El artista plástico Ricardo Pickenhayn Mazzoni se permite en estas páginas ampliar el diálogo de su reciente libro, El pecado de ser original (2024), en el que retoma algunas de las interrogantes que rodean a los eternos problemas del arte, desde el presunto ideal de originalidad del artista a las perversiones del mercado del arte; de la invención humana a la máquina devoradora de la informática, hasta el lugar que le correspondería a los poetas y artistas frente a las nuevas circunstancias que acechan la producción crítica y artística: “El artista plástico, por su lado, necesita retornar al origen; a la mano que amasa el barro y mece la gubia. Al trazo gestual del pincel, a la fragua de “Sideros” o a las “mieles” del vidrio ardiente”.
Nacido en Argentina y naturalizado uruguayo, Ricardo Pickenhayn (1960) ha desarrollado su obra plástica en torno al Universalismo Constructivo, siendo discípulo de dos de los fundadores del Taller Torres-García. Autor además de Nadayave, metafísica del Arte Universal (2018), con El pecado de ser original, un viaje contemporáneo en busca del arcano estético continúa una incisiva investigación que va desde los orígenes del arte hasta los regímenes, circuitos y pormenores artísticos contemporáneos. Junto a su esposa, la artista Nicole Vanderhoeght, crearon el Centro para el Desarrollo de un Arte Holístico (Cedartes), en el campo de San Carlos, Uruguay.
49 escalones
El Arte y el pecado de ser original
“En medio de mi inorancia conozco que nada valgo
Soy la liebre ó soy el galgo, a sigún los tiempos andan”.
Martín Fierro (sic)
“Quien esté libre de pecado, que arroje la primera piedra”
Jesucristo
Antes o después de cualquier expresión artística, reside la POESÍA en un ámbito abstracto y universal que trasciende lo predecible más allá de los sentidos. Las palabras, como diría Borges, nunca son suficientes para describir lo innombrable. En esencia y allende su versión literaria, la poesía es esa magia que preside al arte. Un numen que escapa a todo razonamiento humano; lo que nos lleva a asociarla tanto con el alma como con el espíritu. Al destacar una entidad por su naturaleza excepcional, siempre hacemos referencia a ese inefable germen poético; porque su arcano tiene “algo” que está más allá de su propia condición definitoria. Hay poesía en la emoción que nos despierta un amanecer y en la pintura sensible. Pero también existe en una balada de Paul McCartney, el dibujo de un niño, el canto del zorzal o aquel pan irrepetible que amasó un ser querido. Todos intuimos eso, pero: ¿cuál es el hecho que determina tal entidad?
La poesía puede percibirse en la excelencia de una imagen o en un acorde de música; ya sea que surja de la naturaleza o si es fruto de la creación humana. El vocablo es de origen griego y viene de “pioesis”, lo cual significaba —in extenso— “hacer, crear o construir”. De allí se desprende que este sustantivo abstracto pueda referirse también a la propia creación del universo, como una inexplicable euritmia que se potencia entre el caos y el orden incluyendo en su cosmovisión a toda factura humana que implique profundidad.
El término euritmia significa “buen equilibrio del ritmo” (el origen fractal y armonioso de todo arte). Por ello también asociamos este concepto (el cual, básicamente, es un algoritmo multiplicado) con nuestro ideal de belleza. Platón ya señalaba en su tiempo que lo verdadero debe encontrar su esencia en el numen. Un ente que se autodefine más allá de toda representación mimética o del simple deseo humano de «agradar» o “perturbar”. Pero en la práctica, es la simple seducción poética la que provoca nuestro apetito más sensual a un tiempo que resalta la diferencia entre esa vivencia sensitiva y la certeza de un conocimiento oculto. Para aquel sabio heleno, el saber más auténtico no se obtiene a través de los sentidos, sino mediante la contemplación espiritual de las Ideas, que representan las verdades eternas y universales.
