[ lectura y crítica ] 

Poemas de Marcelo Rioseco

Un quiebre de mano en la poesía de Marcelo Rioseco

No sabemos en qué momento un poeta decide cambiarse de dial, de emisora. Abandona ciertas cosas: sus discos, la música con la cual había avanzado en el camino. Algo sucede, un impacto lo golpea de súbito y cambia la radio; otra música comienza a emanar de su interior, otro poema marca el son y el ritmo. Esto es lo que leo en Marcelo Rioseco (Concepción, 1967). Es difícil abandonar el molde, sobre todo cuando dio sus réditos. Su primer libro, Ludovicos o la aristocracia del universo (Editorial Universitaria, 1995), obtiene el Premio de Poesía Revista de Libros de El Mercurio en 1994, algo no menor para la época. Pero desde esa primera obra premiada, hoy leemos la distancia estética y motivacional de su poesía. Se ha mudado a cientos de kilómetros de ese epicentro inaugural.

La poesía de Rioseco es, por esencia, en la actualidad, un gozoso compendio de emociones y retratos de la vida contada de manera simple. 2323 Stratford Ave., La vida doméstica y Olivia en los suburbios: tres de sus últimos libros así lo confirman y, por cierto, lo elevan a una de las voces más auténticas de su generación. Existe una fuerza que moviliza sus poemas, una fuerza invisible llena de sensitiva atracción por los elementos que constituyen la intimidad, quizás la vida cotidiana del mismo poeta. Una pequeña mueca de metafísica del amor existe en estos poemas, sobre todo en La vida doméstica, en donde se hace cargo de las vicisitudes de vivir en comunión con los otros. De manera notable resuelve el conflicto de una vida que, aunque no es tan entretenida como se quisiera, le da vuelta a la lógica y conserva en ese gesto la belleza del poema, o la belleza del estar. Lo anterior, digo, los primeros libros, era la extensa y abrumadora tarea de estar en sintonía con la tradición poética chilena. Pequeñas variantes, pero su noviazgo con dicha tradición le proporcionaba un buen pasar. Nada de riesgo, nada salido de tono y, con un elocuente sello escritural, de alta factura, las cosas se daban de maravilla: la tradición le sentaba a la perfección.

Marcelo Rioseco es un poeta con talento desde sus inicios, no cabe duda. Pero existe el milagro de correr riesgos; nada lo impide, salvo saltarse las vallas papales de la tradición de la poesía chilena. Rioseco corrió el riesgo, abandonó la zona de confort y, por suerte para él y para nosotros, sus lectores, decidió escribir lo que quería escribir. Simple, sencillo, sorpresivo. En su actual poesía, la emocionalidad es la plataforma de despegue de sus anecdóticas divagaciones y narrativos mundos poéticos. Un poco de biografía, un poco de escenas, otras apuestas sobre el ser y el ser poeta. El fracaso no es definitivo, pero sí lo es la atmósfera de tensión que impone la obligación de vivir bajo la lógica de un sistema que todo lo vuelve descartable. Cuesta vivir como nos cuesta la vida. La escapatoria es el poema, porque en él se contiene una especie de respuesta franca y sosegada, una lúcida salida al campo, una noche plagada de estrellas como secuencia de la armonía. Porque eso es la poesía de Marcelo Rioseco: la estética de la armonía y saber dar solución al agobio. Interpretar sobre sí mismo la filosofía personal del vivir y tenerla clara. No existen engaños en estos poemas; son lo que son y punto: un antídoto a la soledad del alma generacional, su propio tanque de oxígeno para llegar a la cima.

Cristián Cruz


Poemas de Marcelo Rioseco
(selección)

De 2323 Stratford Ave. (2012)

Hoy he despertado en español

Hoy he despertado en español y me he puesto remoto,
hoy me he sentado en español y he escrito
para no olvidarme que despierto y me siento en español,
pero vivo en inglés. Esa es la única realidad que me obliga
llena de palabras duras, de verbos sajones e industriales,
de pronombres que me cierran el paso
y son grandes en número como mis recuerdos.
Hoy soy torpe, pero torpe en español. Todavía.
Y no sé hablar, no sé decir gracias sin pensar
que digo “bienvenido”, sin saber si esto es
lo que debe suceder o en qué idioma debe suceder.
Hoy soy en español, poco funcional, sudamericano,
un poco indio, un poco colonizado
como los cuatro rincones de mi país
que tiene fe en el vidrio y los números.
Hoy he despertado en español, mis extremidades
en español, mi nariz en español;
mis ojos, mi pelo, mi boca en español
y no he sabido traducir
porque traducir ya no es ser uno,
sino otro, que traduce y habla.

De La vida doméstica (2016)

El viejo tigre de la mente

Mis amigos
me recomiendan
que no siga escribiendo
sobre poesía
o las dificultades para escribir,
la página en blanco
o el bloqueo del escritor.
Dicen que todo eso
está pasado de moda
y que a nadie le importa
lo que pueda decir
un escritor en problemas.
Yo los escucho en silencio.
El tigre de mi mente,
ese que escribe los poemas por mí,
también guarda silencio.
Mis amigos por supuesto
no saben nada
del tigre de la mente.
La poesía
no es un asunto de modas—
lo digo yo
que vendo 18 libros al año.
La poesía
es un asunto de sobrevivencia,
especialmente
cuando el viejo tigre de mi mente
enloquece
porque no puede borronear
ni siquiera
un poema medianamente decente
y se da vueltas a oscuras
mascullando
palabras oscuras y extrañas.
Mis amigos
(por supuesto)
nunca han oído hablar
del viejo tigre de la mente.

