[ lectura y crítica ] 

“El mundo no dejará de ser palabra” — Conversación con Adan Kovacsics

Con libros como el celebrado Guerra y lenguaje (Acantilado, 2008), Karl Kraus en los últimos días de la humanidad (UDP, 2015), El vuelo de Europa y Las leyes de la extranjería (Ediciones del subsuelo, 2016 y 2019, respectivamente), Adan Kovacsics (Chile, 1953) se ha posicionado como un escritor capaz de promediar su trabajo de traducción, por el cual es más ampliamente reconocido, con una nutrida obra ensayística y narrativa. Gracias a sus traducciones de Karl Kraus, Arthur Schnitzler, Imre Kertész, Béla Hamvas, László Krasznahorkai, entre otros, su labor tiende un puente valioso para los lectores en español y, al mismo tiempo, con su propia obra nos permite indagar en las inquietudes y afinidades intelectuales de un autor, narrador e investigador que se mueve con desenvoltura inaudita entre las diversas posibilidades de la escritura.

Agradecemos a Adan Kovacsics el concedernos esta conversación, que surge a raíz de sus libros más recientes, El destino de la palabra, editado por Ediciones del Subsuelo a comienzos de este año, y Acaece, sin embargo, lo verdadero, publicado por Acantilado.

Bastián Desidel Escurra y Benjamín Carrasco Bravo


“El mundo no dejará de ser palabra”
Conversación con Adan Kovacsics

Bastián Desidel Escurra: Quisiéramos partir por El destino de la palabra. Es quizás el libro más híbrido que le hemos leído y el más propositivo. Aviso teológico-político, lo ha subtitulado. Y comienza con un gran compendio de apuntes, marginalia y aforismos sobre la degradación de la palabra y la consecuente degradación de lo humano (una inquietud que data de mucho tiempo atrás en su trabajo). Detengámonos en esa combinación: ¿por qué lo teológico, por qué una política, por qué un aviso?

Adan Kovacsics: Es un aviso porque el libro se inscribe en una tradición levemente apocalíptica. El apocalipsis tiene algo de anuncio y de aviso. La vertiente política está presente porque se centra, sobre todo la primera y segunda parte, en la idea del capitalismo como algo destructivo. De eso estoy absolutamente convencido, del hecho de que nosotros estamos envueltos en esa labor de destrucción, totalmente entregados a ella. “El capitalismo somos nosotros” es una frase de la filósofa italiana Rosi Braidotti que siempre me ha llamado la atención. Estamos totalmente impregnados y cualquier acto que nosotros hagamos se inscribe dentro de él. En El destino de la palabra, se apunta que incluso los países socialistas en su día eran formas del capitalismo, como lo demuestra esa transición tan fulgurante que ha hecho China, de pasar de un país comunista, que lo sigue siendo, a ser uno de los grandes transatlánticos del capitalismo. Lo que navegaba allí se convirtió en una gran potencia del capitalismo. No hubo una transición “traumática” en el paso del socialismo al capitalismo, porque no hacía falta. Esa es la vertiente política que está presente en el libro. Luego viene la vertiente teológica, un lado que siempre está de un modo u otro. El lado de lo divino y de la sombra de lo divino y del alejamiento de la sombra de lo divino, que forma parte de todo este proceso que ha llevado a la degradación general y que implica también la degradación de la palabra. Ese sería el sentido híbrido que posee. De mis libros, desde Guerra y lenguaje, siempre se ha hablado de lo híbridos que son. No me gusta quedarme en el ensayo, sino añadirle o sustentarlo en lo poético, en un sentido amplio, en el sentido de la imaginación, de la ficción.

Benjamín Carrasco Bravo: El segundo capítulo, “El lenguaje de la información”, es un reservorio de citas, cuñas, titulares tendenciosos, que es la manera en que la información nos bombardea minuto a minuto. Lo que comienza siendo una recopilación benigna de recortes de prensa, lentamente se convierte en una sátira, hasta terminar en lo grotesco. Nos recuerda al ejercicio de Karl Kraus en Los últimos días de la humanidad. Han pasado más de cien años desde entonces. Podríamos preguntar, ¿en qué ha cambiado la fisionomía de esta hidra?

