Introducción
Vintila Horia (Rumanía, 1915 – Madrid, 1992) es uno de los grandes nombres del pensamiento del siglo XX. Su obra testimonia la fidelidad por la Tradición y su continua querella contra los crepúsculos espirituales que asaltaron su siglo. Antimoderno y disidente, sufrió en carne propia numerosos exilios, de su país natal, en primera instancia, producto de los cargos diplomáticos que ostentaba durante la Segunda Guerra Mundial (entre el Eje y la ocupación soviética), y luego, acusado de fascista y reaccionario, como desterrado en distintos países (Italia, Argentina, Francia, España).
La conferencia “El escritor en el destino del siglo XX” fue dictada en la Sala América de la Biblioteca Nacional, Santiago de Chile, el 21 de junio de 1988, e introducida por el profesor de Derecho y entonces director de la DIBAM, Mario Arnello. Esta conferencia ofrece algunos de los temas presentes en su Introducción a la literatura del siglo XX, libro que recoge una síntesis de sus clases universitarias. Durante su última estancia en Chile, entre 1988 y 1989, participó en otras intervenciones en la Universidad Gabriela Mistral y tuvieron lugar las ediciones chilenas de Dios ha nacido en el exilio (junio de 1989) e Introducción a la literatura del siglo XX (noviembre de 1989), ambas en la Editorial Andrés Bello. Anteriormente, tuvo una participación regular como colaborador en Artes y letras del diario El Mercurio.
Más allá de los resquemores evidentes de Vintila Horia con la URSS y con el declinante comunismo de su época, el llamado último de esta conferencia es restablecer para la literatura aquello que estuvo amenazado por los distintos regímenes e ideologías a lo largo del siglo XX, esto es, para el autor, el amor. Pero no el amor higienizado, nos indica Horia, como aquel que se contenta con el sentimentalismo, sino el amor que movilizó a Dante Alighieri como una verdadera técnica del conocimiento, tal como en la Edad Media lo hizo en la búsqueda por la unidad.
Para la transcripción de esta conferencia conservamos las marcas de oralidad propias de su alocución, aunque prescindiendo en lo posible de las redundancias. Asimismo, se ha velado por asimilar la puntuación según el estilo particular del autor.
Benjamín Carrasco Bravo
por la transcripción, introducción y notas
EL ESCRITOR EN EL DESTINO DEL SIGLO XX
VINTILA HORIA
Me doy cuenta, después de haber escuchado las espléndidas palabras de Mario Arnello, hasta qué punto podría definir aquí esta noche al escritor en su destino como un guerrero del espíritu, y hasta qué punto, en ese sentido, el destino mismo de mi pueblo, a lo largo de los siglos, podría coincidir en esta esfera del espíritu con la cruzada del escritor.
Trataré de dar cuenta esta noche de un hecho muy característico de nuestro tiempo, de uno que da a la literatura —al destino de la literatura como al destino del escritor, dentro de la historia de este siglo— un matiz especial. Todas las grandes épocas a lo largo de los milenios, en el marco de la cultura occidental, han sido dominadas por la religión o por la ciencia, por la pintura, por la filosofía o por la imagen más clara de la poesía. Nuestro siglo, hasta cierto punto, encuentra una manera poderosa de expresar su hondo sufrimiento, su encuentro con su propio destino en los grandes libros, en la literatura y sobre todo en la poesía y en la novelística, pero también —desgraciadamente— en el destino personal, individual, de sus autores. Esto se debe a un hecho lamentable, al hecho de que tan apartados en el tiempo de las fuentes que han creado no sólo cultura sino también justicia y libertad en el mundo —me refiero a las fuentes griegas y a las fuentes cristianas de nuestra cultura—, después de tantos siglos de debates, de sufrimientos, de historia y de obras maestras, el hombre se encuentre en este momento sometido a unos regímenes que obligan al escritor a tomar una actitud cotidiana en contra de ellos, no por capricho intelectual sino por defender una esencia realmente en peligro desde hace bastantes decenios.
