[ lectura y crítica ] 
Ada Salas. De la escritura poética como viaje.

De la escritura poética como viaje — Ada Salas

De la escritura poética como viaje

por Ada Sala

I Veo debajo del cabello a una mujer y debajo de la mujer a una rosa y debajo de la rosa a un insecto.
(Gastón Baquero. «Palabras escritas en la arena por un inocente»)

El viaje del poeta es un viaje de la visión. Como en una novela de ciencia ficción en la que el protagonista desarrollase la capacidad de ver desnudos a los demás hombres, de ver a través de su ropa su piel, a través de su piel su carne, sus huesos, su sangre, el poeta es un visionario de lo real: no ve al hombre, sino su esencia. Tanto el planteamiento «monstruoso» de Rimbaud, como el recorrido por las vías místicas y su correspondiente e incomprendido éxtasis, no son más que una agudización extrema de la lucidez. Un viaje cuyo destino, como bien supieron Cervantes y Shakespeare, los románticos y los vanguardistas, se acerca a la locura.

El poeta es el niño que, esté o no vestido, descubre que el emperador no lleva traje y se atreve a decirlo en la plaza pública: mienta o no (sea o no sea mentir su propósito) sólo puede decir la verdad. Por eso, en tiempo de convulsión histórica se han igualado religión y poesía, filosofía y poesía, y se ha considerado al poeta como una figura cercana al filósofo (buscador de la verdad), y al profeta (revelador de la misma). Pero ver es peligroso, y aún más contar lo que se ve. En «Casi juicio final» un joven Borges declaraba: «He dicho asombro donde otros dicen solamente costumbre», y sabemos que a menudo es preferible ver —y decir— sólo la costumbre.


II Y un eterno viajar en los adentros de sí mismo con dolor de límites constantes [….]
(Vicente Huidobro. Altazor)

El oficio y la condena del poeta es no poder cerrar los ojos al abismo, no poder cegar sus oídos ante el canto mortífero de las sirenas. A menudo los hombres podemos distraer nuestras conciencias, dejándonos ir en el río de la vida «como leños perdidos que el mar anega o levanta». Pero el poeta está inmerso en el río, y está a la vez en la orilla, viéndose pasar hacia la muerte. Conoce que después de todo están la nada, el absurdo, el vacío. Lo formuló crudamente Rubén Darío, el vitalista: «Pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo/ ni mayor pesadumbre que la vida consciente.» El poeta «es una conciencia puesta en pie» y es, por ello, un ser trágico. Sabe que la vida es herida —«heridas», nos corregiría Miguel Hernández—. El mismo Altazor dirá: «Soy todo el hombre / el hombre herido por quién sabe quién». El dolor del poeta es el dolor de la conciencia de los límites. Ungaretti, otro poeta herido, ha escrito en «La Pietá»: «L’uomo, monótono universo,/ crede allargarsi i beni/ e dalle sue mani febrilli/ non escono senza fine che limiti.» («El hombre, monótono universo,/ cree ensanchar los bienes/ y de sus manos febriles/ no brotan sin cesar más que límites.») Y esa conciencia dolorosa (que no es sino la conciencia del tiempo) conduce a la pérdida, al naufragio, a la soledad.

El poeta anhelará liberarse de esa condena, anhelará el descanso, el sueño, la ceguera. Hölderlin pregunta en sus «Lamentaciones de Menón por Diotima»: «¿Y nadie, decidme, nadie puede quitarme de la frente el triste sueño?». Ungaretti gritará a su dios sordo: «Liberami dall’inquietudine». («Libérame de la inquietud.») Pero el viaje de la escritura es el de la lucidez alucinada y, aunque el propio Juan Ramón, en una carta a Cernuda de 1943 propusiera que «escribir es una preparación para no escribir», el poeta no puede sustraerse a su condición de ángel en eterna caída, de judío errante, de náufrago perpetuo. Ya viaje en barco ebrio, en paracaídas, acompañado por Virgilio, o recorra en soledad las cuatro paredes acolchadas de su estudio, está condenado a ver, y a dar testimonio de su visión.

El deseo del viaje nace del hambre, de la desazón. A quien ha escrito poniendo en pie de guerra su vida, ya nunca le habitará la calma. Su esencia, como la del viajero, es la inquietud, y sólo querrá, aun a su pesar, marcharse, partir, tocar las costas, a la vez erizadas y dulces, de la escritura. Ya lo escribió Ausiàs March: «No té repós lo qui té fer viatge». («Descanso no hay en quien se apresta al viaje»).


III Non, non, pas acquérir; voyager pour t’appauvrir. Voilà ce dont tu as besoin. («No, no, no adquirir; viajar para empobrecerte. Ahí tienes lo que necesitas.»)
(Henri Michaux. Poteaux d’angle)

Todo viaje lleva consigo un propósito de descubrimiento y, en consecuencia, de autoenriquecimiento. Nadie regresa de un viaje igual que se fue. Ahora bien, el enriquecimiento que lleva aparejado ese descubrimiento no es por adición, sino por resta. El viaje nos aporta cosas porque nos descubre aspectos del mundo —y, en consecuencia, de nosotros mismos— que estaban ahí, latentes, pero no vividos, y que al contemplarlos receptivamente entran a formar parte de nuestra sensibilidad. Viajar es una liberación porque nos descontextualiza y nos presenta como seres inocentes ante realidades, paisajes, gentes desconocidas. Pero sólo recibimos algo si somos capaces de desprendernos de algo. Saber es recordar, según Platón, y para dejar paso al recuerdo-conocimiento de algo nuevo es preciso deshacerse del velo de nuestro presente.

