[ lectura y crítica ] 
Pierre Jacomet

Un viaje por la biblioteca de Pierre Jacomet — Archie Morales Romo

Un viaje por la biblioteca de Pierre Jacomet

Por Archie Morales Romo

«Hay que interesarse por las anécdotas. Lo menos que hacen es divertirnos. Nos ayudan a vivir, a olvidar unos instantes: ¿hay mayor piedad?». Con este epígrafe se abre Reloj de sol, obra de Alfonso Reyes publicada en 1926 que reúne ensayos y artículos de variopinta naturaleza. Para su tiempo, el libro sorprende por la soltura y libertad de su estilo. Casi un siglo más tarde volvemos a encontrar el mismo epígrafe anotado en una de las páginas de Un viaje por mi biblioteca, de Pierre Jacomet. El ejemplar de tapas naranjas que ahora traemos entre manos podría parecer, a primera vista, un compendio de curiosidades literarias, heredero de aquella libertad de estilo. Sin embargo, una lectura más atenta revela una obra que se resiste a clasificaciones simples.

El crítico italiano Giorgio Manganelli sostenía que la trama de las obras verdaderamente excelentes suele resistirse a la descripción. Algo semejante ocurre en el caso de Un viaje por mi biblioteca, cuya lectura evoca por momentos una conversación placentera y exigente entre interlocutores eruditos. Para el lector deseoso de internarse en los anaqueles de Jacomet, detengámonos ahora en ciertos pasajes y tracemos algunas señales de ruta.

Un viaje por mi biblioteca recoge una serie de entradas, que dibujan un recorrido cronológico a lo largo de sus 356 páginas. Jacomet —que se presenta como maître d’hôtel— propone lecturas y comenta textos de muy diversas procedencias. De ese entramado emerge un vasto relato que se extiende desde los orígenes de la humanidad hasta la época contemporánea.

Esa linealidad, sin embargo, pronto se agrieta. Las entradas cruzan temas y autores que, en apariencia, poco tienen que ver. Al tratar la vida y obra, por ejemplo, de Jane Austen —«la artista más perfecta entre las mujeres», según Virginia Woolf—, Jacomet observa que los grandes artistas apenas precisan de estímulos externos. Recuerda entonces que otro viajero inmóvil fue Immanuel Kant, quien apenas se alejó de Königsberg durante toda su existencia; para añadir luego que estudios neurobiológicos sugerirían que el severo racionalismo del filósofo pudo relacionarse con un tumor cerebral.

A lo largo del volumen desfilan también escritores relegados del canon, como Pearl S. Buck, Françoise Sagan o William Somerset Maugham, junto con episodios singulares de la historia literaria. Uno de esos episodios nos conduce a San Agustín. A finales del siglo IV d. C., en el libro II de las Confesiones, el obispo de Hipona recuerda una escena de su juventud: el hurto de unas peras en el huerto del vecino. Jacomet se detiene entonces en la palabra «pera», cuyas resonancias se despliegan de manera inesperada. En latín se dice pirum; pyra, lo cual significa «hoguera»; y Aristóteles denomina pyroforia a la excitación sexual. Este último término, a la manera de Joyce y en un juego de lenguas, podría traducirse como «euforia por las mujeres».

Otro episodio llamativo concierne a Flann O’Brien. En 1939 publicó su primera novela, En-nadar-dos-pájaros, en la editorial Longman. Con motivo de un evento literario londinense se imprimieron 17.500 ejemplares distribuidos por todo el país. Solo se vendieron 244. Uno llegó a manos de Jorge Luis Borges, quien le dedicó una reseña en El Hogar el 2 de junio de ese mismo año. Poco después aparecería otro acontecimiento de la literatura irlandesa: el Finnegans Wake de James Joyce. Años más tarde, la siguiente novela de O’Brien, El tercer policía, sería rechazada por Longman por considerarla «demasiado estrafalaria».

