Nota introductoria
Pocos son los poetas que aún persisten en el ejercicio de auscultar la lengua, haciendo de aquella acción una persistente arte poética. Pocos son, porque esto implica un hondo compromiso con la forma. Reconocer cómo suena una palabra, sopesarla en las manos que escriben es tarea refinada, destinada a quienes ven en la creación poética, antes que cualquier otra cosa, partes del cuerpo de un poema. Bajo aquel dictum mallarmeano -a propósito de una anécdota con Degas- que reza que un poema antes de estar hecho con ideas está hecho con palabras, algunos poetas han tomado el rumbo que acaso exacerba esa dimensión material.
Nuestra tradición posee a grandes poetas que han hecho del trabajo con la forma no solo una intuición sobre cómo han moldeado sus creaciones, sino cómo lo enunciado en sus obras está condensado, a su vez, en el despliegue formal. Leer un poema, en esta línea de poetas, implica un ejercicio de rigor: plantear el binomio de forma y fondo es inoficioso, pues aquí al hablar de la forma ya hablamos del fondo. Esa preocupación, ese cuidado por cómo se articulan las maneras del decir nos obliga a pensar en poetas como Pedro Antonio González, Alberto Rubio, David Rosenmann-Taub y, más para cercanos a nuestro tiempo, en Juan Cristóbal Romero, Rafael Rubio y, por cierto, en Roberto Onell.
El lector, al adentrarse en la selección aquí realizada, notará cómo la poesía de nuestro poeta se despliega en un campo de formas, al mismo tiempo que ese diálogo formal con el verso medido convoca y hace eco de las inquietudes por aquello que, intuímos, está más allá de nuestra vida. Ahora bien, no sólo se trata de un trabajo de las formas. Convengamos que desde allí el poeta enuncia. Así, la poesía de Onell, segura de sí misma, reconoce el valor de la pregunta, pues la poesía es ese espacio que, aunque las formas permitan un ancla sobre la cual enunciar, conjuga el vacío, el sueño, el recuerdo, la ambigua y latente presencia de Dios.
Mireya Osorio y Víctor Campos
Los sueños en la piel de la noche – Roberto Onell
(selección)
De Rotación (2010)
Sueño del regreso
Voy caminando por la arena,
voy descendiendo a aquel entonces;
yo me quisiera alguna huella,
cuando en mi sien todo es de noche.
Voy descendiendo sin transcurso.
Allá en el cielo hay otra noche.
Y voy soñando, noche en punto,
que esta hora fija se desborde.
Pero esa noche es mar en alto.
Su estrella grita y cae insomne
al mar, y al mar voy convocado,
llagadas sienes: yo sin nombre.
Hermano mi noche en la noche.
El mar me buscaba en su nombre;
abraza mi noche, tan alto;
el mar ha abrazado al insomne
conmigo y en mí, convocado;
conmigo, que soy sólo un punto;
que pulso en la sal, encontrado,
mi fiel lentitud de transcurso,
el tiempo escanciado en mi vaso;
el mar ha encontrado su huella
cuajando de voces mis años;
mi cuerpo, hoy recuerdo de arena,
nombrado en las aguas: amado.
Difíciles
Ser canto que librara el vuelo
por sobre todos estos bosques,
cuando a partir del mismo suelo
no viven vientos sino noche,
por este valle de ecos secos
que son la trama de otros goces,
cuando nosotros, hoy tan lejos,
tan útiles, cerrados goznes,
alicaídos, corraleros.
La gota
De sal en una gota ver tu rostro.
Déjenme
Dejen que otra luz me ciegue:
dejen que me vaya al bosque,
que me pierda, que me cerquen
y me habiten otras voces.
Alto es el rumor en verde,
y alto el humus que me absorbe,
cuando este eco me contiene.
Llantos, espantos de noche,
dejen callarme por siempre:
déjenme ir a otro nombre.
De Los días (2015)
5
Mi techo, en mi pecho,
gotea, y golpea
la flor que gorjea,
de octubre, en mi bosque.
6
Qué sería amor,
trino, melodía,
este mediodía
de dolor sin flor.
15
Tristes alas bellas
tristes vuelan solas
tristes como olas
tristes que se estrellan.
23
Yo solo, lo ardido,
pleno ardor de cielo
y árbol, vuelo y beso,
dónde ahora, dónde.
