[ lectura y crítica ] 
Pedro Lastra. Marginalia. Ediciones Altazor

Avenida Lobachetwski y Avenida Gauss: encuentro atemporal entre Juan Luis Martínez y Pedro Lastra — Bastián Desidel Escurra


Avenida Lobachetwski y Avenida Gauss: Encuentro atemporal entre Juan Luis Martínez y Pedro Lastra

Por Bastián Desidel

«Dados dos viajeros, uno nacido en 1903 y el otro en 1890, ¿cómo harán para encontrarse en 1944?»

Juan Luis Martínez.

I

Para los lectores de Pedro Lastra, se reconocerá que Marginalia (Ediciones Altazor, 2022) se situó como uno de los libros en que el poeta y ensayista nos entrega una versión sutil y a la vez radical de su conciencia y capacidad lectora. Una escritura ensayística que se emparenta con aquellos “Inventarios” que José Emilio Pacheco publicó de forma regular, durante 30 años, en la revista Excelsior o los ensayos que escribiese el venezolano Eugenio Montejo, especialmente en El taller blanco, escritura de aproximación, de camino ensayado, de la semilla que crece fértil en la nota al margen de un párrafo, Pedro Lastra se acerca con los ojos sinceros ante las palabras ajenas que constituyen la siempre personal educación sentimental del lector. ¿Habrá otra manera de acercarse al texto? Seguro que sí, él mismo habría de ensayarlo en Relecturas hispanoamericanas (Editorial Universitaria, 1987), pero en esta forma, la forma que se despliega apacible en Marginalia y que reconocemos tan hermanable de las obras Leído y anotado (LOM Ediciones, 1998) y Sala de lectura (Ediciones UC, 2012), siempre encontramos el sello personalísimo del autor, cantidad de atisbos que indistintamente se mezclan en la nota: ideas y fuentes que revelan una mirada crítica y un afecto, a manera de relación personal, hacia la palabra escrita.

No es de extrañarse que así, rápidamente, celebrásemos una segunda edición de Marginalia (Ediciones Altazor, 2025), la cual conlleva un aumento y corrección del corpus ya publicado. Pero no es tan solo esta diferencia la que justifica una segunda edición de un libro como Marginalia, ya que nos resulta importante destacar la modificación respecto a las ilustraciones del libro, que en primera instancia contaba con reproducciones de Mario Toral, destacado pintor chileno que con anterioridad había participado en la ilustración de poemas de Pedro Lastra [Transparencias, Pfeiffer Editorial, 2014; Poesía completa, Ediciones UV, 2016]. En el nuevo Marginalia los textos se acompañan de reproducciones inéditas del trabajo visual del poeta viñamarino Juan Luis Martínez, las cuales robustecen el carácter laberíntico, memorioso y fantasmagórico que se aprecia en la pluma ensayística de Pedro Lastra. Este acierto dialógico se produce bajo buenos designios, la obra de Juan Luis Martínez vive una saludable revisitación mediante una seguidilla de presentaciones, entre la cual destaca la presentación de su obra visual en la Galería de Arte de Viña del Mar (2026), mientras que en paralelo podemos señalar la publicación del texto inédito Un texto a la deriva (2026) y la re-edición de La nueva novela (2025). Ambas publicadas cuidadosamente por el sello editorial PUCV.

Pedro Lastra. Marginalia. Notas de lectura (Imágenes de Juan Luis Martínez). Ediciones Altazor, 2025

