Última visita a Mallarmé
Paul Valéry
[Traducción de Ricardo Silva-Santisteban]
Vi por última vez a Stéphane Mallarmé el 14 de julio de 1898, en Valvins. Al terminar el almuerzo, me condujo a su «gabinete de trabajo». Cuatro pasos de largo, dos de ancho; la ventana abierta al Sena y al bosque a través de un follaje todo desgarrado por la luz, y los mínimos temblores del deslumbrante río débilmente repetidos por las paredes.
Mallarmé se preocupaba por los detalles supremos de la fabricación de Una jugada de dados. El inventor contemplaba y retocaba a lápiz esta máquina totalmente nueva que la imprenta Lahure había aceptado construir.
Nadie había emprendido aún, ni soñado emprender, la tarea de dar a la figura de un texto una significación y una acción comparables a las del texto mismo. Así como el uso ordinario de nuestros miembros nos hace casi olvidar su existencia y descuidar la variedad de sus recursos, y así como un artista del cuerpo humano nos hace ver, algunas veces, toda su flexibilidad, a costa de su vida consumida en ejercicios y expuesta a los peligros de su deseo, así el uso habitual de la palabra, la práctica de la lectura cursiva y la de la expresión inmediata debilitan la conciencia de esos actos demasiado familiares y hasta suprimen la idea de sus potencias y de sus posibles perfecciones, —a menos que sobrevenga y a ello se consagre alguna persona extrañamente desdeñosa de las indulgencias de su espíritu, pero singularmente atenta a lo que él puede producir de más inesperado y sutil.
Yo estaba cerca de esa persona. Nada me decía que ya nunca volvería a verla. No existía en absoluto, en el oro del día, ningún cuervo encargado de predecirlo.
Todo estaba sereno y seguro… Pero mientras Mallarmé me hablaba, con el dedo sobre la página, recuerdo que mi pensamiento se puso a soñar en aquel mismo momento. Distraidamente, le confería un valor como absoluto. Yo pensaba, junto a él, vivo, en su destino como acabado. Nacido para delicia de los unos, para escándalo de los otros, y maravilla de todos: para estos, demencia y absurdo; para los suyos, maravilla de orgullo, de elegancia y de pudor intelectual, le habían bastado unos cuantos poemas para volver a poner en interrogación el objeto mismo de la literatura. Su obra, difícil de entender, imposible de desdeñar, dividía al pueblo letrado. Pobre y sin honores, la desnudez de su condición envilecía todas las ventajas de los demás; pero, se había asegurado, sin buscarlas, extraordinarias fidelidades. En cuanto a él, cuya sonrisa de sabio, de víctima superior, abrumaba dulcemente al universo, nunca pidió al mundo nada que no fuese lo que de más raro y más precioso contiene. Él lo hallaba en sí mismo.
***
Fuimos al campo. El poeta «artificial» recogía las flores más cándidas. Azulejos y amapolas cargaban nuestros brazos. El aire era fuego; el esplendor, absoluto; el silencio, lleno de vértigos y cambios; la muerte, imposible o indiferente; todo formidablemente hermoso, estuoso y durmiente; y temblaban las imágenes del suelo.
Bajo el sol, dentro de la inmensa forma del cielo puro, yo pensaba en un recinto incandescente donde nada distinto subsiste, o nada dura, pero donde nada cesa; como si la misma destrucción, apenas cumplida, se destruyese a sí misma. Perdía el sentido de la diferencia del ser y del no ser. La música nos impone a veces esta impresión, que se encuentra más allá de todas las demás. La poesía, pensaba yo, ¿no es también el juego supremo de la transmutación de las ideas?…
Mallarmé me mostró la planicie que el verano precoz comenzaba a dorar: «Ved —dijo— es el primer golpe de címbalo del otoño sobre la tierra».
Cuando vino el otoño, ya no existía.
[Fragmento final del artículo «Dernière visite à Mallarmé». En Paul Valéry. Œuvres I. París, Bibliothèque de la Pléiade, 1968, pp. 630-633]


Deja un comentario