[ lectura y crítica ] 
Bajar el volumen. Gonzalo Geraldo

Escribir la vida, ensayar, poetizar. Presentación de Bajar el volumen, de Gonzalo Geraldo — Vanessa Martínez Escobar

Escribir la vida, ensayar, poetizar
(presentación de Bajar el volumen de Gonzalo Geraldo)

Por Vanessa Martínez Escobar

Siempre que escribo —que es mi forma de crear—, descubro, o quizá inauguro, algo de mí, de mí o de todos, como si  el saber, el entender e incluso el obrar, no fuesen la inmediata relación que puedo establecer con mi ser  o con mi nada; como si  el crear me enseñara también eso: que crear es más originario que saber, más abismal que comprender, más definitivo que actuar

Hugo Mujica

La escritura es ese lugar neutro, compuesto, oblicuo, al que va a parar nuestro sujeto, el blanco y negro, donde acaba  por perderse  toda  identidad, comenzando por la propia  identidad del cuerpo que escribe.  

Roland Barthes

Entiendo por literatura no un cuerpo o una serie de obras, ni siquiera un sector de comercio o enseñanza, sino la grafía compleja de las marcas de una práctica, la práctica de escribir. Veo entonces en ella esencialmente al texto, es decir, al tejido de significantes que constituye la obra, puesto que el texto es el afloramiento mismo de la lengua, y que es dentro de la lengua donde la lengua debe ser combatida, descarriada: no por el mensaje del cual es instrumento, sino por el juego de las palabras cuyo teatro constituye

Roland Barthes

Bajar el volumen, de Gonzalo Geraldo, se presenta como un dietario cuya textualidad combina lo íntimo del diario personal, el diario de escritor, es decir, «un diario que, sin renunciar al registro de lo privado o lo íntimo, expone el encuentro de notación y vida desde una perspectiva literaria y desde esa perspectiva se interroga por el valor y la eficacia del hábito (¿disciplina, pasión, manía?) de anotar algo en cada jornada»1; el gesto del ensayista que tantea, se orienta hacia lo desconocido, a lo no descubierto y el poema. 

El conjunto se organiza en fragmentos fechados, cada uno de ellos con una unidad independiente conectada por sutiles hilos temáticos: interrogaciones cuya recursividad es expresión de ciertas insistencias. El texto está atravesado por interrogantes fundamentales sobre el comienzo y la escritura de la vida: «¿Cómo comienza una vida?», «¿Cómo se escribe una vida?», «¿Cómo se lee una vida?» Estas preguntas no buscan respuestas definitivas, sino que invitan a la reflexión sobre la naturaleza de la experiencia humana y el mundo que la circunda en sus gestos, actos y pliegues, y su posibilidad o, más bien, imposibilidad de registrarla.

La fragmentariedad no es solo una elección formal sino ética, que es expresión de dicha experiencia; discontinua, transitoria y marcada por la dificultad de enunciarla en su totalidad. La brevedad de las entradas, los saltos temporales y los cambios de tono articulan un ritmo meditativo que evoca el vaivén de la conciencia. Esto refuerza una estética de lo incompleto y lo provisional, en consonancia con una visión existencial de lo humano como algo en constante devenir; escribir la propia vida es, también, una forma de vivirla, es ser en la escritura y a la vez ser otro.

En este sentido, la escritura ocupa un lugar central, no solo como herramienta de expresión, sino como materia misma de la experiencia. La obra actúa como un testimonio de esta práctica, donde la palabra escrita es tanto un medio de expresión como de introspección. Por otra parte, la escritura fragmentaria y autoreflexiva deviene poema, especialmente en los pasajes donde las imágenes predominan sobre el discurso lógico. Esta hibridez genérica convierte al texto en un espacio liminal, difícil de clasificar, pero profundamente estimulante. El uso de citas y referencias literarias es una constante que enriquece el diálogo que el texto establece con cierta tradición. Citas que se entrelazan con las reflexiones del autor, que potencian el diálogo interno, borrando las fronteras entre lo propio y lo ajeno y refuerzan  la naturaleza híbrida del conjunto.

La atmósfera que atraviesa Bajar el volumen es predominantemente melancólica, con momentos de lucidez casi epifánica. El tono, aunque introspectivo, no es estático; fluctúa entre la reflexión serena, la confesión desgarradora y el juego con el lenguaje. El autor no teme confrontar temas incómodos como el tedio, la tristeza, la angustia o el vacío existencial, sin entregarse al nihilismo. En su lugar, busca resignificar lo cotidiano, encontrando belleza en los gestos mínimos y en lo aparentemente banal:

Un hombre, un punto, una línea a la orilla de la playa, se agacha y agarra un puñado de arena, una y otra vez, haciendo de ese montículo un gramófono de pájaros y lobos de mar. Y ese mismo hombre que no es cualquier punto ni línea, sino la afanosa búsqueda del atardecer entre piedras, de las luces que se apagan delicadamente como un poema sin metáforas, como un  poema perdido a la orilla de la playa.

Jueves 23 de noviembre. p. 44.

Levantarse y caminar, ¡qué felicidad!, levantarse y caminar.

Miércoles 11 de abril, p. 49.

A lo largo del texto, se percibe una dualidad entre la soledad individual y la búsqueda de conexión humana. Figuras como el niño anciano, el hombre ciego, y las interacciones mínimas reflejan la lucha por mantener vínculos significativos:

…Un niño solo con su perro, un anciano solo con su caña de pescar, dos soledades tímidas, dos vidas solas que se abrazan a la orilla de un río. Una fotografía no cuaja, una fotografía no asimila, una fotografía no dice cómo dos soledades tímidas a la orilla de un río, dos vidas solas, se abrazan. 

Jueves 26 de enero, p. 28.

Comienzas a reír. Te imito y vacilo, te imito y vacilo una respuesta, sin comprender. “Lo único definitivo es el sufrimiento” – dices con seriedad. 

Sábado 28 de enero, p. 29.

Las entradas diarias, que abarcan meses, muestran cómo los momentos cotidianos se convierten en  pequeñas piezas de un mosaico más grande, enlazando la relación entre el pasado, el presente y el futuro. El tiempo emerge como eje temático, explorado en sus múltiples formas: el tiempo vivido, recobrado, perdido, narrado, el instante. Las referencias al paso de los días y las noches de insomnio confieren al texto un aire de melancolía y contemplación, mientras que las citas que emergen en los diversos fragmentos añaden densidad a esta meditación, sobre lo temporal y el acto de escribir, respecto del proceso vital que toma como referencia.

Bajar el volumen es una exploración literaria de la condición humana en su estado desnudo y sincero. Gonzalo Geraldo ha creado un texto que dialoga con la tradición mientras busca un lenguaje propio para dar forma al caos del existir: enunciando una poética del fragmento, una fenomenología de lo cotidiano, una práctica espiritual. La obra no busca ofrecer respuestas, sino tantear preguntas que resuenan en el lector mucho después de haber cerrado el libro. Es, en última instancia, un llamado a habitar el presente con toda su complejidad, a mirar las palabras, los gestos y las imágenes con una nueva sensibilidad. Este libro es, como su título sugiere, un ejercicio de silencio: una invitación a bajar el volumen del ruido exterior y escuchar las profundidades del lenguaje, el tiempo y la vida.


  1.   En «Vida y obra Roland Barthes y la escritura del diario». Giordano, A. Analecta; 5; 7-2012; 131. 
    ↩︎

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