Michaux, el viajero por antonomasia, sabía que al comulgar con la aventura de las sucesivas revelaciones del viaje vamos soltando simultáneamente el lastre de la vida que poco a poco nos hemos construido: familia, hábitos, cultura. Esa labor de despojamiento es aún más ardua para el viajero contemporáneo. La ciudad miopiza porque elimina el horizonte. El hombre de hoy, situado en un espacio natural, necesita un tiempo de adaptación para aprender a mirar; y ese aprendizaje deberá ser —como todos los auténticos y profundos— pasivo: veremos la lejanía si, en reposo, dejamos que ella se vaya dibujando, se haga presente y nos inunde; la apreciaremos por ósmosis. La actividad del viajero consiste en dejarse habitar por los paisajes, las ciudades y las cosas que no visita él, sino que lo visitan. La única condición indispensable es un ánimo abierto, con voluntad de no aferrarse a lo conocido.

Todo esto que aplico al viaje es también propio de la escritura. Como viajar, escribir es despojarse: viajamos y escribimos para regresar más hombres, es decir, más desnudos. El proceso creativo es también un recorrido ascético, por lo que lleva consigo de desasimiento de la realidad, bien sea por alejamiento (Mallarmé) o por profundización en ella (Baudelaire). Ese desprendimiento permitirá, al menos, hacer un ejercicio de traslación dentro de uno mismo para mirarnos y mirar lo otro desde otro punto de vista, desde otro lugar, un lugar cuya conquista es el verdadero destino del viaje del escritor: alcanzar ese punto desde el que es posible escribir; ese punto de «desesperada claridad» en el caso de un escritor del intelecto como Valéry, o de «desesperada oscuridad», en el caso de románticos como Aleixandre. Desde ese lugar, la escritura fluye y se asiste, vuelvo al Rimbaud de las «Cartas del vidente», a «la eclosión del propio pensamiento». Ese viaje exige una actitud de ascesis que puede ir desde la retirada del «mundanal ruido» hasta la entrega descarnada a todas las posibilidades de la experiencia y al «desarreglo de todos los sentidos». De la ascesis del lenguaje de un Juan Ramón, a la ascesis del corazón de un Cernuda. En cualquier caso se trata de un camino de, en y hacia la soledad para alcanzar el lugar desde el que sea posible la escucha.

Entonces, la escritura cambia el alma: hará crecer islas inexistentes en los mapas. Cada poema es el certificado del descubrimiento de una tierra nueva. Pero el poeta es un viajero insaciable. La satisfacción del hallazgo es efímera; hay más, hay más que ver, hay siempre otras tierras, otros poemas. Ya lo advirtió, de nuevo, Huidobro: «Soy yo Altazor el del ansia infinita/ del hambre eterno y descorazonado(…)/ ¿cómo podré dormir mientras haya adentro tierras desconocidas?».


IV Soy Lázaro, venido de entre los muertos, vuelto para decíroslo todo. Os lo diré todo.
(T. S. Eliot. «Canción de amor de J. Alfred Prufrock»)

Cada regreso de un poema es una resurrección. Como lo es, también, la visita al poema. El mundo poético y el mundo real son distintos aunque son el mismo: vasos comunicantes cuyo conducto de unión es la palabra. En el proceso de escritura hay muerte y resurrección, como en todo viaje hay despedida y regreso. Es imposible abordar otras costas si no abandonamos nuestra tierra bajo las pies. Todo viaje implica, pues, una renuncia. El ejercicio de la poesía exige una disposición a vivir «del otro lado», a traspasar el espejo; es, en cierto modo, una continua vocación de muerte.

Pero el poeta es también un hombre de frontera. ¿Qué sería del viaje sin la posibilidad del regreso? ¿Cómo dar sentido a la partida sin alimentar la necesidad de la misma? El equilibrio es difícil. Debe irse, pero debe volver para volver a irse. Sólo puede emprender el viaje habiendo alimentado la nostalgia del mismo, y viceversa: el regreso sólo hallará sentido después de haber cumplido rigurosamente el ciclo. Es, por eso, un ser en estado perenne de nostalgia, por su doble condición nómada y sedentaria. Tiene siempre algo más y algo menos: algo le falta que le hace no andar entre los hombres, y algo le sobra para andar entre ellos. Su reino es y no es de este mundo. Ha conocido un «lugar no en la tierra» y sufrirá a la vez de olvido, cuando escribe, y de añoranza en los días, meses o años en que no viaje a la escritura.

Tal vez sin esa condición paradójica del poeta de sedentario y nómada, de vivo y de muerto, no hubiera sido posible la literatura. Y conste que esta duplicidad no es privativa del creador, es esencial al ser humano que ya, una vez, fue desterrado del paraíso. Lo único que diferencia al poeta es, como he dicho, que es consciente de esa «agonía», vive en ella y con ella alimenta su necesidad de conocimiento de sí mismo para entregárselo al resto de los hombres.

Muchos, como los compañeros de Ulises que comieron el loto, olvidaron la necesidad o el deseo del regreso; pero sin regreso no hay poema. El texto, precipitado de la aventura, debe existir como testimonio que hará posible los viajes de los otros, los lectores, que podrán, si lo escuchan con los ojos y el corazón suficientemente abiertos, reproducir el periplo de quien lo ha escrito. De alguien que es, al fin y al cabo, un hombre como él.


Ada Salas. Alguien aquí. Notas acerca de la escritura poética. Hiperión: 2005.



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