La nueva Edad Media
(Primera parte)
Por Nikolái Berdiaeff
En la historia, como en la naturaleza, existe un ritmo, una sucesión rítmica de épocas y de períodos, una alternancia de tipos diversos de culturas, de flujos y de reflujos, de afloramientos y de hundimientos. La periodicidad y el ritmo son lo propio de toda vida. Se puede hablar de épocas orgánicas y de épocas críticas, de épocas diurnas y nocturnas, «sacras» y «seculares». Nos ha sido dado vivir, históricamente, en un tiempo de transición. El viejo mundo, si así puede decirse, de los tiempos modernos —a los cuales, por un hábito no menos inveterado, se sigue llamando todavía «tiempos modernos», cuando en realidad son perfectamente caducos— toca a su fin y se descompone. Y he aquí que nace un mundo nuevo, un mundo desconocido. Es singular comprobar que este fin de un viejo mundo y este nacimiento de un mundo nuevo se presentan simultáneamente a unos como una «revolución» y a los otros como una «reacción». Y es que la revolución y la reacción se han entremezclado hasta tal punto, que los dos términos no se distinguen bien uno de otro. Convengamos en que nuestra época es el fin de los tiempos modernos y el comienzo de una nueva Edad Media. Por cierto, no pretendo predecir la marcha exacta que seguirá la historia; sólo quisiera intentar señalar los rasgos y las tendencias que constituirán el aspecto renovado de la sociedad y de la cultura.
Con frecuencia mis pensamientos se interpretan al revés y sé que de ellos se sacan las conclusiones más erróneas. La explicación es que mi pensamiento es comentado de acuerdo con las ideas en curso y que se querría relacionarlo con tal o cual de las directivas del pensamiento moderno, cuando, de hecho, se trata de otra cosa. La sustancia misma de mi filosofía consiste en no tener ninguna relación con el pensamiento de los tiempos modernos que, para mí, están cumplidos. Es el pensamiento de otro mundo que acaso comience, de otro mundo que acaso sea una nueva Edad Media. Los principios espirituales de los tiempos modernos están gastados, sus fuerzas vitales se han agotado. El día racionalista de la historia pasada llega a su ocaso; su astro declina; he ahí su crepúsculo, nos acercamos a la noche. Los medios de investigación que cuadraban a la naturaleza solar del día no podrían sernos de ninguna utilidad actualmente para esclarecer los acontecimientos y los fenómenos que se relacionan con esta hora del atardecer histórico. Ahí están todos los signos, todas las pruebas, que atestiguan que hemos salido de una era diurna para entrar en una era nocturna. Los hombres de intuición lo presentían. Pero, ¿se trata efectivamente de un mal, ese estado se anuncia como funesto, o exageramos nosotros por pesimismo? Son éstas preguntas que carecen de todo sentido, porque manan de un racionalismo que se opone al verdadero sentido de la historia. Lo que sí es cierto es que los velos de la mentira caen, desnudando la verdad simple del bien y del mal. La noche no es menos maravillosa que el día, no es menos de Dios, y el resplandor de las estrellas la ilumina, y la noche tiene revelaciones que el día ignora. La noche tiene más afinidad con los misterios de los orígenes que el día. El abismo (el Ungrund de Jakob Böhme) no se abre más que con la noche. En cambio, el día extiende sobre él un velo. Tiutchev, el gran poeta de la noche elemental, nos ha entregado los misterios de la correlación del día y de la noche.
Este abismo privado de nombre
Lo cubrió con un velo de oro
La excelsa voluntad de los dioses.
El día es ese velo refulgente…
Llega la noche; ya ha llegado,
Despoja el mundo fatal
Del tisú bendito que ella lleva,
Y queda desnudo el abismo delante de nosotros
En sus terrores y sus tinieblas.
Sin fronteras entre nosotros y él.
Así es como la noche nos trae el temor.
Cuando se acercan las tinieblas, la nitidez de los contornos, el límite de las formas, desaparecen.
Se ensombrecen las sombras azules,
Se acallan todos los ruidos, se borran todos los colores;
La vida, el movimiento se reabsorben poco a poco:
Crepúsculo vacilante y rumor lejano.
Tiutchev ve en este instante «la hora de la nostalgia inexpresable». Nosotros vivimos la hora confusa, la hora nostálgica, cuando el abismo queda descubierto y todos los velos han sido rechazados. Tiutchev llama «santa» a la noche. Y dice que en esta hora de la noche
El hombre, ese huérfano sin yacija,
Ahí está, impotente y desnudo,
Frente a las tinieblas del abismo;
Toda claridad y toda vida no son para él más que un sueño muerto y muy lejano
Y ese nocturno enigmático y extranjero
Le hace reconocer una herencia fatal.
La noche pertenece más que el día a la metafísica, a la ontología. El velo del día, no solamente en la naturaleza, sino también en la historia, no está ceñido; se descorre fácilmente, no tiene consistencia. Y todo el sentido de nuestra época, tan doloroso para la existencia práctica de los individuos, consiste en poner al desnudo el abismo del ser, en ese enfrentamiento cara a cara con el principio de la vida, en el descubrimiento de la «herencia fatal». Y eso es lo que significa la entrada en la noche.
Tal como el océano que ciñe la Tierra,
El sueño abraza nuestra vida.
Llega la noche, y el elemento golpea su orilla misma con sus olas sonoras
Su voz nos apremia y nos invita.
Hacia el puerto mágico se dirige la barca…
El flujo crece y nos arrastra
Hacia su oscura inmensidad.
La bóveda del cielo, en la gloria de los astros,
Lanza la mirada de los trasfondos,
Mientras nosotros bogamos por el abismo inflamado,
Cercados desde todas partes.