35
En húmeda luna,
se agita la noche:
se agota del roce:
se ahoga de oscura.
39
Oscura medida,
estampido o roce
pavoroso, un beso:
mi nombre de sombra.
80
Mi lengua, en su gruta,
mecida en el llanto
que sigue, me dice
que aún, que ya no.
De Voz en camino (2020)
Solamente
Es el batir de ramas en el bosque,
los párpados del follaje solo,
esta manta que desde el cielo cae,
el llanto del rosal que anhela voces
entre aquellos eternamente sordos
y los que dolorosamente saben,
o bien lágrimas debatidas antes
de su estruendo con números que, solos,
no absorberán el quiero, el lloro, pobres,
cada uno de estos nombres que se abaten
-pétalos negros- cuando yo, en lo sordo,
cierro los ojos en mi propio nombre.
Ve que estoy a la puerta
Ap 3,20
Sí, yo soy el que admite formas, el que dibuja
de noche los alientos alzados de los días;
soy el cercado por cinturas
imaginadas, hados caídos, sobrenombres
que solamente gimen
o solamente asumen la silueta de un rayo
de polinizaciones; yo soy el que estornuda
de tanta luz insomne, soy el que a veces vive
sin rostro ni figura;
el inmovilizado que anda y que anda hasta el borde
tras sueños que lo abriguen, a la puerta,
yo soy el que estornuda de nuevo, el que abrigado
sueña y muerde otras voces que ya ni se condicen
de quién, de tan desnudas, ve que llamo.
De La hora de Ñipas (2021)
Alojados en la escuela
Batuco, Ñipas
A dormir, misioneros; descansemos,
que todos los caminos del día aquí llegaron,
a esta escuela, a estas salas ya en silencio, a estas puertas
abiertas que se cierran; descansemos,
acostemos los sueños en la piel de la noche
que entre estos muros late, como para arrullarnos
en su regazo de murmullos.
A dormir, misioneros; descansemos
de nosotros, sabiondos, de nosotros, desnudos
de esta papelería piadosa que nos viste
tan miedosa; dejémonos abiertos
por fin, en el peligro de darnos, de olvidarnos,
a ver si por lo menos el sueño nos abisma
de agua o de sangre en los costados.
A dormir, misioneros; descansemos,
pactemos nuevamente con lo oscuro, las manos
y los pies confundidos en otra balbuceante
navegación inmóvil; olvidémonos
de casi todo, para que el sueño nos recuerde
niñitos miserables, llorosos de penumbra,
mojados, rotos, pedigüeños.
A dormir, misioneros; descansemos,
y así, sólo mañana retomemos el paso
por caminos de un día niño, porque mañana
será siempre temprano, como enero,
tiempo de las espigas en un día de rayos
que implorarán mirada, que sangrarán de amor,
y necesitaremos sombra.
A dormir, misioneros; descansemos,
y que estos sueños lloren muy junto a las estrías
que gimen en los muros: escuela de dolores
cautivos o acogidos, compañeros
nuestros sean, dormidos y en vela, caminantes
como lágrimas nuevas, como el agua escondida
que espera y que nos llama siempre
a dormir, misioneros; a dormir.
Un sueño
A ver si al fin partimos
un pan de paz que nos reparta
con sonrisas de vino junto al fuego.
De El eco y el espectro (2025)
Continúa el eco
24
No dos cuerpos en una danza:
un solo mundo que ha rodado a tumbos
por las laderas de la tarde.
No ojos destruidos (porque aún hay mirada):
este solo suspiro
que inhala, exhala y nunca expira.
¿Lo ves? Ninguna sombra tenebrosa:
sólo algo parecido a mí y a ti
en vías de extinción.
Porque hasta nuestro infierno es poca cosa.
El espectro
7
Poema de las horas tiernas,
o voz cristalizada de aguas lentas,
¿dónde estás?
¿Por qué, adónde te has llevado
tu sigilo, dejándome, si acaso,
un solo beso?
¿Dónde estás,
mordiéndome los labios de esta enferma
profesión de silencio?
8
Santo oficio,
tú mirarás y sostendrás mis párpados.
Aguzarás mi oído.
Aquí estarán mis manos,
mis pies y, así tan cierto, mi costado.


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