[ lectura y crítica ] 

Poemas — Marcelo Pellegrini

Nota previa

Para pensar la poesía de Valparaíso, e intentar trazar un panorama, es imposible circunscribirse a su topografía. Varios son los sucesos, los nombres, los versos que han transitado las calles y los empolvados estantes, los largos silencios entre los poemarios, las obras fantasmas: intentar esbozar desde la quietud algunos nombres condena a la imprecisión. El poeta y traductor Marcelo Pellegrini (Valparaíso, 1971) puede representar con vasta producción aquel dinamismo escritural y vital que implica el movimiento por las formas que ofrece el Poema y las ciudades que habitamos en el desarrollo de la escritura, sin resultar indivisible de la generación poética viñamarina de los años noventa y su consecuente producción literaria.

A temprana edad publica El árbol donde envejece la muerte (Ed. La Calabaza del diablo, 1997), poemas que se reúnen desde 1993 y que ven la luz editorial antes de viajar hacia Estados Unidos. Dentro de estos años, la movilización no será escasa, ni la estadía permanente. Pronto le seguirán Ocasión de la ceniza (2003), El sol entre dos islas (2005), la fuga: Poemas, 1992-2007 (2007) —primer proyecto antológico de su obra—; El doble veredicto de la piedra (Das Kapital Ed, 2011) y Los delatores (Ediciones Altazor, 2020). Previo a La fuga, ha de publicar dos libros de traducción: La señal de todas las cosas – Antología poética de Kenneth Rexroth (Editorial Universitaria, 2004) y Constancia y claridad – 21 sonetos de William Shakespeare (Manulibris, 2006). Posteriormente ha de publicarse Vestigios luminosos (Ed. Universidad de Valparaíso, 2022) traducción de ensayos de Gustaf Sobin. Se incluye, por otra parte, la crítica literaria que realizó Marcelo Pellegrini en diversos diarios de época, el libro Confróntese con la sospecha (Editorial Universitaria, 2006), donde se recopila el resultado del ejercicio auscultatorio hacia las poéticas del siglo pasado en el umbral del siglo XXI. 

Respecto a la poesía de Pellegrini, podríamos iniciar con las palabras con que Guillermo Sucre comenta la poética daríana en relación a la noción de “cosmos”, esta como la construcción de una “Realidad mágica: una simpatía universal relaciona a los seres y a las cosas […] contemplarlos es participar en ellos, participar en ellos es relacionarlos con un anima mundi”. El lector podrá dar cuenta de aquella relación: Pellegrini no ignora este flujo dinámico, continuo y recurrentemente inasible del Universo. Bien lo apunta Miguel Gomes en la contratapa de la reciente antología de Marcelo Pellegrini publicada por Ediciones Altazor, Breve historia del arte (2025), “la presencia del ‘cosmos’ en sus aspectos más físicos y materiales […] señalando senderos a la introspección”. Desde El árbol donde envejece la muerte hasta los inéditos incluidos en la última sección de la antología, advertimos una “Totalidad” comprendida en la formas de la materia, la cual suscita extrañamiento e indagación, una interpelación hacia el poeta en el mundo: así la fallida eternidad del vuelo del pájaro surcando el cielo se emparenta con el jadeo del bisonte desmerecido en su prisión terminan en un zumbido interior. Todo poema en Pellegrini nos devuelve hacia el “lenguaje desconocido del acontecer” y que solo es posible asir mediante la observación y la palabra poética.

Dirá Pellegrini en uno de los primeros poemas extensos pertenecientes a su obra: “actos irrepetibles pero siempre presentes”. En este lenguaje confluye lo sacro y lo cotidiano, mayoritariamente arraigado a un correlato objetivo que depura las formas a símbolo y que ancla ese acontecimiento a la eternidad trazada por el poema, haciendo de la escritura el punto cúlmine de la circularidad del Cosmos. Allí la elementalidad del “Cosmos” siempre retorna mística ante el acontecer de un perspicaz correlato objetivo (“Tietê nocturno”, “Arc de triomphe”, “En la torre”, “La grieta”), un “Cosmos” que ampara Dioses y Olvido (“Patria extraña y antigua”, “Relato de una lápida”, ”Deidad”), un “Cosmos” que se vuelve a escribir mediante el diálogo interminable de la Poesía en sí misma (“El abismo se llama Eduardo Anguita”, “Nota para un poema de José Antonio Ramos Sucre”, “El ciego y los mares”). La poesía de Marcelo Pellegrini es la Palabra siempre recomenzando.