Me acuerdo de una conversación que tuve hace algunos años con un amigo escritor y novelista, quizás uno de los más representativos de este siglo en Francia, poco conocido por las masas. Se llama Raymond Abellio1, autor de entre otros, de un libro muy importante, una novela titulada Los ojos de Ezequiel están abiertos. Hablé con él de problemas relacionados con la literatura pero también con nuestras vidas cotidianas, con el destino del escritor en el marco del destino de nuestro tiempo. Me decía entonces hasta qué punto el escritor del siglo XX, él y yo, entre otros, habíamos vivido una especie de humillación. Habíamos sido obligados por ciertos acontecimientos a someternos al ritmo inferior de una política de opresión. El escritor ha tenido que tomar posición en el siglo XX porque sin él la condición humana en ciertos espacios trágicos del planeta se hubiera encontrado en una posición no sólo de peligro, sino de peligro de muerte. Recordamos, aquel marzo del año 1969 en París, ciertos acontecimientos, ciertos nombres, ciertas tragedias y ciertos autores que habían sido obligados a tomar posición, a encontrarse de repente en anónimos campos de concentración, a perecer en ellos, a suicidarse, a ser asesinados o a exiliarse.
Esto no había pasado muy a menudo en la historia de la cultura occidental. Pero si la miramos en profundidad y nos acercamos hasta los siglos privilegiados de Grecia, pues ahí también nos encontramos con venturas de este tipo. Vemos a Platón, por ejemplo, muy entristecido por la muerte de Sócrates, su maestro, abandonando Atenas y dirigiéndose a Egipto, donde en Heliópolis es iniciado en los grandes secretos de la ciencia, de la religión, de la filosofía y de la historia más antigua del mundo. Sabemos cómo Pitágoras también tuvo que abandonar su isla, porque no se entendía con el régimen político de entonces. Sabemos hasta qué punto Ovidio —no sólo en mi novela2, sino en la realidad— fue exiliado porque no estaba de acuerdo con el emperador. Hasta los tiempos de la misma Revolución francesa, nombres como Chateaubriand, Madame de Staël, Rivarol y tantos otros, los más eminentes en la cultura francesa del siglo XVIII, tuvieron que abandonar Francia, pasar años y años de miseria en el exilio y volver sólo después de la caída de la utopía revolucionaria.
Los mismos acontecimientos se producen —repito, desgraciadamente— en un siglo como el nuestro, el siglo más ilustrado, mas avanzado, más técnicamente progresista de la humanidad, más dedicado a los derechos humanos. En este siglo, si nos apartamos un poco de los optimismos oficiales europeos, nos damos cuenta hasta qué punto el destino del escritor no ha cambiado. Sería ilustrativo recoger una serie de novelas representativas del siglo XX unidas al destino mismo de sus autores y sacar de ahí una conclusión, que yo consideraría como valedera para explicarnos desde un punto de vista literario, quiero decir, desde un punto de vista eminentemente objetivo, el destino del hombre y del escritor en el destino de nuestro siglo. Como eso sería materia de un libro, en el marco de esta conferencia he escogido algunos títulos que me parecen representativos y al mismo tiempo algunos autores para ilustrar esta tesis, para demostrar hasta cierto punto cómo el escritor en sus novelas, sobre todo, y en su propia biografía, ha logrado decir, en el sentido heideggeriano de la palabra (el hombre es un ser “dicente”, dice Heidegger), la tragedia del hombre amenazado no sólo en los principios, sino en este final de siglo por unas corrientes, ideologías, filosofías, regímenes políticos de todo tipo que transforman la condición humana en una especie de ser amenazado en sus más profundas esencias por el ambiente peligroso que lo rodea, y del que el hombre de la calle, por decir así, el hombre inmerso en la problemática cotidiana de su propia existencia a lo mejor no nota y que, sin embargo, queda perfectamente ilustrado en las novelas que me permitiré analizar aquí en pocas palabras.
