[ lectura y crítica ] 
Carlos Peirano Sería todo 49 escalones

Poemas de Carlos Peirano

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En el siempre imaginario mapa de lo que podría ser algo así como “poesía porteña”, las excepciones que escapan a cualquier categorización definitoria, se convierten en norma. La poesía escrita por Carlos Peirano (1979-2019) corrobora esta afirmación. Una poesía hecha desde la observación del afuera para redundar en la reconstitución interior de un paisaje. Una poesía que se adentra en el ritmo ondulante de la prosa y que hace de la imagen urbana no un mero registro de una experiencia fragmentada, sino exploración de aquellas zonas grises donde el recuerdo y la desolación del presente se unen en un gesto que evoca retazos e imágenes de infancia, pero también un nutrido caleidoscopio producto de un vagabundaje citadino entre calles y quebradas, miradores y patios interiores de una ciudad que, como Valparaíso, existe en derrumbe permanente. En una época como ésta donde una eventual “analítica de lo territorial” se difumina en reflexiones de rígida factura representacional, la poesía de Peirano despliega por sobre cualquier matiz teórico, su propia impronta que recurre a la descripción de lugares y sitios, pero también -y no en menor medida- a una especie de escáner de la narrativa interior de los más disímiles laberintos del yo. Todo eso para terminar diseñando diversas disposiciones anímicas e imaginarias, que esos mismos espacios suscitan en medio de su propia desolación y disolución. Tal vez la poesía de Peirano es una que apuesta por entresacar de la ruina, su materia verbal sin enjundia dramática, y tampoco sin engolosinarse con los símbolos de la precariedad, tan rentables en nuestra época. Como pocas, la poesía de Peirano va y sube entre espacios imaginados y entrevistos a un ritmo que hace de su prosodia verbal la filigrana que va deshilachando, entre flagelaciones oníricas y constataciones de lo real, un gesto que se convierte en escritura entre los intersticios de las cosas. Es quizás, una poesía afín al deslumbramiento originado en una experiencia que no es fácil de calibrar y que de modo  muy provisorio podría denominarse como melancolía o incomodidad reflexiva. Sin duda la variada actividad artística de Peirano como actor, vocalista de diversas bandas de música, performer y artista visual, hablan de una personalidad compleja y sedienta de realización que tuvo en la escritura, probablemente, el mejor logro de su sensibilidad. 

Los poemas seleccionados para esta muestra han sido sacados de Sería todo, Ed Vortex, Santiago de Chile, 2022, volumen que reúne buena parte del trabajo poético de Carlos Peirano.

49 escalones


Sería todo
Breve selección de poemas de Carlos Peirano

El jardín sobre las techumbres

Este ocultamiento vano, propio de los culpables, será el folletín de los próximos meses. El contraste del cardenal y de lo innombrable, hará de la podredumbre, de las vigas maestras y el óxido, el pastiche digno de un pintor mediocre. Es de esperar que nuestros celadores busquen en otras partes. Tendremos binoculares y una escalera que nos conduzca, como en la infancia, al silencioso patio trasero de nuestros familiares. Ahí cavaremos una tumba para las graciosas deidades que florecen en el mes de marzo. Y ahí estarán también las palabras, las palabras tan ansiadas que nos hablen de la muerte.

Los podios desiertos

El tejido urbano desembocando en el centro de una plaza. La plaza, a mediodía, albergando a los muchachos que han huido de sus casas. La sombra de los árboles resaltando el resquebrajamiento de las baldosas. Los podios vacantes, como máscaras o domos. El deterioro del paisaje y las raíces que se asoman, alimentando la imaginación de los ociosos. Las madres y sus hijos, desorientados, leyendo algunas de las inscripciones talladas en las bancas. El pasto reseco, las antiguas construcciones y las basas, erigidas monumento, profundizan en lo vacuo de las cosas, restándole valor al significado de la obra.

La tormenta

En comunión con las últimas hojas de la estación, las ramas agitadas por el viento rozan el canto de la ventana. El aire, cálido y salobre, se cuela por las rendijas de mi habitación. El mar está agitado, oscuro como una hogaza. Los pájaros se han ocultado en las quebradas y el cielo no es el luto imaginado, ni es el amplio atolladero, donde reinan condensadas, las plegarias y el derrame venidero.

El presentimiento del verano

La calle plagada de semáforos. El calor de la tarde nublando la perspectiva de unos extranjeros. La negación de un paisaje, sumándole costos. La calle despidiendo la jornada, con su mal aliento, bajo los restos de un paradero destrozado. Los transeúntes volviendo a casa, después de haber caído en desgracia. Todos los parques y las plazas recluyéndose en el pasto, secos en la playa. Todo este movimiento: ¡los trabajadores y sus cuadras!

Biombos

La sombra de los pies deslizándose tras los pliegues defectuosos de una tela adherida al entarimado. El péndulo del reloj, anestesiado, marcando de golpe el paso del tiempo, con ritmo sincopado. Las agujas, los espejos biselados y los candelabros: la habitación dispuesta como en un escenario. La modista japonesa, tomando medidas, custodia (mascullando palabras ininteligibles) la lengua de sus coterráneos. Nosotros, los espectadores, vemos a las ancianas de la casa dar órdenes y a las ratas colarse por el alcantarillado. Es la hora del té en mi recuerdo. Y el otoño, en las calles, brinda un marco especial a la escena: arde, sin fanfarrea, la intimidad disociada de los espacios cerrados.

Las terrazas

Un pájaro herido picotea, sobre el colchón rojizo de la maleza, una tierra yerma que parece no acabarse. El cielo es un espejo empantanado en la hora del crepúsculo. Vamos a celebrar un cumpleaños. Los días agonizan, por su anchura, en otras estaciones. El pájaro ha perdido su bandada y escarba sobre la terraza. Confundido, en su lecho de muerte, picoteando herido sobre la nada, el plumaje se desvive con el cielo reflejado en sus entrañas.

Mugre

Un hombre empata y se distancia. Carga consigo una historia que no me será revelada. Un luto, probablemente. O una especie de augurio que contraste con el hábito de lo cotidiano y la mugre. La sombra del hombre parece palidecer sobre los adoquines de estas calles interminables. Serpentea y se debate. La luz eléctrica de los postes lo vuelve cómplice de un movimiento que otros realizan, a diario, en una ronda que inútil signa sus quehaceres. El hombre empata al mirarme, al fijarse que, el que mira, es sólo un reflejo empobrecido de su silueta que se arrastra hasta desvanecerse.

La invención de la realidad

Una agitación interior me hace saltar del catre. Ya es madrugada y las luces de la ciudad dibujan un cuadro irregular ahí en su lejanía. Todo tiende a desvanecerse, mientras la escena transcurre en silencio. Abajo los inquilinos duermen. Yo permanezco con la luz apagada, observando cómo aparece, recortado sobre la bahía, el día que se aproxima, trayendo consigo los pliegues de un ajetreo del que nunca he sido parte.

Días soleados de invierno

Como en un espejo, o un charco, la sombra de los almendros se fija en mí en una sencilla visión: restos futuros de vidrios desperdigados por el taller y el patio. El vuelo de un ave marina me distrae, me cansa con su despliegue majestuoso. Los vidrios son de frascos y botellas que se niegan a permanecer en su accidentado destierro. Algunos trozos tienen manchas de sangre y de bebida. Otros parecen cascotes bullendo bajo un sol que se empina a media tarde. El pájaro tiene una leve vocación por perderse en las quebradas y yo le sigo, con la mirada oblicua de alguien que también sabe lo que es perderse, entre el follaje y las calles de la ciudad que comienza a oscurecerse.

Domingo de ramos

La feria parpadea. La gente se sienta en las aceras y expone al rigore de los transeúntes los más variados objetos: maniquíes mutilados y libros de geometría; vestuario de ṕeoca y electrodomésticos; espejos biselados y cachureos. Hay también pequeños comerciantes vendiendo bebidas y alimentos. La policía y los músicos callejeros no pasan desapercibidos: se ubican estratégicamente en las esquinas y en los paraderos. Hay una jauría de perros abandonados que cuida a un grupo de borrachos que han bajado de un bus de provincias. Algunas señoras amamantan a sus hijos en medio del gentío. La feria escandila, su apertura es una cima. Y ella, la paseante en duermevela (la desconocida), tiene ánforas en la cabeza y un atado de brozas en la mano con una imagen sacra que no logra reconocerse.


PROYECTO EN MEMORIA DE CARLOS PEIRANO:


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Una respuesta a «Poemas de Carlos Peirano»

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    Sebastián Diez Cáceres

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