[ lectura y crítica ] 
49 Escalones

La muerte de Jakob Fabian — Benjamín Carrasco Bravo

La muerte de Jakob Fabian

Por Benjamín Carrasco Bravo

“Fabian pasó por el puente.

De repente vio a un niño pequeño haciendo equilibrios sobre la balaustrada de piedra.

Fabian aceleró el paso. Echó a correr.

Entonces al niño le flaquearon las rodillas, emitió un grito estridente, dobló las rodillas, levantó los brazos y se precipitó desde la balaustrada al río.

Unos cuantos transeúntes que habían oído el grito se giraron. Fabian se asomó por la ancha balaustrada. Vio la cabeza del niño y las manos que estaban batiendo el agua. Se quitó la chaqueta y saltó para salvar al niño. Dos tranvías se pararon. Los pasajeros se bajaron del vagón para observar lo que pasaba. En la orilla, algunas personas excitadas corrían de un lado a otro. 

El pequeño ganó la orilla a nado entre llantos.

Fabian se ahogó. Desgraciadamente, no sabía nadar”

Estas son las líneas finales con las cuales concluye la vida y obra de Jakob Fabian en este mundo. No quedará ajeno al lector de que se trata de un final precipitado, por cierto abrupto. Párrafos antes, Erich Kästner se encargaba de narrar los nuevos horizontes que se abrían ante la vida de su protagonista. Luego de un corto período de desencantos, de un desempleo que lo arrastraría hacia la bohemia y la completa impasibilidad, a Fabian se le presentaba la ocasión de sacudirse de encima la crisálida que apresaba su vida, de la mano de un nuevo empleo. Por supuesto, esto no vendría a significar más que una ilusión, un consuelo mezquino para un joven germanista de una oculta aunque ferviente sed espiritual: “¿Quería tal vez convencerse a sí mismo de que le atraía la publicidad per se y que lo mismo le daba a qué fines servía? ¿Quería engañarse a sí mismo de aquella manera? ¿Quería anestesiar su conciencia día tras día por dos billetes de cien marcos al mes?” (259). Pero no es este el único aliciente en el que busca refugio. De pronto lo asaltó la idea de mudarse a los Montes Metálicos (Erzgebirge), a esas altas cumbres fronterizas entre Alemania y la entonces Checoslovaquia, con sus sierras de clima alpino que tan bien conocía de su época escolar. Lo poseyó el embrujo de una granja solitaria, las extensas praderas y las “pobres aldeas acurrucadas”. ¿Esperaría en las montañas —ese axis mundi por antonomasia— encontrarse a sí mismo? ¿Encontraría entre los bosques de pinos, entre sus caminos solitarios, una meta que valiese la pena? El mero atisbo de un aire que lograra arrebatarlo le sedujo en lo más profundo. “Quería hacerle una visita al silencio y escuchar el correr del tiempo desde las montañas hasta que oyera el disparo de salida destinado a él y a sus semejantes” (260).

Una primera lectura del final de Fabian (1936) tendería a afirmar que este vuelco tragicómico corresponde nada más ni nada menos que a un giro irónico —no deja de serlo— y hasta, diríamos, de mal gusto. Una segunda lectura acudirá, por su parte, a afirmar que en este desafortunado destino se alegoriza la suma de fuerzas contrapuestas entre el individuo y su época, entre los esfuerzos morales y su inevitable decadencia. Pues, viene al caso mencionar que Fabian era un moralista no libre de las tentaciones del bohemio Berlín de la República de Weimar. Tampoco en su camino había logrado alejarse de la senda de las perversiones, de ese “concierto de vicios” en el que destaca por sobre todo la “desidia del corazón”, donde “política y amor, ambición y amistad, vida y muerte, nada le afectaba. Iba bajando, totalmente a solas consigo mismo, por la avenida nocturna” (214). Y, a pesar de ello, aún conservaba en su fuero interno un malestar de época que le impedía contentarse simple y llanamente con sus circunstancias, así resultara volverse incompatible.

Aquí acabaría la alegoría, en cuanto un héroe sometido a la sombra de su época; en cuanto el despertar de cualquier idealismo —un acto de heroísmo frustrado— queda silenciado como un esfuerzo patético, tanto como una reacción anímica, luego de una espantosa calma, es un salto al vacío.

Puede proponerse, en cambio, una tercera lectura, una que ponga en relieve los componentes acaso simbólicos que pasarían, de otra manera, inadvertidos en esa primera y segunda historia. Pues, en los siete párrafos que ponen término a la historia de Jakob Fabian, entra en juego una serie de elementos que encarna lo que, grosso modo, sería la “vía iniciática del héroe”, en los términos que plantea René Guénon. No es poco paradójico que tal proceso iniciático, en tanto comienzo y apertura, se revele, precisamente, hacia el final del camino de Fabian. Esta lectura considera, por lo tanto, la muerte de Jakob Fabian como el fin de su desarrollo integral y no como una realización terrenal o contingente. El periplo de Fabian por los prostíbulos y bares de Berlín no es más que el preámbulo, una catábasis a lo más hondo de la metrópolis; es un proceso de formación, un héroe in statu nascendi.

