El mercader de Venecia y su villana encubierta
Por Emilia Agüero de Chazal
Que las apariencias engañan, que no todo es lo que parece, es la idea que sobrevuela una y otra vez en El mercader de Venecia de William Shakespeare; y sin embargo, el tema asumido por la mayoría nada tiene que ver con este asunto, sino que versa sobre la justicia misericordiosa (de los nobles venecianos) contra la del cruel y avaricioso judío. Pero detrás de esta fachada, la obra nos habla de la distorsión de la realidad a través de las apariencias y la capacidad discursiva. Idea que se repite constantemente por medio de sentencias formuladas a través de los distintos personajes, tales como:
No todo lo que reluce es oro.
Muchas veces engañan las apariencias.
[…] el mundo me parece lo que es: un teatro, en que cada uno hace su papel.
El cantar del cuervo es tan dulce como el de la alondra, cuando no atendemos a ninguno de los dos.
¿Hay vicio que no pueda disfrazarse con la máscara de la virtud?
Apenas hay en toda su conversación dos granos de trigo entre dos fanegas de paja.
Otros bufones conozco de más alta ralea, que por decir un chiste, son capaces de alterar y olvidar la verdadera significación de las cosas.
Todo el mundo juega con el equívoco, hasta los más tontos… Dentro de poco, los discretos tendrán que callarse, y sólo merecerán alabanza los papagayos el don de la palabra.
En el Mercader de Venecia hay un villano expuesto en toda su fealdad y miseria, el prestamista judío, que claramente no brilla por ningún costado; pero, también, hay otros encubiertos entre bellas apariencias y edulcorados discursos, asunto sobre el cual el autor nos previene repetidamente. De allí que la frase más célebre de esta obra, «no todo lo que reluce es oro» se refiera a la protagonista, Porcia, la supuesta heroína que brilla como oro pero que es tan vil como el plomo. Tal como lo advierte Basanio al elegir la caja de metal innoble en el momento de la prueba de las tres cajas: la de oro, la de plata y la de plomo. Prueba que al acertar le permite obtener la mano de la más bella y rica heredera de la región, pretendida por poderosos señores y príncipes que han fallado al escoger las cajas de materiales nobles al ser engañados por todo el oropel que enviste a la protagonista: belleza, riqueza, estatus. Mas Basanio, a quien «no engañan las apariencias», como declara el texto que contiene la caja de plomo que le da la victoria, es el único capaz de escoger el cofre correcto, y no por sabio precisamente, sino porque él en carne propia conoce que «todo lo que brilla no es oro», al no contar con más mérito que una buena apariencia y una personalidad seductora. Basanio no se destaca precisamente por su virtud, al contrario, es un vicioso que ha derrochado toda su herencia viviendo de juerga; y estando tan endeudado por aparentar una vida de lujos que en realidad no puede solventar, no encuentra mejor solución a todos sus problemas que casarse con Porcia, la más bella y rica heredera del lugar. Con el fin de presentarse ante ella fingiendo ser una persona acaudalada, promete como garantía de un préstamo con Sylock, el prestamista judío, una libra de carne de su mejor amigo, Antonio, el noble mercader que tiene sus barcos con mercaderías en el mar y de momento no puede prestarle el dinero que necesita, más sale de garante del préstamo.
Basanio reconoce que tiene grandes chances de conquistar a Porcia, de hecho, ha detectado en la mirada de la joven que ésta se siente muy atraída por su atractivo semblante. Decide entonces presentarse ante ella como otro más de sus poderosos pretendientes, siendo el único capaz de resolver el acertijo al escoger la caja correcta donde se encuentra el retrato de Porcia, la caja de plomo. Porque en realidad Porcia brilla como oro pero no vale más que el plomo, y por ello desde el comienzo se la describe harta del mundo, aburrida de nadar en la abundancia mientras sostiene algo que revela su posterior desempeño en la obra, que es capaz de enseñar la virtud pero no de practicarla. Razón por la cual, ese bello discurso que pronuncia en el juicio al hebreo, no tiene más que valor retórico en sus labios.
