[ lectura y crítica ] 
Sergio Madrid, Vuelo del cisne sideral. 49 escalones

Vuelo del cisne sideral — Sergio Madrid

VUELO DEL CISNE SIDERAL

Sergio Madrid
(2026)

a L.

        TALISMÁN

Me encerraría en ti por más de treinta años
sólo para ver desde ahí el Universo
trazando un poema de treinta versos
que como un talismán ante la muerte
celebrara este amor trienio tras trienio
con las lilas sílabas de tu nombre.

        SIEMPRE

Para siempre no existe, hasta la muerte
o quizás hasta un tiempo antes, o tal vez
nada sino ahora, hoy, es para siempre.
Con todo, es para siempre que te digo
que estaré contigo, aunque siempre
pueda ser un segundo lacerado
por el tiempo, o una ráfaga de minutos
esparcidos por el vacío que hay
entre tu cuerpo y el mío, incendiados
por una eternidad cósmica o diminuta, es
para siempre que nos abrazamos
como aparejos de la bella suerte.

        VÉRTIGO

Ahora que todas las calles festivas
irremisiblemente conducen hacia ti,
derivo en dirección de Deneb:

—paso a paso las camino
y siento en mis manos la humedad
de un sexo inmaculado, de un monte
de Venus que se ríe de la muerte
y del tiempo, y temo
por la frágil felicidad, temo
por el desenlace de los sueños.

Por eso busco en tus ojos
la eternidad de un cielo,
y creo hallarlo en el fondo
de tu cuerpo, conservado
a pesar de los años ajetreados
y por pasar, a pesar del incierto futuro,
creyendo en ti, mi cielo de luz.

Ahora que las calles, éstas y todas,
inconcebiblemente desembocan
en ti como ríos de agua estelar
que inunda los horizontes,
hacia donde miro hay azul,
hacia donde miro hay miedo
a que en verdad sea cierto.

        MIEDOS

1.
Es cierto, creo en ti porque pareces verdadera
y porque quiero. Sin más, porque quiero. Pero
tras las bambalinas de la verdad te conduces muy bien
por la vida pequeño-burguesa. Y nada de eso es molesto,
sólo que yo no podría financiar con mero amor
toda esa comodidad, sino un asalto al cielo
para robarle las estrellas y ofrendarlas a tus pies,
maravillosa tejedora del firmamento. Y mero amor
es todo lo que tengo.

2.
Si no hubiera un él se disiparían las sombras del otro,
pero lo hay, y en justicia es un haber no solo de hijos
y cosas, de maneras de hacer y blasón cotidiano,
esos buenos días y el ritual del trajín de una casa,
entradas y salidas, cuentas, suministros y abolengo,
sino también una cama, esa en la que ya no yaces.
No sé decirte cuánto temo a esa cama.

        UNA MUJER ECHADA SOBRE LA CAMA

Ella probablemente esté echada sobre la cama
pensando, y no es fácil traducir el mapa de su dilema.
No entres allí, me dice esa voz que nos habla
desde un lugar tan remoto que seguramente
está en el fondo de la mente. Todo lo que decida
confío en que estará bien inspirado. Si no es
a mi favor, no habré roto las reglas de su vida;
si es a mi favor, ella no habrá roto con las mías.
«¿Y qué hacemos con el dolor?», me pregunta esa voz
casi indescifrable como un susurro de sombra
«¿Y qué hacemos con el dolor, nuestro o de otros, si
siempre alguno lo padecerá? ¿Quién administra
la justicia del dolor?» No es ella, ¿o lo es? ¿yo?
¿la otra variable, el número nueve, el que empezó,
el tercero ausente, el culpable, el inocente?
Echada sobre la cama ella es más hermosa
que la constelación del cisne, y su mente
irradia más luz que el sol y más sombra
que un eclipse, y más amor que el del cisne sideral
volando a través del Triángulo de Verano.