El primero de los elementos simbólicos a tener en cuenta guarda relación con el arquetipo heroico que representa el mismo Jakob Fabian: un tipo de conocedor ilustrado y errante, marcado por el signo meduseo y presa del tableaux vivants que representa su tiempo. Es un héroe que busca desasirse de las garras que lo mantienen cautivo e inútilmente prueba con ellas hacer las paces a razón de “pasar a vivir convenientemente”, es decir, buscar una suerte de concilio con el encantamiento. Pero, a su vez, sediento de una transformación que remueva esa desavenencia para con la realidad, esa medianía y sequedad espiritual que lo destina a espectador de su propia vida. Esta es la intranquilidad que subyuga a Fabian al encontrarse frente al puente, el que presenta la posibilidad de tránsito, de unión, de conexión —artificial, dígase, entre lo sensible y lo suprasensible— entre lo uno y lo otro sobre el abismo. Es decir, sólo en el momento en que Fabian comienza a desprenderse de ese “sueño” y pesadumbre, en la hora en que despiertan las preguntas abismales y el error se muestra más claro en la medida en que el espíritu se acongoja sin determinación, Fabian es capaz de cruzar. El puente se transforma, entonces, en la figura de la doble realidad que simboliza los estados del ser a los que se abre Fabian. Ante el puente, más claros son los dos extremos y el abismo, ribera de una edad y la otra, la juventud y la madurez, la promesa de vida y el sosegado conformismo.

No obstante, no logra cruzarlo del todo. En cambio, aparece un nuevo señuelo: la imagen de un niño equilibrándose en la balaustrada del puente. ¿He aquí una proyección de su propio estado espiritual, una emanación de su propio llamado y búsqueda? En el niño que se inclina sobre el puente, entre las orillas del antiguo camino de la Schloßstraße y la nueva aurora, encontramos el símbolo del despertar del héroe (“fuerza juvenil que despierta”, diría Nietzsche), la imagen del llamado a la metamorfosis, a la redención y absolución radical que buscara Fabian. Es el niño la vía alternativa al “más allá aparente” que le prometieran los Montes Metálicos, es el alimento necesario para un héroe en búsqueda de sí mismo. Y esto es justamente lo que encuentra en el puente. Aún antes, siquiera, de que el niño perdiera el equilibrio, Fabian corría a asir esa aparición, en un intento acaso desesperado por incorporarla a sí, ante el riesgo de verla esfumarse precipicio abajo. Pero esa visión —de la cual toman parte desde un punto de vista profano los otros transeúntes—, más está inclinada hacia las aguas del río. Tal un completo ardid, el niño cae como el delgado lazo que en su finta hace brillar un anzuelo, tras el cual Fabian cae presa, pues, no enciende en él ni juicio ni razón, más bien pareciera poseerlo la reacción nata del peligro del cuál también él es parte. Por este repentino ardor, Fabian debe pagar un precio muy amargo.

No de otra manera podrían caer al río. Arrojado al fondo pedregoso de la corriente, al lanzarse a la busca de ese anhelo, se encuentra de pronto atravesado por lo múltiple. Estamos en presencia de un nuevo símbolo, uno en el cual desaparece lo individual, fundiéndose en el incesante blandir de las olas. Las aguas son las vertientes de la purificación (Leteo), sólo en la procesión de lo eterno limpia el hombre sus pecados, sólo en las aguas puede el héroe bañarse con lo nuevo: el despertar y el resurgir. Este es el idioma de las aguas del río, en él lo efímero se torna totalidad, espejo del hombre que le enseña su rostro secreto. Todo lo contrario serían las aguas negras, en cuyo seno fermenta el mal y la memoria del dolor, recuerdo del pecado y del crimen, pudrición del alma.

Jakob Fabian encuentra, de este modo, las llaves de su propia absolución. El héroe se libra de su pesada y primigenia coraza, se deshace de la carne, limpia sus llagas del hastío y de la melancolía. Un nuevo tipo de embriaguez es este despertar: surgido del abismo, arrojado desde las vías artificiosas del puente, inducido por el deseo de la niñez que lo devolviera a su elemento. Mas he aquí su alto costo. Su renacimiento está transado a precio de vida. En las aguas del río no sólo queda el cuerpo de Jakob Fabian como carne; a su vez, queda libre de su impureza, abierto a la transformación y a la metempsicosis. So pena de un sacrificio, abre paso a una nueva criatura: es ahora el pequeño niño que gana la orilla a nado entre llantos.


Publicado originalmente en Revista ADEH Asociación de Estudios Humanísticos N°12, año 2023. pp. 46-8.



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