Detenidos frente a una barrera de seguridad

Los autos detenidos
frente a la barrera de seguridad
llevan las luces encendidas. Llueve
y sin embargo son apenas las 6 de la tarde.
Somos seis o siete conductores
y es domingo en Boyd Ave.;
cerca de allí hay un suburbio llamado Belle Aire.
Los oscuros vagones de carga
brillan bajo los focos de esta parte de la ciudad,
como el lomo de un gigantesco animal muerto
curvándose mientras se aleja, como si alguien
hubiera decidido traer hasta aquí (y sin aviso)
el arsenal para un nuevo holocausto nuclear.
La inmensidad de esta parte del país
esconde una fuerza destructiva y borrosa,
la cual nunca podremos anticipar.
Oscurece porque en el mundo oscurece.
Sentimos el temblor del tren bajo nuestros pies
pero ni siquiera su evidente presencia nos perturba.
La dueña de casa telefonea a casa,
el estudiante revisa sus mensajes de Facebook,
otra familia mira impávida una luz roja e intermitente
sin hablar. El tren termina de pasar y se aleja,
la barrera entonces se levanta y todas las rutinas
(como alguien que emerge del agua
habiendo permanecido demasiado tiempo sin respirar)
recobran lentamente su natural movimiento.
Esta nueva imagen de lo terrible ya ha pasado
sin derribarnos, sin decirnos siquiera: “That’s it!”
Aceleramos y nos alejamos de allí.

La vida doméstica

La vida doméstica
es la manera más rápida de matar la locura de un poeta
y también es la manera más rápida de matar al poeta.
Le leo mi poema sobre Roberto Bolaño a Claudia.
Claudia me mira y después de una pausa
pregunta: “¿Quieres comer? Los filetes de salmón
todavía están en el refrigerador.”
Bolaño desde los desiertos de la muerte
donde está ahora, me guiña un ojo y dice:
“No sabía que te gustaban
los filetes de salmón, Mauricio.”
Claudia se ha ido, pero al rato regresa,
como Cristo cuando andaba aburrido.
Mientras tanto yo trato de comprender
cuál es el problema con el salmón
y si debo o no escribir este poema.
“No derrames más la leche en la cocina”, exclama.
Busco a Bolaño, pero esta vez su imagen
se ha evaporado entre mis libros
y los platos sucios con comida.
Quizás ya estamos todos muertos
como los peces inmóviles que arrastra el río.

La familia

Regreso a mi ciudad natal
la derrota no es nada comparado con esto.
“Has visto lo mismo tantas veces”, me dice.
“No hemos ido a ningún lado, lo sabes.
Yo y mis hijas lo hemos soportado todo
como si el esfuerzo valiera la pena,
pero siempre supe que estaba equivocada.
Habría que haberse ido a otra ciudad
e intentado elevarnos por sobre todo esto;
al menos para que mis hijas
pudieran atestiguar con sus propios ojos
la verdadera amplitud del mundo.
Pero nos quedamos y esto somos ahora.
Hay tantas familias como la nuestra,
tantos locos con garrotes,
tantos árboles torcidos rodeados de perros.”
Y me mira para reconocer su sangre
en mis ojos adormecidos por el olor de la sal
y la proximidad del océano. Y yo la esquivo.
Damos vuelta y nos encaminamos hacia el auto.
Antes de abrir la puerta dice:
“Tú no estabas aquí para verlo.
Y fue mejor así. Viajar debió haber sido
como una salvación para ti.” Pero no lo fue.
O quizás sí. Regreso a mi ciudad,
pero ahora la ciudad es de ella y su familia—
y el sol está de frente (como hace años)
cuando este era el único lugar adonde se podía ir.

De Olivia en los suburbios (2020)

God from 12 to 1

Para Luis y Rachel


And silently impressed me
With the idea it might contain love
Beyond all measure
This I think of when I pray.

Todd Swiff

Frente al pórtico de entrada de la Capilla de St. Joseph
pienso en dios y en su interminable universo,
pero no hemos venido aquí a admirar
el poder de dios
ni a congraciarnos con nosotros mismos.
En este lugar se mencionará
el nombre de los que han muerto en forma terrible
y es nuestro deber inclinar la cabeza y aceptar
que donde hay silencio también podría haber amor.
Observo a los fieles habituales
sentados
sin una expresión mayor,
a los que saben que –aunque la fe
es una materia difícil de dominar–
existe la gracia; y levantan los ojos
cada vez que vienen hasta aquí
para escapar también del tiempo y la muerte.
¿Son todos estos ruegos escuchados?
¿A quién beneficia la aparición del milagro?
¿Quién fortalece su fe con una prueba innecesaria?
El oficio comienza
y el sacerdote lee la biblia en inglés.
Sus movimientos mecánicos y absolutos
me recuerdan a un dios que existe entre 12 y 1 pm,
pero yo no he venido hasta aquí
para repetir un ritual en un idioma extranjero
ni para congraciarme conmigo mismo.
Y, aun así –mientras las velas iluminan
débilmente el atrio superior,
y los asistentes comulgan en silencio
sin cuestionar el poder de Dios–,
yo trato de igual manera de vencerme a mí mismo
y entender por qué hace cinco años
alguien tan joven se ha quitado la vida.
Veo a sus padres a un costado.
Su madre permanece en silencio,
mientras alguien le sostiene la mano.
Su padre se arrodilla y en silencio ora.
Entonces dejo de pensar en dios y en mí,
para comprobar que si dios existe
(como debiera existir);
no existe en mí sino justo a mi costado
perseverando, a pesar de todo, en un amor
más allá de cualquier medida y dificultad,
en la Capilla de St. Joseph
en Norman-Oklahoma, de 12 a 1 pm.


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