«Entre puntos de lectura»
de Soledad Bianchi
por Cristian Salgado Poehlmann
A mediados de los 80, Soledad Bianchi (Antofagasta, 1948) entabla amistad con Pedro Lemebel. A partir de esa unión, empieza a escribir sobre la en ese entonces desconocida obra del cronista. Se trata de una de las primeras personas que le otorga valor a estos escritos. Un ensayo crítico por libro. La editorial Montacerdos los recopilaría en 2018 en un volumen y lo titularía lisa y llanamente Lemebel. Es el penúltimo libro que Bianchi publicó y resulta realmente delicioso.
Pliegues. Chile: cultura y memoria (1990-2013) viene justo antes de Lemebel, publicado por Cuneta en 2014. En esta ocasión, Bianchi escribe un ensayo sociocultural del Chile posdictadura, estableciendo una crítica respecto a la consolidación de los estamentos neoliberales y capitalistas que dominan nuestro país.
Sus libros anteriores (cinco en total, todos ligados a la literatura y principalmente a la poesía chilena, publicados entre 1990 y 2013) tienen el corajudo valor de instaurar un canon propio de autores y lecturas de manera sistemática, imponiéndose así como una institución dentro del pensamiento literario académico nacional. Ahora bien, Bianchi es mucho más. A quien esté interesado, lo invito a averiguar sobre todo lo que ha vivido y escrito.
Una vuelta de timón es la que esta profesora de literatura, investigadora y crítica literaria y cultural da con Entre puntos de lectura (Seix Barral, 2026). Si bien en Pliegues ya se vislumbra una intención por desmarcarse de lo estrictamente literario, con Entre puntos de lectura se aparta completamente de todo lo hecho anteriormente en términos de forma. Dejo que la propia autora lo explique: “Solo fragmentos forman mi libro. En sus páginas y con ellos, enfoco desde distintos puntos de vista el hecho de leer y trazo un recorrido propio y poco lineal, con encrucijadas, enlaces, constelaciones, caleidoscopios, razonamientos, juicios. Así, me acerco, una vez más, a la lectura, la actividad que seguramente más realizamos, día a día: en la mañana leemos, tal vez, titulares de un periódico (virtual o en papel) o en las redes sociales o el letrero de una micro, y mientras pasan las horas no dejamos de hacerlo, hasta leer las páginas de un libro o el nombre de un medicamento antes de dormirnos”. Dicho de otro modo, Reflexiones, recortes, enlaces, como anuncia el subtítulo del libro. La mayor parte de los fragmentos no son de autoría de Bianchi. Se trata de citas. Y no solo de autores, también de instituciones. Es decir, estamos ante un trabajo, mayormente, de escritura no creativa.
Michel de Montaigne interviene como maestro de ceremonias de Entre puntos de lectura. El epígrafe es suyo y sus palabras se mantienen pétreas a lo largo de todo el volumen: “(…) téngase en cuenta si he acertado a escoger algo con que realzar o socorrer mi propia invención, pues prefiero dejar hablar a los otros cuando yo no acierto a explicarme tan bien como ellos, bien por la flojedad de mi lenguaje, bien por debilidad de mis razonamientos”.
Así, en 379 páginas, el entramado se urde por medio de las voces de George Steiner, Violeta Parra, el Museo de Arte Precolombino, Enrique Vila-Matas, Julieta Kirkwood, Alberto Manguel, Diamela Eltit, Alejandro Zambra, Pía Barros, Soledad Fariña, Gabriela Mistral, los Bibliomóviles, Lucia Berlin, el Grupo Biblioteca Ambulante, Dita Kraus, Matías Celedón, Martín Cerda, Walter Benjamin, Ovidio, Beatriz Sarlo, Macedonio Fernández, Sor Juana Inés de la Cruz, Crónica Digital, Les Luthiers, José Donoso, Fleur Jaeggy y un enorme, pero enorme etcétera. Ni los rayados de las paredes se salvan. Así de colosal es este compendio del decir ajeno.