Reconociendo la imposibilidad de agotar los elementos que comprenden la obra de un escritor multifacético como Marcelo Pellegrini, la presente selección de poemas se circunscribe principalmente al corpus de Breve historia del arte, acompañada de algunos fragmentos seleccionados del poema “La grieta, perteneciente a Los delatores (Ed. Altazor, 2020), el cual nos parece uno de sus grandes poemas y que comprende una de las aristas mágicas de su obra.

Bastián Desidel Escurra


Poemas de Marcelo Pellegrini

De El doble veredicto de la piedra
(Das kapital, 2011)

Si de fuego no, de aire

Ante la inminencia del invierno
el enaltecido sol al borde de una nube
vuela hacia el otro hemisferio
para acariciar otros cuerpos
y en un segundo del que no tenemos noticia
va del fuego al aire con aire
distante descansa cual niño
su ojo cerrado adormecido
por el narcótico arrullo
de las estrellas (sus menores hermanas)
amigas nuestras solidarias
que juntan fuego sagrado
para nosotros mientras
el hermano astro rey cansado
navega sobre el cielo
al borde de un segundo
ante la inmanencia
la inminencia
del invierno.

Nubes

In memoriam Eugenio Montejo

Nubes, llamas blancas
que ni abrasan ni queman
pero hacen arder
la nostalgia y la pena,
traigan en sus alas
al hombre ni bien muera,
más vivo que nunca
para abrazarlo en la ribera
donde Caronte lo espera.
Tendremos la moneda,
y la nieve y la harina,
frutos de la era.
Déjennos hablarle una vez más
y verlo irse sonriente
en pos de la quimera.
¡Una sola vez más!
Así se irán la nostalgia y la pena,
esas mismas que ahora nos queman
entre el cielo y la tierra.

Calle Templeman

But my tentative art
His turned back watches too:
He was blown to bits
Out drinking in a curfew
Others obeyed

Seamus Heaney, “Casualty”

La descarga hirió la noche
pero se posó ardiente
en el cuerpo de Rodrigo.
Había alcohol y pólvora en su sangre,
un grito que no salió,
pies urgentes que no se oyeron
o se ignoraron por el miedo,
ah el miedo el helado miedo
de la niebla sobre Valparaíso,
sabor a noche
sabor a muerte
sabor a su aliento que nada dijo.

Orión posa un pie sobre el agua,
Rodrigo un pie sobre la nada.

A Luis Andrés Figueroa
A la memoria de Rodrigo Rojas Pearce

Las Tablas
(fragmentos)

1

Navegábamos por un mar sin naufragios
y no sabíamos lo que él pensaba de nosotros.

3

¿Cómo medir el límite?
¿Y la luz que se aproxima y alejan?

5

Nos ahogamos en el aire,
de pie sobre el cielo
al salir del agua
ave fénix de la humedad cenicienta
Ícaro y Dédalo
codeándose con el aire más puro.

8

Sílabas del insomnio,
altas torres de un exhausto corazón.
Nunca hubo una lengua común,
siempre fuimos diversos y extraños
en el rocío imparcial de la parábola.

16

El cristal de la retina
es la superficie del sueño.

30

¿Cuántas huellas desconocidas
habrá cerca de la casa al amanecer?

33

Sopla el viento sobre los sepulcros de espuma.

40

Casi a ciegas llegamos;
la nave sonríe y besa la orilla.
Arribamos por fin en silencio
con ojos fijos en el muro del tiempo
al doble veredicto de la piedra.


De Los delatores
(Ediciones Altazor, 2020)

La grieta
Selección

Para Miguel Gomes

1

Tomado de la mano por la noche
te despegas del cielo,
cometa de hilo roto
que gira con el viento y se levanta
que esa de girar y no se cae
que sube y luego baja
tomado de la mano por la noche.

Los peñascos mutilados sobre el mar
hablan una lengua de cazadores,
cometas encendidos,
rumor de la desdicha,
dioses castigados por la luz.
Sobre el aire la voz de esos rumores,
braña de fuego negro
que huye hacia el beso humedecido del mar
oculto entre arrecifes.

2

En el cielo transparente
se confunden el mar el fuego,
lo perdido y lo ganado,
labios que al pronunciar palabras
se quedan en silencio,
palabras que no sanan, sonrisas que no salvan.
Estabas salpicado de sal
en la redondez de una claridad
sostenida en el aire,
hilo cada vez más delgado
sobre el azul, ,sobre la espuma,
oleaje en conversación con las estrellas.