No resulte la elaboración de este nuevo Marginalia un gesto antojadizo, ni menos un acontecimiento fortuito producto de elementos externos a la escritura en si misma. No son estas páginas las que tienen por espacio los primeros encuentros entre Pedro Lastra y Juan Luis Martínez. El primer episodio entre ambos poetas nos remite al año 1971, cuando Lastra cumplía labores como asesor literario en Editorial Universitaria. Allí Pedro Lastra recuerda haber conocido a Juan Luis Martínez, quien junto a su esposa Eliana Martínez, llegó con el libro Pequeña cosmogonía práctica, y que más tarde conoceríamos como La nueva novela, bajo su brazo. Los tristes pormenores que resultarían en la no publicación de La nueva novela en el sello editorial, no sería obstáculo para el establecimiento de una amistad que se prolongaría en los viajes de Pedro Lastra posterior al inicio de la Dictadura chilena, tampoco lo sería para fomentar un diálogo con otros artistas cercanos a la casa editorial en torno al proyecto literario que se presentaba. Considerando los años en que sucede este primer encuentro, es posible aseverar que Pedro Lastra, en su calidad de asesor literario, comparte informes y noticias sobre La nueva novela a pares como Eduardo Castro Le-Fort, gerente en aquel momento de la editorial, o a Martín Cerda, de quien se registra en 1979 una curiosa columna en “Las últimas noticias” dirigida hacia la singularidad del poeta Martínez. Este entusiasmo es compartido a su vez por el diagramador Mauricio Amster, totalmente enfrentado al aspecto más complejo del libro mismo, su construcción material. Todos responden con un asombro positivo, sin embargo, ¿cómo publicar en una editorial tradicional un proyecto como La nueva novela y la materialidad que exigía como soporte? En una notícula que lleva por nombre “Sobre poetas marginales”, Pedro Lastra señala que existió una intención inicial por parte de la editorial en la publicación de Juan Luis Martínez, sin embargo la intención de Juan Luis era que no existiesen modificaciones de ningún tipo en su obra ¿cómo hubiese sido La nueva novela en un formato ajeno al que hoy conocemos? Ejemplos existen, pensemos en la selección de poemas de Juan Luis Martínez que se realizó en la antología Poetas chilenos contemporáneos (Tajamar Editores), allí se nos permite mirar desde una ventana la obra de JLM, función requerida de toda antología poética, sin embargo la naturaleza “bricoleur” que señala Pedro Lastra unos años más tarde, solo podía ser lograda en la decisión personalísima del propio autor. Años más tarde Juan Luis Martínez persiste en la publicación impoluta de su obra, fundando Ediciones Archivo y autopublicando lo que revolucionaría el panorama poético inmediato. Pedro Lastra por su parte, se mantiene extendiendo puentes desde La nueva novela hacia nuevos lectores.

II

Enrique Lihn junto a Pedro Lastra, 1980 . Disponible en Memoria Chilena, Biblioteca Nacional de Chile

1986. Ya publicado Conversaciones con Enrique Lihn (Universidad Veracruzana, 1980), fruto de la amistad y la conversación continua entre los amigos Pedro Lastra y Enrique Lihn, ambos deciden entregar nuevas noticias sobre algunos poemas del panorama chileno, ejercicio que de cierta manera ya venía modulado por la serie de conversaciones del libro anterior, como también el afecto por la escritura a cuatro manos. Pedro Lastra y Enrique Lihn comparten un mes en donde comienzan a elaborar el corpus que contendría este dossier, a seleccionar los poemas en los que detendrían la mirada escrutadora y a trazar algunas ideas de abordaje: deciden partir por sus propios contemporáneos, lo que los lleva a inclinarse hacia Eduardo Anguita y Alberto Rubio, posteriormente les seguiría Oscar Hahn, Manuel Silva Acevedo y los últimos´poetas que conformarían aquel dossier serían Diego Maquiera y Juan Luis Martínez. Lo que une la conversación de ambos amigos, cruza sin más el atlántico: así la idea de las “nuevas noticias poéticas” que elaboraron Lastra y Lihn se extienden al espacio del amigo en común Javier Lentini, poeta español y editor de la revista Hora de Poesía, quien dispondría de esta misma para recepcionar el trabajo de ambos chilenos. Podemos leer en la portada de Hora de Poesía número 51-52 (mayo-agosto de 1987) la integración del proyecto, insospechadamente incompleta: “Dossier: Lecturas de poemas chilenos por Enrique Lihn y Pedro Lastra”. En la actualidad podemos consultar, con mayor facilidad, aquellas palabras que fueron en sentido homenaje ensayístico a sus pares de oficio en la nueva edición de El circo en llamas de Enrique Lihn (Ediciones UDP, 2025). Pero ¿Qué hace que nos refiramos ante este proyecto como una selección aparentemente incompleta?

