[ lectura y crítica ] 

El mismo nombre enemigo — Ismael Gavilán

El mismo nombre enemigo

Por Ismael Gavilán

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El poder evocador de la música es extrañamente sugestivo. Ayer durante la madrugada, buscando un paliativo para el insoportable dolor de cabeza que me impedía conciliar el sueño, no bastaba la habitación a oscuras y la tranquilidad exasperante de la noche. Menos el vaso con agua casi tibia que siempre mantengo en el velador como placebo para autoconvencerme que es posible dormir. Bajo esa circunstancia, decidí escuchar algo de música, sin ostentación o ánimo de nada. Casi al azar empecé a oír varias piezas para piano de Federico Mompou. Cada una de ellas es brevísima, con un tempo entre moderado o lento. Casi sin ningún tipo de arrebato. Su sobriedad es vigorosa, sin concesiones para el deslumbramiento, ni para la exhibición gimnasta del sonido. Todo parece ser dicho muy callado. No es posible en esa música adivinar qué se quiere decir o manifestar. No hay entusiasmo explícito de nada. Tampoco alguna expresión afectiva, queja o algo parecido. Es como si cada una de esas breves piezas fuera una especie de aforismo que en vez de esclarecer, insinuara algo desde su enunciado sonoro. Y justamente ese gesto que no lo identifico con la ambivalencia, sino más bien con la reticencia, me hechizó. Una reticencia que expone solo la posibilidad, nunca algo concreto o definitorio, por así decir. Pero tampoco es una música evanescente que coquetea in extremis con el vacío o lo que creemos pueda ser eso. Sin duda, tal como sucede con la música de Webern, la música de Mompou es inentendible sin el silencio. Cada intersticio entre cada nota es, al oírlo, como una ventana por donde el aire entra meticuloso, suave, sin aspavientos o extrañas declaraciones dramáticas. Porque el silencio en esas piezas para piano no está para prepararnos “hacia algo” o ser antesala de nada. No, ese silencio, estoy casi seguro, se encuentra ahí para hacernos saber que este tipo de música es lo que se otorga, lo que se brinda cuando todo ha sido dicho, cuando todo posee la pretensión de haber sido expresado. No, acá no hay una economía sonora, sino el afán imposible de registrar la consagración del instante en una especie de configuración entre la naturaleza misma del sonido, la soledad y la conciencia. Pero esta música, esa madrugada, ¿qué ha querido decirme a mí?, ¿qué ha querido tocar en mi mente, en mi piel cansada y convulsa? Solo puedo imaginar de forma bastante incompleta que, más que una certeza fidedigna de algo, en esas piezas para piano habita un recuerdo, el recuerdo de otro mundo, algo de lo que mi memoria ya no conserva marca cierta, pero que esa música sabe que aún existe en mí.

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Para pasar estas horas oscuras que abren sus fauces, reviso un viejo archivo que creía extraviado. Contiene una serie de poemas escritos hace ya casi treinta y cinco años. No sin asombro los leo detenidamente: en la conmovedora imperfección de sus versos todo se ha vuelto confidencial, todo está dicho en sordina, como si cada palabra fuera una extraña confesión. Lo insoportable de releer cosas así no es la ingenua transparencia que se asume como un anhelo inacabado. No, lo insoportable es el exceso de luz que sale a borbotones de cada imagen, de cada vocablo, de cada rima torpe o innecesaria, pero que termina volviéndose imprescindible y que refleja el fuego quemante que implica todo inicio. Para lo que comienza, el amarillo o el naranja debiesen ser no solo colores de indulgencia, sino también emblemas de todo advenimiento.

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Llega un momento en que las palabras ya no alcanzan. Se ha dicho, escrito y pensado de todo. La imprecación, el lamento, la queja, las preguntas fastidiosas, las respuestas vacías, la opacidad para sublimar la tristeza, la justificación bienpensante de la renuncia; la rabia estéril que colinda con el más horrendo ridículo. Palabras agotadas, palabras huecas, palabras cínicas, palabras embusteras, palabras propias que jamás fueron poseídas, palabras transparentes que sedujeron el rescoldo de inocencia que aún habitaba en la sangre; palabras frágiles, palabras cargadas de vacío. Sólo después de vivir algo así, sólo después de experienciar tanta fantasmagoría, es quizás uno digno de poseer las agallas de hundirse en el vértigo que es la música.