3

Tomado de la mano por la noche,
con la roca de fuego entre las sienes,
visitas los umbrales y los espejos,
caminas sobre carbón encendido.
Y la serpiente, que no sabe nada más que preguntar,
pregunta: ¿quién eres?
Si supieras todo, si supieras,
tomado de la mano por la noche,
con la roca de fuego entre las sienes.

5

Un árbol que crece y crece hacia abajo
y que hacia arriba se vuelve niño
te habla con las palabras más claras.
En el día su sombra oculta las miradas,
oráculo que va y viene
como las estaciones las rocas y la arena.
Su espuma no es del mar sino del tiempo
que funde la niñez en ácida conciencia
de ícaros adultos cegados por el sol.

8

De pronto la noche
cede los caminos a la mañana,
al día pleno con aroma de algas,
luz salina que hierve entre ráfagas.
Es la hora de todos los rumores,
de las sílabas como un río
que no está triste porque va a morir.
Sus orillas ríen y su voz se embosca
como un amor venido de muy lejos.

Lejano es el amor,
acércate más para respirarlo
tomado de la mano por la noche
en el camino de las sílabas:
en las aguas escritas, y en la piedra,
por raíces lavadas, y por estrellas.

12

Tú sabes que las estrellas manan nieve
tomado de la mano por la noche,
y sabes que al caer ella se vuelve oro..
Sabes que caminas entre cuchillos congelados,
enterrados en opaca tiniebla.
El fuego aquí es blanco,
blanco es el amanecer
y blancos los crepúsculos.
Lo blanco y lo negro luchan en ti
tomado de la mano por la noche,
espíritus de la nieve y el cuervo.
Un coro de violines y cuchillos
hace su canto en la piedad
de la tierra y el grito.
Lo claro y lo negro, lo claro y lo negro
el aire y el fuego,
voz de todo el cielo.
No eres más que música
en un vasto silencio concebida
tomado de la mano por el miedo.

Piedra extraviada en el oro

1

No temas el calor que emana de las piedras:
el calor sólo existe en la imaginación
de la calle inclinada repleta de las voces
que los ríos humanos llevan siempre consigo.
Desembocan las voces en lo tibio del aire
cual levedad que brota del centro de la noche,
ella misma una piedra extraviada en el oro.

2

Los cuatro ríos hechos piedra de peregrinos
en la plaza ovalada, muy cerca de las cúpulas,
las estatuas que miran absortas la ciudad
sumidas en un grito detenido en el tiempo,
las nubes de ceniza como bosques lejanos,
el eco de los valles que besan las estrellas,
doliente madrugada de un canto ya perdido.

3

Los ásperos metales se ciernen sobre el río.
Llegaron con la lluvia de noche y sin aviso
trayendo la tormenta como preñez de nubes.
Viajan sobre el espejo de ese río que lleva
sus voces en sordina cargadas de luciérnagas,
el oro de su curso que se pierde a lo lejos
y se vuelve un tesoro que iremos a buscar.

Meditación sobre el mal

Mueren los abedules de Europa
en la coraza del invierno.
La luna estalló como un volcán y su sonido
llenó de terror el vacío.
Son los cuerpos enterrados vivos
los que hablan del verano,
sus voces una señal de humo que sube
entre los bosques moribundos
después de quemar la carne
en la guarida de la serpiente.
Las nubes, sin moverse,
se desplazan con el viento hacia el sueño
mientras el invierno transforma la tierra
en una roca que respira.
Habrá de nuevo nieve fresca en los caminos.


Inéditos

CLARIDAD IGNORADA

1

Blanco paraje:
sobre la nieve muda
un árbol habla.

2

De esta blancura
los dioses no aprendieron
más que la noche.

3

La nieve quieta,
misterioso animal
que se deshace.

4

Gotas de lluvia,
miniaturas celestes
dueñas del polvo.

5

En las batallas
solo Ilión ha sabido
besar el bronce.

TORMENTA

I

Travesía de nubes
como herida en el aire.
Asoma la tormenta

sin ninguna clemencia.
Aparece en el cielo,
nubla todas las páginas

y las llena de signos
que nadie deletrea.
La luz desaparece.

Lluvia y viento cruzados,
humedad como seda
en los cuchillos ávidos.

II

Rayo, trueno, relámpago:
destrucción una y trina,
del espacio enemiga.

Total devastación
del oído cual miedo
derramado en el eco,

monstruo sonoro, grito
nacido en la garganta
más oscura del agua.

Nadie quiere ser huésped
de su morada cruel,
de sus habitaciones

donde reina el espanto,
arrullo del abismo,
caída hacia la muerte.

III

Sonaron las alarmas
de toda la ciudad.
Su voz ronca anunciaba

las fauces de un gigante
que avanza sin piedad
y ciega a las estrellas.