Portada Hora de poesía (51-52, Mayo-Agosto 1987)

Antes del envío del borrador final a Lentini y la publicación correspondiente en el número de la revista poética española, Lihn y Lastra se encargan de dialogar con los poetas seleccionados para notificarles dicho proyecto. La aceptación no fue unánime, ya lo sabrán quienes hayan podido consultar dichos ejemplares, falta uno de los poetas que se abarcaban en un principio. Juan Luis Martínez se habría negado a participar, debido al aprecio que toma por el texto que elaboraron Lihn y Lastra y ofrece un soporte distinto al número de la revista española, la idea es que este ensayo se defienda de manera autónoma y se presente como un ejemplar en sí mismo. La triada coincide, es un hecho: el registro poético de Martínez escapa de la sintonía del dossier. Juan Luis, principal artífice de la implantación de esta inquietud, propone la publicación del ensayo en su editorial “Ediciones Archivo”. Así nacería Señales de ruta de Juan Luis Martínez por Enrique Lihn y Pedro Lastra (1987), libro de altas dimensiones, con el habitual blanco y negro que es sello personal de Ediciones Archivo, el cual constituiría uno de los abordajes más tempranos e icónicos a la obra La nueva novela.

Sorprenderá a los lectores de la ensayística de Enrique Lihn y Pedro Lastra, el hecho que Señales de ruta de Juan Luis Martínez se aperture desde una declaración de complejidad y reducción de público objetivo por los componentes de La nueva novela misma. Es ampliamente conocido lo desafiante —y positivo— que resulta inmiscuirse entre los laberintos de La nueva novela. Lihn y Lastra señalan la movilidad de los sistemas de referencia y la utilización de la intertextualidad a la manera de un recurso que se vuelve contra sí mismo, buscando la anulación de su temporalidad. La nueva novela, según Lastra y Lihn, mantiene por Norte el Oriente, y no solo como una transfiguración de la señal de ruta lectora, más bien intenta superar la noción de intertextualidad y la sospecha del “Yo”: la “nosimismidad” ensimismada del sujeto que habla, que proviene de la oposición “si mismo / “no si mismo”: el juego ante el problema de “decir” y no “decir”. Destaca en Señal de ruta el entendimiento de Juan Luis Martínez como un poeta transtemporal.

En este mismo texto podríamos precisar las afinidades electivas que se reflejan tanto en la literatura de Lastra, poeta cercano al mundo onírico y a la fantasmagoría, tanto como las de Lihn, el lenguaje irónico, cáustico, descreyente de sí mismo y continuamente experimental. No deseo señalar una repartición del ensayo. Señales de ruta nace como parte de la extensión laberíntica de las propias obras de ambos autores quienes se encuentran en años fértiles de escritura poética, como también un afán promovido por la amistad de ambos, no ha de causar extrañeza que mientras en algunas páginas se entrecruza la lectura crítica con referencias a Ernest Fenollosa, Martín Adán y Ferdinand de Saussure; por otra parte destellan juguetonas referencias personales al momento de la escritura, producto de una visita en la hora del café, rescatan de las anécdotas africanas del visitante el imaginario de la caza, gracias a esto podemos leer la emparentación de la sutileza técnica de Juan Luis Martínez con la sutileza de un “arquero afgano ante su presa vertiginosa y [que] da justo en el jabali.”

Lastra, Pedro, 1932-Lihn, Enrique, 1929-1988. Señales de ruta de Juan Luis Martínez . Disponible en Memoria Chilena, Biblioteca Nacional de Chile

III

Durante los últimos días de marzo del año 1993 fallece Juan Luis Martínez. Inconmensurable es la huella que deja en el ámbito literario, lo saben los que se fueron, los que resisten, y dependerá de algunos cuantos velar por los que vendrán. Pedro Lastra no es indiferente a este suceso. Si revisamos Noticias del extranjero (Ediciones Lom, 1998), su tercera edición, podemos señalar la integración del poema llamado “Mester de lejanía”, y que lleva por epígrafe In memoriam Juan Luis Martínez, líneas que no habrían hecho esperarse durante cinco años y que tendrán por primer escenario el tercer número de la revista literaria “Piel de Leopardo” (1993), la cual se publica durante el segundo trimestre del mismo año. Leemos en el poema:

“Es el viento que pasa,
gira en la rueca y en la lanzadera
y teje
y entreteje
palabras y figuras:
las oigo aquí, las veo
en las colinas del amanecer.”