Pero Un viaje por mi biblioteca es algo más que un repertorio de anécdotas fascinantes. En sus páginas, literatura, arte y ciencia confluyen bajo un prisma filosófico y se presentan con un estilo llano y elegante. La lectura adquiere entonces el tono de una charla con un amigo sabio y tolerante: alguien que nos supera ampliamente en conocimiento y que, sin embargo, nos invita a conversar con libertad y confianza.

En un diálogo de esta naturaleza no tardan en surgir los desacuerdos. Al visitar la entrada sobre la obra de F. Scott Fitzgerald, Jacomet parece ver en El gran Gatsby ante todo un retrato de los «locos años veinte». Pero en la novela late algo más profundo. En sus páginas finales palpita una mirada directa al vacío existencial que ya había descrito Blaise Pascal en el siglo XVII, quien sentía ese abismo de forma tan vívida que, al entrar en un restaurante, nos cuenta Jacomet en el programa de entrevistas Una belleza nueva, pedía que colocaran una silla a su lado para afirmarse.

La labor de Jacomet —discípulo de Jorge Luis Borges y Alberto Vanasco— no se limita a sugerir lecturas o trazar nexos inesperados entre autores. También propone un orden para abordar obras complejas, recomienda ediciones y, de tanto en tanto, introduce breves reflexiones que denomina «brochazos para reflexionar», en las que resuenan las mordeduras de conciencia tan propias de Joyce.

En los brochazos para reflexionar asoma la mirada de Jacomet sobre el presente y sobre el porvenir. Así, con notable anticipación, esbozó escenarios bélicos que hoy resultan inquietantemente verosímiles. Cuando muchos anunciaban el ocaso del libro impreso frente al auge del formato digital, defendía la experiencia insustituible de la lectura en papel.

Adolfo Bioy Casares concebía la lectura como «la otra aventura». Para Jacomet, en cambio, es un acto anárquico y, al mismo tiempo, un portal hacia otros mundos y hacia nuestro mundo interior, tantas veces olvidado o reprimido. A menudo, antes de que el lector emprenda su viaje, el traductor ha debido internarse a solas en una travesía ardua: guía el texto a través de la frontera de la lengua, procurando no traicionar su espíritu. 

En algunos pasajes de Un viaje por mi biblioteca, Jacomet introduce versiones propias al español de diversos textos. Pero su labor como traductor desborda con creces ese ejercicio. Sus traducciones de El odio a la música, de Pascal Quignard, y de El mundo es mi tribu, de Guy Sorman, merecieron elogios de Octavio Paz.

La empresa más ambiciosa de Jacomet fue, sin embargo, la traducción de los Ensayos de Michel de Montaigne, obra monumental del siglo XVI compuesta por tres libros. Con ese propósito fundó la editorial El Olivo para ofrecer al lector hispanohablante una versión íntegra y depurada. Jacomet alcanzó a ver publicados los dos primeros; el tercero apareció de manera póstuma en 2025, en la edición íntegra realizada por Ediciones Tácitas y la Universidad Católica del Maule.

Otro proyecto suyo dedicado a Montaigne consistió en la traducción del Diario de viaje a Italia, la cual permanece aún inédita: un tesoro a la espera de editores visionarios que lo conduzcan finalmente hacia el cauce de la publicación.La palabra cauce recuerda que el tiempo es otro río. Ese río nos devuelve al epígrafe de Alfonso Reyes y a su invitación a interesarnos por las anécdotas. La sombra del reloj anuncia que el viaje concluye. Cerramos entonces las tapas naranjas tras este recorrido por la biblioteca de Jacomet. Las señales de ruta han quedado trazadas; el portal permanece entreabierto. Quizás sus palabras se conviertan, poco a poco, en refugio frente a las inclemencias cotidianas, o en una linterna capaz de disipar la opacidad de los días. Porque, como escribió John Donne en 1624: «ningún hombre es una isla».



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