El libro abre definiéndose a sí mismo, así como también discute la noción de texto/tejido/tela. Luego, en un despliegue totalmente fragmentario y coral, sinfónico, si se quiere, sin capítulos, subtítulos, ni acápites, la lectura navega por medio de dieciséis grandes temáticas, sin descuidar, por supuesto, una cantidad ingente de microtemáticas que hacen de este un libro uno cuyos puntos de fuga resultan infinitos. Los temas: el feminismo, los clubes de lectura, los talleres, las bibliotecas, la censura, los derechos, el (an)alfabetismo, la extinción de lenguas, el silencio, el diccionario, la lectura, la epístola, los subrayados y anotaciones, la tecnología de la información, el viaje, y la ciudad. Hacia el final de Entre puntos de lectura, Bianchi oficia de cronista, dejando entrever que como escritora de este tipo de formato, sus modos también resultan miríficos.

Dijo Roland Barthes:
“¿Nunca os ha sucedido, leyendo un libro, que os habéis ido parando continuamente a lo largo de la lectura, y no por desinterés sino al contrario, a causa de una gran afluencia de ideas, de excitaciones, de asociaciones? En una palabra, ¿no os ha pasado nunca eso de leer levantando la cabeza?
“Es sobre esa lectura, irrespetuosa, porque interrumpe el texto, y a la vez prendada de él, al que retorna para nutrirse, sobre lo que intento escribir.
“(…) La lectura (ese texto que escribimos en nuestro propio interior cuando leemos) dispersa, disemina”.
¿Qué sucede a estas continuas interrupciones? ¿Y qué antecede al retorno a la lectura? El silencio. O la ilusión o simulación del mismo. Lo contrario a la palabra o a lo que está escrito o dicho. “La experiencia nos dice que esos sugerentes silencios están lejos de ser absolutos: constituyen, más bien, una invitación a escuchar con atención”, dijo Pascal Quignard.
Otra idea complementaria, en esta ocasión de la propia Soledad Bianchi:
“Cuando escribo, me gustaría –y trato– de que lo que redacto esté cruzado por silencios, pero silencios activos e insinuadores, para que el lector se sienta motivado a completarlos, a preguntarse, a aportar, desde sus propios intereses. En mi idea, este receptor debería trascender en mucho al especialista, actual o futuro, siendo aquel lo más variado y diverso posible.
“Supongo estos ‘silencios’ como un(os) vacío(s) creativo(s) que podría(n) oponerse al escrito-bloque que todo lo dice y todo lo entrega: en escrito-autoritario, sin sutilezas ni fisuras, que da todas las soluciones, y responde más que pregunta al no dejar intersticios”.
No existe otro arte del discurrir que permita tantas digresiones como un libro. Aquí por fin uno es dueño de los tiempos. Uno y ninguno más. Y Entre puntos de lectura lleva esta posibilidad al paroxismo. Son esas faltas de respeto ante el discurso del autor las que nos convierten a nosotros, en ese espacio de silencio simulado –el diálogo con uno mismo es incesante–, cuando al autor le ponemos pausa, en creadores de un texto inédito, distinto en cada caso particular, según se apersone un nuevo lector. Pues muchos dicen que este libro es un ensayo. Yo no sé. Es eso y muchas cosas más. Se puede leer de la manera que uno quiera. No exige una rigidización específica. Y el concepto ensayo ya la impone. Es más real que Rayuela.
Y atendiendo a lo anterior, las palabras de Juan Luis Martínez parecieran haber sido escritas para la contratapa de Entre puntos de lectura: “Ningún libro, aunque se pretenda, está solo en el mundo, y la lectura de cualquier libro lleva a la búsqueda de su autor y a la memoria que este arrastra de otros libros y de otros autores. La literatura es un gran espejismo donde los muchos autores y los muchos libros terminan por ser un solo texto sin autor. En esta instancia de escritura anónima y plural el lector sería el verdadero y único autor”.
Como dijo Borges, a sus precursores se los inventa uno.
*Soledad Bianchi © Carla Mckay


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