Creo que una de las novelas más típicas y representativas desde el punto de vista del destino general, y que daría cuenta hasta cierto punto de las causas de todo esto —por qué la esencia humana está en peligro en el siglo XX más que en otros— es el Ulises de Joyce, el famoso novelista irlandés. El Ulises de Joyce se refiere desde el título, lo visible, hasta el contenido más secreto de la novela, a un juego con el tiempo. El personaje al que describe representa para el lector inicial —yo diría, porque el libro es difícil de leer— la imagen de un hombre situado al final decadente de una civilización, mientras el personaje ilustrado por el título de la novela, el Ulises u Odiseo de Homero, representaría el personaje fundador de esta civilización hoy decadente. Entre el Ulises de Homero y el Ulises de Joyce pasan dos mil ochocientos años. Con la aventura de Ulises, con el sitio de Troya y con el invento del caballo termina aquel sitio. Son diez años de combates que terminan con Ulises queriendo volver a su país, a la isla de Ítaca donde le espera su mujer y su hijo. Pasan otros diez años hasta que Ulises logra regresar a su tierra, porque los dioses del Olimpo no lo dejaban regresar. Eran sus enemigos.
Nos damos cuenta comparando —la crítica literaria lo ha hecho a lo largo de los últimos cincuenta años— que cada uno de los capítulos coincide con uno de los cantos de la odisea de Ulises. En pocas palabras, lo que son los personajes antiguos y lo que son los personajes actuales del siglo XX de Ulises representarían unos valores, por un lado, fundacionales de una cultura, la griega, que serían la inteligencia, la fe religiosa, el valor cotidiano, lo que constituiría un héroe, y en este caso un héroe fundacional; mientras, por otro lado, Leopold Bloom, el personaje principal de Joyce, junto con su mujer y su llamado discípulo serían lo contrario. Serían unos seres desvalorizados, en el sentido de que no son ni héroes, ni tienen fe religiosa, moral, filosofía ni un sentido claro en la vida. Son unos restos anímicos de los antiguos valores homéricos.
Ahora que, al describir dentro del marco de una filosofía de los valores literarios a personajes de nuestro tiempo, a los que el lector se ve en la tentación, a lo largo de toda la lectura, de comparar con los modelos antiguos, nos damos cuenta hasta qué punto estos personajes, desde un punto de vista espiritual y moral, nos representan en la caída cada vez más rápida, más acelerada de los valores occidentales, hacia el fin mismo de esta civilización. Es curioso notar aquí que mientras Joyce escribía el Ulises aparecía en Alemania El crepúsculo de Occidente de Oswald Spengler. En Alemania misma se había producido aquel fenómeno descriptivo de una situación de decadencia y de presentimiento de lo que fue la generación de los escritores y pintores expresionistas. Nos encontramos allí con una especie de libro inaugural en el marco de la cultura del siglo XX tratando de explicar a los contemporáneos el por qué y el cómo de una caída, de una decadencia. ante la cual el escritor tomaba una posición crítica eminente.
Dentro del marco de la misma coyuntura nos encontramos, exactamente en la misma época, con otros destinos de escritores. Me refiero al otro espacio, no al occidental: al espacio de la llamada revolución, cuando y donde desde 1917, desde el punto de vista no sólo del ciudadano corriente sino desde el punto de vista de las élites de todo tipo, se produce el comienzo de un proceso de descomposición, también, pero situado en otras dimensiones literarias y artísticas. Esta descomposición europeo oriental —me refiero al espacio soviético, evidentemente— encuentra un cronista privilegiado años después de producirse la revolución. Es la persona de Boris Pasternak, y años más tarde en la persona de Solzhenitsyn. Cómo es posible la aparición de dos novelas realmente fundamentales y que dan cuenta del destino del hombre en aquel espacio, pero también del destino del escritor, que es lo que nos interesa aquí esta noche (relacionar la obra con la vida en el marco de la condición humana, del destino humano en el siglo XX), es fácil y difícil explicarlo, como todo fenómeno de este tipo.