La tormenta es un cíclope;
la oscuridad de su ojo
sube por esta página

y por su boca saca
lenguas de llamas húmedas,
sílabas ilegibles.

El temblor de sus pasos
resuena entre mis huesos:
soy nada más que su eco.

IV

Al llegar la mañana
sólo una cosa anuncia
este espeso silencio:

destrucción, destrucción,
árboles con raíces
expuestas como entrañas

de soldados antiguos
después de la batalla,
sangre en tiempo cuajada.

Las casas destrozadas.
Sus habitantes miran
esos restos cual ruinas

que el tiempo adelantó
para hacerlas recuerdo.
No es abstracta esta ruina,

es real como el aire
y como el aire viaja
a todos los confines.

Reina ahora la calma,
todo yace en silencio
porque todo es silencio.

Nunca ha sido tan cierta
la calma después de la
tormenta: cielo azul

que se anuncia a sí mismo
como vasta mudez,
furor de la memoria.

GANSOS CANADIENSES

Cisnes del Nuevo Mundo,
comercian algas y miedo
con los transeúntes.

El poeta, a orillas del lago,
quiere sacar sentido de las algas,
escanciar el néctar del atardecer.

El lago y sus reverberaciones
en el día monacal.

Hay cien hombres
caminando sobre las aguas,
pero el silbido de los gansos
ahuyentó al poeta.

El frío lanza sus cuchillos,
ráfaga que endurece aún más la piedra.

DEIDAD

Hay un dios que en la sal
duplica su blancura.

No quiere la pureza:
tan sólo merodea
como ave carroñera
que ha olido ya la muerte
mucho antes que acontezca.

Ya somos esa muerte
ni bien hemos nacido.
La deidad confidente
en círculos demuestra
su infinita paciencia.

Desde siempre ha sabido
de nuestro único viaje
que comenzó en lo oscuro
y habrá de terminar
bajo el dorado brillo
de un sol castigador.

EL BISONTE

No en el centro del laberinto
sino en esta orilla
del fin de la tierra
tullido y jadeante en un cubo de cemento
yace el dios que no merecemos.

Es el bisonte echado en el polvo;
sus ojos moribundos guardan
el sueño de antiguas praderas.

En su altar profanado
somos casi inocentes feligreses.

Aunque no sintamos dolor
somos dolorosamente curiosos.
Aunque sepamos del horror
ignoramos su horror.

Su jadeo se escucha en lo oscuro,
su jadeo cruza la ciudad,

y en el tránsito de la noche
desembocamos en los deberes infernales.

PATRIA EXTRAÑA Y ANTIGUA

El oleaje es la madre de dioses infinitos.

Pero yo, mortal,
sólo veo el esqueleto
de antiguas embarcaciones
encalladas en la arena.

Patria extraña y antigua,
el mar es brocal de un pozo invisible,
una tregua masacrada
en el apuro de los guerreros.

Frente a ese mar miro la lluvia caer lenta
entre las ramas de los árboles,
el amor que llega a morir
en su orilla casi ciega.

Como nubes de color ceniza
besaremos la arena transparente
embancados en la hora y su zozobra.

Abriremos la boca de los muertos,
ritual de nuestros sueños y agonías,
sustancia de muerte o fábula.

EL PUNTO DESTELLANTE DE LAS AGUAS

El viento, invisible y severo,
irrumpió en la quietud.

El mar era un azul
sediento entre a las rocas.

Solo ante los fantasmas
que pronuncian tu nombre,
no eres más que una sombra
frente a la vastedad
de todo lo posible.

El sol inundó su ojo
sin párpado en la sal.

El resplandor nació
en el beso de la espuma y el musgo.

SOBERANÍA

El sello de lo frágil asoma desde el mar,
aunque el mar es ahora
una serpiente de espuma que ruge.

No hay ángeles aquí:
ni la noche ni la música son confidentes.
Toda la indolencia del viento
arrastra las nubes invisibles.
El sol, esa extraña flor,
se ha ido para siempre.

Aquí la noche es más soberana.
Aquí la arena crepita como el fuego.
La espuma en la rompiente
es la piel de la serpiente, su rabia.

Contemplamos las efigies de lo oscuro:
los perros meditan en la orilla,
sus aullidos provocan el éxodo de la niebla;
el batir de alas, la guerra entre vigilia y sueño.

El sello de lo frágil es ofrenda de sal
o polen oxidado en la abeja.

En el alfabeto de las olas buscaremos
la forma de nuestras canciones,
el orden perdido de nuestra herencia.



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