El joven Marcelino
por Alberto Guillén
Muy Sr. mío: Ha llamado mi atención el problema histórico que insertan ustedes en el n.º 143 de su apreciable periódico, y después de haber pensado un poco sobre ello, me parece que el hecho más notable ocurrido en España en la 2.ª hora de la 2.ª mitad del 2.º día del 2.º mes del 2.º año de la 2.ª mitad del 2.º siglo del establecimiento de la dinastía de Doña Isabel II de Borbón, o sea el 2 de febrero de 1852, a las dos de la tarde, es la tentativa de regicidio del cura Merino contra la persona de nuestra actual soberana. Suplico a Vd. dispense la libertad que se toma su afectísimo S. S. Q. B. S. M.
— Carta de Menéndez y Pelayo al Director de La Abeja Montañesa, 23 de junio de 1868¹
Los filólogos hispánicos corren el más absoluto peligro: su conocimiento podría verse reducido en altos porcentajes. Si algún fundamento pudiera tener tal afirmación, se trata de uno que no apela solamente al hecho de que la lectura y el debate sean cada vez más prescindibles entre filólogos, grammaticus de nacimiento, sino que los lamentos del presente puedan originarse en el olvido futuro de uno de los más grandes polígrafos de la historia de España, quien no tardará en concatenarse en extensas bibliografías: Marcelino Menéndez y Pelayo. Quienes son ídolos dormidos entre los ya embutidos en las sillas de sus cátedras, y quienes le mantienen en obituario perpetuo, niegan la actualización a uno de los hombres más fecundos de la historia hispana. ¿Qué acontecerá en la futura universidad donde hoy por hoy los autores se reducen átomo por átomo?
Sobre el Quijote en el Pierre Menard de Borges² existe una sentencia que, sin temor a la equivocación, puede extenderse a las grandes obras, a los grandes autores: «ahora es una ocasión de brindis patrióticos, de soberbia gramatical, de obscenas ediciones de lujo». Don Marcelino —él mismo adoraría un brindis—, cabeza de turco del franquismo y su masa titánica fúnebre, por instantes mencionado aunque no leído; exentas de ese grandor áureo sus ediciones, en ocasiones difíciles de adquirir, se ubican holladas en los endógenos terrenos de las bibliotecas nacionales y en las huellas digitales; escasas en las aguas extranjeras. Christopher Domínguez Michael, en su artículo ¿Maldito sea el martillo de los herejes?³, señala que Menéndez y Pelayo, quien creyó que la secularización era una animalización de la especie, quizá amanezca en una de las épocas más seculares de la historia.
Ante los futuros filólogos debemos presentar nuevamente la obra de don Marcelino, donde no todo es montuoso si se aprovecha cuanto es su secano. Un acceso a la prodigiosa memoria de un erudito de escrupulosa conciencia. No es posible entregarse al autoaprendizaje caótico en sus páginas, pues, acogidos en el lecho de tinta de esta suma glosa, se otea a tantas leguas la Historia de España, arribando hasta el confín del siglo XIX. De ortodoxos postulados, y alejado de ser un mero todólogo, ni mucho menos doctus cum libro, sino cercano a la mente del arquitecto, un arquitecto de una segunda universidad llena de esplendor intelectual, de genio de gaudiana ambición. No se olvide el filólogo de suspender los insalubres prejuicios de las ideologías, incluso la del propio santanderino contra los krausistas.
De la opinión del afilado crítico Samuel Johnson cito: «If the works of imagination had been less diminished, it is likely that all future times might have been supplied with inexhaustible amusement by the fictions of antiquity.»⁴ Johnson prosigue esta tesis colocando en el mayor estamento a la antigüedad clásica, servido de Sófocles, pues de haber encontrado sus centenares de tragedias perdidas, remarcó que las obras contemporáneas no tendrían sentido, pues se habría alcanzado la grandeza moral. Se esté de acuerdo o no con esta afirmación, es de este descuido y de este olvido de lo que se puede sustraer siempre un beneficio, y nuestro tiempo así puede resoplar; quienes ajustician a las musas son los seres de ojos vendados como Themis. Con este olvido frecuente es con el que se venden ejemplares, y se pasa por nuevo lo ya tratado. Este olvido que es naturalmente irrespetuoso con nuestros clásicos —incluso si cometemos el engaño de profesarles adoración— es la transgresión que perpetúa el arte, y nosotros somos pecadores que se confiesan rara vez. La transgresión es incitante siempre, y siempre estamos sedientos de creación. Se seguirá escribiendo, pues nos faltan aún esas tragedias perdidas, y nosotros somos la única forma de recuperarlas. El arte dramático tuvo a uno de sus grandes pecadores en Lope de Vega, y en estos fechos del Arte nuevo:
«¿qué puedo hacer si tengo escritas,
con una que he acabado esta semana,
cuatrocientas y ochenta y tres comedias?