Todas las artes, en su momento más intenso, nos brindan su magia indescriptible; una experiencia que, al no poderla explicar con precisión, la definimos como un ente de naturaleza poética. Cada quien, en su propio ámbito, aspira a alcanzar esa meta extraordinaria. Sin embargo, en la cotidianidad, debemos conformarnos sólo con la búsqueda de ese «grial» escondido. Aplicado a su destino, todo artista, como cualquier individuo corriente, anhela divulgar sus pequeños descubrimientos y ser “alguien” en este mundo”. De la misma forma que una madre exhibe orgullosamente a su hijo, es natural que cada creador haga lo propio con su obra. Tal sentimiento es completamente lógico y positivo. Sin embargo, el problema surge y se agudiza cuando olvidamos que ese milagro, en realidad, no nos pertenece del todo. “Tus hijos no son tus hijos” decía sabia y humildemente el poeta indio Khalil Gibrán; “no vienen de ti sino a través de ti”, “y aunque estén contigo, puedes tener sus cuerpos, pero no sus ánimas”.
La paternidad de la creación es análoga a la de la propia vida. Defendemos cada obra como si se tratara de un legado genético. No obstante cada principio, en el fondo, también lo ejercemos como una personal causa egocéntrica. ¿Nos importa la descendencia, como tal, o es que la queremos especialmente porque es nuestra? “A menudo los hijos se nos parecen —nos canta Serrat desde “Esos locos bajitos”—, así nos dan la primera satisfacción”.
Toda forma existente (incluso un lugar o un objeto determinado) debería ser, como un fundamento, patrimonio de todos. Sin embargo, por lo general, terminamos amando (y controlando) de forma posesiva sólo aquello que (como una mascota) de alguna manera nos pertenece de forma particular. Hasta el acto más desprendido de solidaridad lleva el lastre de la vanagloria personal. ¿Qué diferencia ética (por ejemplo) separa al artista que vende frente al que regala su obra? El primero obtiene una recompensa; justa o injusta, mayor o menor (como la de cualquier trabajo). Pero el segundo suele esperar alguna otra forma de rédito o impone su presencia para figurar en determinado sitio (físico o virtual) que le parece conveniente. Es decir que, frente al “generoso obsequio”, espera que quien lo reciba lo valore (hecho muy razonable, pero que también encubre la vanidad del autor).
Convengamos que no se es mejor persona (o artista) por instalar una idea plástica o filosófica (de la forma que fuere) con la ingenua y ambigua excusa del altruismo. Que quede claro: no es que tal actitud sea reprochable. Lo inmoral es hacerlo —hipócritamente— con la ingeniosa convicción de sentirlo y expresarlo sólo como un noble y desprendido acto de generosidad. Los vaivenes éticos y morales siempre están en constante movimiento. Hasta la Madre Teresa de Calcuta tuvo que lidiar con el orgullo de sentirse la mujer más devota del mundo.
Todo ser, susceptible de un proceso o situación, termina por aceptar el propio hecho de saberse necesario o exclusivo. Este siempre fue el drama de todos los héroes y santos: desde Aquiles y el Cid Campeador, hasta Arjuna, Albert Schweitzer, Robin Hood, Buda, la Mujer Maravilla o el propio Jesucristo. Pero ¡ojo! El mal también existe; encubierto hoy por diversas “capas” de camuflada fantasía que permiten relativizarlo (para que nos entretenga de forma frívola o “inocente”). La vida es como un juego de “ping pong” y de forma análoga a la sentencia de José Hernández, según los tiempos y el caso: a veces nos toca ser quien “ejecuta la acción” o la víctima que la sufre (quizás también por ello, somos arte y parte de Dios o el Diablo).
A lo largo de milenios, hemos transitado el círculo existencial en múltiples ocasiones. Reinauguramos, en infinitas oportunidades, lo que presuntuosamente llamamos “Modernidad” olvidando que Cronos no perdona y pronto vuelve viejo todo lo que en su momento se consideró como vanguardia. Hoy en día, los defensores del arte conceptual mantienen el provocador argumento (políticamente correcto) de que sus creaciones, a menudo efímeras a mediano plazo, «no pueden venderse». Una actitud que, según ellos, los aleja del vil comercio. Pero en otro contexto, tales realizaciones —sobre todo las más inaceptables desde el punto de vista estético— son como bizarras metáforas literarias que intentan hacernos reflexionar sobre diferentes formas de ver el mundo.