A. K: El destino de la palabra es deudor de la obra de Karl Kraus. No cabe la menor duda. Su segunda parte todavía más, porque el método que aplico allí es el método que él aplicaba, el de la cita sin comentario. Este fue, digamos, su gran invento, uno de los ejes de su obra, en que la misma cita destruía al citado. Esa era su fórmula, no tenía que comentar nada. Lo señalaron también Bertolt Brecht y Walter Benjamin: a Kraus le bastaba citar al editor de un periódico, a un periodista, a un actor y ya lo condenaba. Esta idea es a la que recurro en la segunda parte del libro, “El lenguaje de la información”. Evidentemente tiene un lado satírico. En Kraus también lo tiene —se definía a sí mismo como satírico—. Hay una intención, lo has visto muy bien, de una ligera pendiente en este capítulo, que empieza de una forma casi anodina. De pronto va pasando hacia la sátira y luego, finalmente, a lo grotesco. El propio lector lo percibe así, por la acumulación.
        Cuando me preguntas respecto a la diferencia de la época de hace cien años, la de Karl Kraus, cuando él fustigaba a la prensa, tenemos que pensar que esta era en ese momento el medio de comunicación esencial —salían incluso varias ediciones diarias de los periódicos—. Luego aparecieron la radio, la televisión y ahora las redes sociales, pero esencialmente no ha cambiado nada en cuanto a lo que Kraus ya veía en ese momento. Lo que sí hay son matices, que es lo que intento reflejar en este segundo capítulo: lo cuantitativo, el bombardeo de cifras. Todos los días nos están diciendo qué porcentaje de niños comen bollos industriales, qué porcentaje de adultos acude diariamente al gimnasio, etcétera… nos están diciendo números, números. ¿De dónde viene ese bombardeo? ¿Por qué ese 14% de algo que el periodismo transmite? ¿De dónde viene? ¿Por qué esa sumisión? ¿Por qué creer enseguida lo que un experto, una institución, un organismo ha dicho? No lo sabemos, funciona así. La sumisión a lo cuantitativo en el tiempo de Kraus, aunque incipiente, no era tan acuciante y presente. En ese momento había otro tipo de sumisión que era ante un tipo de lenguaje impresionista, una especie de fagocitación de la literatura que se estaba produciendo en el periodismo y que era lo que él atacaba. Aunque es cierto que la fagocitación de la literatura por el periodismo sigue vigente. Si uno observa, aquí en España, por ejemplo, la evolución del Premio Planeta, ¿a qué escritores se le otorgaba en 1955? ¿A qué escritores se les otorga ahora? Todos vienen actualmente del periodismo.

B.D.E.: El mismo periodismo que termina deglutiendo y difuminando al sujeto, ¿qué hay detrás de ese tanto porciento? Pareciera que todo tiende al fragmento y a la descomposición, degradación de los valores, diría Broch: el lenguaje mismo se atomiza. Ya no se piensa en largo ni en profundo. ¿Cómo trazar la distinción entre la fugacidad del lenguaje actual (lo no-verdadero), en contraste al fragmento y al apunte literario? ¿Cómo se libra el aforismo o el apunte de la descomposición generalizada?

A.K.: Kraus era un aforista. En el libro que se publicó en Chile, Karl Kraus en los últimos días de la humanidad, donde hablo de su estilo, de su escritura aforística, menciono la tendencia de su prosa a yuxtaponer un aforismo tras otro, que es contrario al lenguaje periodístico. Entre un aforismo y otro hay silencio. Y dentro del aforismo hay una especie de misterio, algo que queda ahí en el aire. Ese misterio no existe en el lenguaje periodístico, queda lógicamente eliminado. Tampoco pretendo que lo tenga. Hay un texto fundamental de Kraus, que aparece también en la selección de La antorcha (Die Fackel), que se publicó en Acantilado (2012), que es “El ocaso del mundo por la magia negra”. Allí describe cómo eran las noticias en 1850 o 1860. Simplemente transmitían en seco una noticia, la imaginación corría a cargo del lector. La noticia era, por ejemplo: “El emperador ha llegado en barco por el Danubio, ha desembarcado en Viena y ha sido recibido por una multitud”. Ahí estaba la noticia. El resto, las impresiones, las sensaciones, el sentimiento, los comentarios de los transeúntes y todo eso viene después. Kraus, lo que critica es eso, lo que viene después. Es decir, a la noticia se le añade una especie de “imaginación congelada”, que se le entrega prefabricada al lector. Antes toda la parte imaginativa quedaba para la mente del lector, luego ya le viene dada. De esa manera se mató la imaginación. Tal era el concepto de Kraus. Ello sigue vigente y aún más. Escucho conversaciones diarias en que mucha gente habla con el lenguaje prefabricado de los medios.

