Sobre Conversaciones filosóficas, de Óscar Velásquez
Macarena Castro
Uno de los primeros textos de la tradición filosófica occidental, el poema de Parménides, abre con un viaje iniciático. Es una diosa a la que se llega después de traspasar las puertas del día y de la noche la que nos indicará el camino de la verdad. La filosofía así, de una vez y a lo largo de su historia, comprenderá, con sus respectivas permutaciones, sucesiones de maestros y discípulos, un tránsito hacia el saber desde el no-saber, la búsqueda de la verdad que no el error. Los primeros días del aprendizaje de la filosofía en la universidad, con un currículum ajustado, lejos de las grandes preguntas, no se caracterizan exactamente por la confluencia de situaciones míticas o divinidades etéreas, a menos que se crea que los encapuchados participan de esas cualidades. En el recuerdo, con todo, sobresalen figuras que en apenas unas cuantas clases sellan, para toda la vida, el amor por la sabiduría. Oscar Velásquez fue profesor de filosofía antigua y medieval en las Universidad Católica y en la de Chile. Nacido en 1939 en Arica, ha dedicado toda su vida al estudio y enseñanza de la filosofía. Ha traducido, entre otros textos, Las Nubes de Aristófanes (Universitaria 2005), el Alcibíades de Platón, con edición crítica del texto griego y aparato en latín (2013 en Tácitas), el «Teognis de Megara» de un joven Nietzsche en edición crítica bilingüe junto a Renato Cristi en el Nietzsche y el aristocratismo de Teognis (desde el latín primero al inglés, UWP 2015 y unos años después al español, LOM 2018), y sólo entre sus últimos trabajos ha escrito sobre la figura de Sócrates en La subversión socrática (UDP, 2023) y en torno a la Teología de Aristóteles, de pronta publicación.
A su extensa lista de publicaciones se suma su último libro, Conversaciones filosóficas, Entretiens philosophiques (Katankura, 2024), una obra de difícil clasificación. Lejos de la prosa académica, el profesor Velásquez construye una obra sustentada en un estilo dialógico en la que palpita una erudición lúdica y de alto rango. En los primeros capítulos, Profesor ‘in abscondito’, Un rumor ‘infausto’, la idiosincrasia de la enseñanza de la filosofía —por la Avenida Atenas, en el último lugar del mundo— es llevada al estrado con un sarcasmo que saca carcajadas y donde no se salva nadie: hegelianos, heideggerianos, profesores «absconditus», todos caen bajo un escalpelo satírico contenido pero no menos contundente, invitando al lector a un juego, si cabe, de identificación de los personajes que pululaban una específica facultad de filosofía (aunque podría ser cualquiera y todas) con pistas explícitas aquí —con qué arrojo— y otras más esotéricas allá, para dar paso, en los capítulos subsiguientes, a reminiscencias de una infancia religiosa en Un clavel morado; fábulas a lo Esopo escritas en latín, con su respectiva traducción el español, en Fabulae; una prodigiosa muerte provocada por la fuerza del argumento ontológico en ‘Dijo el insensato en su corazón’; una exégesis filológico-filosófica sobre la naturaleza de la locura divina en un diálogo platónico en Sobre la locura divina: en pleno desierto de Atacama, para culminar, no en orden, eso sí, con Heliópolis, la ciudad del desierto, un ensayo utópico en que el autor despliega todo el vuelo libre y evocativo de su pluma, como si se tratara de una ensoñación, en torno a la edificación de una ciudad filosófica en el desierto de Atacama, cuyo magister ludi es Adolfo Gómez Lasa, el maestro del profesor Velásquez, un Nietzsche del Pacífico.
La fascinación que un maestro ejerce sobre un principiante, ya sea el primero un Nietzsche, un Gómez Lasa o un mismo Velásquez, supera a veces los límites de lo conmensurable, pues se entreteje en ese aprecio la admiración por una erudición espontánea y portentosa, una inteligencia sobria y segura de sí misma, la circunspección del filólogo y una pasión contagiosa y vital por el saber: “el gesto del maestro —recrea el autor— de poner el dedo en alguna palabra griega o latina del texto, y verterla en seguida al español con una exactitud sorprendente, se había hecho legendario entre nosotros. El término clásico fluía como por milagro desde la lengua madre al espacio de la nuestra y entraba en la comprensión de nuestro mundo con la fuerza de una intuición”. El texto, el que fuere, revive en manos expertas y no es, a pesar de su antigüedad, un documento yermo; no así en supuestos sabios que reproducen el griego antiguo con vocales ondulantes como si hubiera que oscurecer aún más el amor de la physis —alargando la ypsilon— por el ocultarse (o la phŷsis âma el ŏcŭltârse como pomposamente lo pronunciaría un profesor X).
El profesor Velásquez dibuja con clase y precisión los varios tipos del saber: el del hombre que sabe, el que no sabe y el que cree que sabe pero realmente no sabe, aplicando ese ejercicio del pensar y leer bien de toda una vida a la reconstrucción de una memoria filosófica —que no a códices en griego como en sus trabajos paleográficos— en la que reverbera una impronta socrático platónica tanto en la forma dialógica y artística del texto como en el aguijón irónico de la mayéutica. No deja ser irónico, por cierto, el contraste entre esa pluma «venenosa» y mordaz con la fisionomía del autor: de movimientos discretos, dicción y voz moderada, andar cauto, como si el estudio de las filosofías de Platón y Plotino se tradujera en una serenidad de espíritu por la que el tiempo no transcurre. Sin necesidad de presunción, más bien con una humildad que aturde y que sirve de modelo, especialmente para aquellos que creen que saben, y respaldado por un conocimiento riguroso, propio de un scholar, el autor ha consolidado una carrera en la que este último libro sobresale por su naturaleza particular. No es, en todo caso, su primera incursión fuera del medio puramente académico. Veinte años atrás se publica la novela En el corredor (Ril editores), la que le cuesta la desvinculación de la Pontificia Universidad y en la que con un estilo más próximo al monólogo introspectivo también da rienda suelta a una observación crítica e incisiva de la vida universitaria chilena. Es como si bajo esa apariencia sosegada pulsara un ingenio satírico y socarrón que inevitablemente evoca lo que se decía de Sócrates: el más sabio entre los hombres griegos, era, no obstante, feo (los alcances de tal antítesis son explotados por Nietzsche, él también experto en máscaras).
Fuera de los límites de la universidad, como Sócrates en el ágora, Nietzsche en su eterna errancia, y, bajo el inmenso cielo del desierto altiplánico, Adolfo Gómez Lasa —o el “Nietzsche meridional”, cuya memoria es honrada y enaltecida—, el profesor Velásquez reaviva la actividad filosófica sin perder el rigor académico y confiriendo, al mismo tiempo, a una obra que apenas supera las cien páginas, de una belleza conmovedora. Renovando así el amor imperecedero por el pensamiento en general y por la filosofía griega en particular que él, y otros sabios como él, inculcaron al inicio del viaje.


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