Basanio (que etimológicamente viene de básico) y Porcia (porcina) no son Romeo y Julieta, pero son tal para cual y se merecen mutuamente; porque ninguna heroína verdaderamente virtuosa merecería un hombre sin virtud, un vividor que la busca fundamentalmente para solucionar todos sus problemas y tener una vida llena de lujos y placer. Pero todo este romance es enmarcado en hermosas y edulcoradas frases que disfrazan todas estas pequeñas miserias. A propósito de este tema el monólogo de Basanio es bastante revelador, en él dice explícitamente que elige la caja de plomo porque «muchas veces engañan las apariencias», aunque el lector se niegue a aceptar esta realidad atribuyéndole otros imbricados significados de índole hermetistas[1] cayendo en la trampa del autor. Las apariencias que engañan no son las de las cajas, sino la de la bella Porcia, por eso reza la de oro: «no todo lo que reluce es oro», cuando el príncipe marroquí pretende encontrar en ella el retrato de la protagonista. De todos los pretendientes de Porcia gana el de mejor apariencia pero el menos virtuoso eligiendo la caja de plomo, metal afín a su propia naturaleza como a la de la protagonista. Préstese atención entonces a las palabras de Basanio en el momento de la prueba de las tres cajas:
La apariencia no es siempre la verdad: al mundo lo engaña el oropel. En un juicio, ¿qué infame defensa no puede encubrir su maldad bajo el manto de una voz armoniosa? En religión, ¿qué herejía no sabrá bendecir un digno varón apoyándose en los textos y cubriendo de ornamento el desatino? No hay vicio tan simple que por fuera no muestre señales de virtud. ¿Cuántos cobardes de pecho tan falso cual peldaños de arena no lucen la barba de Hércules y de Marte iracundo y por dentro carecen de hígados? Y adoptan el apéndice del brío para hacerse temibles. Mira la belleza y verás que la compran al peso, por lo cual se origina un prodigio: las más cargadas son las más livianas. Y esos cabellos de oro, rizados y serpenteantes, que bajo hermosa apariencia hacen traviesas cabriolas al viento, habían sido ornato de otra cabeza, y ahora el cráneo duerme en la tumba. El adorno es la pérfida orilla de un mar peligroso, el velo atrayente que oculta una oscura belleza; en suma, la falsa verdad con que el mundo taimado atrapa al más sabio. Así que contigo, oro ostentoso, duro alimento de Midas, no quiero nada; ni contigo, vulgar y pálido esclavo de todos. Pero tú, pobre plomo, que más amenazas que prometes, tu palidez me mueve más que la elocuencia; te elijo a ti, y el gozo sea la consecuencia.
El monólogo no sólo deja expuesto el tema de la obra, sino que también nos anuncia el final revelando el papel que asume la protagonista, la del elocuente abogado que hace pasar lo injusto por justo a través de un discurso cargado de flores retóricas. Porque al fin y al cabo se realiza un expolio, no sólo no se le devuelve el dinero al prestamista judío sino que se lo despoja de casi todo.
¿A quién representan estas palabras? ¿Acaso no es a él mismo, quien vive del prestado y deja dar a su amigo como garantía su propia carne para casarse con una mujer que le resuelva todos sus problemas? ¿O tal vez al generoso Antonio? Que cada vez que se encuentra con Sylock lo trata como a un perro calando un resentimiento que va creciendo en su corazón. Incluso estas palabras representan a Sylock, que justifica sus negocios con pasajes de las Escrituras; o a su hija, que diciendo huir por amor del avaro padre le roba hasta el anillo obsequiado por su difunta madre para cambiarlo por un mono y fugarse con uno de la pandilla de estos benevolentes cristianos. Pero por sobre todo, estas palabras reflejan a Porcia, que a través de la belleza discursiva y de una supuesta generosidad que en realidad solo es retórica, esconde egoísmo y avaricia. Porque ella promete a Basanio darle diez veces más de lo que le ha prestado el judío para salvar la vida de Antonio, pero cuando Basanio ofrece ese dinero al judío, ella disfrazada de abogado niega la posibilidad de pagárselo, prefiriendo despojarlo de todo. Ella que habla de Misericordia y Generosidad en realidad no está dispuesta a poner una moneda por la vida del amigo de su amado y se hace pasar por abogado fundamentalmente, no para hacer justica, sino para lucirse y divertirse a costa de los demás, ya que desde el comienzo se la muestra aburrida diciendo que no es capaz de poner en práctica la virtud que podría enseñar.