Porque, fuera de seis,
las demás todas pecaron contra el arte gravemente».⁵
En medio de una imagen de un recuerdo esencial de mi viaje a la Biblioteca Nacional de España, me escocía un pensamiento impetuoso: ¿Es acaso posible otro Menéndez y Pelayo? Y cuando vuelvo, pienso con inmediatez en esta pregunta, y atravieso al mismo tiempo ese parnaso escultórico que tenía enfrente, en orden: Alfonso X el Sabio, san Isidoro, y junto a las hornacinas de aquella fachada, a Luis Vives, Antonio de Nebrija, Miguel de Cervantes y Lope de Vega. Atravesadas las escalinatas, llegué al vestíbulo, y pude contemplar la sedente estatua marmórea de don Marcelino, con la cabeza infatigable ladeada hacia el libro; la inmortal imagen del director que custodia, sigue custodiando como un digno elegido los millones de volúmenes. Tal vez el logro del escultor no es solo retratar la belleza de lo grandioso, de lo que alguna vez aconteció; tal vez sea devolvernos hacia la posibilidad en nuestro tiempo de encontrarnos con seres de una alcurnia parecida. En la hipnosis de la misma pregunta, una y otra vez sigo perdido entre tantas respuestas. Son las preguntas de más simple confección las que más nos devuelven a estados más complejos.
Es difícil pensar que estamos en condiciones para otro polígrafo. La figura del intelectual a la francesa, acaso en un escalafón más bajo, es más acuciante. ¿Para qué otro polígrafo? ¿Acaso no es la red el más gigante amasijo de datos? Los ecos de nuestra civilización dicen que se contienen todas las bibliotecas del mundo; pero convendría un matiz: y es que, a su vez, ninguna.
¿No son los especialistas nuestros nuevos dioses? Pero entonces, ¿qué dioses son estos? Dioses que enturbian sus propios ríos, que pretenden empuñar lo cognoscible, que no permiten las inconsistencias, las irregularidades, las malas lecturas y el Khaos. El científico moderno, reformulando a Weber, es aquel que no rebasa la línea de lo natural y de la técnica, no es aquel de la ciencia platónica del renacimiento; la ha ignorado en el momento en que ya no tiene como fin la verdad última. Los métodos del especialista científico-literario, rígidos y sintéticos, son de instalación y sustitución. Es la hora dulce de que el erudito salga del cascarón, incluso si lo confunden con un simple culto, y para los ignorantes sea un ser ridículo, anticuado: probablemente resulte ser un hombre nuevo.
El origen de la erudición no puede ser otro que el que germina en la infancia, pero en una sociedad que se ha afanado en prescindir del latín o del griego como es la contemporánea, cabe la pregunta: ¿qué infancia les espera a quienes no entienden la infancia propia de las lenguas de Occidente? Supone una fatal equivocación entre quienes justifican propicio hacerlo: confundir el latinismo con el latinajo, desentendernos de los antiguos alfabetos como si fueran arcaicos y ajenos, disfuncionales y desechables; todo como si eso no fuera con nosotros, como si la ciencia y el lenguaje hubiesen llegado a su cénit. Este es el camino hacia la muerte.
Llenos de sombras, en la pulsión lóbrega de este caminar —cada vez más inevitable—, no podemos marchar hacia atrás, hemos solamente de mirar tras nuestros pasos: la infancia del romano, per se dura e intransigente, obligado y arrastrado al aire libre durante horas a copiar con punzón los dictámenes del rhetor, en una educación en la que era impensable un estudio sin dominar las lenguas catedralicias; y tal y como expresó Quintiliano en sus Instituciones oratorias⁶, el griego homérico no debía ser menos, sino lo primero.
Al momento de la redacción de este ensayo no sólo quise escudriñar correspondencia, no, he querido advertir, escribir de algo más: el estado de nuestras letras; ergo, he ahí el propósito del ensayo vivo, que es como una luz que concita a las letras. De precisar una respuesta inicial sobre su infancia, hubo que rastrear en el primer volumen del epistolario de Menéndez y Pelayo. Estas diminutas inquisiciones de la infancia hubieron de hacerse para entender, al menos anecdóticamente, al hombre que se convirtió en el rostro vivo de la biblioteca española, epístolas que corresponden a la época de deliberadas cátedras tras la reforma del Sexenio Democrático del Gobierno provisional de 1868, algo que Menéndez y Pelayo atestiguó ante la hegemonía krausista y liberal que se avecinaba.
