[ lectura y crítica ] 

Estados fantásticos de la materia — Bruno Mesa

«Al escritor […] le conviene desconocer lo que sabe, aceptar ese salto al vacío, le conviene quitarse la razón en cada página…», apunta Bruno Mesa. Así, las glosas y aforismos de esta selección, que ha venido a titular Estados fantásticos de la materia, se disponen como pequeñas verdades provisorias, extraviándose en la «montaña de errores» que nos dispone la vulgaridad sobrecogedora de la vida y que para el autor constituye una forma de enfrentarse a la realidad: sospecha y escrúpulo traducidos en la lacónica aventura de las palabras que se abren al abismo. Precisa: «[…] De alguna forma escribimos para acercarnos al filo de ese acantilado, para transformar las palabras en vértigo».

Bruno Mesa, nacido en Santa Cruz de Tenerife en 1975, es autor de los poemarios El laboratorio (2000), Nadie (2002), El libro de Fabio Montes (2010), Testigos de cargo (2015) y Las raíces del vuelo (2023); de las colecciones de cuentos Ulat y otras ficciones (2007) y Literatura fantasma (2022); de la novela El hombre encuadernado (2009), del libro de ensayos Argumentos en busca de autor (2009), del diario romano No guardes nada en tus bolsillos (2015) y del libro de aforismos Planes de fuga (2021).

49 escalones


Estados fantásticos de la materia

Por Bruno Mesa

Escribo en la mesa de un desconocido, en la silla de otro, prestada por unos días, y hoy solo pienso en que soy un ser lamentable cuya vida solo abandona la confusión y la cloaca cuando dibuja unas palabras. La escritura me salva y me denigra, y quizá eso explica qué clase de soledad aberrante he cultivado, qué forma enloquecida de no pertenecer elegí, una forma tan contradictoria y ridícula que uno pertenece aunque no quiera, porque todos somos parte de la ruina.

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Vacila cuando camines: avanzar es proponer un engaño.

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El verbo ser habría que escribirlo siempre en cursiva, como si identificara un estado fantástico de la materia.

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Entendió Canetti que el mejor pensamiento es aquel donde queda algo inexpresado, como si en mitad de la escritura se abriera un abismo. De alguna forma escribimos para acercarnos al filo de ese acantilado, para transformar las palabras en vértigo.

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Ryushu Shutaku, desde el siglo XIV, nos concede una certidumbre: “ni yo ni el mundo existimos”. Es una constante de la poesía budista zen la negación de lo real, la convicción de que todo es ilusorio. Eso no impide, por paradójico que parezca, la atención hacia lo minúsculo, la dignidad de todo lo que existe. Shutaku nos habla en otro poema de las hojas secas, ahora tan valiosas como monedas, porque no hay un céntimo para comprar leña en el templo. Ikkyu Soyun, poeta del siglo XV, asegura que el ser humano es como la lluvia que se evapora con el sol del amanecer, que somos como un fantasma que desaparece. En sus poemas las ventanas son de papel de arroz y la luna suele adormecerse en el río. Si alguien pide una enseñanza, la respuesta es el paisaje. Un monje se sienta en zazen y medita. Las montañas y los insectos sirven por igual al poeta. El que contempla es también las cosas que contempla. Muchos siglos después, en un país muy lejano, el mundo no existe, yo tampoco.

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A veces los premios literarios se convierten en un enterramiento en vida del orgulloso vencedor.

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Hay que desconfiar de los aplausos. A partir de cierto momento son irónicos o piadosos, casi necrológicas.

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Un día u otro entraré en casa y me reconoceré.

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Las imágenes de William Blake son como fastuosos templos inhabitables.

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Un escritor es alguien que comienza una y otra vez, alguien que no puede abandonar ese estado de aturdimiento inicial. Por eso me atrae la figura del escritor como un aprendiz perpetuo, como alguien que debe reinventarse en cada libro, que debe apostarse de nuevo y tiene la obligación de perderse. Al escritor, aunque crea que sabe algo sobre este oficio, le conviene desconocer lo que sabe, aceptar ese salto al vacío, le conviene quitarse la razón en cada página. Quizá de esa forma podamos escribir, como nos pedía Milan Kundera, libros que sean más inteligentes que nosotros.

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El anciano que me observa desde una mesa del café también soy yo. Te espero, parece decirme. No tardes. En silencio nos reconocemos y nos acusamos.