Desde 1917 hasta 1956, cuando aparece en Occidente la primera edición en italiano de Doctor Zhivago, pasan cuarenta años. Cómo es posible, digo, que en tanto tiempo nadie en Rusia haya podido describir desde adentro el drama del hombre, el drama del escritor en el marco de aquel espacio. Qué es lo que había sucedido allí, qué fenómeno capaz de impedir un acercamiento auténtico entre la tragedia cotidiana del hombre por encima de lo revolucionario, la tragedia común y corriente del hombre de todos los tiempos y del escritor. Había sucedido un hecho típico de cualquier enfrentamiento entre el hombre y la utopía. La utopía para poder sobrevivir tiene que defenderse. Uno de los enemigos más acérrimos de las utopías han sido siempre los escritores, de manera que desde el principio del estado revolucionario soviético el gobierno toma medidas muy serias en contra de la libertad de expresión y vemos cómo acaban según las memorias que se han escrito mientras tanto, entre ellas las del filósofo Nicolas Berdiaeff, la famosa Autobiografía espiritual. Los escritores que se atreven a escribir, no en contra pero al lado de las normas oficiales, acaban y mueren en campos de concentración, mientras que el porcentaje de suicidios de escritores en la URSS es impresionante en aquellos años, empezando por Esenin y Maiakovski, los más grandes poetas rusos de aquella época y que habían empezado su carrera como poetas del régimen.
El año 1934, como recordarán, tiene lugar en Kiev el Primer Congreso de Escritores Soviéticos3, famoso porque Máximo Gorki, el escritor mimado entonces por el régimen, que más tarde acabará asesinado por Stalin, proclama y lee ante los congresistas el manifiesto, por así decir, del Realismo Socialista, doctrina y estética que nadie hasta ahora ha logrado descifrar, porque se trata realmente de algo tan paradójico y destructor al mismo tiempo que nadie ha logrado, siguiendo aquellas normas, crear una obra maestra. El mismo concepto es ambiguo, realismo socialista. El realismo es una corriente literaria del siglo XIX, el socialismo es una corriente política del siglo XIX. Qué relación tiene esto con una revolución cuyas metas son el futuro. Los resultados de esta ambigüedad han sido inmediatos. Se han publicado toneladas de libros de poesía, de filosofía, de novela y de teatro y sin embargo no ha brotado allí nunca, en el marco del realismo socialista, ninguna obra maestra. Y de repente, en el año 1957, si mal no recuerdo4, el mundo literario occidental se estremece al final de una lectura realmente espectacular para los lectores, de una novela que venía de allí, que bajaba del frío y que era Doctor Zhivago, de Boris Pasternak.
Pasternak había presentado el libro, como ustedes recordarán, a la censura de su país, que lo rechaza. Utilizando una maleta diplomática de la embajada de Italia, según parece, el libro llegó a manos del editor Feltrinelli5 de Milán. Luego apareció en todos los idiomas y poco después la Academia de Estocolmo otorgó el Premio Nobel a un escritor prohibido en la URSS, pero cuya obra había conseguido en Occidente un éxito extraordinario, popularizado luego por una excelente película. ¿Cuál es el secreto, en el fondo, de este éxito? Sabemos hasta qué punto el escritor fue perseguido en su propio país, insultado por sus colegas escritores y obligado, por así decir, a morir en medio de aquellos insultos y de las medidas que poco a poco el gobierno tomaba en contra de él. Hay cartas desgarradoras de Pasternak dirigidas a una poetisa alemana6, parecidas hasta cierto punto a las Tristias y a las Pónticas de Ovidio, escritas dos mil años antes, y de las que se desprende la figura, diría, del mártir de nuestro tiempo, que en muchos países ha sido el escritor. Digo cuál ha sido la causa del éxito que ha tenido Pasternak en el mundo. El libro lo podemos seguir leyendo todavía después de tantos años porque realmente sintetiza y describe desde dentro unos fenómenos realmente relacionados con el destino del hombre en el siglo XX y con el destino del escritor considerado como representante privilegiado y martirizado del hombre contemporáneo.
Si recordamos en pocas palabras aquella novela, que aparentemente es una novela de amor y crónica de la Revolución rusa —un libro, más o menos, romántico o postromántico— esto no sería suficiente para explicar su éxito. Diría, hasta cierto punto, el éxito inconsciente, el reflejo desgarrador que este libro tuvo sobre unos lectores que a veces se dejaban engañar por el asunto amoroso, otras por el asunto político y, sin embargo, a través de su propio inconsciente, su propia intuición, lograban tocar las cuerdas más secretas y más profundas de la novela. En el fondo, sí se trata de una novela amorosa y de una novela anti revolucionaria, pero esto tiene una clave, diría, crítico literaria mas profunda y que da cuenta perfectamente de la grandeza del libro y del éxito que ha tenido entre nosotros (porque hasta ahora el libro no ha sido publicado en la URSS).