A partir de 1871, aquel joven Marcelino empezó a estudiar en la universidad con solo quince años, marcando de por sí un hecho excepcional, y cursó las asignaturas de Física, Química, Teología y Mineralogía y Botánica bajo la ley Moyano (carta n.º 2). Una educación fuera del criterio contemporáneo, forjada por la queja frecuente de los estudiosos, que fueron tirando aquello que no contribuía a su conocimiento, cada vez más específico y menos enciclopédico. Por aquellos días era sumamente respetado por los catedráticos; los paréntesis universitarios lo desconectaban de aquellos ambientes estimulantes, yacía lejos de sus padres Jesusa Pela y España y el catedrático de matemáticas Marcelino Menéndez Pintado, que, siempre orgullosos de él, compraban libros para su librería que iban formando en su casa familiar —más tarde trasladada a Barcelona—, y se consolaban mirándola para recordarle en la distancia, debido a que Marcelino residía entre Santander y la Universidad de Valladolid (carta n.º 11). Una Jesusa que siempre le acusaba de estudiar demasiado, y que le instigaba a que dejara esos latinajos y el estudio de Ovidio y Cicerón, pues ella solamente pedía el amor de un hijo a su madre. Con 16 años, adquiere un ejemplar griego del Nuevo Testamento (carta n.º 36)⁷ según Jaime Gres, quien elogia a Marcelino por su decisión, y este amigo santanderino a cambio le narraba su fascinación por el estudio de Malebranche. Hemos de tener en cuenta que el acto de leer la Biblia en el presente siglo puede ser tomado como un sacrilegio, uno que, salvo a las masas, ya no ofende ni siquiera al poder. La correspondencia entre los amigos y condiscípulos estudiosos es siempre fuente vital de conocimiento, y el diálogo siempre empuja a los estudiosos a borbotear sus ideas. El objetivo debe ser encontrar un amigo con nuestras mismas afinidades, con el que llenar nuestras experiencias intelectuales de tristezas y alegrías, tal y como «Marcelinito» tuvo varios durante este período formativo de su vida.
Si bien Marcelino Menéndez y Pelayo declaró que la influencia de la Universidad de Barcelona fue crucial («mi primitivo fondo es el que debo a la antigua escuela de Barcelona»), y Gumersindo Laverde y Manuel Milá y Fontanals fueron determinantes para encauzarlo en su pleno desarrollo, lo cierto es que la buena educación y cariño parental, la pasión y la fijación por los clásicos y lenguas clásicas desde la edad más temprana, la diligencia y el respeto por los gigantes que le impulsaron, y la relación estrecha y el diálogo constante entre sus amigos, lo amueblaron intelectualmente⁸. Y eso es algo que, si somos lo suficientemente audaces, sin la necesidad de ser precoces o niños prodigio —esto en ocasiones es estéril condena—, podemos alcanzar. Uno debe estar convencido de que la hazaña de Marcelino es irrepetible; pero el origen de la poligrafía no es otro que uno que nace con la educación de los parientes, el anhelo por los textos y el diálogo con los amigos.
Notas
- Carta de Marcelino Menéndez y Pelayo (a los 11 años) al Director del periódico La Abeja Montañesa (23 de junio de 1868). Epistolario de Menéndez y Pelayo, Vol. I, Edición digital de la Biblioteca Virtual Fundación Ignacio Larramendi.
- Jorge Luis Borges, «Pierre Menard, autor del Quijote», en Ficciones (1944).
- Christopher Domínguez Michael, «¿Maldito sea el martillo de los herejes?», ensayo/artículo crítico sobre la figura de Menéndez y Pelayo.
- Samuel Johnson, «The Loss of Ancient Writings», The Idler, No. 66 (11 de agosto de 1759). Samuel Johnson Essays.
- Lope de Vega, Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo (1609), vv. 367-371.
- Quintiliano, Institutio Oratoria (Instituciones oratorias), Libro I, sobre la prioridad de la lectura de Homero en la formación inicial.
- Epistolario de Menéndez y Pelayo, Vol. I (cartas n.º 2, 11 y 36, correspondientes a los años 1871-1872), Biblioteca Virtual Fundación Ignacio Larramendi.
- Sección bio-bibliográfica y catálogo de autoridades, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.


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