Un apunte sobre la amistad entre Nietzsche y Rohde
Por Macarena Castro
La Altertumswissenchaft, o ciencia del estudio de la Antigüedad, vivió su época de oro en la Alemania de los siglos XVIII – XIX. En 1765 Winckelmann fijó la imagen decisiva para el clasicismo alemán de una Grecia apolínea, amiga de la forma y de la luz. Tres décadas después F. A. Wolf puso en duda la autoría de Homero, provocando movimientos tectónicos en los estudios clásicos. El interés por la historia de la filosofía temprana griega se plasma en una sucesión extraordinaria de publicaciones: con las Vorlesungen über die Geschichte der Philosophie de Hegel en 1833, los apuntes de las clases de Schleiermacher reunidos en Geschichte der Philosophie (1839) y el Die philosophie der Griechen in ihrer geschichtlichen Entwicklung (1856) de Zeller, entre otros. Hacia finales del siglo XIX y principios del XX se definían las ediciones canónicas de los «presocráticos» y de las escuelas helenísticas con las ediciones del Epicurea de Usener en 1887, Die Vorsokrstiker de Diels en 1903 y el Stoicorum Veterum Fragmenta entre 1903 y 1905.
En el punto álgido de ese fulgor, en la década de 1860, dos jóvenes estudiantes coinciden en la Universidad de Leipzig. Los une el amor por lo griego, el estudio de la filología, Schopenhauer y la seriedad ante la existencia. Friedrich Ritschl, profesor y maestro, los bautiza Los Dióscuros; recogiendo la historia mítica de Castor (hijo de Leda y Tindáreo, un mortal) y Pólux –o Polydeuces– (cuyo padre fuera nada menos que Zeus, habiéndose hecho pasar por un cisne), los inseparables hermanos, el orgullo de Esparta, con heroicas hazañas y talla portentosa, eran el símil perfecto para ilustrar la excelencia de esta otra fraternidad. Los dióscuros de la ciencia filológica fueron, entre tanto, consolidando su amistad a través de la lectura de sus respectivos escritos sobre las fuentes de Diógenes Laercio y la autoría de Luciano, declarando sus aprehensiones contra la doña Filología, compartiendo anhelos, sueños e incluso la primera velada con Wagner. Con la publicación de El Nacimiento de la tragedia en 1871 su amistad, no obstante, fue puesta a prueba.
Entre la ciencia filológica y la filosofía, imbuido del pesimismo de Schopenhauer y de la devoción por Wagner, Nietzsche postula una visión primigenia de la existencia, acusa a Sócrates y Eurípides de arruinar el coro trágico y exalta la potencia dionisíaca en una obra que significa, para el joven catedrático de filología clásica de la Universidad de Basilea, el escarnio de la comunidad científica. Usener declara a su autor «muerto para la ciencia», Wilamowitz-Möllendorf, un discípulo de la escuela de Otto Jahn, adversaria de Ritschl, escribe un panfleto polémico titulado ¡Filología del futuro! Una respuesta al libro de Friedrich Nietzsche, el mismo maestro no comprende el ensayo —no hablaban centauro1. En ese momento, tal como un ángel vengador de la filología2, Rohde defiende a su amigo/hermano con una reseña en un suplemento dominical de corte wagneriano, y un tiempo después con Pseudofilología, Carta abierta de un filólogo a Richard Wagner, textos con los que coloca su reputación y su carrera académica en la línea de fuego.
La vida, una vez superada la conmoción, los separa. Todos los planes para vivir y enseñar más cerca fracasan, y mientras Rohde se dedica a su carrera académica, un Nietzsche enfermo abandona la universidad, y, hacia el final, en pleno naufragio, se publica, en 1890, el clásico estudio de Rohde: Psyche. El culto de las almas y la creencia en la inmortalidad de los griegos. Habían dejado de hablar, tras una correspondencia intermitente por años, en 1887, por un desacuerdo en torno a Taine (a quien el solitario Nietzsche ubica entre uno de sus únicos lectores, junto a Burckhardt). El tiempo, los cambios de piel y las sucesivas capas de soledad ya habían malogrado una amistad divina.
La primera fisura, en todo caso, se forma bajo el cielo de Sorrento. Nietzsche, habiendo superado el pesimismo romántico de Schopenhauer y cargando con el dolor del quiebre con Wagner, transita hacia el primer cambio de piel en la trayectoria del espíritu libre. Rohde –el querido Rohde– se toma su tiempo con Humano demasiado humano, el libro que su amigo le envía, y tras la recepción de la obra le responde al autor que no lo reconoce a él en el escrito. Nietzsche le replica3: no te ahogarás, si eres mi amigo, no te ahogarás. Lo que amabas en mí no es más que un espectro: «hasta ahora —le escribe— amábamos en el otro a un fantasma». Tal como pasa con las amistades entre mortales aquello que los (que nos) unía, ya no existe.