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Escribir un fragmento tras otro. Así, de forma espasmódica, arbitraria, sin ánimo de saber lo que está escrito antes ni desear intuir lo que ha de venir. La escritura fragmentaria como un necesario gesto que no llega de ningún lado y que no se dirige hacia ningún destino. Una escritura sin thelos. Escribir un fragmento tras otro, de manera inconstante, sin afán, como la respiración entrecortada de un enfermo, como el asma que prepara desde la sombra su golpe fatal para asfixiarnos. 

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El que está acá escribiendo, no es el mismo yo que puede responder desde que comienza la mañana. Tampoco es su doble más lúcido o preclaro. Para nada. Es el mismo yo de siempre, solo que desnudo, sin piel y con algo menos de vergüenza.

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Me provoca una gracia infinita no exenta de una carcajada el percatarme, en medio del insomnio, de una singular ironía: que mientras mi mente discurre sobre qué lugar visitar; qué esfuerzo físico llevar a cabo para engañar a mi cuerpo o qué trabajo manual sería capaz  de hacer para conjurar mi hastío, advierto que lo único que se me otorga es escribir estas líneas sin esperar nada de nada. No hay destino en la escritura. No hay finalidad en la quimera. Mi inutilidad me hace reír de mí mismo.

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Se dice al cuerpo, se menciona al cuerpo, se palpa al cuerpo. Y esta madrugada ese cuerpo que es mi cuerpo no soy yo cuando ya no sé decirme. Porque tal vez el cuerpo nunca puede ser dicho. Y cierro los ojos y veo que la noche no avanza porque mi respiración se pierde en sí misma y porque oigo a mi sangre circular en lentitud como esas caminatas que realicé el otro día y donde cansarse era el objetivo que apenas pude lograr. Cansar el cuerpo, agotar el cuerpo. Conjurar así mi propia exigencia de anulación. No sentirlo, sino cuando está diseminado en breves dolores que se buscan para salir hacia ese espacio que ocupa sin justificación. Salir del cuerpo con el cuerpo. Vaciarse en su cansancio. Ahí todo se vuelve más nítido porque ya no existe la pesantez que otorga el detalle. Pero esta madrugada vuelve con su exigencia. Y mi cuerpo regresa a sí mismo no habiendo salido a ningún sitio real o imaginario. Y mi cuerpo que no es mi cuerpo cuando dejo de saber de él, vive la extraña epifanía que implica los órdenes del sueño: me mira desde dentro de sí mismo y cobra su propio fuero, su derecho a existencia. Y abro los ojos y comprendo, nuevamente, que habito un lecho vacío.

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La tristeza no es más que la voluptuosa consecuencia de asumir desde el cuerpo y por el cuerpo la necesidad de la desdicha cuando la contradicción ha horadado lo que creíamos  era antesala del Paraíso.

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En un lugar que no recuerdo, Cioran indica que la orina de vaca era el único remedio que los monjes budistas estaban autorizados a utilizar en sus comunidades. Parece algo gracioso o inverosímil. Pero en el fondo, si uno de detiene a reflexionar en ello, es algo que posee su razón. En esa anécdota se revela lo inútil de agregar desde afuera algún elemento que desvirtúe la búsqueda de la paz. Todo lo que el ser humano ha añadido de forma artificial para buscar sanarse es un equívoco. Agregar medicamentos (ya sea fármacos o discursos apaciguadores para obviar nuestra nulidad) no abre el camino para la cura y mucho menos para algo parecido a la salvación. El lado fascinante del insomnio es que nos deja desnudos ante una serie de cosas: las que regresan del abismo de la conciencia, las que se densifican en la atmósfera cuasi extática que acude invisible a los pulmones, las imágenes que vienen salvajes a cobrar su cuenta impaga que la luz matinal dejó en suspenso. Todo eso desemboca en la curiosa sanación que otorga la noche: el olvido de sí, el desbarajuste de lo que pensábamos como permanente, la economía de hacernos sentir nuestra fragilidad como un grano de sal frente a una inmensidad, entre atosigante y liberadora. El aplastamiento de esa simplicidad como lo es la orina de vaca.