Similar a la silueta que Durero trazara en Melancholia, Pedro Lastra hace de sí mismo el hombre que percibe la disolución del tiempo lineal, asistiendo al diálogo entre naturaleza y artefacto que revela y sostiene la levedad humana, acaso la forma de hacer vibrar el nombre de Juan Luis Martínez más allá del silencio de la muerte. No obstante, “Mester de lejanía” no pareciera ser solo un poema de ocasión elegíaca, funciona dentro de la esencia composicional de la obra de Pedro Lastra y a la vez no ignora el summum de la obra de Martínez ¿Bajo qué aristas dialogan ambos poetas en estos siete versos?

La aparición de objetos como instrumentos de manufacturación o vías de conocimiento cumplen una silenciosa presencia recurrente en la obra de Pedro Lastra, bastará recordar los poemas “reivindicación del astrolabio”, “Espacios de Alvar Núñez”, “El desolado profesor”, entre otros para dar cuenta de cómo estos elementos hacen tímida gala en los versos de Pedro Lastra. Bajo este precepto podemos orientar la escritura de “Mester de lejanía”, en donde refulgen la rueca y la lanzadera, ambos elementos que datan una larga presencia en la historia de la humanidad y enraizan una alta relevancia dentro de los símbolos en la mitología grecolatina. Dado el posterior desarrollo de la lanzadera en el ejercicio textil, es posible emparentar la rueca, y sus raíces, con la mitología griega, allí la encontraremos en las figuras de Atenea, Aracne y a las Moiras, la rueca y el hilo aparecen como una metáfora del destino y la vida de los hombres: ¿No es el lector un tipo de Teseo quien indaga las galerías del minotauro llevando el hilo de Ariadna entre sus manos? ¿no será la figura del hilo la que nos permite la inmersión en el animalfabeto?¿cómo hemos de ir y volver, en ese blanco y negro, de la página sesenta y uno y noventa y nueve en La nueva novela? Si bien sabemos que este hilo es cortado tempranamente, en la literatura de Pedro Lastra intuimos el oficio de Orfeo, una integración de la muerte, y por ende la continuidad de aquel hilo que creíamos cortado hacia las sombras. Es importante señalar la luminosa imagen con que cierra el poema, pues la muerte no sería la anulación del diálogo y la extinción de la forma, el diálogo se mantiene aunque acuse una distancia.

Penelope at Her Loom by Sidney Harold Meteyard (1868-1947)

En “Mester de lejanía” el tejido ininterrumpido, en el cual sospechamos el duelo a la manera de Penélope ante la ausencia de Odiseo, formas e historias vueltos siempre a recomenzar, mantiene la comunicación genealógica que conforma la historia de la Literatura, aquí no habita la ausencia del poeta perdido, ni de tantos otros nombres olvidados que poblaran las páginas de ambos poetas, más bien la conversación continúa en el silencio de habitar dos lenguajes: el blanco y negro, el nombre y la tachadura; la palabra y el silencio, que suprimen el designio de la muerte. Si el cese del Tiempo, tal como lo intuimos en La nueva novela y La poesía chilena, arrojaría al lector a meditar con desesperanza sobre los últimos versos del poema “La desaparición de una familia”, habremos de pensar que la totalidad de la obra de JLM se encuentra plagado de presencias y soportes varios que permiten confluir la figura en múltiples sentidos, para eso pensemos en la serie de “portraits of a lady”, en las invocaciones a “Tania Savich” o de “Jean y Victor Tardieu”, como un ejercicio de oír y ver, mediante el ejercicio poético, esas figuras en las “colinas del amanecer”. El ensayista y narrador venezolano Miguel Gomes en el ensayo “Fantasma y ucronía en la poesía de Pedro Lastra”, como el poeta y ensayista chileno Marcelo Pellegrini en el prólogo “La hora de todos” de Cuaderno de la doble vida (Pfeiffer Ediciones, 2019) refieren al mecanismo retórico que funciona en los poemas de Lastra, emparentable con la “no si mismidad” martinezca, pues la supresión continua del espacio y la fantasmagoría de una otredad enigmática es un trabajo que Pedro Lastra ha labrado en torno a su obra poética. Nos es dado a pensar que todo poema es el trazo de esa nostalgia geométrica en donde nos ilumina la lámpara de la memoria, en este caso particular se evidencia el resguardo de esa genealogía secreta que construye la Obra. Pensemos en los versos que Pedro Lastra escribe en el poema “Por los poetas perdidos”. “Das Dasein ist rund” dirá Juan Luis Martínez con palabras de Otro, Pedro Lastra podría estar de acuerdo con esta afirmación.