Pese al vaivén de la interpretaciones, de alguna u otra manera, dichas obras terminan siendo utilizadas como recurso para lograr fama o dinero. A propósito de esto, distraídos por la inesperada pandemia de 2020 a2022, el inefable “sistema” nos introdujo subrepticiamente un nuevo “Caballo de Troya”: la Inteligencia Artificial.
El momento bisagra
De golpe, como les ocurrió hace años a los campeones del ajedrez, todo razonamiento es ahora optimizado por el veloz algoritmo de los ordenadores. Es decir que cualquier invención humana se confronta con una mayor capacidad de memoria informática. Porque; entiéndase bien, nuestro cerebro, en esencia, no crea nada. Su función es organizar (ya sea de manera más o menos efectiva) todo lo que almacena en su memoria. La computadora realiza un proceso similar; sin embargo, carece de nuestro recurrente “Alzheimer”. Por tal razón puede recordarlo todo (en el acto) y fusionarse infinitamente con sus prodigiosos pares tecnológicos.
Volviendo a Borges, si nos retrotraemos a la Historia, este genio argentino creó su mundo literario con la gran ayuda inspiradora de la emblemática Enciclopedia Británica. Frente a ello, en la actualidad, cualquier teléfono móvil tiene acceso a una infinidad de bibliotecas y a nuevos “asistentes” virtuales que cada vez son más eficientes. En conclusión: todo principiante puede concebir llamativos textos “instantáneos” y publicarlos “ipso facto” en editoriales en línea. En el marco de nuestra “nueva modernidad contemporánea”, al principio, todo esto podrá seguir siendo “divertido”, pero pronto llegaremos a un hartazgo que se sumará a la sospecha de no saber distinguir lo auténtico de lo falso. Si no se toman medidas pronto, seremos simples marionetas de la “informáquina”.
Sorpresivamente, a partir de este momento histórico, los artistas deberíamos de volver a la fuente y (al contrario de lo que hacemos hoy) será necesario ocultar cada descubrimiento humano para que las IAs no lo copien y viralicen en las redes —de forma “anónima” (corriendo así el riesgo de que cualquiera podrá tener acceso a dicha información particular y repetirla “ad infinitum). Tal novedad, podría ser provechosa (por el simple hecho altruista de una democratización de las ideas) pero, no obstante, también conseguirá que todo creativo auténtico pierda las ganas de esforzarse para crear algo propio y diferente. ¿Si todas las ideas de nuestra Humanidad se resumen ahora en el “pensamiento informático”; qué aporte nuevo e “inteligente” podríamos añadir nosotros en el futuro? Por ello, si queremos potenciar nuestro conocimiento, es preciso volver al instinto y a la espiritualidad poética de “bajar línea” del “más allá” (como lo hacen los niños).
Si nos preocupa un cambio real, en esta “nueva era” que se avecina, cada nuevo “descubrimiento” que hagamos, debería de ser debidamente documentado; porque, de lo contrario,¿cómo sabremos si es nuestro o fue re-creado por una inteligencia artificial?
Quizás los poetas del futuro deberán resucitar, entre otras “antigüedades” la figura del “juglar payador”, aquel sutil “malabarista” que improvisaba sus versos —en el acto— frente a su público. Lo mismo para los actores (de carne y hueso) quienes preferirán el clásico reducto del teatro —en vivo— antes que competir con los nuevos avatares virtuales del cinematógrafo. El artista plástico, por su lado, necesita retornar al origen; a la mano que amasa el barro y mece la gubia. Al trazo gestual del pincel, a la fragua de “Sideros” o a las “mieles” del vidrio ardiente. El músico, volvería a la voz natural, a cuerda pulsada y al piano de madera. El cocinero a la vieja receta familiar renovada por el joven impulso de otra forma de percepción.