        VOCATIVOS

Los vocativos ya no suenan bien, otra moda
menos lisonjera del lenguaje vino a poner
algo de moderación a la expresión. Nuestro tiempo
tan vulgar en tantos sentidos, aspira a la elegancia
con dificultad. Vocativos y evocaciones
quedaron fijos como lejanas pinturas
colgadas en las paredes de museos de provincia.
Alguien aquí o allá las rememora oportunamente
en la levedad de la sobremesa de domingo. Decir
hoy en día es complejo si se quiere dar con la simplicidad
¿De qué modo digo ahora «tú», de qué modo digo «amor mío»?
Sin esperar te había buscado, sin buscar te había esperado
y la época me obliga, como se dice, a subterfugios: mi lengua
entra en ti como el deseo, y en vez de carne y fuego
encuentra un tesoro más tangible que el día y las estrellas:
tú, amor mío.

        MALAS NOTICIAS DESDE EL MÁS ALLÁ

Dime que hay un sol con fotones de cinco mil años
emprendiendo vuelo desde tu azul hasta mi verde
en forma de rayos que dibujan sobre las sábanas
la constelación del Cisne de Verano. Persuádeme

porque han llegado malas noticias desde el más allá.

Persuádeme con tu mirada verdadera acerca del futuro
y del pasado, dime que la magia buena es perpetua
y que en la temperatura de tu piel he bebido
del grial del amor como un Percival afortunado

porque han llegado malas noticias desde el más allá.

Dime que esta nave nos lleva por mares hiperbóreos
cuyas olas cantan a las nubes himnos de profecía
y que nunca encallará en las playas pedregosas
de las Islas Desventuradas. Persuádeme de esa alegría

y abrázame con la fuerza de un pacto estigio

ahora que han llegado malas noticias desde el más allá.

        DISTANCIAS

Está bien. Que todo pase y se fugue, es la naturaleza de las cosas.
Y que otras cosas se atasquen sin más como ropaje de los caminos,
está bien, está todo bien. Nada es nuestro ciertamente, tampoco
nosotros mismos, ni por tierra ni por mar hallarás el camino
que te lleve al país de los encuentros verdaderos, no hallarás
sino el abismo entre un punto y otro, entre el ojo y lo observado,
entre el hombre y lo amado, entre el hijo y sus hijos. Distancia
hallarás en todas partes, y está bien que así sea porque así
es el Universo. Mejor flotar en la apariencia de las cosas reunidas,
sobreponerse como un explorador facineroso sobre falsos senderos.
Lo único certero es que a fuerza de machete abrirás
una ruta en la selva tupida para hallar más follaje y finalmente
un claro, nada más, donde puedas quedarte y levantar la tumba.

        KATASTERISMÓS

Recuerdo esos días en que comandabas el carruaje solar
y me encontraba con el brillo que emanaba de tus ojos
buscándome en la proximidad envueltos en ese cielo de luz,
antes que el rayo real fulminara esa embarcación cósmica
y todo ese fuego primordial acumulado a lo largo de muchas vidas
se apagara sobre las aguas del río mágico donde te he buscado
sin hallar, donde me he bañado sin hallar, donde me he cansado
sin hallar los restos de ese incendio celestial cuando el amor
era como un pez de fuego en un océano de estrellas. Tal vez
tú me convertiste en este cisne sideral desplegado para siempre
en los cielos del Norte, añorándote, inventándote, propiciándote.

        EL CONFUSO RÍO DE LAS ESTRELLAS

No sé si al decirlo estoy fuera de sincronía,
ni si el ciclo al cerrarse da paso a un nuevo vuelo del cisne
o si el firmamento se envuelve en la maldita entropía,
ni si pasamos del mundo de los símbolos al de la disolución,
o si tras el miedo un cielo de luz se expande para quedarse,
o si simplemente ya no sé qué está vivo ni qué está muerto,
ni si es tu confusión la que me embarga
o es mi propia falta de luz la que me condena,
pero sé de una invariable que persiste
más allá de la luz y la noche

        EL DESERTOR

Es bueno que su imagen vaya quedando atrás
como un cuartel bajo la niebla en cuyas vías
persisten ocultas las afluencias de sus chasquidos,
al igual que los soldados en los patios de las barracas
prosiguen invisibles sus escaramuzas ante los ojos
de quien tuvo que marcharse por las viejas colinas.