Addenda

Abandonar la transparencia del signo y retornar hacia la casa del lenguaje. Ignacio Vásquez Caces, durante el año 2022, publica en la editorial Altazor su libro La construcción, fruto de un árbol difícil, desafío poético que el autor sortea durante 20 años. Desde el silencio martinezco, Ignacio Vásquez Caces logra extraer la esencia que dispone en su libro, siempre a manera de diálogo con el fantasma de su admirado Juan Luis. Así presenciamos un libro experimental y vanguardista en su propia construcción, un libro que intenta hacer de cada una de sus habitaciones, una estadía del laberinto infinito de la lengua poética resguardando el trascendentalismo humanista que rebosaba los mejores versos de su libro El lento amor de la nieve y la erótica y soberbia verbal de La margen.

En el segmento 2 “La explanada en la que Picabia ideó un florero”, poema XII, aquel que inicia con Duchamp jugando póker, se sentencia en su cierre con las siguientes palabras:

La oratoria y lectura presencial que oportunamente ha realizado Ignacio Vásquez Caces, quien la mayoría de las veces se inclina por este poema, ha hecho que su cadencia habite en algún pabellón de la memoria auditiva-visual de sus oyentes-lectores. El verso resuena como sentencia, acentúa la desnudez del poeta, la imagen hermética del poeta —que es solo palabra—, enfrentándose a un descenso sin un destino claro. De lo sacro a lo ordinario, la precariedad de los que cantan a los dioses. El carácter lúdico de La nueva novela —pero que no nos lleva a descartar la katabasis— permite establecer este descenso ante la figura del hombre que dispara al retrato de la mujer o a la manera de los pies que oscilan entre la página sesenta y uno y la página noventa y nueve, como también la propia construcción en donde el poeta se debate ante la ley de Schrödinger mientras la esposa huye en flagrancia ante el desengaño del esposo.

Pero más que un ejercicio retórico recursivo hacia ese odiado “yo”, La construcción se debe a esos retazos disueltos en la mágica unidad de la letra y la fantasmagoría, “un libro en donde nada me pertenezca”. Un artefacto de este tipo requiere de lectores que sean enemigos del entendimiento y explicación del poema por su mero recurso intertextual, —años pasarían intentando reconstruir el mapa de referencias falsas y reales como explicación final del texto—, sin embargo, en la calle que es el Tiempo, yo me pregunto por esos poemas que se miran de frente en la Poesía completa de Pedro Lastra: “Variaciones sobre un tema de Duchamp” y “Desnudo bajando otra escalera”. Ante el segundo me detendré con mayor concentración en esta oportunidad, el poema nos dice:

“el ojo tiembla el ojo parpadea
se obstina en retener
la presencia desnuda
que sube y baja por una escalera.
Del mundo entonces como una escalera
recorrida por ti:
ascensos y descensos
no desapariciones”.

La poética lastrana permitiría entender el poema como espacio de múltiples dimensiones en las que la imposibilidad de desaparición ilumina las ausencias por la falta del cuerpo mismo: Presencia. En otras palabras la imposibilidad de la disolución total de las formas, idea tan cercana al Espacio y el Tiempo se nos cuela por la puerta y la ventana de esa casa en negativo que ilustra la portada de La nueva novela. Sabemos que tópicos similares siempre fueron objetivos de predilección de Juan de Dios. Sin ignorar esto, el escrilector Ignacio Vásquez Caces, integra lo que podría ser una hipotética lectura de la poesía completa de Pedro Lastra, en estas páginas que habita el Sr. Duchamp y el “poeta desnudo”, como también en un segundo —y mas profundo— registro, la plena consciencia de distintas dimensiones y niveles dentro de la planicie del libro, valgan la tipografía, colores e imágenes para diseñar esos ascensos y descensos, ese ocultamiento temporal, la presencia desnuda —¿de quién?, del poeta— que sube y baja, pero que como Martínez nunca desaparece.

Ante la nostalgia geométrica, Ignacio Vásquez Caces construyó el cruce de dos avenidas en donde Pedro Lastra y Juan Luis Martínez se saludan a la distancia.



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