Un público en “pie” de renacimiento, aburrido ya de la exposición mediática, buscará al oculto “niño-homo-faber”, aquel quien podrá ser maduro en su oficio pero mantiene su inocencia frente a lo desconocido. En respuesta a este mediático mundo de intelectuales “Supersónicos”, los verdaderos conocedores del mañana saldrán a la “caza” de la obra inédita tras bambalinas; a la vida del objeto con historia propia o del sensible cuento mágico que revive en el fogón de los ancestros.
Toda esta contradicción y aparente “vuelta atrás”, parece una locura. Pero bueno: ¿qué fue lo que nos condujo hacia este destino? Por cierto, hay que recordar que esta idea ya la resucitaron (una vez más) los modernos que se fijaron en el “primitivismo clásico” de los pueblos más arcaicos para re-configurar las vanguardias del siglo XX.
El principio de nuestro fin
El problema actual del arte deriva de un exceso de intelectualización. Por igual que lo que ocurrió en el ámbito de la ciencia, nos creímos más sabios que la propia Naturaleza del Universo. Y así nos fue.
La ambigua antesala del mañana radica en nuestra actual ingenuidad de ver todos los logros humanos como maravillas surgidas de un cerebro infalible. Así como Jung le recriminó esta presunción a su colega Freud, la filosofía holística del creador Torres García le contestó a Duchamp sobre el peligro de llevar al arte al abismo de la provocación y egolatría de un exceso de intelecto.
En el pasado reciente, en lo “plástico” conceptual, de la misma forma que el revolucionario francés nos vendió el “Aire de París” en una burbuja de vidrio, hubo después músicos del ruido o el silencio (absoluto). También escritores que presentaron su hoja en blanco o la llenaron de rebuscados caracteres sin ton ni son (entre otras “genialidades” menos pensadas). En realidad, ya todo es posible en el controvertido y variopinto mundo del arte contemporáneo. Sin embargo, más allá de lo tontas o “intangibles” que puedan ser sus lúdicas propuestas, de alguna manera u otra, siempre nos hacen pensar para bien o para mal (aunque también consiguen ubicar al “artista” —y su curador— en el centro de la atención para generar algún tipo de ganancias; por cierto, bien físicas).
Hoy los museos, bienales y galerías contemporáneas se han convertido en entretenidas ferias multifunción que evocan la trivialidad de aquellos circos de antaño en donde se exponía (irreverentemente) a animales exóticos junto al sufrido “hombre bala”, la mujer barbuda, los niños siameses o al indio vencido.
Por lo general, nuestro ego, transfigurado demagógicamente (como lo hacían aquellos “maestros circenses de ceremonia”), se convierte así en un elemento crucial y superlativo, el cual termina —¿despojado de culpa?— asumiendo el protagonismo de la obra. Si bien ahora todo es “inclusivo” y “políticamente correcto”, el abuso de tantas tendencias genera una espiral de nuevas dudas existenciales. En este actual escenario es donde ahora aparecen —inéditos— damnificados; porque cada vez menos artistas alcanzarán una auténtica profundidad .
El egocentrismo, hoy edulcorado de forma “humilde y sincera”, nos invadió otra vez, aunque discrimina, con otra ambigua metamorfosis, la ignorancia de esta contemporaneidad. Los travestidos héroes del “arte póvera” son expuestos (sin vergüenza) en grandes ferias del dinero, bienales “chic” o las “mejores” galerías del “primer mundo”. Hasta el grafitero “underground” que antes pintaba su mundo con aerosoles, de manera “pobre”, furtiva y “anónima”, siente hoy la presunción de ocupar un espacio consentido para consignar su propuesta transgresora. Pero dentro de ese controvertido auto-engaño sueña también de alguna manera con la ambiciosa meta de transformarse, algún día, en un moderno y exitoso Basquiat. ¡Ah la vanidad! —decía Al Pacino en su papel de Diablo— ¡Mi pecado favorito!