El amor entre el poeta y Lara, el personaje femenino del libro, que se expresa a través de páginas realmente impresionantes y a través de las poesías del Doctor Zhivago —escritas por Pasternak, evidentemente, y que aparecen al final del libro, como si el novelista hubiera tratado de completar desde las cumbres de la poesía las profundidades épicas de la novela— se trata de un amor al que los mismos acontecimientos, en este caso la revolución, impiden y cortan de manera trágica. Los dos serán separados al final. Lara se irá a Occidente con su niña. El Doctor Zhivago, después de una tremenda aventura a través de la guerra civil en Siberia, logrará regresar a Moscú, donde un día cae muerto en la calle, terminando el libro. Si uno vuelve sobre esto y recuerda las escenas terroríficas de la misma revolución, en las que participa el Doctor Zhivago, la ternura de las páginas de amor, la pasión entre el poeta y aquella bella mujer, pues sí tiene una imagen que se está acercando al secreto. Pero yo creo que el secreto —lo he escrito en algún sitio7— está quizás en una de las escenas más características y elocuentes del libro, la más poética y simbólica: cuando el Doctor Zhivago, de noche en una casa de Siberia situada fuera del pueblo donde habían encontrado cobijo después de un viaje terrorífico, mientras Lara y el niño duermen, está solo bajo la luz de una vela escribiendo versos en medio del desierto y el frío. De repente oye el aullido de unos lobos lejanos, en aquella escena impresionante y desgarradora, y no nos damos cuenta en un principio lo que el poeta quiere decir. Cualquier libro de este tipo tiene aperturas permanentes hacia el mundo de los símbolos. Pasternak es un poeta antes que un novelista, pues aquellos aullidos y lobos que se están acercando poco a poco, amenazando la soledad del poeta y del amor, son los lobos que acabarán con la vida de Boris Pasternak. Es decir, el conflicto entre el poeta y la revolución aparece ilustrado de una manera simbólica y poética en aquella escena nocturna, mientras el poeta trata de expresarse y poderes exteriores, salvajes, le impiden en un primer momento acercarse a la poesía y en un segundo momento acercarse al amor. ¿No es esta una manera tremendamente actual de definir, en el fondo, los fallos de una revolución materialista, de una revolución inactual, de una revolución montada desde el punto de vista literario en mensajes situados a mediados del siglo XIX y que no tienen nada que ver en absoluto con los mensajes de la literatura, de la ciencia, de la filosofía del siglo XX?
Desde este punto de vista, evidentemente, creo que la novela de Boris Pasternak puede ser considerada una novela crítica, pero criticando desde las profundidades de la poesía el destino mismo de la revolución soviética. Porque lo que impidió esta revolución, a lo largo de sus siete decenios de vida, tanto en Rusia como en los desgraciados países que luego han sido integrados a aquel espacio trágico, ha sido en el fondo su lucha en torno de dos posibilidades situadas dentro del marco de la libertad, y esas posibilidades son la poesía, el poder expresarse, decir el destino del hombre en la libertad y, por el otro lado, amar. Yo creo que los defectos más grandes y que están carcomiendo de adentro a la revolución en este mismo momento son la falta de libertad, la imposibilidad de crear y, en el marco de una censura permanente, la imposibilidad de amar. Desde un principio el régimen se situó en una posición adversaria frente al amor, tal como lo ha concebido siempre el hombre occiental: el amor como técnica del conocimiento.