Por su parte Sylock, el prestamista judío, busca vengarse de las repetidas humillaciones propinadas por el «noble» Antonio. Porcia, con agudeza, disuade a Sylock de exigir la libra de carne de Antonio porque argumenta que no está pautado derramar una gota de sangre en el contrato. Y cuando Sylock reclama finalmente el dinero que ha prestado a Basanio, ella misma le impide devolvérselo, pero no satisfecha le arrebata todo bien material como su herencia espiritual, porque es obligado a convertirse. Finalmente todos los personajes, menos el judío, que es el villano claramente expuesto, son villanos encubiertos, principalmente la heroína que brilla como oro y no vale más que el plomo.
El saqueo queda perpetrado entre todos bajo la máscara de la Virtud, la Misericordia, la Bondad, la superioridad moral y espiritual, en esta mascarada carnavalesca que se hace de la Justicia. Recordemos por último, el excelentísimo e inolvidable discurso de Porcia que hasta el día de hoy es tomada como ejemplo de Virtud, pero sin olvidar el anterior discurso de Basanio citado antes. Ahora Porcia es aquel abogado anunciado, el que con sagacidad discursiva hace pasar lo injusto por justo. Porque justicia sería salvar la vida de Antonio (que en realidad nunca ha estado en peligro porque la ley prohíbe derramar sangre cristiana) y devolverle al judío su dinero, pero al final se lleva a cabo el saqueo total de ese ser avaro y ruin como se presenta explícitamente al judío prestamista, que finalmente no le ha robado nada a nadie en realidad y está exigiendo lo acordado por contrato (así sea para ver sufrir un rato al que lo ha humillado repetidas veces). En realidad, los nobles y generosos cristianos, no son mucho mejores que el prestamista, pero bajo la luz de los discursos engalanados con flores retóricas, todo hecho se puede tapar, dar vuelta y distorsionar. Finalmente de esto es lo que trata la obra, de la duplicidad y la hipocresía, la avaricia disfrazada de bondad y generosidad, del vicio enmascarado de virtud. Ahora las inolvidables y excelsas palabras de Porcia toman otro cariz, porque la belleza de las palabras no está respaldada por las conductas y los hechos.
El don de la clemencia no se impone. Como la lluvia suave, baja del cielo a la tierra. Imparte doble bendición, pues bendice a quien da y a quien recibe. Suprema en el poder supremo, sienta al rey entronizado mejor que la corona. El cetro revela el poder temporal, signo de majestad y de grandeza, que infunde respeto y temor al soberano. Mas la clemencia señorea sobre el cetro: su trono está en el pecho del monarca; es una perfección de la divinidad, y el poder terrenal se muestra más divino si la clemencia modera a la justicia. Conque, judío, aunque pidas justicia, considera que nadie debiera buscar la salvación en el curso de la ley. Clemencia pedimos al rezar, y la oración nos enseña a ser clementes. Te digo todo esto por templar el rigor de tu demanda. Si la sostienes, la recta justicia de Venecia tendrá que condenar al mercader.