El destino de la palabra. Adan Kovacsics. Ediciones del subsuelo, 2025.

B.C.B.: El relato que cierra el libro, una parábola, diríamos, nos muestra una degeneración moral y una ausencia de expectativa espiritual: un joven sin ley, un lotófago subsumido en la tecnología, y un padre que en vista de su humillación no ve una descendencia posible, retirándose a la selva a reflexionar sobre el Tiempo luego de cometer un parricidio, pues asesina a su propio hijo. La propia vida se retira, el pensamiento se embosca en lugares cada vez más pantanosos e incomunicados, mientras se incuba la culpa. ¿Cómo concibe esta figura, la del padre “filósofo” que se exilia pero que no logra librarse del crimen?

A.K.: Este último relato tiene dos elementos. Uno lo hemos hablado: es un libro apocalíptico  y este relato, para mí, también lo es. Lo es porque un padre mata a su hijo y acaba así una línea de descendencia. Deja de existir. El padre mata a su hijo, el hijo no tiene sucesión (el padre se lo reprocha con enfado), y con eso mata un futuro. Luego huye. Aquí está el segundo elemento: el padre, que en el relato es más central que el hijo, es un personaje oscuro. Representa el mal porque no hay expiación, rehuye la confesión. El hijo muerto que se le aparece le pide la confesión y él “le da largas”. El personaje tiene un carácter de final, que es lo que a mí me interesaba. Y el mal está en todas partes, con el hijo que se adueña de la casa y maltrata al padre una vez que ha muerto la madre; con el padre que mata y huye a la selva de Budapest —porque todo transcurre en Budapest—. El relato tiene, para mí, ese lado de mal.

B.D.E.: Hablemos ahora de su último libro. Acaece, sin embargo, lo verdadero. Un título que hace eco de los versos de Hölderlin, Mnemosyne, en su segunda redacción. Pasamos de un libro de las formas breves, como El destino de la palabra, a un libro del pensar-narrando, como se diría de Elias Canetti. Estos títulos se publican en un margen de tiempo relativamente corto, y fueron, según nos ha contado, redactados uno detrás de otro. Acaece, sin embargo, lo verdadero es más un libro de relatos, pero también de ensayos narrados que lo ubican como un objetivador de ideas por medio de la literatura. ¿Cómo concibe hoy en día, con esta última publicación, el cruce entre ensayo y narración, tan característico de tu escritura?

