[ lectura y crítica ] 

Los espirituales — Alberto Guillén

Los espirituales 

por Alberto Guillén 

«Acabas de morir y acabas de nacer, tres veces venturoso, en este día.
Di a Perséfone que el propio Baquio te liberó».
Láminas de Pelina, siglo IV a. C.

«Ruaj» (חַ וּר) y «pneuma» (πνεῦμα): “aliento de vida” y “viento”, pueblan los límites bíblicos. Con frecuencia, cuando hoy hablamos de espíritu, de alma, podríamos estar hablando de lo mismo. Estas dos palabras terminan por enredarse. Pertenecen a un pasto exigente de debates. ¡Qué común es la expresión: «soy alguien espiritual»! E incluso hay quienes cuantifican lo espirituales que son, ¡como si lo que no tiene materia fuera medible! Hombres y mujeres de nuestro tiempo, como una maraña, recogen estas palabras y las vociferan a su antojo y no al cántaro, cuando deberían rebajar sus decibelios. No los acusamos, ni nos parece tan irreflexivo, ni diremos de aquellos que son una caterva: asúmase que todo lenguaje es en la medida de su uso. Hemos, sin embargo, de examinar a quienes lo usan, y aun sin estar del todo equivocados, el porqué no han puesto en examen sus porqués es nuestro «porqué». Ese sea el remate, el colofón de cualquiera de nuestras maniobras: irnos hasta el principio. Sea la intención demostrativa: desenredarlos, no dinamitarlos, ni explicar ninguna de las almas o de los espíritus de los lectores, ni cómo planifican su interior. El espíritu, si esto nos sirve como cartilla de presentación, es un plano del interior, no un decoro. No puede ser, como ocurre en boca de muchos que afirman «ser espirituales», una decoración de la personalidad. 

Hay quienes piensan, con mayor o menor fundamento, en un intento de identificar por qué ya no hay espirituales auténticos, o por qué no existe tan siquiera un concepto claro dentro de esta clase, que el producto total de esta irreflexión sea el modo de vivir moderno; así que no tardan en lanzar sus improperios como flechas que refrenan a los invasores: materialismo, egoísmo, laicismo, liberalismo, secularización. Resuenan tal y como en lo alto de los campanarios. Del propósito original del cristianismo, los ortodoxos, muy generalmente, han afirmado que las sectas se desvían: quietismo, iluminismo, los cátaros. Para los cristianos más radicales, recuérdese que, en cierta medida, el budismo es una secta del yo. Así que no hay mayor ofensa para un cristiano de esta índole que comparar a Buda con Cristo. 

Suñer y Capdevila, a vísperas del siglo XX, enarbola lo que parece entrañar una carrera por las ideas de Occidente ya gestada en el XIX y XVIII y profiere un sintagma, un lema fecundo: «La idea caduca es la fe; el cielo, Dios. La idea nueva es la ciencia, la tierra, el hombre». Las nuevas clases sociales contestaron en nombre del progreso. Eran los burgueses quienes, ofrecida la puja ganadora, dejaron de conferir poder al clero europeo. Desde entonces, fue la naturaleza la que sostuvo el báculo de las ideas: lo natural y la razón fueron bautizadas en el mismo río. Tratándose el espíritu de lo más inmaterial de los asuntos, tendría escasa oportunidad de oponer resistencia en la sociedad y poco por lo que enlucirse en el pensamiento. El espíritu no se ve en un mundo que sólo es lo que hay a nuestro alrededor. Así hemos avanzado, hasta hoy, en feroz contienda contra la Iglesia y sus ideas. 

Esa lucha siempre se ha extendido: no sólo en Occidente, sino que, cuando Oriente se transformó en Occidente, se atestiguó una invasión de pretensiones panópticas, uno de los más atroces ataques a la espiritualidad en nuestro tiempo: la invasión del Tíbet por la RPP China. Se reemplazó a los dioses por un solo dios: Mao Zedong. El paraíso prometido fue el material, el marxista. La destrucción de un pueblo, y de lo que es más, los dioses, estaba por comenzar. Y como de ninguna manera el pueblo tibetano trabajaba, —pues cultivando la fe así andaba uno satisfecho— fueron suficientes las oratorias de Mao en contra del espíritu tibetano; y, entre los años 1950 y 1956, en nombre de la asociación campesina y considerando a este pueblo de raza inferior, el ejército maoísta no reguló ninguno de sus caudales de sangre: violó a sus mujeres, secuestró a sus niños, sitió sus monasterios y batalló con metralla frente a las espadas y lanzas de los lamas, para quienes tuvieron la diligencia de cavar hoyos. Tal eclipse ideológico tiró en carretas religión, fe y espíritu.

