[ lectura y crítica ] 
Konrad Lorenz. La decadencia de lo humano

Decadencia de lo humano — Konrad Lorenz

Decadencia de lo humano

(fragmentos)

Por Konrad Lorenz

[…] La juventud actual debería tener total acceso a la grandeza y belleza de este mundo, a fin de que no se desesperara al ver la situación de la Humanidad. Se debe interpretar y valorar como un síntoma del llamado «escapismo» el deseo de evadirse, el que la gente joven actual rehúya todo lo razonable, se aficione a las drogas psicodélicas o, simplemente, se deje subyugar por los estupefacientes. Debería ser posible hacer comprender a la juventud que la verdad no sólo es bella, sino también un recipiente de secretos, y que no se necesita ser místico para vivir rodeado de milagros.

Todo ser humano que sienta alegría ante la creación y su belleza, será inmune a cualquier duda sobre su sentido. El cuestionar el sentido de la creación orgánica le parecerá tan inconcebible como a un melómano a quien se le preguntara sobre el sentido de la Novena Sinfonía de Beethoven. Evidentemente, la persona que formule semejante pregunta no ha tenido nunca oportunidad de absorber las grandiosas armonías del mundo en la cantidad suficiente como para darles acceso a su percepción de las formas. Creo que las experiencias habidas en la primera infancia son esenciales para el desarrollo de casi todas las facultades cognitivas del hombre, ante todo, la percepción de formas.

El hablar de las bellezas del cosmos es un pleonasmo, porque la belleza va incluida en el sentido literal del vocablo «cosmos». La familiaridad con lo bello previene contra la creencia heterodoxa de que sólo es real lo definible y determinable cuantitativamente.

En estos últimos tiempos, muchos filósofos han discutido sobre la pregunta: «¿Cuál es el sentido del sentido?» Un filósofo escribió un libro, titulado The Meaning of the Meaning. Verdaderamente, una parte importante de la educación cabal consiste en enseñar al adolescente que es muy posible distinguir entre lo razonable y lo absurdo. Nosotros poseemos un archivo bien concebido de hechos, que nos permite emitir un juicio sobre el empleo acertado o erróneo de un símbolo lingüístico. Sin embargo, no se enseña nunca a los niños y adolescentes cómo se puede diferenciar lo verdadero de lo falso, lo absurdo de lo razonable. ¡Y eso es posible hacerlo! Es deplorable que se desatienda, en la educación de nuestros hijos, una cuestión tan trascendental para el pensamiento humano, que no se emplee este tema como materia de enseñanza.

Los poderosos de este mundo nuestro, superpoblado y supra-organizado, seguirán imponiendo todas las técnicas conocidas, y muchas más por conocer, para la manipulación e igualación de los seres humanos. Es de temer que tampoco vacilen en aplicar los métodos de la persuasión no racional mediante coacciones económicas e incluso amenazando con la violencia. Si queremos evitar este tipo de tiranía —que en las naciones de cierta magnitud se desarrolla independientemente de sus creencias políticas—, debemos inmunizar sin demora a nuestros hijos contra la manipulación de su desarrollo anímico y mental. Tal inmunización será alcanzable sólo cuando cada adolescente aprenda a desentrañar la técnica de la propaganda.

Hoy estamos tan acostumbrados a los usuales métodos propagandísticos en el seno de nuestra sociedad, que hemos cultivado una peligrosa tolerancia para con las promesas vacías y otras formas institucionalizadas de la mentira. Cuando entramos en contacto con los dictados de otros sistemas gubernamentales, percibimos al punto la camisa de fuerza con que se ciñe a sus súbditos. Pero minimizamos con excesiva desenvoltura el hecho de que está ocurriendo lo mismo con nosotros en nuestra forma «democrática» de gobierno. En cierta ocasión, en que asistí a un congreso en la Weimar germanooriental, noté que la ausencia de todo anuncio luminoso resultaba excepcionalmente agradable y loable. Por el contrario, me irritó el que en todos los medios de transporte se ensalzara la amistad con la Unión Soviética, la unidad de los trabajadores y otras cosas similares. Durante aquellos días en Weimar vi, con claridad meridiana, que las pancartas socialistas y los anuncios luminosos occidentales eran órganos análogos de dos sistemas dominantes distintos. Simultáneamente empecé a comprender cuán difícil resulta oponerse a una doctrina sin desembocar, de paso, en una «contradoctrina».