En 1879, un año después de la carta a Rohde se publica Opiniones y sentencias varias, obra reunida siete años más tarde en el segundo volumen de Humano demasiado humano. El encabezamiento del parágrafo 242 es «Los amigos como fantasmas»:
Cuando nos transformamos radicalmente, entonces nuestros amigos, que no han cambiado, se convierten en los fantasmas de nuestro pasado: su voz resuena aterradora como si viniese de las sombras — como si nos oyéramos a nosotros mismos pero más jóvenes, duros e inmaduros4.
El párrafo de la obra citada es una versión más depurada de una idea que cristaliza en la vida del autor. Tiene razón Montinari, el “santo patrono” de los estudios nietzscheanos, al postular el principio hermenéutico por antonomasia si se quiere comprender a Nietzsche: su vida son sus pensamientos5. A Nietzsche le hiere que su amigo Rohde haya sido crítico con su obra, en lugar de comprender inmediatamente la transformación, inherente a la práctica vital del espíritu libre, por la que estaba transitando su antiguo compañero filólogo.
La carta deja ver cómo un quiebre en el tipo de amor que es la amistad duele tanto si no más que en el amor erótico; con el “amábamos en el otro a un fantasma” se resuelve la desavenencia de la forma más tajante y sin lugar para discusión. Si no hay comprensión es porque, ya que la condición para comprender es el amor, se amaba lo que ya no existe, un espectro. En la sentencia para la publicación, más mesurada, informada por una circunspección “latina”, son los que no han cambiado los que se convierten en los fantasmas del pasado. ¿Es la carta una versión en bruto del fragmento publicado? ¿La vida explica la obra o es la obra una transfiguración de la vida? El pensamiento, despojado de su sustento particular (la desilusión de una amistad perdida), precisa en una observación moralista, en su sentido auténtico, la autarquía y transformación del espíritu libre: los amigos evocan, como fantasmas de un tiempo que ya no existe, una versión superada de sí mismo.
Un lector eximio de Goethe, del que asimila la transformación de la vida en arte, el filósofo errante no es, con todo, capaz de seguir en las cartas y textos anteriores al hundimiento psíquico, al consejero aúlico en la revisión magnánima de su devenir vital; su altura no era jupiterina. Ese método genealógico que caracteriza a su proyecto en contra de la metafísica, Nietzsche lo aplica, en una serie de penosas elegías, a su propio recorrido espiritual, el que incluso antes de su descenso estaba atravesado por sombras y fantasmas. De sí mismo y de los otros. Cuánto extraña a Wagner, cuánto le duele el caso Rée-Salomé. Tal como en otras cuestiones Nietzsche se ubica en las antípodas del ideal clásico que ensalza la amistad en la consecución de la virtud pues su particular catálogo de las virtudes del filósofo del mañana, comprende, junto al valor, la lucidez y la simpatía, a la… soledad. ¿Por sobre todo a la soledad?
De todas las vicisitudes en su vida consciente la más acuciante fue ese bucle de aislamiento que se fue construyendo en torno a él. Después de diez años incluso Zaratustra se cansa del sol, la serpiente y el águila y así se inicia su ocaso. Nietzsche habla de 7 años, o 7 capas de soledad, las que fueron recubriendo su vida, sin protegerlo, con todo, contra el frío de la alta montaña. Rohde, sobre el que su antiguo amigo guardaba reservas respecto al curso de su vida, ya tenía, no obstante, una familia la última vez que se ve con el filólogo jubilado, el que, en ese tiempo, se había ido transformando o en una bestia o en un dios —o quizás en la figura bifronte del filósofo. Tertium datur. ¿Cómo es que el otrora profesor de filología termina igual que un exiliado Diógenes de Sínope en búsqueda de un hombre, o como el excéntrico Pirrón de Elis con su filosofía del callar? Esa soledad y aislamiento —las condiciones y el fundamento de su filosofar— más que una mina de oro susceptible de explotar a placer terminan perdiéndolo en un laberinto del que ninguna Ariadna (ninguna Lou, ninguna Cosima) lo pudo salvar. El último cambio de piel, en Turín, lo terminó convirtiendo en un Dioniso abandonado. Incipit la tragedia de Nietzsche.
Notas
- “Ahora, dentro de mí, ciencia, arte y filosofía crecen juntos de tal forma que alguna vez, ciertamente, pariré centauros.” A Erwin Rohde en Roma. Basilea, final de enero y 15 de febrero de 1870. Correspondencia volumen II, p. 123. Traducción de José Manuel Romero Cuevas y Marco Parmeggiani. ↩︎
- a Carl von Gersdorff, 24 de junio de 1872. Correspondencia volumen II. p. 302. ↩︎
- a Erwin Rohde, 16 de junio de 1878. Correspondencia volumen III. Traducción de Andrés Rubio. p. 289 ↩︎
- Humano, demasiado humano. Un libro para espíritus libres. Volumen segundo. Edición, traducción y notas de Marco Parmeggiani Rueda.
↩︎ - Montinari, M. (2003) Lo que dijo Nietzsche. Salamandra. p. 15.
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