En ese sentido, el enemigo más grande de la revolución es Dante Alighieri, evidentemente, pues la Divina Comedia pone de relieve el secreto mismo del amor considerado por el hombre medieval, y por tanto sus poetas, como la única posibilidad del ser humano de alcanzar la verdad. Dante, al final del Paraíso se encuentra con Dios, donde lo lleva Beatriz, o sea, su amante. El símbolo de todo esto es que un hombre entero no puede vivir como es debido y no puede crear como es debido sin la ayuda de la mujer, o sea del amor. Pues la revolución soviética ha separado al hombre de la mujer y ha prohibido el amor en la sociedad como en la literatura. No hay idilio amoroso en el marco del realismo socialista. En ese sentido, el Doctor Zhivago, como oposición de profundis ante la revolución, constituye para mí uno de los primeros ataques fundamentales al sistema considerado por el poeta como anti creador, por la falta de libertad que impone y por su actitud ante el amor.
Si consideramos el mismo marco de una condición humana, de un destino humano, amenazada por estos monstruos del siglo XX, nos encontramos con una cantidad infinita de novelas que describen, como en el Ulises de Joyce, las causas de la decadencia occiental a través de la caída de los valores, entre ellos el amor. O bien describiendo, como Pasternak, un pasado reciente al que el mismo poeta había asistido, o bien nos encontramos, en otras novelas, con la prohibición hacia el futuro. De estas mismas amenazas yo creo que hay toda una corriente en el marco de la literatura occidental, una literatura que yo llamo utópica, porque no se nos describe una situación del pasado y del presente, sino la imagen que el autor tiene de la sociedad occidental o de la sociedad comunista en el marco de ciertos futuribles literarios o novelísticos. Los encontramos con una serie de grandes escritores que se han dedicado bien a llamar nuestra atención representando ante nuestros ojos dramas antiguos permanentemente actuales, como lo he hecho yo mismo8, bien escogiendo la técnica de lo futurible utilizando, como decía antes, aspectos fundamentales del mundo presente y pasado, proyectando esto hacia el futuro en el marco de lo utópico, de lo que no está en el espacio, según el sentido griego del concepto, con el mismo fin, o sea, llamar la atención de los contemporáneos acerca de los peligros que encierra esta pérdida del centro, como lo dijo el pensador austriaco Hans Sedlmayr, en un libro famoso9, y tratando de, hasta cierto punto, asustarnos con el fin de realizar lo que en informática se llama un feedback, es decir, la corrección de esta trayectoria que hemos emprendido.
[Antes que Un mundo feliz], de Huxley, nos encontramos en el espacio soviético con una novela que podríamos considerar como precursora incluso de Orwell, que es Nosotros, de Yevgueni Zamiatin, libro que se escribió en Rusia en los años 20, donde fue prohibido. El autor lo publicó más tarde en los Estados Unidos, luego en todos los idiomas, menos en ruso. Se publicó poco después de la Segunda Guerra Mundial un libro extraordinariamente significativo: 1984, de Orwell, libro que me parece, en el marco de esta conferencia, da cuenta acerca de nuestro destino, pero acerca del destino del mismo autor.
Como sabemos, George Orwell en su juventud fue un escritor militante en el marco de las extremas izquierdas del Partido Laborista, el socialismo inglés. Impresionado por la mala condición de vida de los obreros y mineros en Inglaterra, escribió una serie de novelas y reportajes dedicados a poner de relieve ante los ojos de la sociedad inglesa la vida deplorable de los mineros británicos. Cuando estalla la Guerra Civil en España, Orwell se va enseguida a España y lucha en el frente aragonés en contra de los nacionales. Es herido, llevado a Barcelona y durante su presencia en el frente vive lo que los griegos llamaban una metanoia, o sea un cambio total de posición. Vuelve a Inglaterra y escribe dos libros terriblemente críticos en contra del comunismo: Rebelión en la granja, es uno de ellos, y 1984, sumamente interesante para nosotros porque es la proyección hacia el futuro británico occidental de una sociedad comunista oriental. En ese sentido podríamos decir que es el primer libro que se escribe en Occidente mirando el año 1984 bajo el aspecto de una sociedad caída en la trampa comunista.
