Hablar de la poesía de Williams Vilches Flores me resulta imposible sin antes evocar el día en que, junto a Benjamín Carrasco, visitamos al poeta Cristian Cruz, en aquel momento radicado en San Felipe. Travesía poética que en otro momento será consagrada con alguna pequeña nota. Cristian, quien también es editor de Ediciones Casa de Barro, respondía algunas preguntas nacidas de nuestro interés ante el panorama poético de la región, pues editar siempre implica trazar una pequeña cofradía de nombres. Entre los libros que nos alcanzó aquella noche se encontraba La breve epifanía del arquero (Ediciones Casa de Barro, 2016), libro de un poeta que habitaba en la ciudad de El Melón. Así, el interés nace por partida doble: la tensión de la forma y el fondo anclados principalmente en tercetos y el fútbol, como también la presencia de un poeta silencioso en las ciudades en que yo había decidido afincarme terminada una primera juventud.
Pasados los años, ha llegado a conocer la amabilidad de Williams Vilches y su diálogo atento, numeroso, su profundo conocimiento de la música, el fútbol y su ciudad natal. Además, la sensación de hermandad con los versos hallados en Para convocar a los ancestros, su último libro editado por Ediciones Casa de Barro (2023), han hecho de esta lectura una circunstancia especial.
En Para convocar a los ancestros asistimos a la construcción del poema como punto de comunión ante diversas figuras y objetos; un lenguaje que aviva el fuego de la memoria y permite vislumbrar las formas que habitan el olvido. No es la interrogación ante nuestros deudos que realiza Rilke en Réquiem, ni la de Humberto Díaz-Casanueva al entrar lentamente en la Muerte —por mencionar dos figuras poéticas—; el lenguaje que construye Williams es un lenguaje que escucha y ve, que registra y evidencia «que todas las cosas están en su sitio / y que nunca nos hemos marchado».
Williams Vilches conquista una inocencia que creíamos perdida en el paso de los años, una inocencia que empezamos a perder en el lenguaje, pero de la cual siempre guardamos «la llave secreta». Una forma de entrar en los recovecos del tiempo, de compartir el pan y el recuerdo, pero también de ver con ojos nuevos lo que prístinamente fue familiar, esos viejos ojos de los que fuimos alguna vez. Bien lo sabe la figura del niño que asoma en el poemario.
Pero, ¿cuáles son las cosas que están en su sitio? Me he tentado de pensar en pequeños objetos que constituyen la historia de una infancia; sin embargo, esto no obvia el hecho de que aprendimos a deambular tempranamente por el perímetro de la ciudad. Con este verso, Williams se habla a sí mismo y habla también a aquel habitante desvelado que recorre con sus sentidos los símbolos de la ciudad. Yo lo supe también mirando alguna noche la piedra que corona un costado de El Peñón o la iglesia de Santa Isabel de Hungría. Y es que El Melón tiene fragmentos de inmortalidad. El trazo oculto de la ciudad podría ser uno de los motivos de este libro, pues vemos en poemas como «El puente de Cimbra», «Huelga en ferrocarriles», «Un día luminoso», «Es el año 87», como en otros, locaciones que avivan y resguardan el recuerdo; también lo afrontan a nuestra propia imagen para constatar que dicha inmortalidad tiene sus grietas. Así, la imagen de la herida, tan presente en el hablante lírico, permite la yuxtaposición con el paso del tiempo ante el espacio habitado.
Aunque hablar de la poesía de Williams Vilches nos permitiría entrar en otros pasajes igualmente interesantes —dialogar sobre poesía siempre resulta una conversación infinita—, ya sabrán los lectores de la pulcritud de su verso y la presencia de los ancestros que se convocan en nuestra mesa, escritorio y habitaciones; de la genealogía y la naturaleza. De momento cabe decir que Williams ha publicado El almirante de pájaros ebrios (Editorial Forja, 2008), Los poemas olvidados una tarde (Editorial Forja, 2011) y La breve epifanía del arquero (Ediciones Casa de Barro, 2016). Los poemas presentes en esta selección pertenecen a su reciente libro Para convocar a los ancestros (Ediciones Casa de Barro, 2023).
Bastián Desidel Escurra
Selección de poemas
La puerta de la memoria
Entonces abrí la puerta de la memoria
y desde el umbral vi el silabario,
unos cuantos perros y gatos
el Sol tras la montaña apareciendo,
los amigos en la calle,
el primer amor, las risas en el aire,
la luna en el pozo reflejada,
una estrella brillando en mi ventana,
el camión en marcha del abuelo, mis padres y hermanos
y los ancestros que nunca me han dejado.
Allí estaban las cosas que creía olvidadas.
