Dos palabras astrales
Por Juan Pablo Rojas
Escribir acerca de los astros no promete la benevolencia del influjo celeste, ni redime al escritor del aciago destino que atormenta la fragilidad de su pluma. En ocasiones, dedicar sendas páginas al estudio de las estrellas, tan solo confirma su implacable indiferencia para con nuestra admiración. O, en el peor de los casos, la hostilidad cósmica contra el que osa indagar en sus secretos. Quien comprobó la segunda hipótesis fue nada menos que Robert Eisler. Visionario austriaco de origen judío e historiador del arte —recurrente colaborador en el Warburg Institute— cuya vida y trayectoria académica podrían ser resumidas en dos palabras: olvido y silencio.
The Royal Art of Astrology fue el libro que dedicó a la contemplación de los astros. Publicado en diciembre de 1946, esta monumental obra sobre la historia de la astrología pasó sin pena ni gloria por los anaqueles de las librerías inglesas. Apenas hubo ecos entre sus contemporáneos; entre ellos, una mala reseña publicada en la revista arqueológica Antiquity. De acuerdo con Gershom Scholem, el fracaso editorial de las obras de Eisler se debía principalmente a que era un maniático de la reescritura; razón por la que tuvo más de algún problema con los editores de la época. El mismo año en que publica su estudio astrológico, le envía a Scholem una delirante carta de 250 páginas donde expone su solución definitiva —de carácter despreciablemente sionista— a la “cuestión palestina”. Scholem le respondió con una sola palabra: “Enough”. Tres años más tarde, Eisler muere a los 67 años de edad, sin saborear el debido reconocimiento por sus investigaciones.
El libro tardaría un año en encontrar a su lector ideal —quizás al único que lo tendría finalmente en consideración. En 1947, el escritor argentino Jorge Luis Borges adquirió un ejemplar en la difunta librería Mitchell ́s English Bookstore de Buenos Aires. Por entonces, para nadie era sorpresiva la fascinación de Borges por los temas esotéricos. Sin ir más lejos uno de sus mejores amigos fue un reputado astrólogo, con quien tuvo un vínculo intelectual determinante para su producción literaria. No obstante, lo que trascendió del libro de Eisler en el autor de Ficciones no fueron tanto las explicaciones concienzudas de las teorías astrológicas de los babilonios, sino la milagrosa conjunción entre dos palabras que, en el diccionario de la Real Academia Española, aparecen como sinónimos. En la guarda del libro —lugar donde Borges acostumbraba a escribir sus anotaciones— leemos lo que sigue: “Contemplation, consideration – 261”. En la página referida, tocante al capítulo “The survival of superstition in the age of science”, Eisler ilustra la correspondencia semántica entre “contemplar” y “considerar” en un sentido astrológico. El acto de “con-siderar”, según el autor, ha de ser entendido stricto sensu como un modo de contrastar el “influjo de los diversos astros (sidera)” en nuestros destinos. En 1967, en la segunda conferencia que Borges pronunció sobre poesía en la Universidad de Harvard, apunta más o menos lo mismo: “En la palabra «considerar» hay una sombra de astrología: significaba originariamente estar en relación con las estrellas”. Sombra apenas distinguible en esta, una época desconsiderada.
Por su lado “contemplar” es la palabra que mayor peso filosófico-religioso ostenta, desde Platón en adelante. En su germen era una técnica de observación empleada por los augures que consistía en diagramar el cielo en cuadrantes. De acuerdo con la definición de Eisler: “operación denominada templum por los antiguos augures etruscos y dirigida a facilitar la interpretación sistemática de los prodigios observados por quien estudiaba el cielo”. (Alguna reminiscencia de esto permanece en una de las acepciones de la RAE). En resumidas cuentas, contemplar y considerar son acciones que en tiempos remotos participaban de una intrínseca relación con el cosmos: ora por sus implicancias materiales en el acontecer diario de los mortales, ora por la necesidad de desentrañar sus incalculables misterios.
El escritor italiano Roberto Calasso —hasta el momento el único comentador que conozco del apunte borgeano— sugiere que la lectura del libro de Eisler fue del todo significativa para el argentino, ya que “introducía los astros en el interior de toda actividad, incluso de quienes los ignoran” (Cómo ordenar una biblioteca). La crítica que tanto se empeña en conjugar las palabras “considerar” y “contemplar” en primera persona es presa inadvertida de un linaje semántico que emana del cielo. No hay que pasar por alto que, en el uso ordinario del lenguaje, hay una huella invisible que se manifiesta en el que es capaz de alzar la mirada por encima de su propia nariz. Me pregunto si Borges, quien se definía a sí mismo como un “devoto de la etimología”, les confirió aquel aura astrológica a esas palabras en alguna de sus arduas páginas. Y me pregunto, si aquella eventual página debería ser leída a la luz del sentido que le otorgan las estrellas.


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