Hacia finales del año 2025, se publicó en Buenos Aires Semirretiro filosófico (ASL ediciones) de Ángel Faretta, libro cuyo índice nos invita a revisitar con aprecio renovado un arte universal en el que refulge la tradición: ensayos, artículos y fragmentos diversos escritos bajo el derrotero de su pensar y poetizar. Acaso allí resida la otra vuelta de tuercas del concepto acuñado por Carl Schmitt, “semirretiro filosófico”, que Faretta utiliza para proponer una lectura que abandona las gastadas huellas del paraje literario y abrir así nuevos caminos hacia el centro del texto.
“Hasta llegar a Hamlet”, decía Sergio Pitol para afirmar que “un libro leído en distintas épocas se transforma en varios libros”. Así también el método hermenéutico de Ángel Faretta persigue sacar de lo marmóreo al clásico y cuidar de no depravarlo en el intento. Compartimos “¿Qué lee Hamlet?”, con motivo de su última publicación, a la que pertenece el presente ensayo.
49 escalones
¿Qué lee Hamlet?
Por Ángel Faretta
Se ha especulado con cierta razón sobre qué libro está leyendo Hamlet cuando, al ser interpelado por Polonio acerca de su contenido, responde “Words, words, words” (II.2.192).
No parece advertirse que, más que el contenido del libro, lo que cuenta es la respuesta: no son más que palabras. Parece una respuesta extraña, si cometemos el error de considerar a Hamlet un “intelectual”, cosa de la que el propio Shakespeare se hubiera asombrado y hasta indignado. Creemos que este libro guarda el mismo contenido ilegible que el diario que lleva Norman Bates y que Lila Crane lee casi al final de Psycho; pero del cual los espectadores no sabremos nada, es algo que no nos es mandado saber.
¿Se trata en Hamlet también de un diario, uno que posiblemente comenzó a llevar una vez planeada la venganza encomendada por el fantasma de su padre, así como el diario de Norman nos develaría en sus propias palabras lo que estamos a punto de descubrir? Es posible, aunque de ser así, es algo que no debe saberse.
Pero hay algunos aspectos más a considerar, tanto aquí como allí. El barroco y su poética operativa entraron clandestinamente en Inglaterra; llegaron enmascarados en Shakespeare y también en los llamados “poetas metafísicos”. En la representación barroca hay un exceso ritualizado, luego conocido como “potlatch”, y también una convergente, cuanto dialéctica, crítica del mismo exceso. En la pintura y en la escultura eso se da mediante los retorcimientos espiralados de Caravaggio o en los superpuestos pliegues de Bernini, como ocurre en su Santa Teresa. En música, es el mismo concepto de “fuga”, el que se excede o se “fuga” en forma solista hasta que es alcanzado por el bajo continuo. En la representación teatral, eso se da en el teatro dentro del teatro, así como en ese torrente de palabras, por lo general puestas en verso, y en su paralela puesta crítica de tal exceso. Ese libro que sólo tiene “palabras, palabras y palabras” hace pendant con las últimas palabras de Hamlet, “The rest is silence”: “El resto es silencio”.
Es que la palabra como texto impreso, e incluso como tirada poética dramática, es siempre insuficiente para describir en su totalidad la vida humana y su despliegue. Las palabras suntuosas, interminables, llenas de vericuetos y de metáforas de Shakespeare son puestas bajo sospecha crítica por el mismo poeta; así como el autor de films gastará en exceso en su célebre escena de la ducha en Psycho para arribar a algo que está también más allá de las palabras; que no puede saberse ni decirse, como el contenido del diario “mudo” de Norman Bates. Esa es la gran paradoja barroca. Y del arte católico todo.
La respuesta de Hamlet, “palabras, palabras, palabras”, a la pregunta del untuoso Polonio sobre qué está leyendo, representaba –junto al “el resto es silencio” final del Príncipe– todo aquello que no puede decirse; lo íntimo que no puede ser llevado a escena ni representarse, y lo equiparábamos con el diario de Norman Bates en Psycho, que Lila Crane abre y lee, pero del cual jamás sabremos el contenido. Claro que obras-extensas-graves como éstas tienen y mantienen varios significados convergentes, según la caracterización perfecta que hiciera Bachofen del símbolo: “Por el símbolo se puede aunar lo más dispar en una impresión general unificada”.