A.K.: Efectivamente, primero se escribió Acaece… y luego El destino de la palabra. Para mí es importante porque veo una cierta evolución formal. El destino de la palabra es más cerrado y los hilos que conectan los relatos de Acaece… son más sutiles.
        No me contento con el ensayo puro y duro, aunque también lo he practicado en artículos por encargo, sobre Canetti, Kraus o Kafka, en diversas revistas, principalmente españolas. Pero al momento de abordar la idea de un libro —ustedes también lo deben saber— ganas y al mismo tiempo pierdes algo. Toda la cantidad de divagaciones, reflexiones, sentimientos filosóficos o literarios que vas apuntando en el papel, no entrará en un libro. Las cosas que el paseante imagina o piensa, no entran en un libro. Los momentos de descubrimiento, de alegría o incluso extáticos que uno puede tener, tampoco entran todos en un libro. El libro, de alguna manera, restringe. Pero también ganas porque te condiciona, ganas porque te obliga a transmitir de una determinada forma y a encontrar un estilo. Hay allí una tensión entre el divagante y el libro. Pero me gusta ese objetivar. Lo considero a esta altura de mi vida ya necesario; no así como a los treinta o cuarenta años, cuando no me importaba tanto. Pero con los años, si quieres dejar alguna huella es necesario. Esa relación entre narrativa y ensayo surge porque no me he contentado nunca, como decía, con el ensayo puro y duro. La he buscado, como en Guerra y lenguaje o en el libro sobre Kraus que se publicó en Chile (Karl Kraus en los últimos días de la humanidad). Para mí, tiene que haber un lado de imaginación y de invención. Ese lado poético, en un sentido amplio, tiene que estar presente porque es lo que de alguna manera añade misterio y al mismo tiempo relativiza. La narración, la prosa narrativa, posee su lado irónico. En Acaece, sin embargo, lo verdadero, la memoria, por ejemplo, tiene un papel muy importante, la idea de la memoria está muy presente en el libro, sobre todo en el ensayo central (“Acaece, sin embargo, lo verdadero”). Pero luego aparece un relato como “El caso Fundus”, en el que un fantasma representa mi paso por Viena y en el que algunos nombres coinciden con la realidad mientras que otros no. Al final el personaje descubre que se ha equivocado en su memoria. Ha habido errores. Es decir, el papel de la memoria se ha irónicamente relativizado.
        Toda mi vida como traductor y mi dedicación a la traducción queda evidente en estos dos libros a través de dos figuras que han sido parte de mi evolución intelectual: Kraus, en El destino de la palabra y Kertész, en Acaece, sin embargo, lo verdadero. El primer texto de Acaece… (“Invención y verdad”) está centrado en Kertész, por supuesto, y relata la relación que hubo durante bastantes años entre ambos, relación muy intensa y especial. Lo tengo muy presente ahora con la situación bélica en Israel, Gaza e Irán. Pienso en él. Necesito todavía seguir conversando con él. Muchas veces se me han presentado momentos, tanto con él y como con otras personas que ya no están, con ese deseo de seguir conversando.

Acaece, sin embargo, lo verdadero. Adan Kovacsics. Editorial Acantilado, 2025.

B.C.B.: Recordamos un aforismo de Lichtenberg en que habla precisamente de la traducción. En qué tanto se entiende un idioma se encuentra qué tanto se conoce al pueblo que lo habla… Cuando en El caso Fundus llega el traductor a Viena, a la residencia que habitó Bachmann, Canetti y muchos otros, se encuentra con una ciudad totalmente ajena. Todo ha desaparecido. La oficina de correos, los bocados, e incluso la residencia que acogió a tantos escritores que le dieron el carácter a Viena cerrará sus puertas. Esa Viena de ayer. Algo que destacamos del regreso de este traductor fantasma, es que hable una lengua “extinta”, que en parte ya no posea el mundo a través de las palabras. Un hombre del linaje de Mendel, el de los libros, pero hablando en primera persona. ¿Cómo es habitar ese mundo literario que no se entiende con la realidad que lo rodea?

A.K.: Mi experiencia como traductor me lleva de pronto a sumergirme en ese lenguaje de los Schnitzler, de los Kraus, de los Joseph Roth; todos estos personajes del fin de siglo vienés, que no fue tan esplendoroso como lo pinta Stefan Zweig, porque había mucha miseria… El traductor que se sumerge, que convive a diario con ese lenguaje, aquí en España, en mi caso, y de pronto llega a Viena y empieza a hablar, se da cuenta de que lo que se habla allí es otra cosa. El lenguaje diario de la gente no tiene nada que ver con ese lenguaje refinado que uno ha ido absorbiendo a través de las traducciones. Es curioso. A mí me pasa que al cabo de dos o tres semanas ya hablo igual que ellos. Claro que yo viví allí, donde hice mi carrera y aprendí el alemán y lo hablaba como cualquier otro. Después en España ese alemán se ha ido oxidando y convirtiendo en un lenguaje más bien pulido y literario. Un lenguaje, digamos, inexistente. Es un poco lo que yo he vivido en mi experiencia personal y la transmito a través de este fantasma en Viena.

B.D.E.: En el mismo relato aparece esta gran y perversa filosofía, la del “lomismo”, una filosofía que más que practicarla, se padece. El gran dogma de nuestro tiempo. Lo indiferenciable, el reino de la cantidad, la anulación del individuo. ¿Se podría extender sobre el concepto de esta filosofía?