El discurso es hermoso, nadie puede negarlo, pero en boca de Porcia solo posee un valor retórico, porque ella no es capaz de practicar lo que predica con tanta elocuencia (esa generosa clemencia digna de los reyes) ya que a la hora de demostrarla con Sylock se muestra avara, dúplice e incluso vengativa disfrazando esto de virtud y justicia. Desde esta perspectiva la comedia romántica es más sátira que otra cosa, el autor critica y se burla de todos, porque a todos los muestra miserables, hasta a la supuesta heroína, Porcia, la que tiene brillo de oro pero que no vale más que el vil plomo. A tal punto se sigue burlando el autor de la sociedad que todavía Porcia es considerada como ejemplo de Virtud, agudeza intelectual y justicia, cuando en realidad es ejemplo de la sagacidad discursiva que tiene el poder pasar lo injusto por justo, y lo innoble por noble, siendo en realidad la gran enmascarada de este carnaval, la «villana» oculta.
Por último, esta obra se torna cada vez más actual, porque de los discursos bonitos y correctos son de lo que hoy más debemos dudar. Cuántas veces en nombre de la democracia y la justicia ciertos líderes atacan a otras naciones para expoliarlas, porque supuestamente no se rigen con sus mismos valores o calidad moral. O cuántos afamados filósofos o intelectuales no son más que «papagayos del don de la palabra», fingiendo complejidad a través de nubes retóricas con las que se intenta disimular la ausencia de profundidad intelectual real, a través de palabrería pretenciosa y vacía, «ampulosas bagatelas para dar peso al humo»[2], especialmente en la llamada «postmodernidad». Finalmente la obra deja al emperador desnudo, porque la mayoría de los eruditos dice que esta obra se trata de una condena al judío y califica al autor de antisemita, revelando su carente capacidad de interpretación al despreciar todas las advertencias del autor, la complejidad y la riqueza de una obra que le está diciéndole en la cara a la sociedad de su época lo hipócrita que es dejándola contenta a la vez (vaya audacia), al darle la oportunidad de identificarse con la heroína que no es más que una villana enmascarada de ese carnaval veneciano, sociedad que puede seguir conviviendo tranquila con ella misma y sus miserias al transferirlas al otro.
Por otro lado, esta relación entre el judío prestamista y la nobleza veneciana nos deja pensando en la conexión histórica entre el papel de la banca judía y esa nobleza denominada «negra» por sus oscuros, sucios y usureros manejos. La «nobleza negra veneciana» es llamada así desde los conflictos entre güelfos y gibelinos durante los siglos XIII y XIV. En este contexto histórico llama la atención que a Antonio se lo caracterice tan generoso, haciendo préstamos sin interés (para diferenciarlo del prestamista judío) siendo el mercader. Es más, en este marco significativo de «las apariencias que engañan» y del «juego del equívoco» el título del libro es otra cosa que se presta a confusión, porque siendo «El mercader de Venecia» lleva consigo implícito toda una carga peyorativa ligada a la usura y se lo identifica inmediatamente con el judío, que en realidad es el prestamista. Lo que nos lleva a considerar la relación histórica entre esta nobleza veneciana mercantilista y la banca judía; ya que por ejemplo, según el investigador Jorge Guerra, detrás del papel histórico («villanesco» podríamos agregar) del banquero judío, se oculta la llamada nobleza negra que a través de la instrumentalización titiritesca del usurero judío oculta su cara y se lava las manos. Lo que nos lleva a pensar nuevamente en el doble papel del villano expuesto y el oculto, las dos caras de Jano que menciona la obra, y en aquella frase brillante que declara el mismo Antonio: «[…] el mundo me parece lo que es: un teatro, en que cada uno hace su papel».
Notas
[1] Hay algunos elementos simbólicos que pueden indicar ciertas connotaciones esotéricas, herméticas, como por ejemplo: los metales de las tres cajas , la alusión al doble rostro de Jano, o la mención sobre la aparente “melancolía” de Antonio. Pero desde nuestra perspectiva, estos elementos solo constituyen pistas puestas ex profeso por el autor, para generar ambivalencia y confusión sobre el tema principal. Con lo cual no queremos decir que la obra de William Shakespeare esté exenta de estas interpretaciones, sino que nos referimos a esta obra en particular donde dichos elementos parecen colocados a propósito dentro de este marco que reza: “no todo es lo que parece”.
[2] Persio.


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