El libro se escribió poco después de la Segunda Guerra Mundial. 1984 aparecía en el año 1946, una fecha muy lejana a Orwell. El escritor vivió y pasó el año 1984 y hace cuatro años, precisamente, la crítica se preguntó si las profecías de Orwell se habían cumplido o no. Hace tiempo que lo habían hecho, pero nosotros no lo hemos percibido, porque no se trata de tener hambre o de vivir miserablemente como lo hacen los personajes de 1984. Se trata de otra cosa , no sólo de las torturas terribles a las que es sometido el personaje principal, como en una cárcel soviética en el libro. Son páginas tremendas que difícilmente uno puede volver a leer. Aquellas páginas que dan cuenta de hechos contemporáneos tan terribles que uno no puede leerlas porque no acepta ser contemporáneo de aquello y, sin embargo, en las cárceles de Rumania, Rusia, Polonia, Bulgaria; de todos los países de la Europa oriental esto ha sucedido en los últimos setenta o cuarenta años. Lo importante en el libro, y esto constituye una especie de contrapunto con respecto de la novela de Pasternak, es lo que observa Orwell: impresiones que recoge en los ambientes que él vive en España, en la España roja de entonces, o a través de los testimonios de la gente que venía del este. De cualquier manera, las antenas que posee un escritor de esta talla prescinden de cualquier testimonio realista. Él siente de una manera íntima lo que pasa lejos o sueña con aquello, pues lo que sucede en 1984 es lo que sucede también en el Doctor Zhivago, pero no en el pasado, sino en el futuro. Los futurólogos y los informáticos, cuando dicen que el futuro es el pasado, lo saben muy bien.
La tragedia de la novela de Orwell es la imposibilidad de amar, pero esto no aparece en libro de forma simbólica como en la novela de Pasternak, sino bajo forma casi periodística. La novela de Orwell es casi un reportaje en profundidad, una novela que describe con muchos detalles la forma misma de aquella utopía dominada —como la utopía presente— por la prohibición del amor. Es lo que infringen en el fondo los dos personajes (un chico y una chica) en el marco de una sociedad de este tipo, la misma sociedad que describe Pasternak. Se encuentran por encima de las leyes de esa tremenda sociedad y realizan, en el marco de aquel desierto anímico, el milagro del amor. Esto no dura mucho. La policía está allí, encima de ellos, los descubren, los separan. Desde un principio torturan tanto al hombre como a la mujer. El lector asiste a la transformación a través de la tortura del muchacho culpable de haberse enamorado de una chica. La tortura trata de separarlos en el alma, al mismo tiempo de sustituir a la mujer amada por el Hermano mayor, el jefe de aquella sociedad. No sólo esto, cuando el protagonista de la novela se deja vencer a través de la tortura y se separa de la mujer, lo difícil es susturirla por el Hermano mayor: amar al Hermano mayor y odiar a la mujer amada. Esto dura otros meses y otras páginas de descripciones hasta que por fin se da por vencido y reconoce que ama al Hermano mayor y que odia a la mujer amada.
Es el fin, en el fondo, la meta perseguida por este tipo de régimen en todos los países que han tenido la desgracia de caer en la trampa de la utopía. Pero, la pregunta que nos plantéabamos —con esto termino— yo y Abellio en aquella conversación parisina, era por qué en un siglo tan civilizado como el nuestro, el hombre y el escritor que representa el drama humano han sido obligados a vivir y a describir aquello. Las raíces de ese drama se hunden en uno de los más profundos. Yo me he planteado muchas veces el problema, el drama más profundo de nuestra propia cultura occidental. El otro día en la Universidad Gabriela Mistral traté de explicar esto con más detalles. Hay un momento privilegiado, en el mal sentido de la palabra, en el siglo XVII, cuando la filosofía sustituye las otras técnicas de conocimiento, cuando Descartes y el racionalismo separan el mundo en dos de manera tajante: el mundo objetivo y el mundo subjetivo, res cogitans y res extensa. Esta separación es contraria a la manera cristiana de enfocarlo todo bajo el concepto del amor —que es subjetivo y transforma al otro en otro yo— y donde el conocimiento es posible porque se alza a través del amor —amas al otro como te amas a ti mismo. Esto implica una técnica del conocimiento subjetivo, religioso, como también separada de la técnica racionalista.