II

Ante cualquiera de nuestras preguntas, debemos ponernos en posición, para ir de primera a segunda, de segunda a tercera, sucesivamente. La primera de estas posiciones debe ser volver a Platón, del mismo modo que San Agustín en su gabinete. ¿A qué nos referimos con alma y espíritu, en verdad? En el Crátilo se afirman dos cosas esenciales sobre esta cuestión, algo que Platón reinterpreta de los órficos: el alma, presente en el cuerpo, proporciona una facultad respiratoria y vivificadora (ἀναψύχον), y el cuerpo (σῶμα) es la protección (σῆμα) del alma, que es su salvaguardia. He ahí la esencia del alma: inmortal y encerrada. Y cuando hablamos de espíritu, hemos de llegar a tales procedimientos, al origen, a la esencia de las cosas. 

Juan Ramón Jiménez inquirió, al igual que Platón, la esencia del nombramiento. En Diario de un poeta recién casado, «Cielo» es una cámara obscura que invierte la esencia filosófica del diálogo platónico en esencia poética, en verso. En este poema, J.R.J. contempla el cielo como esencia, como si, torpemente, se hubiera olvidado de cuál era su naturaleza. El poeta no necesita reflexionar sobre lo contemplado, sino darle una identidad. Sólo entonces filosofar conduce hacia el irrevocable Verbo. El poeta andaluz, no exento de intuiciones poéticas, tuvo el talento para pensar, que es la fortuna y la gracia sobre la que se erige todo pensador. Ante la palabra «espiritualidad», es sugerible que uno no se muestre curado de espanto, sino alarmado de haber olvidado torpemente de qué se trata. 

Así como, según la doctrina de san Jerónimo, «nadie nace sin Cristo», no hay manera posible de «ser espiritual»: lo sepamos o no, todos tenemos espíritu. Porque, en tanto que tengamos cuerpo, que es secundario, el espíritu es aquello que da aliento. No hay jerarquía posible, ni derecho que se otorgue: uno decide vivir una vida espiritual. Se trata de un viaje interior, uno en el que nuestras vísceras están puestas del revés y en el que uno se encuentra con doctrinas y, después, con sacramentos, con lo sobrenatural y, de ser inquisitivos, con milagreros como santo Domingo de Silos. En el brindis moderno, ser espiritual no es el gesto del acendrado, pues precisamente el talante es lo que cuenta: toda presunción de ser algo que uno no es termina en la autoaniquilación. 

El que es Satán no puede renunciar a sus próvidas felonías, tampoco a su hálito de vida: incluso el espíritu atraviesa valles de infinito mal. Sentémonos; escuchemos la palabra evangélica: “El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida”. No sean luminarias estas palabras; sean, por el contrario, la misma luz, entre la cual no caben las aporías. Hasta los cuerpos celestes, como se muestra en el Filósofo autodidacta de Abentofail (siglo XII), son finitos en extensión. Pero el exceso de contemplación produce monstruos. Sirva de ilustración el pasaje de Hayy, protagonista de la novela, y cómo la contemplación se condensa al liberarse del estado extático que produce: 

«Poco tiempo estuvo sin recobrar sus sentidos; despertó de aquel estado, que era semejante al desvanecimiento, deslizó su pie de esta mansión, se le apareció el mundo sensible y se borró de su vista el divino; pues no es posible la reunión de los dos en un solo estado. El mundo de aquí abajo y el otro mundo son como dos coesposas: si se satisface a una, se irrita la otra». 

Comuníquenos a viva voz tal pasaje, que no hay pueblo ni individuo exclusivamente contemplativo o exclusivamente activo, pues toda una vida significada y configurada en lo espiritual se paladea imposible. La totalidad de ser espiritual requiere ser plenamente espiritual. No sin agregar que debemos prestarnos a la modestia y disponernos de un guía. En la obra de Garrigou-Lagrange, tomista en ambición, Les trois âges de la vie intérieure de 1938, se rotula que ha de existir un guía necesariamente para alcanzar cualquier ascensión espiritual. Dante es brújula para quienes se vean en necesidad de brújulas: todos sabemos que se dispuso de guías, y esos fueron Virgilio en la catábasis y Beatrice subidas las más altas esferas. 

Platón, a modo de primer paso, nos posiciona; nos da definiciones, reinterpreta etimologías, escucha a los sabios y los reproduce. Tras su consigna, parece cierto que un bien discipulado Aristóteles contradice estas ideas del alma, negando toda trascendencia, aunque cierto intérprete humanista, como lo fue Cardillo de Villalpando, defendiera la inmortalidad del alma desde el aristotelismo. Si bien podríamos pensar que el debate de Occidente está en esas dos filosofías, entre el primero que dijo y el segundo que le contestó, esa no es la cuestión que nos interesa, y es pacata si se va a estudiar filosofía de veras. Acongoja una posibilidad: de desaparecer todo rastro de cultura, muchos desistirían de falsos calados espirituales; pero de desaparecer las distintas creencias que fundamentan hoy la cuestión del espíritu, buscaríamos al Ka, al espíritu y al doble; encontraríamos la esencia de nuestro espíritu inmaterial en nuestro ojo derecho, en la δυάς: sería un principio, sería un mundo nuevo muy antiguo; una reforma que nos llevaría al ciclo interminable de las búsquedas de lo primigenio, y eso nos revoca hacia los exordios de la humanidad. Viviríamos de inquietud en inquietud, repitiendo el pasado, quizá con otros modos, quizá con otros nombres, quizá con otros símbolos que no serían más que desfondadas sombras de lo mismo que ya se había vivido. La humanidad no construye sobre tramos voladizos. 