Hay que recordar que Hamlet dice esto sobre el libro que está leyendo poco antes de acusar a Polonio de ser un fishmonger; literalmente, un “pescadero”, y metafóricamente, un “alcahuete”, por intentar emplear como cebo erótico a su pobre hija, la desdichada Ofelia. Lo de “pescadero” es por ofrecer, vender, algo que odoríficamente representa o menta las partes íntimas de la mujer.
Antes, Polonio le ha dicho al rey asesino y usurpador Claudio que “At such a time I’ll loose my daughter to him”, siendo que aquí “loose” es, o era en el inglés de entonces, no sólo “dejar libre” sino también el acoplamiento de ganado.
Tenemos aquí una simetría con una escena en la que vemos a alguien escribir algo, pero nunca sabremos qué; algo también relacionado con la mujer y el sexo como mercancía. Es el momento en que Cristo perdona a la adúltera, no sin antes apostrofar a sus acusadores con “Aquel que esté libre de culpa, que arroje la primera piedra” (J. 8, 1-12). Allí vemos a Cristo inclinarse y escribir –por dos veces– con su dedo sobre la tierra. ¿Qué escribió Cristo? El padre Emilio –nuestra primera gran influencia intelectual– nos decía en el colegio Calasanz que seguramente Jesús escribía a la vista de todos el prontuario de cada uno de los acusadores prontos a lapidar a la adúltera. Como diciendo “yo sé que vos hiciste esto, vos aquello, y este otro lo demás”. “Pero ¿ven? Lo hemos olvidado; hagan ustedes lo mismo”.
De manera analógica, pero en sentido diferente, es decir metamórfico (y todo símbolo tiene su par polar), lo que lee Hamlet es la mente corrupta de Polonio, a quien después atravesará con su espada en la habitación de su madre, cuando se halla oculto detrás de un tapete en su repetido rol (o humour) de alcahuete. Esas “palabras, palabras, palabras” son los mismos flatus vocis del cortesano obsecuente y rastrero que ofrece como cebo a su hija. Por eso Hamlet la llamará “carrion”, no sólo “carroña” o “cebo” sino directamente “puta”.
Si los medios de Hamlet son derivados en parte del “secretario florentino”, a quien Shakespeare no puede nombrar porque Marlowe se le ha adelantado en El judío de Malta (The Jew of Malta) –y lo ha esquematizado como un monstruo sin cortapisas antes de que él mismo escribiera para la escena–, es indudable que Polonio también lo ha leído, claro que interpretándolo a su manera.
Así que aquí tenemos a ambos, Hamlet y Polonio, ocultando el juego, y las palabras escritas y en letras de molde no sirven o son insuficientes para desocultarlo. Decimos “impresas”, porque muchas de las acciones de la obra son diegéticamente contemporáneas a su estreno (ca. 1600); otras, a la leyenda del príncipe danés Amleth (ca. 800) pero, a la vez, recogidas y estratificadas por Saxo Gramático (ca. 1250) y que Shakespeare usara como fuente. En Hamlet, como en casi todas las obras del dramaturgo, hay tres y hasta cuatro diégesis casi simultáneas.
Unas pocas líneas después, Polonio dirá la famosa y por cierto lucidísima frase (I.2.205) –puesto que toda esta escena está en prosa–:“Though this be madness, yes there is method in’t” (“Está loco, pero en su locura hay método”).
Para finalizar, está claro que lo que lee Hamlet y Cristo escribe son los emblemas simbólicos, las señales, los “pases”, de aquello secreto, sacro y directamente esotérico que el lector, o cierto lector, tiene que leer hermenéuticamente.
Semirretiro filosófico. Ensayos críticos (ASL ediciones, 2025), disponible en:
https://asalallena.com.ar/producto/semirretiro-filosofico-ensayos-criticos-angel-faretta/
Imagen de portada: Presentación de Semirretiro filosófico, miércoles 4 de febrero del 2026. Producción de A Sala Llena.


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