Los herederos de la nostalgia
Porque somos los herederos de la nostalgia
tenemos la llave secreta de los hombres
que abre las puertas silenciosas.
Aunque entremos a tientas a la casa abandonada
para encender la lámpara del recuerdo,
mirando un antiguo reloj de pared sabremos
que todas las cosas están en su sitio
y que nunca nos hemos marchado.
Para convocar a los ancestros
No desesperes si te pierdes
camino a la tierra prometida.
Aun bajo cielos extraños encontrarás
el secreto enterrado en el páramo,
una cápsula del tiempo infinito,
un pergamino para convocar a los muertos.
La palabra ancestral que has invocado
es un antídoto contra el olvido,
un bálsamo que cura la herida del costado.
En el candil que sostienen tus antepasados
se eleva una llama más grande que la vida.
El puente de Cimbra
Cruzo el puente de cimbra sobre el estero
después de mucho tiempo.
Al llegar al final me siento más viejo.
La búsqueda
A mi hermano Winston
Por entre las calles un niño busca a su padre,
en su cabeza da vueltas el rostro del ausente,
respira entrecortado como si le faltara el aire.
Camina con las manos en los bolsillos,
en uno lleva tres guijarros del estero,
los acaricia como un pequeño tesoro.
Se detiene a la vuelta de una esquina,
susurra un nombre y se dirige al cementerio,
allí es el único testigo de la vida.
Pregunta a las estatuas por su padre,
el niño para ellas no es desconocido,
del pequeño solitario se conduelen,
a ellas encomienda su espíritu perdido.
Al lado de una sepultura pasa la tarde
inventando historias del hombre enterrado.
Con el crepúsculo siente el frío de la noche,
el muchacho piensa que es hora de marcharse.
Lleva a cabo un ritual que ha hecho antes,
deja con cuidado las piedras sobre la tumba,
en silencio vuelve a casa por la falda de un cerro.
Comienzan a encenderse las luces del pueblo.
Un ancestro me ha visitado
He venido desde lejos
de la tierra que habitarás un día.
No te abrumes hijo mío,
celebra tu vida mientras puedas
en este mundo de horizontes diversos
porque yo habito la morada
donde sólo puedes ver el cielo.
Abre las ventanas de tu casa,
deja entrar el viento nuevo
que cicatrizará tus heridas.
Siéntate a la mesa con tus hijos
antes que ellos se marchen
en busca de su propia felicidad.
Encontrarás en tus libros
el consuelo que necesitas.
Bebe junto a tus buenos amigos
porque con ellos no habrá despedidas.
Tañer la campana del silencio
en los cerros que rodean tu refugio,
pero el eco de las quebradas
repetirá el hombre de los que te han amado
cuando preguntes quién lo ha hecho.
Planta un árbol en tu patio
siempre estará a tu regreso
para recordarte donde perteneces.
Nuestra juventud
Quisimos que la libertad de la juventud
perdurará como un eterno momento,
destruir los relojes y parar el tiempo,
evitar el futuro que os acosaba como fiera.
Un día bebimos de un sorbo el néctar
con que Hebe llenó nuestros vasos.
Tomamos camino para huir de la desesperanza
que nos susurraba en los oídos.
Abandonamos el hogar que amábamos
dejando atrás un grito de protesta
pintado en los muros de un galpón
sin saber que en la suela de los zapatos
siempre llevamos el polvo de nuestra tierra.
Pero también el futuro se deshizo en las manos,
el Sol de cielos ajenos con su lengua dorada
terminó marchitando tu cara y la mía.
Volvimos al pueblo a buscar en los espejos
la pureza del rostro que vimos reflejado
en los charcos después de la lluvia.
Ars amittendi
Porque todo está
bellamente perdido,
en medio de un remolino,
en el centro del recuerdo
ya no queda nada.
Ni siquiera un rostro,
ni el dolor del olvido
como cicatriz permanente
estimulando la memoria.
Ni la sangre fluyendo
para coagular las heridas.
El fuego necesario
Mengua la luz del día. Las sombras comienzan a instalarse.
No hay leña para encender la hoguera en la casa del desamparo.
Sientes el frío que cae sobre el lomo del caballo del invierno.
Él galopa y tú caminas solo como un ciego buscando abrigo.
En el patio olvidado los tiernos brotes se hielan en los paltos.
Aunque parece vana la esperanza del que resiste solo pides,
¡Algo más de Sol para iluminar la casa!
¡Una pizca de vino para calentar el alma!
¡Un poco de calor para descongelar la cama!
El roce de los cuerpos de los amantes,
como ramas desnudas que se frotan,
que origine la chispa del fuego necesario.


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