[ lectura y crítica ] 

La literatura como tauromaquia: Michel Leiris — Marcelo Varas Miranda

La literatura como tauromaquia: Michel Leiris

Por Marcelo Varas Miranda

Hay un instante en que la belleza se convierte en herida. No es un accidente: es el precio. En el centro del ruedo —figura cerrada, solar, trágica— el torero gira en su pase, extendido como una letra sobre el papel, como un signo que traza en el aire el contorno de lo ideal. Pero ese gesto no se consuma sin riesgo: la bestia, siempre ahí, acecha. No hay línea pura sin amenaza. No hay forma sin materia que la quiera desgarrar. No hay escritura sin cornada.

Michel Leiris lo comprendió con claridad sacrificial. El pase taurino, dice, no es sólo un gesto técnico, sino una manifestación efímera de la “belleza geométrica sobrehumana”, de aquello que Platón llamó Idea: la forma pura, incorruptible, que trasciende toda materia. Y añade que esa belleza ideal sólo es comparable con la armonía de los astros, con la música callada de los cuerpos celestes en su órbita perfecta.

Ahí, en esa imagen celeste, se insinúa lo esencial: para Leiris, el pase perfecto no pertenece del todo a este mundo. Tiene algo del ritmo callado de los astros, de su obediencia secreta a un orden que no cambia. El matador no encarna solo un cuerpo en movimiento: su gesto parece participar de una armonía más alta, como si la forma que ejecuta respondiera a leyes anteriores al hombre. En el ruedo, que es tierra pero también figura del cielo, la arena se convierte en lugar de tránsito, y el pase, más que arte, se vuelve invocación: intento de inscribir una geometría frágil ante la amenaza de la muerte.

Porque la Idea, para Platón, no es una invención, sino una realidad anterior. El mundo visible es sólo un reflejo borroso; el verdadero orden está en lo que no se ve, pero rige: la justicia en sí, la belleza en sí, la forma en sí. Y en ocasiones, cuando un gesto humano alcanza su máxima pureza, ese orden invisible se manifiesta, como una constelación fugaz en la carne.

Pero la forma no baja sola. Baja siempre con el riesgo de ser destruida.

El toro, ese cuerpo fuera de regla, es la irrupción de la materia: del caos, de lo múltiple, de lo informe. Lo que embiste no es solo un animal: es la fuerza del mundo, lo que no quiere figura, lo que se niega a girar en órbita, lo que desprecia la danza celeste. El pase, entonces, arguye Leiris, es una lucha entre la armonía del cosmos y la fuerza ciega de la tierra. Entre el cielo pitagórico y la embestida bárbara. Entre el verbo y la sangre. El único lugar donde todavía vive la Idea. Así también ocurre con la escritura.

Escribir, cuando es de verdad, no es solo ordenar pensamientos, sino entrar en el ruedo del lenguaje. Y el lenguaje no es dócil. Es animal. Es materia que embiste. Cada frase que intenta rozar la Idea —el ritmo justo, la imagen pura, la palabra necesaria— se enfrenta al riesgo de derrumbarse. 

El lenguaje quiere desviarse. Quiere morder. Quiere volverse ruido.

Por eso Horacio, que conocía la lentitud del arte, escribió algo que atraviesa siglos:  “Podrás borrar lo que no hayas dado a la luz; la palabra que se deja escapar no sabe el camino de vuelta”. Es una advertencia, pero también un principio: sólo lo que no ha sido dicho puede aún ser destruido. La obra, antes de volverse pública, es todavía materia viva, reversible, sujeta al juicio del propio autor. Después, como el pase ya ejecutado ante el toro, no hay vuelta atrás. La escritura, como la tauromaquia, no ofrece segundas oportunidades: cada gesto cuenta, y cada forma que fracasa deja una cicatriz más profunda que la de la página.

No hay inspiración sin pérdida. El escritor, como el torero, trabaja para una Forma que quizás nunca llegue. Y cuando llega, exige renuncia. El arte verdadero no consiste en decir algo: consiste en ofrecerse a la posibilidad de que no se diga nada. Y sin embargo, escribir es insistir. Es trazar una órbita con palabras, con la esperanza de que algún cuerpo celeste pase por ella. Es dar forma a la amenaza.

El que escribe no debe temer la cornada. Debe buscarla.

La escritura es el intento de alinear lo informe. De dar ritmo al caos. De girar como los astros, aunque sobre un campo de polvo. Y cada vez que el gesto es limpio, que el pase ocurre, que la forma aparece y no muere… entonces el mundo, por un segundo, se ordena.

Luego pasa el toro.
Vuelve el polvo.
Se borra el trazo. 
Pero queda algo:
la huella del círculo,
el eco de la estrella,
la cicatriz en la página.
Y con ella, el silencio.


Publicado el

en

Comentarios

Deja una respuesta

Descubre más desde 49 escalones

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo