Nuevas perspectivas del abismo:
«Saldo y esplendor» de Sergio Madrid
Por Bastián Desidel Escurra
Hace un año aproximadamente, nos encontrábamos celebrando la publicación de El amor y el basurero (Mundana ediciones, 2024) del poeta viñamarino Sergio Madrid, quien acababa con un prolongado silencio bibliográfico y que refrescaba una obra poética destacable dentro del panorama literario porteño con un sólido poemario, continuando una estela reconocida bajo una nueva modulación. El poeta Madrid no es ningún extraño para los lectores de la costa: desde temprana edad comienza su vida literaria entre los grandes nombres de la región con una seguridad soberbia y violencia vanguardista; conforma asimismo el grupo Retaguardia de la vanguardia, en sus líneas: Juan José Daneri, Mauricio Barrientos (Q.E.P.D) y Alex Von Bischhoffshausen; publica a la par de su ópera prima Voz de locura (Ediciones Altazor, 1988), Retaguardia de la vanguardia (Ediciones Altazor, 1992) y Los novios de Ariadna (Ediciones Altazor, 1993). Con los años vendrán El universo menos el sol (Ediciones La Linda Pelirroja, 2000), Melancoholía (Ediciones Pentagrama, 2002), Elegía para antes de levantarse (Edición del Gobierno Regional de Valparaíso, 2003), Cadáveres (Ediciones Cataclismo, 2007), Esplendor (Antítesis, 2008), El amor y el basurero (Mundana ediciones, 2024) y el reciente Saldo y esplendor (Ediciones PUCV, 2025) el cual viene a extender y constatar el camino poético del autor y sus conquistas verbales.

Saldo y esplendor se constituye como la nueva entrega del poeta Sergio Madrid, recogiendo algunos textos de la plaquette de anticipo Esplendor (Antítesis, 2008), modificándose en un grado no menor e incluyendo poemas inéditos que pasarán a ser el grueso del poemario. Saldo y esplendor dialoga con el ya mencionado antecesor El amor y el basurero. En estas páginas habita la autorreflexión de la degradación y la persistencia de los motivos vitales ante la palabra poética, la constatación de la ruina epocal y el reflejo esquivo de una hebra de fulgor que parece iluminarnos al igual que la ilusión de un fantasmagórico faro en medio de la nada. Un sentimiento de impropiedad personal, de desarraigo temporal, cruza el libro, el poema “site in / site out” lo reflejan fielmente: […] “Totalmente vacío / en medio de lo lleno, y me traslado / de lleno en lleno, de vacío en vacío,/ pero afuera está lleno, siempre está lleno/ y todo lo que me pongo, atuendo o necesidad/ es por fuera. Por dentro un vacío que ni siquiera/ se parece a la transparencia”.
La lectura de estos poemas subraya ¿qué es lo que queda?, pregunta motor que erige el poemario, pues, antes que el término esplendor mismo, reflejado sutilmente en el poema inicial “El cielo del estanque”, nos detiene la palabra “Saldo”, no tan solo dispuesta como un símbolo interpelando desde el título al hipotético lector, sino también como una de las grandes conquistas poéticas de Madrid: referimos al “poema de cierre”, saldo, un diálogo-testamento desde la paternidad en la cual se hace recuento de “la vida y la poesía”, donde se traza el derrotero transitado por los años de naufragio, y lega el sufrimiento, por fin purificado, ya expurgado de toda malicia, y que evidencia la verdad anhelada tras el esplendor. No todo florece en desengaño en la vida del poeta. El poema extenso no resultará ajeno al lector de Sergio Madrid, destacados ejemplos son “En el día del yo se anuncia el verano” (en Elegía para antes de levantarse) y “Fraternidad” (en Cadáveres). Sin embargo, en “Saldo”, poema único en su forma, se abstrae de toda técnica y recurso anteriormente utilizado en los poemas de esta extensión, aquí no hay artificio poético, solo la Palabra cargada de la experiencia vital braceando hacia el terreno donde desemboca el amor. Los primeros versos dirán:
A pesar de la discutible abundancia que me rodeaba
a solas a menudo descubrí el vacío y la imposible
potencia de transformar el orden que nos rige,
como si fuéramos peces en un mar demasiado inmenso
para conocer la distancia que nos precisa una maravilla.
Supe que sólo tú eras la medida de mi soledad
y mi fortuna, que tus ojos eran los que abrían desde entonces
el amanecer y era tu sueño el que abría la noche
y tus primeras palabras el páramo del lenguaje
donde toda sílaba era sensible como el algodón. […]
Si bien la decadencia del Yo, como también del espacio público y privado, son un leit motiv a lo largo de la obra de Sergio Madrid, trazaremos algunas líneas divisorias con el fin de fijar temporadas: la primera constituida por La retaguardia de la vanguardia (en donde se incluiría Voz de locura), una segunda época por la trilogía de El universo menos el sol, y una tercera compuesta por el “primer” Esplendor, El amor y el basurero, y Saldo y esplendor. ¿Qué se evidencia con estas estaciones? La metamorfosis continua de la forma poética en la que crea Sergio Madrid: me atrevo a decir que Saldo y esplendor, como también lo demuestra El amor y el basurero, abandona finalmente el poema lírico, y se establece en un sólido poema discursivo, a través de la autorreflexión acentuada en el pasado, la constricción del adjetivo y la metáfora, el verso de largo aliento tallando una cadencia propia. Esta trasmutación fundada en la cadencia poética, como primer bastión, nos recuerda la desnudez lírica con la que Luis Cernuda desarrolla su obra poética: cuánta diferencia entre los poemas del Cernuda que escribe Donde habite el olvido, con el de Como quien espera el alba y Desolación de la Quimera. Aquí Madrid encuentra el aire versal para el desencanto y la derrota del Yo moderno, también cómo sostener el fulgor de la promesa poética —“el horizonte de un mar completamente azul”— que no cede ante el “cansancio” epocal, una manera de resistir ante la consumación del tiempo. Valgan algunos versos del poema “Siete de marzo”:
Como si en verdad no estuviéramos y no hubiéramos
estado nunca en este barrio ni en ninguno. La casa de uno
o esas paredes que uno habitó ya no tienen piso
donde hacer una fiesta ni un cielo donde prolongarse.La única casa es este cuerpo y la esperanza clavada en otro
cubriendo una distancia por donde transitan realmente
nuestros ojos repletos de sueños. […]
En esta conjunción entre cadencia discursiva, ligada a la introspección, los vanos intentos que dieron sentido a la vida y el rechazo de los límites impuestos por el Tiempo, se nos demuestra una vez más la maestría de Sergio Madrid, la palabra de la madurez desencantadora, el Yo que observa el abismo y sus perspectivas, pero que también pone “un faro entre la niebla” a través de la poetización del error, “el pequeño esplendor de la certeza”. La palabra que trasciende en las imperfecciones de la vida que intuimos y de las que preferimos tempranamente desengañarnos, el poema como vía de katarsis de los vicios de la época y que ajusticia la vana repetición: Saldo y esplendor es una de las grandes obras poéticas que ha visto la costera luz editorial de este siglo, y nada más hay que deba agregarse en esta ocasión.
B.D.
Último día de enero de 2026
La Calera
Dos poemas de Saldo y esplendor (2025) de Sergio Madrid
Peter pan
A través de la empatía, la aventura adolescente, la manida juventud
el peor error de mi vida fue enamorarme de alguien que no era yo mismo
sin hallar nada más que una fuga permanente.
El peor error de mi vida fue no haber sabido cómo volver
a ese punto en que me perdí de vista y ya no supe ni quién era,
no hallar el camino que me llevara lejos de toda esta porquería
(a la cual me entregué o en la cual creí —de los otros),
sobre la cual puede parecer que he construido algo decente,
en verdad pura miseria, un éxito, un fracaso, una indecencia.
Cuando todavía vivía en mí mismo sin duda esperaba mucho más
y no hallaba la hora de emprender camino hacia mis héroes,
de aprender a escribir una resolución de la vida en la historia.
Tomando en cuenta mis capacidades estuve muy por debajo
de las expectativas que tenía de mi mismo cuando vivía en mí,
en mala hora quise salir al encuentro con los otros.
Cuando me fui vaciando y mis capacidades se iban pudriendo
como la fruta que va al encuentro con el gusano, maduré
y me caí del árbol como un damasco sobre el cemento.
Hice lo correcto, no dudarán de mí finalmente mis parientes
a los que aprovecho en este momento de lucidez de enviarles
un tremendo escupitajo en sus rostros lascivos.
Por haberles hecho caso en un uno por ciento perdí mi vida:
ese fue el más grande y razonado error que he cometido, haber partido
tras la búsqueda de los otros como si allí quedara esperanza.
Una primavera, una posibilidad, una sociedad final, ese fue
el error de mi vida, cuando sin darme cuenta apenas
salí de mi mismo y me convertí en este imbécil, en este
buen vecino.
A ninguna parte
Llega de pronto la hora de no saber,
la hora de sentirse confundido. Observas a tu alrededor
cómo las cosas acumuladas a través de los años
yacen cubiertas de polvo, al punto que al disfrutar
de una página cualquiera de cualquier libro del estante
previamente toses como los alérgicos a la primavera.
Miras la obra de tu trabajo, y en media vida haz hecho mucho
o muy poco, casi nada como es de costumbre, si juzgas
el significado. Y sin embargo, pareces a veces tan digno.
Pero en la hora de la confusión son deleznables
las obras, los recuerdos y las esperanzas. Es la vida,
camarada. Presientes una fuga porque ciertamente
se ha fugado una certeza que ya no tiene forma,
ese lugar al que asignamos el origen y la partida
y que no conocemos. Entonces no sabes si seguir
o no seguir con el cuento habitual. Te dices, volveré
al primer impulso, a mis quince años mal vividos,
al sueño primigenio anterior a la tragedia, volveré,
te dices, a recuperar el vigor de esos años. Y miras
tu cuerpo abultado, el cigarrillo entre los dedos, las noches
acumuladas en la espalda, la mirada decaída, la amenaza
del declive, y la certeza de lo que no se puede. Pero
insistes: en alguna medida, con el resto de salud, con
lo aprendido en los años, con la conversación de los jóvenes
y los paseos por la playa, algo puede revivir
de esa salud primordial. Y te dices que un esfuerzo por volver
no es más vano que el esfuerzo invertido por décadas
tan sólo para ir. Y no sabes, valga decirlo, qué hacer.


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