El fantasma de la soberbia, como aquella famosa espada de Damocles, sigue pendiendo de un hilo sobre todos nosotros. Es el “sujeto tácito” del cual no conviene hablar demasiado, porque resalta nuestra natural hipocresía. Podemos minimizarlo con “lágrimas de cocodrilo” o camuflarlo bajo una falsa “piel de cordero” pero siempre estará allí haciéndonos “la vida imposible”. Por ello inventamos interminables discursos de modestia para jugar el cotidiano “doble papel” de héroes victimizados. En realidad, para ser verdaderamente “libres” deberíamos perder todo aquello a lo que nos aferramos insistentemente. “A veces, no conseguir lo que quieres es un maravilloso golpe de suerte”, aseveraba el último Dalai Lama (antes de su metida de… pata).
Generalmente cada artista busca una “recompensa” por ese logro original “sin pecado concebido”. Pero a su vez resulta muy difícil separar lo etéreo de lo tangible. En definitiva, toda obra debe de valer (y valerse) por sí misma. Desde la inmaterial idea, que es su espíritu, hasta la representación como “ente” que convive con nosotros en este finito y “pensante” mundo terrenal.
Como a un hijo, amamos al objeto estético o literario que, de muchas maneras, es fruto de ese “pecado de pretensión” que cometimos en el acto de crear. Por ello defendemos esta obra y le deseamos una larga vida; porque, en el fondo, consideramos que una parte de la nuestra pervivirá en esa esencia (la que, con suerte, vivirá mucho más allá de la de sus propios progenitores).
Haciendo un “mea culpa”; contra corriente con el discurso de un ideal “abstracto” (que suele estar en las antípodas del materialismo) reconozco que, en mi caso personal, soy un acumulador compulsivo. Guardo, desde hace más de cincuenta años, infinidad de objetos y materiales en desuso con los cuales hago mis murales y esculturas. Tablas viejas, fragmentos de máquinas y juguetes inservibles, fotografías, impresos y etiquetas de antaño, chapa, vidrio, hierro, cuero, cartón, telas, alambres, clavos carcomidos, piedras de la playa, huesos, caracoles, ¡en fin! Un universo de “emblemáticas morrallas” que necesito, como el pan, para poder expresarme. Lo irónico es que no veo a esos objetos como “posesiones” sino que más bien toda esa parafernalia es la que me sostiene a mí. Me posee y me lleva de la mano para forjar a diario nuevas aventuras. Tales “fragmentos” son las formas protagonistas que han vivido otras vidas cercanas a la mía y me “invitan” ahora para que les otorgue una nueva corporeidad. En esencia, son particularmente “ready mades” (cosas pre-hechas), pero como me sugirió Martín Gúrvich, en mi caso, integran un particular “collage constructivo” que rescata la posibilidad de comunión entre una estructura y “entes” materiales de diverso origen. Todo este “micro mundo” de locura me genera constantes problemas de espacio pero, a su vez, es la fuente inspiradora que me permite realizar (para bien o para mal) todo lo que hago. Quizás los objetos tengan algo del espíritu de Pinocho, ese trozo de madera inanimado que Geppetto hizo vivir como si se tratara de un re-contextualizado Gólem de la leyenda talmúdica. Cada fracción de materia guarda (de alguna manera indescriptible) una especie de energía latente. Vestigios de almas “viejas” que se “re-encarnan” en una nueva “piel”: arcano que nunca lograremos explicar aunque —sí— podemos sentir. Este mágico mundo de “personajes” son los retazos de nuestra acotada historia. Partes de un inefable rompecabezas que nos va acompañando a lo largo de la vida (y nos conmina al propio cuestionamiento). Por eso, quizás, valoramos cada una de esas pequeñas cosas y el glorioso momento en que las conseguimos. Inmortalizar ese misterio es la gran recompensa poética que nos logra seducir mucho más que cualquier otro trofeo.
Es difícil explicar precisamente las razones que motivan a un artista introspectivo para hacer lo que hace o escribe. La opinión de la mayoría dirá que su accionar nunca tiene una lógica comprensible. Por ello, el dilema de todo creador consiste: desde reconocer la fundamental importancia de lo animista (aunque manteniéndose ligado a lo sensible) hasta incluso renegar del comercio del arte (pero aceptando —a regañadientes— nuestra inevitable y natural dependencia). A fin de cuentas, ¿cómo lidiar con todas estas contradicciones? Cuando le preguntaron a Nijinsky (en ese momento el mejor bailarín del mundo) cómo hacía para moverse así, él respondió que sólo tomaba carrera, daba un salto y una voltereta. Y era cierto, ¡pero era Nijinsky!
