La edición definitiva del Borges
de Bioy Casares
Por Archie Morales Romo
Puede llegarse a un libro por la recomendación de un amigo o conocido, por el entusiasmo contagioso de un escritor admirado, por la lectura de la contrasolapa de un libro que nos ha producido fervor, en la que se anuncian otros títulos de la misma colección. También por un algoritmo que acierta por “casualidad”, por las búsquedas rutinarias que se realizan en librerías virtuales —cuando uno debería estar haciendo otra cosa—, o por tantos otros caminos que sería imposible nombrarlos todos. Sin embargo, no logro distinguir con claridad cuál fue el que me condujo por primera vez al Borges de Bioy Casares, que es, sin exagerar, tan grueso como un ladrillo.
Tal vez me enteré de la existencia del Borges al ver un video en el que Martín Caparrós, sentado frente a Juan Sasturain, de pronto levanta, con ambas manos, un libro y dice que lo anda trayendo para hacer ejercicio. O tal vez fue en la época universitaria, gracias a la recomendación de un desconocido en una librería de Viña del Mar, que me habló generosamente de descatalogados que consideraba verdaderas rarezas. Entre ellos mencionó las 1.700 páginas seleccionadas por Daniel Martino, donde Borges y Bioy afilan juntos sus cuchillos.

Lo que sí recuerdo perfectamente, pues sucedió apenas días atrás, es cómo me enteré de su tan esperada reedición. Temprano por la mañana aún me encontraba embriagado por el descubrimiento de la prosa de Hugo Hiriart y por la lectura de un reciente volumen suyo que reúne ensayos y artículos. Hiriart, como Bioy, posee esa rara capacidad de discurrir alegremente sobre las cosas y los libros; convierte cualquier asunto en una excursión inesperada. Hay en él algo del ingenio juguetón de Arreola y algo del sabio distraído que todavía encuentra motivos de asombro en los objetos más modestos. Si me apresuran, y todavía bajo el influjo del entusiasmo, diría que es como si una juguera mexicana hubiese mezclado un buen poco de Bioy con algo de Borges.
Movido por la voracidad de encontrar más títulos de Hiriart, escribí en el buscador de X, casi por inercia, “novedad editorial”. Entre los primeros resultados apareció un titular que decía: “Reeditarán el Borges de Bioy Casares, en definitiva y ampliada, en d…”. Casi me caí de la silla. Parecerá una exageración, pero no era para menos. Incluso visto en retrospectiva, lejos de ruborizarme, creo que fue una reacción bastante medida. Lo que no sorprende tanto si se considera que acababan de entrar unos clientes a la oficina en la que estoy escribiendo estas palabras. Desde su aparición original, el libro-ladrillo se había convertido en un verdadero objeto de culto. Conseguir un ejemplar era una empresa difícil y costosa. Con el paso de los años, algunos llegaron a ofrecerse por cifras capaces de hacer titubear incluso al más decidido de los bibliómanos.
La primera edición, que con el paso del tiempo empezó a conocerse como maior, apareció en 2006, en tapas duras con sobrecubiertas, dentro de la colección Imago Mundi de la editorial Destino. Una parte del tiraje fue impresa en Colombia por Nomos y otra en España por Mateu Cromo. La edición española presentaba algunas peculiaridades respecto de la colombiana: era más esbelta y llevaba grabado en el lomo el número 101 de la colección. Su menor grosor probablemente se deba al uso de papeles más ligeros, una práctica habitual en España para reducir costos de almacenamiento y transporte. Es posible, incluso, que se empleara algún tipo de papel biblia.
Poco después de la primera edición, María Kodama calificó públicamente el libro —valgan las cacofonías—, entre otros epítetos, como una felonía, una traición y una cobardía, y criticó que Bioy hubiera preparado la edición con Daniel Martino sabiendo que se publicaría después de su muerte.
Las críticas de Kodama no impidieron que, en 2011, Backlist, sello de Planeta, publicara una versión abreviada, a la que se llamó minor. Daniel Martino seleccionó pasajes de carácter más literario y compuso un volumen considerablemente más pequeño, que apareció tanto en tapa blanda, con letras celestes, como en tapa dura, con una tipografía de un azul más intenso.

Durante los años siguientes circularon algunas ediciones artesanales, de feos lomos azules. También existió un sucedáneo entrañable: Comeencasaborges, un extinto blog que permitía buscar episodios específicos mediante el navegador y que funcionó durante mucho tiempo como refugio para lectores y curiosos.
Ahora, en 2026, Emecé ha confirmado para septiembre una nueva edición del libro, también a cargo de Daniel Martino. Serán casi 2.000 páginas distribuidas en dos tomos. Según se anuncia, será la edición definitiva e incluirá un índice analítico actualizado, el mismo que en la primera edición se entregaba en un CD adjunto.
La labor de Martino, secretario y albacea de Bioy Casares, sin embargo, no se agota en esta reedición. Sus ediciones críticas de Borges y de Bioy para la Biblioteca Ayacucho, cuyas notas constituyen una lectura paralela y un verdadero regocijo para cualquier lector atento, son apenas una parte de una empresa más vasta. Entre otros proyectos, editó De jardines ajenos y el ABC de Bioy Casares, y custodia los papeles privados del escritor. Pensar en ese archivo inevitablemente lleva a preguntarse si algún día correrán la misma suerte los diarios completos de Bioy, que superan las 17.000 páginas; su biografía oficial; o el tan esperado epistolario Bioy-Borges. Quién sabe. Tal vez el actual entusiasmo editorial —y la ausencia sobreviniente de ciertas trabas— alcance también a libros cuya historia permanece ligada a la de Borges de maneras más oblicuas, pero no menos polémicas, como El hacedor de Fernández Mallo, o El Aleph engordado de Katchadjian: obras que son, cada una a su modo, una forma de seguir hablando con él.
Semanas atrás, quien quisiera el Borges de Bioy Casares debía estar dispuesto a sacrificar un riñón. A partir de septiembre bastará, quizás, con comer un poco menos durante unas cuantas semanas. Y, sin duda, valdrá la pena.

Después de todo, como recuerda Enrique Vila-Matas en su hermoso texto “Bioy Casares, año 101”, leer a Bioy significa recordar que existen otras vidas posibles. Significa recibir de sus libros la noticia de que aún importan las cosas que nos inducen a querer la vida. Y acaso también comprender, con una melancolía difícil de explicar, que parte de nuestra felicidad consiste precisamente en saber que un día deberemos abandonar para siempre lo que más hemos querido. Algo de ello debió de sentir Bioy cuando cayó en cuenta de que Borges había estado llorando en Ginebra durante lo que sería su última conversación telefónica. Bioy le había dicho que deseaba verlo, pero Borges, con una voz que entonces le pareció extraña, respondió que no volvería nunca más. Y cortó la comunicación.


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