Siguiendo esta separación llegamos a la famosa, no sólo Revolución francesa o Revolución soviética, sino a aquella frase tremebunda de Sartre, representante de este racionalismo y separación, cuando define a los otros como el infierno: “L’enfer c’est les autres”10, el infierno son los demás. Es una frase terriblemente anticristiana pero no sólo en el sentido religioso, en el sentido hasta diabólico, diría. O sea, que de repente uno se dé cuenta de que los que nos rodean, el mundo objetivo, los demás, son el infierno implica una actitud de no amar tanto a los objetos, como a la mujer o a los demás seres humanos. Al final del racionalismo cartesiano nos encontramos con una revolución y con una frase que dan cuenta realmente de lo que ha pasado en los últimos trescientos años en el marco de la civilización occidental. Uno se plantea cómo podemos salir de esto, cómo podemos poner un fin a esta trágica evolución en el marco de la condición humana, descrita tan perfectamente por los grandes novelistas de nuestros tiempos y vivida en su propia carne. Pues volver, digo yo, a los grandes valores de nuestra civilización que se han erigido, como lo dijo Nietzsche hace más de cien años y como lo dijeron todos los grandes filósofos que se han ocupado de los valores: volver a aquellos valores que implican no odio, sino amor.
NOTAS
- Raymond Abellio (Toulouse, 1907 – Niza, 1986), político y escritor francés. Como pensador, inició sus participaciones políticas en el ala de la extrema izquierda francesa, para luego inclinarse, decepcionado, hacia los estudios gnósticos y la exégesis bíblica. Durante la Segunda Guerra Mundial fue acusado de colaboracionismo y, tras la Liberación, debió exiliarse a Suiza. ↩︎
- Se refiere a Dios ha nacido en el exilio (1960), novela en la que a manera de diario se narran los años de destierro del poeta latino por orden del Emperador Augusto. Ovidio fue exiliado al país de los dacios, actual Rumania, país natal de Vintila Horia. El exilio como tema literario está presente en gran parte de su obra, lo es en las novelas La séptima carta (Platón), en el Greco y en El caballero de la resignación (Radu Negru), además de dedicarle un lugar importante en su trabajo ensayístico. ↩︎
- Celebrado entre agosto y septiembre de 1934, el Congreso estableció los lineamientos que debía seguir la literatura soviética, así como las bases del Realismo Socialista, lo mismo que la instauración de aparatos de censura presididos por Andrei Zhdanov, en nombre del Comité Central. ↩︎
- La traducción de Doctor Zhivago, realizada por Pietro Antonio Zveteremich, se publica el 23 de noviembre de 1957 por Feltrinelli Editore, Milán. Aunque el manuscrito circulaba en algunas revistas soviéticas desde el año anterior, las cuales lo habían rechazado. ↩︎
- Giangiacomo Feltrinelli (Milán, 1926 – Segrate, 1972) también habría sido expulsado del Partido Comunista Italiano (PCI) luego de la publicación de la novela de Pasternak. ↩︎
- Es la relación epistolar entre Boris Pasternak y Renata Schweitzer, poeta y traductora alemana. Su correspondencia inició en 1958 y sólo se vio interrumpida por la muerte de Pasternak, acaecida en 1960. El mismo Vintila Horia se encargó de presentar la edición en español editada por Guadarrama en 1968 bajo el título de Cartas a Renata. ↩︎
- Ver Introducción a la literatura del siglo XX, de Vintila Horia. ↩︎
- Ver nota 2. ↩︎
- El libro de Hans Sedlmayr (Hornstein, 1896 – Salzburgo, 1984) se titula, justamente, La pérdida del centro (Verlust der Mitte, 1948), traducido también como El arte descentrado. Junto con La revolución del arte moderno, constituyen dos libros fundamentales en la historia del arte para comprender la eclosión de la contemporaneidad estética. ↩︎
- La expresión “el infierno son los otros” de Jean-Paul Sartre (1905 – 1980) se registra por primera vez en A puerta cerrada (Huis clos), obra dramática estrenada en 1944, en boca del personaje Garcin. ↩︎


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