Estamos habituados a considerar a Tiutchev como el poeta de la naturaleza y de sus potencias nocturnas. Los versos que ha consagrado a la historia tienen un carácter diferente, están escritos aún bajo la luz del día histórico. Pero Tiutchev es más profundo de lo que uno cree. Es un precursor de la adivinación. Es el precursor de la noche histórica en la que vemos sumida a esta época; es su profeta. Alexandr Blok aparecerá también, más tarde, como un poeta de la noche que cae: «Las pasiones salvajes se han desencadenado bajo el yugo funesto de la Luna…». No eran «auroras» lo que él veía —como supone erradamente Andrés Biely, quien también se engaña sobre sus propios puntos de vista—, sino las tinieblas del ocaso del día. Ni Blok ni Biely tuvieron la clave de sus presentimientos, y la interpretación que tienen del porvenir de la «revolución» es falsa. La revolución no es un surgimiento, una aurora; no es el comienzo de un día nuevo, sino un ocaso, las tinieblas, la declinación suprema de un día ya consumado. Entramos en un período agitado de la historia:
Mientras nosotros bogamos, por el abismo inflamado,
Cercados desde todas partes,
…la ola crece y nos arrastra
Hacia su oscura inmensidad.
¡Recordemos la «Noche» de Miguel Ángel y cómo la glorificó! Es posible que el día nos engañe, que el orden propio del día canse, que la energía misma del día termine por agotarse, que los velos del día se descompongan. Entonces, quien ha vivido en la superficie puede ser apresado por la nostalgia de comulgar con las fuentes, con las raíces del ser. El proceso mismo del movimiento hacia la profundidad, hacia el interior, evoca una extinción de la luz del día, se asemeja a una zambullida en la oscuridad. El gran místico san Juan de la Cruz habla de la «noche oscura». El antiguo repertorio de símbolos de la historia se derrumba, y la humanidad tiene necesidad de otro repertorio nuevo que sepa expresar lo que acontece en las profundidades del espíritu.
El día histórico, antes de dejar lugar a la noche, no termina nunca sin grandes trastornos y gigantescas catástrofes. No se retira en paz. La puesta del sol de la Antigüedad fue acompañada de estos trastornos y de estas catástrofes; la impresión que dejó tras sí es la de una ruina irremediable. El comienzo de los tiempos nuevos tiene por señal la barbarización. Todo el orden histórico que había edificado la Antigüedad fue invadido por el aluvión de esas fuerzas caóticas. Es aquí donde conviene recordar que las más terribles guerras y revoluciones, el naufragio de las civilizaciones, la destrucción de los imperios, no se deben solamente a la mala voluntad de los hombres sino que son también obra de la Providencia. Nuestra época se asemeja a la que vio el colapso del mundo antiguo. Y se trataba del ocaso de una cultura incomparablemente más alta que la cultura de nuestros días y que la civilización del siglo XIX. Y en ese momento no se podía siquiera comprender que un prodigio sublime de la cultura helénica, como fue Platón, se hubiera vuelto hacia la noche en cierre para salir prematuramente del día helénico. En nuestra época encontramos aún historiadores —por ejemplo, Belloc— que ven en Platón una reacción contra la marcha ascendente de la civilización griega hacia el progreso y las luces. Una reacción; de acuerdo. Pero una reacción destinada a durar muy largamente… ¡milenios! Una reacción… ¡pero vuelta de cara hacia qué futuro! Sin duda nuestro Dostoievski habrá sido un reaccionario de esta especie. Y efectivamente puede decirse de la Edad Media que es la noche de la historia universal.
No empleo aquí esta expresión en el sentido corriente de “las tinieblas de la Edad Media”, inventadas por las luminarias de los tiempos modernos, sino en un sentido profundo, ontológico. Llamo Edad Media a la época que el ritmo histórico pone en lugar de la de ayer, y es el pasaje del racionalismo de los tiempos modernos a un irracionalismo o más bien a un superracionalismo de tipo medieval. Que las luces de los tiempos modernos tilden a todo esto de oscurantismo… poco importa. Por mi parte, tengo la idea de que esas luminarias son personas excesivamente atrasadas, que su estado de espíritu es de los más retrógrados y pertenece literalmente a una época caduca. Tengo la firme convicción de que no podría haber retorno posible a tal manera de pensar ni a tal concepción de la vida, que fueron las que precedieron a la Guerra Mundial, las revoluciones y devastaciones que han tenido como escenario no sólo a Rusia sino también a Europa y al mundo entero. Todos los aspectos habituales del pensamiento y de la manera de vivir adoptados por las personas más avanzadas y más amigas del pueblo, es decir, los revolucionarios del siglo XIX y XX han envejecido irremisiblemente y han perdido toda clase de significado para el momento presente y, con mayor razón, para el porvenir. Todos los términos, todas las palabras, todas las nociones tienen que ser tomadas en un sentido, por así decirlo, renovado: más profundo, más ontológico. Pronto será dificultoso, imposible, recurrir a palabras, a nociones a las que se querría atribuir las vetustas calificaciones de progreso o reacción. Estos términos, estas nociones, están a punto de recibir su sentido verdadero, su sentido ontológico. Llega el tiempo en que, a todos, se les planteará la cuestión de saber si el progreso fue un “progreso” y si no habrá sido, por el contrario, una “reacción” bastante siniestra, una reacción contra el sentido del universo, contra las auténticas bases de la vida. Entendámonos sobre las palabras que empleamos, para evitar querellas absolutamente ineficaces y ociosas.
Extraído de Nicolás Berdiaev. Una nueva Edad Media. Primera parte del capítulo II, «La nueva Edad Media». Traducción de la versión francesa por Ramón Alcalde. Carlos Lohlé, 1979.


Deja un comentario