III

La espiritualidad no ha muerto. No es de extrañar la actitud del reaccionario que, si se pone frente a los presuntos reaccionarios de hoy, oye uno de esos disparates que profieren: “¡La espiritualidad ha muerto!”. Confunden la desaparición con la muerte, la muerte con la desaparición, y así confunden a los que aún no saben lo que debieran saber. Estas aseveraciones, tales como la muerte del arte, son infames: un error craso. Tienen el ánimo empapado de tristeza; su oficio es el de enterrador. La muerte es la disfunción absoluta de algo. Mientras se hable de “arte” o de “espiritualidad”, por más que se degenere o se estanque, no puede ni el más santo darle muerte. Y aunque la frase de estos reaccionarios no deje de ser un disparate, es además de tan intimidatoria como apoteósica, ridícula por su no voluntad de prestarse a soluciones; ovando apocalipsis, apacigua escuchar los silbidos del cataclismo. Ante ellos, cualquier aventurero debería saber que son una burla, modelos satíricos de disparates goyescos: son lo que son, espantapájaros, cubiertos bajo un blanco manto fantasmagórico, y sus pobres sentencias son de una madera de blanda dureza. Nada los remienda, ni llevar marsellés ni capa de grana. Es preferible no aventurarse —a ver si uno se perdiera, como si eso fuera un fracaso— a que el supuesto curso natural de la espiritualidad hacia su muerte no permita a nadie viajar vitalmente a través de ella. ¿Quieren saber lo que está muerto, lo que no funciona? Su sentido. De ahí se sostiene que vivimos en un mundo de-espiritualizado, cuya dirección va decaída. Y el sentido, como hasta ahora se ha articulado, debe su palanca de comando al uso actual de los términos, marchando lentamente hacia su sepulcro. 

La espiritualidad no es nada sin una orientación. Una de las alternativas que veía el fundamental René Guénon era, sin duda, de las más tradicionalistas posibles: reorientarse a oriente (oriens, la misma palabra es probatoria), puesto que allí están los auténticos representantes de la espiritualidad. Pero esta no deja de ser una tesis iniciática, algo a lo que no deberíamos subyugarnos. No olvidemos que todos nosotros transportamos una lengua y, con ella, un imperio: Roma. El castellano es nuestro, porque el latín es nuestro. Esto, pese a todos los avances de la τέχνη —tal y como orquestaba Spengler, la natural oposición al arte y, a fin de cuentas, a la propia espiritualidad—, nos hace partícipes de la historia y nos recuerda que el cristianismo nos civiliza incluso allí, justo donde lo que importa son las grandes ganancias de nuestros pescadores; dado que no hay nada más espiritual que echar el hatillo en dirección a Roma. 

El medio por el que acercarnos a la espiritualidad, por el que debamos iniciar un viaje, —o al menos el que propongo—, tiene que ser el libro, sin más remedio: los libros, por los que hay que subir como por una montaña y en sendero continuo. Más que estos aparezcan como revelación, como en el Sinaí, los libros no son un dios con el que conversaremos apaciblemente, sino un problema, un enigma, una inabordable tarea de querer acercarnos a un tiempo que se aleja sin mostrarnos un solo y unívoco semblante. Sin embargo, las obras espirituales se subsumen en el tiempo. En el camino del conocimiento, cuanto más nos dedicamos precipitadamente a resolver los misterios del mundo y más parece que avanzamos, más nos alejamos de ese principio, y las deformaciones y las simplificaciones se avalanchan en crecida. Las obras que hoy son herméticas exigían antes conocimientos privados; ahora, conocimientos difíciles debido a su lejanía. Todo lo que se conserva no es útil; y tan afuera como esté de nuestro dextrógiro, pasa a ser una curiosidad, un destello. Pero de la espiritualidad hay que hablar como de las centellas, pues es peligroso hablar de algo vivo y que, de estar en su radio, caería fulminante sobre nosotros. 

¿Quiénes son los espirituales? Porque no tienen nombre. ¿Dónde están? Porque no los vemos. El propósito tal vez haya sido no explicar la espiritualidad, sino hacerla brotar y recordar al lector que todo lo que hoy nos aleja de ella la convierte en algo más poderoso. Debemos ser arqueólogos, archiveros; debemos ser orientados y no espiritualistas, no necrólogos que viven de desfallecimientos. Que el lector se acuerde de que se ha dicho mucho sobre ello y que este ensayo es sólo un recordatorio de lo que está en nuestras manos, y también de lo que estamos dejando caer de ellas. Asimismo, quien dice espiritualidad dice humanidad. No hay una resurrección estimada. Invito así, a que se lancen a ‘su’ aventura. Y quien se siente a escribir sobre el espíritu recuerde que no va sino a tejer, a tejer coronas con manojos de siemprevivas sobre un sentido que hoy yace muerto.


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