Todo artista debería de nacer y vivir para construir naturalmente (como un simple obrero). A su vez, tal voluntad lo lleva (quizá sin quererlo) a mejorar, y luego al reconocimiento humilde o a la soberbia de sentirse especial. Ante tal coyuntura, vienen a nuestro auxilio algunas metáforas milenarias: “No pensar sobre nada —como dirían los budistas— es Zen”. Una vez que sabes esto, caminar, sentarse, hacer algo o tumbarse, todo lo que haces es Zen, porque la mejor y más sutil trampa de la mente es la propia ilusión de que ella existe.
El artista transgresor debería de estar más allá de la volatilidad del mundo y la parcialidad de sus diferentes formas de percepción. Permanecer impertérrito ante la calumnia o el halago, como una sólida roca que no se puede mover con el viento. Dudando siempre de todo fuego fatuo, pero ansioso por hallar su propia y auténtica luz. En conclusión: olvidarse de uno mismo es la primera puerta para abrir el alma hacia el Arte de lo que verdaderamente importa. ¡Es fácil decirlo y, sin embargo, muy difícil de implementar!
La metáfora bíblica del “Pecado Original” y su simbólico ejemplo de la manzana, no es muy diferente a la de otras religiones o incluso de ciertas ideologías sociales que enfrentan el trabajo al capital. El culto al deseo o apetito concupiscente está ligado a la gratificación de los sentidos más básicos, mientras que en su opuesto está la consagración por la causa espiritual en la razón y la propia naturaleza del Ser. Esta última sería la fe en una reflexión altruista cuya prudencia nos acerca al “Logos”, u origen del propio pensamiento universal. En palabras de Heráclito: «No a mí, sino habiendo escuchado al logos, es sabio decir junto a él, que todo es uno».
Generalmente decimos que todo arte es una cuestión de gustos pero cuando nos enfrentamos a la experiencia de percibirlo, nos damos cuenta que es mucho más que eso. Si bien cada ingenio debería de expresarse por sí mismo, es preciso la consecuente práctica del oficio junto a cierta madurez espiritual y/o intelectual para comprender cada suceso. Quien desconozca totalmente los rudimentos del fútbol no encontrará la gracia de veinticinco personas corriendo detrás de una pelota. Menos aún podrá disfrutar de una bella jugada. Lo mismo pasa con una obra literaria, plástica, musical o incluso gastronómica. Si se trata de saciar la sed, el agua será la mejor alternativa. No obstante ello, el arte permite que degustemos el té o el café, un sofisticado trago o nos convirtamos en sommeliers para ser expertos en materia de vino.
Como toda cosa, la percepción del arte mejora con la cultura y la eficiencia de cada algoritmo. De allí se desprende la frase de nuestro “abuelo consejero”: el pintor Torres García, quien sabiamente insistía en la necesidad de una euritmia estructural. En el caso del dibujo y la pintura, si vemos estas disciplinas desde un punto de vista ontológico y razonable, comprobaremos que en su esencia, ambas se manifiestan en un espacio de dos dimensiones. Pero frente a tal enunciado, existe también el seductor trampantojo de la perspectiva. Por ello es que, frente a tal contradicción, el maestro uruguayo-catalán siempre recordaba que: “El aceptar o rechazar el arte planista construido, depende del grado de evolución estético en el que se encuentre cada uno”. Esta sentencia; para muchos pedante, sólo quiere referirse a la verdad; en donde, además del espíritu, toda obra tiene una estructura y una lógica de construcción que preside el hecho estético. Si la pintura es plana, planos deben de ser sus elementos. Frente a ello, para honrar la tridimensionalidad, existe la escultura y el arte edilicio o el de los objetos tangibles en general.