A.K.: Tiene un punto satírico, evidentemente. Lo que viene a decir más o menos es que las ideologías que dominaron el siglo XX siguen vivas a través de otros “ismos” y seguirán existiendo porque el capitalismo las necesita. En el fondo, todo se solapa. Para empezar, la necesidad de encontrar e identificar a un enemigo, la simplificación de las consignas. Las ideologías que aparentemente son contrarias en el fondo se solapan. Y el profundo deseo de todas ellas es la guerra. Eso define Fundus, el personaje, como “lomismo”. La idea tiene un punto, repito, evidentemente satírico, también un fondo de verdad y de temor a movimientos muy potentes que se producen en el mundo actual. Ahora mismo, en Estados Unidos, MAGA (Make America Great Again) tiene todas las características del “lomismo”. Aunque sea en una forma caricaturesca, pero los tiene, también el wokeismo. Hay otros casos que son más serios, como el del furibundo ataque que sufre Fundus en el relato.
        Una de las cosas que atraviesa la obra viene de las conversaciones que tuvimos con Kertész y de lo que él vivió, que es el miedo a las masas. Él les tenía terror, y ese miedo se refleja en su literatura. Hay en el gran texto final de Fiasco un momento en el que el personaje de pronto escucha un ruido de pasos y tiene la sensación de verse arrastrado por una multitud; entonces lo ve como algo dionisíaco donde se pierden totalmente los pies en el mundo. Uno se deja arrastrar por las masas y Kertész lo veía así. El temor a la masa, a las masas, es algo que atraviesa como un hilo el libro y también, más concretamente, “El caso Fundus”.

B.D.E.: Como traductor, como preservador de la palabra, actualmente, ¿en qué autores permanece lo verdadero….?

A.K.: Soy cada vez menos lector de los actuales. En este momento, los actuales para mí son Tolstoi y Dostoievski. Hay un libro que descubrí por casualidad, que todo el mundo conoce, pero yo lo desconocía, de George Steiner: Tolstói o Dostoievski. Un libro hermoso, de los años 50, uno de los primeros que escribió. Me sumergí en él y al mismo tiempo me sirvió de portezuela para volver a leer tanto a Tolstói, de quien había leído el año pasado Ana Karenina, como a Dostoievski. Para mí la actualidad es eso. Un poeta actual como Miguel Casado, por ejemplo, es un poeta español que me gusta mucho en cuanto se relaciona, como hilo conductor, con otros poetas. Me interesa cómo se hablan los escritores a través de los tiempos. No hay actualidad. John Keats o Dante siguen vivos hoy y lo están más que otros señores que están escribiendo hoy en día.

B.C.B.: No quisiéramos terminar esta conversación sin preguntarle por el rol del artista, del estudioso, del escritor, en esta debacle que representa El destino de la palabra, una frase que nos recuerda a lo que  prefigurara Paul Celan como “El ocaso de las palabras” (“Abend der Worte”). Justamente, la continuación de ese verso señala: “Zahorí en el silencio”. ¿Es este el camino a seguir en nuestros tiempos?

A.K.: En ese elemento tan apocalíptico y oscuro que tiene El destino de la palabra, se pregunta, sin embargo, al final del primer capítulo: “¿Qué hacer con la palabra «alba»?”. Las palabras están en el mundo. El mundo es palabra. Nosotros no lo vemos ahora, pero el mundo lo es. No soy muy heideggeriano, pero hay una frase en Holzwege [Senderos perdidos] donde viene a decir, más o menos, que cuando uno entra en un bosque, quiera o no, lo piense o no, entra en la palabra bosque. Bosque y la palabra «bosque» van juntos, es decir, el mundo es palabra. Eso en el fondo no va a dejar de ser así. ¿Se ha oscurecido? Sí. ¿Nos hemos alejado? Sí. Pero aun así el mundo, incluso sin nosotros, no va a dejar de ser palabra. A pesar de todo el carácter apocalíptico del libro, hay un rayo, un hilo de esperanza. En esa línea trabaja uno de una manera incansable, situándose al margen, de pronto. Hay una carta de Rilke donde habla justamente de eso, respecto a la poesía que se está escribiendo en su momento, es decir, en los años 20 del siglo pasado. Él dice: no, el ejemplo a seguir es el de Valéry, que estuvo durante veinte años en silencio, y luego escribió grandes poemas. Ese es el horizonte. Hay que seguir, pasando por el silencio, seguir porque el mundo es palabra.


* Fotografía destacada de © Markus J. Feger.


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