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Ha amanecido. El eco del viejo campanario de la iglesia invade cada veinte minutos el silencio interior de mi habitación. Desde la ventana de este noveno piso observo cómo la escarcha se disuelve de los tejados, marcando el pausado ritmo de la ausencia. Sobre mi cama y alrededor, encima y abajo de mi mesa de trabajo, innumerables papeles, hojas sueltas y lápices gastados. En el suelo, ropa indistinta de días indistintos. Algunos libros entreabiertos se confunden entre sí. Los cuadernos de Malte Laurids Brigge me observan indiferentes luego de una madrugada de indolencia y dolor. Un poco más allá, hasta donde llega mi mirada, la vida empieza a animarse con su bullicio cotidiano. Descorro las cortinas sucias que cubren la ventana y observo entre los rincones grises de este cuarto las mismas huellas húmedas de otros cuartos de otros momentos que vienen desde un pasado que también fue presente. El ajado cuaderno que tengo a mi lado me susurra imágenes, cartas esbozadas que jamás envié, fragmentos imprecisos, fechas de un calendario imposible, la ilusión de un transcurrir que quizo ser vivido. De manera sorpresiva, el campanario, de forma exacta, vuelve a sonar con su opacidad acostumbrada. Cierro los ojos y sé que allá, a lo lejos, esa playa y ese mar siguen fieles a sí mismos sin saber que, desde acá, los sigo imaginando.

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Orfeo nunca supo que ese abrazo sería el último antes que Eurídice empezara su camino de regreso al reino subterráneo. El último abrazo que, pensaba, podría haber sido el  primero, el que hubiera abierto el horizonte. El error de Orfeo fue creer que su canto podía sanar la herida cuando en verdad sólo podía convertir el dolor en belleza.

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No es fácil aceptar el propio nombre. Recuerdo que más de una vez lo conversamos. Sentirse incómodo por eso era sentir encima una especie de abrigo, sombrero o blusa que debía gustarnos. Y aunque todo encajara, resultaba siempre inadecuado. Era parte de nosotros, pero no queríamos que fuera parte de nosotros. Era, por decirlo de algún modo, el primer y gran síntoma de insatisfacción con el cual luchábamos. Para ti era hacerse cargo de una historia familiar inesperada: sólo llega y ahí está. Me decías que tu nombre siempre te pareció soso, algo naif, incluso entre infantil y torpe. Más de una vez me lo dijiste: una especie de compromiso que tenía más que ver con tu papá y tu abuela que contigo misma. Nunca te gustó que te llamara por ese nombre. Tu nombre de pila, ese nombre con el cual tu familia, tus amigos, tu gente cercana te identificaba y al cual respondías. Incluso para efectos laborales, sociales y cosas así, siempre lo utilizabas. Era una singular contradicción: en la intimidad de nuestras conversaciones lo detestabas, pero ante el mundo y la gente, lo tolerabas de buena manera. Las escasas veces que te llamaba por ese nombre te enfadabas conmigo. En más de una ocasión me quedaste mirando muy seria y decías: “¿por qué me cambiaste el nombre, por qué me llamas así?” Desde que tuvimos conocimiento uno del otro, desde el principio, te llamé, mencioné, dije y señalé con otro nombre. Ese nombre que evocaba a la música. Ese nombre que era amplitud y respiración. Te gustaba que hiciera eso. Siempre sentí que era una manera de relacionarnos de una forma muy nuestra. Ese nombre que sólo yo decía para ti, con el cual te imaginaba y deseaba, con el cual expresaba desde el silencio hasta la perplejidad hiriente. Ese nombre era una especie de pacto entre nosotros. Ese nombre refería nuestro tiempo, nuestra manera de entender que entre nosotros existía algo así como una excepción. Porque quizás todo vínculo que desea sobrevivir al naufragio del vacío, necesita confirmar su propia marca, su propia necesidad de salir a flote antes de todo hundimiento. El nombre, ese nombre, tu nombre convertido en una balsa que podría, en medio del desastre, llevarnos a otra orilla. Esa orilla donde las aguas ya calmas, harían innecesario decirnos con el ropaje usado de palabras sordas. Entre ellas, nuestros propios nombres, viejos y gastados. En esa otra orilla nos llamaríamos de otra manera, con nombres aún desconocidos. Ellos serían una sorpresa increíble, fascinante. Serían una sorpresa, pues sabríamos que así habitaríamos el país del corazón, pudiendo renunciar de una buena vez, a la sequedad salvaje de nuestra herida.


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