Es bueno que el levante no difumine la bruma del olvido
ante los ojos de quien tuvo que marcharse, evitar
que el esplendor insoportable de la belleza abandonada
comande los últimos pertrechos de los húsares cruentos
y no persigan al caminante para arrancar de sus cuencas
los luceros saturados de imágenes vencidas.

        EL CAMINO DE LAS TRES AGUAS

Ha oído el ladrido atroz de los perros salvajes
en la vieja orilla de esas aguas estruendosas
que hieren sus tímpanos al igual que la obsidiana
daña sus pies cuando como un ciego cruza el vado
trastabillando entre los altos sueños y la herida:
el dolor es una flecha chirriante que pasa por la mente.
Ya en silencio el bardo sabe que la ha perdonado
pero en la canción vespertina se pregunta:
“¿Qué puedo hacer para que la perdonen las estrellas?”

Ha oído su voz acercarse entre la niebla
cuando cruzaba el afluente frío y el caudal profundo
y le pareció verla surgir como un esplendor
que prometía el regreso acentuando en la dulzura
de sus sílabas las elevadas formas del amor
que ha muerto. Ya en la orilla disipada la neblina
supo que era sólo una sombra surgida del frío
y la dejó ir hacia el sol porque la había perdonado
¿Pero qué podría hacer para que la perdonen las estrellas?

Ha oído la canción del consejo de los árboles de luz
cuando intentaba cruzar por un vado un río extraño
cuyas aguas diáfanas le arrancaban la piel como si fueran
de diamante, y lo desollaban como a un cordero
llevado por el río que fluía hacia lo alto
hasta alcanzar el firmamento. Lavadas las heridas
por las mismas aguas que lo torturaron, desde lejos
oyó cómo el coro de los árboles de luz le preguntaba:
“¿Por qué la perdonas si las estrellas no la perdonaron?”

El bardo guardó un silencio conmovedor:
“La perdono para que el río siga fluyendo
porque mi canto es más grande que su ofensa”.
El río de diamantes rodeado de los árboles de luz
parecía sonreír por toda la continuidad brillante
que ascendía hasta el firmamento. Y luego
ya en la canción de la tarde se le oía preguntar:
“¿Y si mi canto no es más grande que su ofensa
qué podré hacer para que la perdonen las estrellas?”

        NIULANG AÑORA A LA TEJEDORA DE NUBES

Ah madre del Oeste, maestra de la horquilla,
socavaste el cielo para que un río de estrellas
trazara la vía del vuelo del cisne sideral

y a este lado me dejaras en mi choza sin mi buey
que viejo sacudía sus ancas por las tierras áridas
donde hice mi vida de hombre de surcos y surcos.

Recuerdo el otro río. Mi tejedora de nubes
se bañaba con alegría. Recuerdo el río que la trajo hasta mí
en esta hora en que sus aguas salpican al Universo.

Porque un amor inmenso llegó del cielo y quiso quedarse,
el brocado de las galaxias se rompió como mi vida
cuando en lo alto su casa de oro dejaba de ser una cárcel

y un telar permanecía inútil sin su doncella, solitario
como las piedras de mi tierra donde entonces
ella tejía mi nueva vida como una sarga dorada.

Ah madre del Oeste, cómo no recordar ese río donde se bañaba
cuando presencio este otro río hecho de otras aguas:
el que nos reunía y el que nos separa, el río humilde y el río lácteo,

el río del amor y del desamor, esa ley de las aguas,
que inventaste a fuerza de horquillas para que el orden antiguo
no se cayera a pedazos sobre las ruinas de la libertad.

Al otro lado de las plateadas aguas ella ha vuelto a tejer nubes
que lloran como mis ojos lloran sobre la tierra, ella ha vuelto
a su cárcel de oro como yo a mi choza y a mi buey muerto.

Con su piel me hice de alas pero el cielo me volvió a la tierra.
Con su piel me hice de barcas y las aguas me regresaron a la ribera.
Con mis sueños he hecho sueños de sus sueños:

colosales bandadas de aves azules formarán un puente de alas
sobre el río brillante de la vía láctea y todos los hombres de la tierra
te verán regresar como un cisne tejido por el amor inmenso.


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