En nuestro contemporáneo “reino del revés”, casi siempre, las cosas más provocadoras o de fácil memorización (sin la necesidad de ser bien fundadas o comprendidas) son las que primero llegan a las mayorías. Es por esto que todo marketing está concebido para “leerse” de forma harto sencilla. Sin embargo, como nadie quiere pasar por tonto se crean, también, algunos recursos “inteligentes” para que muchos neófitos se sientan a gusto resolviendo pequeños (y divertidos) acertijos conceptuales. Por tales razones el arte contemporáneo (y ciertos “minimalismos” vacuos que lo acompañan) apunta a crear escenarios cuasi detectivescos en donde se pueda opinar y debatir “intelectualmente”.
Quien no sepa nada de arte pero pretenda reconocerse como entendido en psicología, filosofía, política o matemáticas, será el candidato perfecto para valorar “estéticas” como la del “Vaso medio vacío” (o medio lleno). De la misma manera apreciará un concierto de silencio absoluto, dos puntos gráficos sobre un plano, un libro (envuelto) sin palabras, la exégesis de una “escultura” que exponga a algún “bicho” raro en descomposición o degustar un huevo “cocido” con nitrógeno. Por cierto, en una metáfora onírica todo esto sería válido y de hecho, hace siglos, los sabios poetas del pasado nos abrieron los ojos ante la propuesta de que el Universo sólo es el escenario físico de las ideas. Pero, a pesar de todo, esta posibilidad “ideal” nos aleja, a su vez, de nuestra responsable fe para jugar en esta “cancha”, la de los sentidos, el imprescindible “partido” de la vida.
Volviendo a la experiencia de Borges, cada quien tiene su “otro yo”. Un espíritu que puede aspirar a ser artista o al menos hacer el intento de comprender el arte (lo que viene a ser casi lo mismo). Toda entidad, como nosotros y la propia existencia, tiene siempre estas dos caras. La que es visible (en los cinco sentidos) y esa “otra” inefable, la de la poesía que requiere una introspección adecuada. En ambos casos, toda práctica y estudio logran que mejoremos en la capacidad de juicio. Es cierto que, en raras ocasiones, pueden existir almas sabias y mentes conocedoras que vienen al mundo —pre-hechas. Pero es muy poco frecuente que se den las dos cualidades al mismo tiempo. Si bien, de tanto en tanto, aparecen “niños” genios que pintan como Picasso, es muy difícil que ellos nos puedan explicar lo que hacen. También nos encontramos con mayúsculos intelectuales capaces de esclarecer grandes complejidades aunque ineptos de sentir la magia poética.
¿Qué es el arte? La gran pregunta jamás respondida
El secreto mejor guardado quizás resida en esa “llave” que escondemos en lo más profundo de nuestra intimidad. La que posiblemente pueda abrir la “otra” puerta de lo cotidiano para mostrarnos el “alter ego” espiritual.
Nuestra existencia animista nos une al cuerpo físico en este frágil “atavío prestado” que debemos cuidar para seguir andando por el mundo. Este es el categórico cuerpo hábil, acompañado de su “cabeza diligente”, responsable de pensar (en movimiento) e interpretar el amor, para luego promover todas las preguntas pertinentes y así reconstruir un nuevo ámbito personal.
Habrá quien diga, por ello, que el arte sólo es una posibilidad más para destacar el ego. Un sofisticado recurso humano para confrontarnos y demostrar que algunos pueden ser más “listos” que otros. Asimismo, cabe la posibilidad de que el objetivo de toda esta “escenografía” sea sólo el de darnos cuenta de la inutilidad de lo tangible. Tropezar tantas veces (cuanto sea necesario) con la misma piedra hasta aprobar el “examen”.
A modo de precaria síntesis, nos queda la esperanza de que, tal vez, seamos todo eso reunido en la idea de la Humanidad. Un ente espiritual que necesita re-ligarse en su versión física —ahora, también informática— para comprenderse y auto compadecerse.
En esa hipótesis, seríamos acólitos de una extraña religión con múltiples variantes; súbditos siempre de nuestra propia creación mutante. Inteligencia universal que de la “nada” creó un infinito cosmos con el único pretexto de manifestar el arte en todas sus dimensiones.


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