Fracasó un intento emprendido de forma espectacular durante los años treinta de este siglo. En 1937, un filántropo llamado Filene fundó un instituto para el análisis de la propaganda, cuando la propaganda nacionalsocialista comenzaba a infiltrarse en los Estados Unidos. En él se analizaba particularmente la propaganda que no afectaba al entendimiento, sino a los sentimientos, y se presentaban varios trabajos sobre la esencia de esa publicidad específica, que debían esclarecer los alumnos de Segunda Enseñanza y los estudiosos. Entonces estalló la guerra, y como quiera que los Gobiernos aliados hubieron de emprender también una «guerra psicológica» sin trabas, pareció sumamente inoportuno pretender analizar ese tipo de propaganda. Pero antes de la guerra hubo también muchas personas a quienes molestó en grado sumo la actividad del citado instituto. Por ejemplo, ciertos educadores estimaron que el análisis de los métodos propagandísticos comunicaba a los adolescentes un cinismo nada deseable. No menos fría fue la acogida hecha al análisis del sistema propagandístico por los altos mandos militares, los cuales temieron que los reclutas empezaran a analizar las instrucciones de los suboficiales que les adiestraban. Asimismo, las Iglesias repudiaron el análisis de la propaganda porque éste podría entibiar la fe y reducir el número de feligreses. Los publicistas protestaron porque el análisis de la propaganda anularía la lealtad a tal o cual producto, con lo cual descendería la cifra de ventas. Poco después, el instituto cerró sus puertas.

Los adversarios políticos de Filene y su citado análisis de la propaganda esgrimieron en su tiempo el argumento de que éste llevaba a la juventud hacia un cinismo y escepticismo total, y si hemos de ser justos, ese argumento tiene un fondo de verdad. 

El escepticismo sano es indispensable cuando importa diferenciar lo cierto de lo falso, la mentira de la verdad; pero la actitud escéptica exagerada puede conducir, efectivamente, al cinismo y a la negación de todos los valores. La educación de la percepción para captar las grandes armonías, lo bello y lo bueno, es imprescindible si se quiere transmitir al joven un cuadro equilibrado de este grandioso mundo nuestro. Una persona infectada por el reduccionismo ontológico o el cientificismo, podría sentirse inducida —si media una educación parcial para el análisis de la propaganda— a dudar y desesperar de todo.

Cuando se intenta hacer perceptibles a un adolescente la belleza e inmensidad de este mundo, se espera también despertar su interés por las conexiones internas del mundo. El deseo expuesto por Fausto con las palabras «…que yo conozca lo que sustenta por dentro al mundo», expresa una necesidad humana generalizada, aunque sea más o menos apremiante, según los casos. (Entre los naturalistas ha llegado a ser un motivo de importancia vital.) La falta absoluta de curiosidad significa alguna anormalidad.

[…]

Así, pues, ¿dónde habrá de buscar ideales el hombre joven? Y aún será una suerte que no se aferre a ideales falsos, como los de las seudo religiones, o busquen refugio simplemente en los estupefacientes. Tampoco se ve mejor la cosa cuando pide a voces pan y juegos, tal como otrora la plebs romana clamaban por panem et circenses, lo cual ha traducido Aldous Huxley al lenguaje de nuestro siglo: «Dame televisión y hamburguesas, pero, ¡por el amor de Dios, déjame en paz con tu parloteo sobre responsabilidad y libertad!» La búsqueda de entretenimiento es la temible antítesis del placer causado por el juego creativo. La actitud anímica absolutamente pasiva que favorece esa inactividad no caracteriza tan sólo al hombre hastiado, sino también al saciado, por no decir cebado.

[…]

En sus condiciones originales, el hombre soportaba una vida rigurosa. Cazador y carnívoro, estaría, sin duda, permanentemente hambriento, y, por tanto, no era un pecado, sino una virtud, el comer hasta reventar cuando se capturaba un animal grande. Lo mismo cabe decir de otras normas del comportamiento que hoy consideramos como vicios e incluso pecados capitales. La vida del hombre era tan peligrosa, que la cobardía era una virtud, igual que la pereza, es decir, el ahorro del esfuerzo muscular. En los brumosos tiempos prehistóricos, cuando al hombre le iba sólo un poco mejor, se comprobaba ya —como han reconocido acertadamente los sabios— que no conviene, ni mucho menos, que el hombre tenga demasiado éxito en su afán por alcanzar el contento y eludir el descontento. El desarrollo de la tecnología moderna, y sobre todo de la farmacología, le ayuda, de una forma jamás vista, a escapar, digamos, por caminos clandestinos, del descontento. En la sección sobre los métodos de adiestramiento del sistema tecnocrático hemos podido ver con cuánta facilidad nos convertimos en esclavos de la «comodidad» moderna por medio del enervamiento.

[…]

A veces, la antítesis del error no es la verdad, sino otro error contrapuesto. Si los representantes del establishment se encastillan en el reduccionismo ontológico y en los hábitos mentales tecnocráticos, harán algo equivalente al error contrapuesto, justamente cuando hoy día muchos jóvenes desdeñan el intelecto y, apartándose de la realidad, se refugian en las creencias místicas y sectarias. La medida del adoctrinamiento de masas ha alcanzado los límites de tolerancia marcados por la razón sana. Es muy posible que unos criterios aparentemente insignificantes pongan en marcha la rotación de la opinión pública. A fuer de optimista, creo que ese proceso se ha iniciado ya.


Konrad Lorenz. Decadencia de lo humano. Plaza y Janés: 1985. Fragmentos



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