[ lectura y crítica ] 

La sombra de la poesía — Juan Pablo Rojas

La sombra de la poesía

Por Juan Pablo Rojas

La sombra prepara la vista para la luz.
Giordano Bruno, La sombra de las ideas.

1

Toda caverna es un resplandor laberíntico; antro de sombras diáfanas que custodian la luz cegadora. El laberinto es la agonía irresoluta del caminante de la caverna. Prolongación de sus vértebras expuestas a la penumbra que lo asola. El caminante es el fundamento de su propia realidad cavernaria. Ocaso de fuegos heroicos; sueño abolido de un Teseo triunfante. Al entrar, reconoce la predestinación del fracaso en las líneas de sus manos. El primer paso inmoviliza su último anhelo. Abatido, ante el engaño de la voluntad, el terror lo sacude hasta la médula. No teme por los rugidos del minotauro. Ni por los alaridos de los jóvenes tributos que colman la caverna. Teme la certeza absoluta de la oscuridad; la desaparición de huellas ancestrales en su memoria. La indiferencia de Ariadna. Por doquier, algunas voces intentan consolar la derrota de la luz. «Puedes creer en la tiniebla cuando la luz engaña» dicen a sus espaldas —siempre a sus espaldas. De inmediato, el caminante reconoce la voz de los poetas; celadores postreros de la inauguración adánica.

2

Detrás de las palabras se yerguen sombras inconclusas. Desatadas por el fuego del intelecto, cautivan la ceguera del vidente. Las cenizas zigzaguean como viandas del hombre cavernario. El crepitar del fuego es la agonía. Su extinción, la promesa. El desvarío de la luz se trasluce por la grieta del silencio. En torno al poeta, se manifiesta la vislumbre fugitiva. La indicación es ascendente. El fruto primaveral del canto; la alegría encubierta en la fatiga del destino; la lengua flamígera que abrasa la intemperie del pensamiento.

3

Señalar es un principio dimanante del cielo. La poesía no es una privación del camino. Tampoco es el camino como podrían pensar algunos. Es un caminar luminoso que exige una respiración dionisiaca y un paso apolíneo. El poeta es un peregrino que aún no encuentra el lugar de su ermita, pero sabe indicar, entre el paisaje sombrío, la ubicación de la más cercana. Huelga advertir sobre la cólera de los dioses en el caso contrario. Zeus castiga a los imprudentes que abandonan a las almas errantes de este mundo. Y en la Antigua Grecia, los sacerdotes buziges los maldecían con sus ensalmos mágicos. Apesadumbrada por la ligereza de su brazo, la poesía moderna no tuvo más remedio que apuntar con el índice de los antiguos.

4

Las sombras en poesía tienen una doble naturaleza. (Lo que nos habla, al mismo tiempo, de una jerarquía profana). El poeta Thomas Stearns Eliot describió esta intuición de una forma muy clara —a propósito de la publicación de su poema Ash Wednesday. Cito in extenso: «En cuanto a la oscuridad, me gusta pensar que hay una de tipo bueno y otra de tipo malo: la mala, que simplemente nos desconcierta y desvía; la buena, que es la oscuridad de cualquier flor: algo simple para ser gozado de forma sencilla, pero meramente incomprensible como cualquier ser vivo es incomprensible. ¿Por qué la gente trata la poesía como si fuera un acertijo con respuesta? Cuando encuentras la respuesta del acertijo éste ya no es interesante. “Comprender” la poesía me parece que consiste en llegar a ver que no es necesario “comprender”». Carta a Geoffrey Curtis, 17 de junio de 1930.

5

La vía del pontífice y la vía del heresiarca. Los que levantan el dedo y los que empuñan la mano: dos gestos en los que se podría resumir la historia de la poesía. Toda palabra es indicio de un estruendo de significados, cuyos ecos más lejanos son percibidos por el oído del poeta. El objeto señalado es vehículo de realidades ocultas que se extienden por encima de nuestro entendimiento. El que elige la vía pontifical trae a la luz la esencia del objeto señalado. El segundo, se complace con el oscurecimiento de su esencia. Siempre, entre el final del índice y el objeto señalado, se dibuja un horizonte habitado por metáforas. El trecho que separa una cosa de la otra es indeterminado. El dictamen de las musas es impredecible. No obstante, el poeta debe permanecer erguido, con su haz de rayos en la diestra, listo para cazar en la penumbra con su relampagueo intermitente.

6

Loxias. Uno de los epítetos más bellos que los sacerdotes de Apolo solían darle a su dios en el templo délfico. Acerca de su significado existen dos posibilidades, ambas tan opuestas como afines. La sospecha de que el título es otro más de tantos, que apunta hacia la figura del «dios de la luz», enriquece la lectura de Apolo como deidad de sentencias irrefutables. Otros creen que realmente el apodo deriva de loxós (oblicuo, ambiguo) y que significa «dios de oscuros oráculos». Ya sea lo uno o lo otro, exaltemos por un momento la tensión entre ambos términos. Ni por exceso de luz ni de oscuridad se despejan las piedras del laberinto. En la potencia de esa ambigüedad reside el elemento mistérico de la poesía. Escribir no es otra cosa más que tensionar la salutación del dios olímpico, mientras el lenguaje se oscurece en favor de su propia irradiación. Para comprobar lo esbozado no hace falta más que elevar la mirada en medio del esplendor de la noche, y observar con cuidado las tonalidades del lienzo cósmico. De pronto, la verdad golpeará nuestra puerta y nos volverá a enseñar «como la oscuridad perfecciona una estrella» (Marianne Moore).

7

El hombre cavernario desprecia lo incomprensible. Sus ínfulas de indoblegable desatienden a la putrefacción del espíritu —«trata las enfermedades del alma como si fuesen dolor de vientre» (K. Kraus). No todo está a la mano. No todo es fácil ni comprensible. El hombre cavernario odia el secreto. Odia la poesía. Quizás esta sea la explicación a las catástrofes de la inteligencia. Hemos olvidado que la palabra es salutífera. Parafraseando a Baudelaire: cualquier hombre sano —es decir, cualquiera que haya acogido la bendición de la palabra— puede pasar dos días en ayuno pero no dos días sin poesía. Un verso bien escrito es un bien espiritual. Alimento que satisface al cuerpo en los bocados del alma.

8

La aciaga voluntad de los tiempos exhibe sus amagos apocalípticos en un verso que no alimenta, en un poema que no indica, en un poeta que no canta. Lo trágico no es que las letras se fosilicen en la perfidia de las plumas modernas. Lo trágico, lo que verdaderamente quebranta nuestra esperanza, es la situación del fuego. Que implora por un rayo, por efímero que sea, con tal que ilusione sus ansias de combustión eterna. Prometeo sustrajo el fuego incorrecto. No somos posesores de la quintaesencia del cosmos, ni de la verdad que revela praderas cerúleas en el firmamento. La verdad es siempre posesora. El hombre, un desposeído; una falta continua que se aletarga en sus delirios de posesión. Profetizar la muerte de la poesía es un despropósito. La poesía no muere porque mueran los poetas. Ni siquiera porque el mundo agote su existencia. En el principio era la palabra y el final no estará exento de ella. La poesía es el alfa y el omega de sí misma. Principio y finalización de su esplendor. Los últimos poetas serán los que desciendan del cielo. Y apunten, con el índice supraterreno, el lucero radiante del alba.


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