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Sé que la literatura es una sola casa y que los géneros son meras puertas de entrada. Los géneros sirven a la filología y a la crítica, acaso nos permiten entendernos vagamente, pero en su naturaleza profunda los géneros son inestables, se fugan y mutan, se desplazan y se niegan a sí mismos. Es decir, los géneros se metamorfosean para sobrevivir. Esa deformidad de lector me resulta evidente cuando reviso un libro de Joanna Walsh o de Andrzej Stasiuk, cuando pienso en el Napátrida de Erri de Luca o en Ror Wolf. El diario de Kaspar Hauser, de Paolo Febbraro, no es menos asombroso: no conozco librero que sepa dónde colocarlo, porque ese volumen es a la vez una narración, un ensayo y un poemario. Quizá sea una novela. Son los Ensayos de Montaigne, que están llenos de cuentos que derivan hacia el pensamiento, pero también de la voz de un hombre que se ríe de sí mismo, que relata su vida mientras interroga al mundo. Se podría afirmar que Montaigne inventó un género ignorándolos todos.

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Si no es posible ese instante que justifica una vida, entonces la vida es una suma de instantes de una sobrecogedora vulgaridad. Basta ese pesimismo para desear que las palabras inventen la vida y que al inventarla nos concedan ese instante.

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No le dedicamos tiempo a la poesía, es la poesía la que nos concede el tiempo.

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La escritura nos reinventa mientras nos deshacemos, de la misma forma que a veces la caída semeja un vuelo.

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En todas las voces de mi época, incluso en las mejores, hay un animal aturdido.

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En las pinturas de José de Ribera las sombras trepan por los rostros, se filtran en las telas, hacen nido en las manos. La luz se deshace en la piel. Es como si la vida, más que llegar al lienzo, se desvaneciera en él. Todo en Ribera es despedida del mundo.

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El arte no es un camino de perfección, sino una resistencia a la propia naturaleza. Los errores no van a desaparecer, porque el ser humano mismo es un error. Su destino es la caída, la contorsión y la ficción. Su destino es la vergüenza y la masacre. Estamos obligados a desperdiciarnos. La naturaleza nos entrega un mandato deplorable, y nosotros debemos metamorfosear ese mandato, debemos ir contra nosotros mismos, pero solo podemos hacerlo en muy pequeños ámbitos de nuestra vida: en una partitura, una película, un libro, una fórmula, una generosidad. Somos lodo, y de ese lodo solo podemos extraer unos pocos miligramos de una sustancia intacta.

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Había un pájaro dentro de él, pero nunca dejó que aprendiera a volar.

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Quería deshacerse de sí mismo para volver a los otros. Quería volver al principio, cuando no tenía miedo. Quería no regresar a casa. Por eso al mediodía, en el parque, se ha convertido en piedra, para ser uno y todos, para ser nadie.

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Tomarnos en serio nos hace invulnerables en nuestra idiotez.

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Lo ausente es aquello que siempre está presente en cada oración, como defendió Blanchot. Lo ausente lo transforma todo, porque todo depende de esa no presencia. El texto gira entonces sobre ese eje que no puede ser expresado y que las palabras no deben tocar, a riesgo de volatilizar el texto mismo.

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“Lo más hondo no es íntimo: está afuera”, escribe Circe Maia. Ese verso es una sonriente impugnación del psicologismo. Dentro tenemos pantanos y grutas, y estamos como habitados por una multitud de interrogaciones que nos persiguen, pero fuera, si acaso alcanzamos a mirar con pureza, hay una multitud de multitudes, y allí todo es más complejo y más hondo.

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Aún juegan los niños en la calle, aún escucho sus voces subir por la lluvia, aún me llaman desde los huesos, desde los rescoldos del asombro, aún arde el sol en el charco y el día tiembla y no se acaba, aún, aquí, tantos años después. Los dioses que conocí eran caprichosamente humanos.

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Si supiera lo que voy a decir no lo diría. Sería como repetirme por escrito. Solo escribo para descubrir lo que necesito decir. Cuando lo descubro, justo en ese instante, se me revela que estoy equivocado. Lo que necesitaba decir era un error. Vivo y escribo sobre una montaña de errores. No me preocupa: los errores dicen más de nosotros que nuestros supuestos aciertos. El lector podría entender esto como un viaje absurdo, pero todo viaje es absurdo. Su fin no existe. El desplazamiento es irreal. La meta no existe, y si existe es porque se revela inútil.



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