugacidad que atribuyo a los seres, lo cual quizás revela de mi parte una manifestación de angustia por el tiempo. Siempre he pensado que la particular manera de percibir el paso de las horas cumple en cada hombre una función similar, y hasta diría que superior, a la de cualquiera de los sentidos en nuestro manejo de la realidad. Como sabemos, el tiempo no explica sus actos. Acaece y nada más. En este retrato que ahora intento componer, por ejemplo, no descarta la tentativa de que me represente una imagen de grupo, en la cual este que soy ahora aparezca al lado de muchos otros que ya lucen bastante desvaídos, cuando no marchitos del todo. De algún modo, acaso bajo la penumbra de una arboleda, apunta hacia nosotros un largo brazo de fotógrafo enfundado en cierta manga negra, mientras tratamos de componernos, asumiendo ese aire intemporal, de yo petrificado, que suele tener la prevenida figura de una fotografía. En fin, estoy en compañía de varios otros que forman el complicado palimpsesto de mi propia sombra. Quienes me rodean son los muchos hombres que he sido o he soñado ser, alguno más vehemente o más resignado, alguno más irresoluto o bien más expeditivo, según el tiempo, el fugaz instante en el que el retrato queda ya fijado para siempre.

Y tal vez para ser del todo verídico, el retrato en grupo requiera que se remarquen los puntos de coincidencia afectiva entre cuantos hemos sido a lo largo de nuestros días. De ser así, la imagen definitiva ya no dependería tanto de la perspectiva o del claroscuro como de la estadística. Sería un collage de muchas horas vestidas con nuestra piel. Es necesario, pues, que identifiquemos las reiteradas predilecciones, las convicciones más cercanas a lo invariable, para subrayarlas en tanto que líneas más determinantes. Creo que describiría a través de casi todos mi vieja preferencia por los trenes elevados, las noches en barco, los aforismos de Lichtenberg, el tono inevitable de la frase de Blake, de Villon, de Quevedo, el aroma del café o el hibisco blanco. Añadiría dentro de los mismos rasgos que me seducen poco los juicios rotundos, la vehemencia de los conversos repentinos. Siempre he hallado más decencia en la duda, aunque algunos teólogos perciban en ella, como también en la prisa, sutiles móviles del diablo para atraernos. Sea de esto lo que fuere, me atrevo a afirmar que creo que no creo. Por último, otra convicción ha mucho invariable consigna en mi ánimo la noción del futuro a partir de la idea, o más bien la necesidad, de que no existan ricos ni pobres en la tierra. Más que un deseo, un dogma civilizatorio para avistar el porvenir, pero un dogma al fin, que tal vez sólo consiga representarse el futuro bajo un sol demasiado remoto. Qué le vamos a hacer.

Creo que un autorretrato debe preferir el tono cordial y ameno al tenso embarazo de la confesión. Y lo ameno, para que sea tal, debe apoyarse en lo sincero. No hay manera de que resulte legítimo sin apegarnos a la verdad, pues cuando ya hemos transpuesto los cincuenta comprobamos que nada logra envejecernos más que la mentira, de modo que, si pretendemos prolongar un tanto nuestros días en la tierra, hemos de mentir y de mentirnos lo menos posible. Y aunque el estilo importe siempre, no se trata tanto de un asunto de estilo como de una cuestión práctica: la palabra torcida no puede penetrar en la verdad.

En los reflejos de mi rostro encuentro también los de mi casa, el rostro de mi padre que ya no está, el de los otros parientes que alcancé a ver de muchacho o quizá soñé a través de alguna imagen. Y junto a sus gestos y sus rasgos, vuelven sus voces, sus historias, sus modos de reír, de reencontrarnos. Algún precepto de la antigua filosofía china tiene al cuerpo por el templo donde se honra la memoria de los padres, la morada donde perviven los antiguos, como a nuestra vez hemos de pervivir en nuestros descendientes. Recojo esta anotación y al punto la asocio al soneto de Borges sobre la lluvia que le recuerda la voz de su padre, un soneto que después he oído insuperablemente cantado por el lamento andaluz de El Cabrero.

Al retratarnos casi siempre nos detenemos a dibujar al niño que fuimos, privilegiando con razón al primer septenio de nuestra vida por encima de los otros. Sentimos que el resto, en verdad, dura mucho menos, que esos primeros siete años bien valieron nuestra existencia. Como ocurre con las matemáticas, lo esencial está contenido en los primeros números elementales, el resto es combinatoria, repetición o añadido. Ya me he referido antes a la mía, cuando escribí acerca de la cuadra de panadería de mi padre. Sin embargo, bajo la intensa blancura con que la memoria me resguarda su ámbito, además de las figuras mencionadas en aquel escrito, hay otra imagen cuya presencia no subrayé entonces pese a serme tan próxima. El caso es que al lado de los seres y objetos evocados, junto  a un perro llamado Turco, en aquella larga sala donde aún debe de sonar la música de una rocola vecina, aparece ahora como en los sueños cierta inaprensible figura, corporeidad tal vez de las oraciones de mi madre, cuando se sienta en la mecedora de nuestra cercana casa a leer en voz alta la Biblia. Aunque las otras personas de la cuadra allí presentes no logren advertirla, con los años su imagen se me ha ido tornando más nítida. Es mi Ángel de la Guarda. Tal como logro entreverlo ahora, cincuenta años después, también él tiene llena de harina las manos, los cabellos y el cuerpo todo. En fin, he tenido que vivir todo lo que he vivido para llegar a saber que lo que la angelología cristiana tiene por Ángel de la Guarda somos cada uno de nosotros en nuestra primera hora, nosotros mismos en nuestra edad perdida. No es por azar que mi memoria lo haya evocado ahora. Que él venga, pues, a ocupar el centro de este retrato.


Texto publicado en la serie titulada “Autorretratos” del suplemento “Papel Literario” de El Nacional de Caracas (1997).


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